Ocultar Barra

África a pedales: travesía por el desierto

Fecha: 09.06.2017

Llegamos a Sesriem después de cruzar el parque binacional Richesveld/Ai-Ais y atravesar una decena de poblados donde fuimos recibidos por las hospitalarias personas de Namibia. En la ruta nos bañamos en las aguas de la represa Naute, rodeados de plantaciones de uvas y dátiles, nos sumergimos en la vida pausada de Ketsmanshoop y vimos cómo el paisaje se teñía de verde a medida que avanzábamos hacia el norte. Dejamos atrás el acotado asfalto que nos regaló el desierto de piedras y por el medio del deshabitado país nos dirigimos hacia Maltahoe. Nos aprovisionamos para continuar el viaje que nos llevó a Sossusvlei, las famosas dunas naranjas más antiguas del mundo. Nos llenamos la vista de goce con las exóticas formas que dibujaban y la cantidad de colores pintados como acuarela.
Logramos nuestro mayor desafío, ver el atardecer arriba de una gran duna y en el camino de vuelta, lo poco de luz que quedaba nos hizo notar la inmensidad del desierto y percatarnos del respeto que merece este lugar. La vida aquí es difícil, entre la poca agua, el calor y el viento con arena, las plantas, en su gran mayoría cubiertas de espinas y los animales que se debaten la vida a cada minuto. Por eso es difícil verlos y eternizarlos en una fotografía. A pesar de esto, en la ruta disfrutamos grandes paradas de descanso y una oferta turística sobredimensionada. El camino está repleto de campings para recibir a visitantes de todas partes del mundo que sueñan -como nosotros- conocer de cerca los paisajes que vieron en una postal o en la televisión. Esta experiencia es transformadora por lo exigente de sus caminos, las tremendas 4×4 superan grandes obstáculos y recorren miles de kilómetros por caminos pocas veces amigables. Cuando pasan al lado de nuestras sencillas bicicletas, nuestros esforzados cuerpos se llenan de tierra, que se disipa a veces mas rápido que otras, para regalarnos otra vista excitante que nos anima a seguir.

Merecido descanso
Llegamos a Windhoek el 25 de marzo, después de cruzar 2000 kilómetros entre Namibia y Sudáfrica. Descansaríamos al menos por una semana. Nuestros cuerpos agotados lo necesitaban, cumplíamos tres meses en África. Lo que no esperábamos era llegar en camioneta y no pedaleando, ya que 200 kilómetros antes, cuando al fin empezaría el asfalto y ascenderíamos 1000 metros en solo 4 kilómetros por un paso montañoso llamado Spreetshoogte, nos sorprendió la primera caída fuerte del viaje. El afectado fue Jan y la explicación fue una gran bajada que hizo que soltara los frenos un poco más de lo debido, perdiendo el control de la bici y cayendo un poco sobre su hombro, otro sobre su cara. Su pierna enredada en el cuadro de la bicicleta fue la más afectada por el golpe. Sus compañeros llegamos a distinguir la caída entre el polvo que se levantó. Hubo preocupación pero jamás perdimos la calma, por suerte no más de media hora después nos dirigíamos con una camioneta de turistas hacia lo que después nos percatamos, era un centro de salud natural, donde amablemente curaron las heridas de Jan y nos dejaron pasar la noche.
Al día siguiente partimos haciendo dedo a Windhoek, donde nos recibieron Pierre y Kathy, una hermosa familia de médicos que nos tranquilizaron al revisarlo a Jan de pies a cabeza y nos abrieron las puertas de su casa para disfrutar el tan merecido descanso.
Una semana nos bastó para conocer la capital que con su menos de medio millón de habitantes es la única gran ciudad de Namibia, donde se concentran la mayoría de negocios, empresas y eventos sociales. Participamos del festival de música NamRock, recorrimos el mercado, presenciamos una misa gospel y un amigo nos mostró el museo de la independencia y nos llevó a dar una vuelta por Katetura, donde se concentra la población negra de esta ciudad. No podíamos irnos sin compartir con nuestros anfitriones unas empanadas al horno y unas sopaipillas (comida típica chilena). Después de disfrutar el ritmo citadino por unos días nos subimos a un tren con las tres bicicletas y viajamos más de 12 horas hacia la costa del atlántico. Llegamos a Walvis Bay, donde igual que en Swakopmund -una urbe de estilo alemán muy bien conservada- nos recibieron de maravilla. La gente que vive cerca del mar sabe bien cómo disfrutar. Entre atardeceres, charlas y anécdotas sobre el viaje, terminamos de cargar energías para la segunda mitad de Namibia.

Nueva ruta
Salimos de Swakopmund hacia el norte de Namibia. Primero acompañamos las vías del tren para conocer las dunas y paisajes donde se filmaron las últimas películas de Mad Max y The Mummy. Nos dirigimos a un paraíso en altura, el rocoso cerro, meca de la escalada en Namibia, conocido en Afrikaans como Spitzkoppe. Trepando y caminando, después de 10 horas llegamos a la cumbre. En su base conocimos y entrevistamos al vicepresidente de la comunidad de conservación que organiza la explotación del área protegida, tanto turística como minera, además de regular la caza de animales salvajes, cuyas regalías son para la comunidad local. Allí también llegan artesanos y feriantes que encontramos en el camino para obtener las piedras y minerales que después exhiben en sus puestos. Cambiar un poco de ejercicio nos vino muy bien y partimos al día siguiente hacia Uis, un pasivo centro turístico del cual nos despedimos antes de que comenzara el fin de semana largo de pascuas. La gran cantidad de vehículos que salieron a recorrer esta parte de Namibia nos encontró en la ruta hacia Twyfelfontein. Conocimos grabados de piedra de los Bushmen, habitantes prehistóricos de estas tierras, y pasamos la noche en una villa de trabajadores de la gran oferta turística del lugar. Maravillosos paisajes, encuentros con cebras y jirafas nos acompañaron hasta Palmwag, allí la esperanza de ver elefantes y hasta leones al costado de la ruta estaba presente. La gente, tanto vecinos como trabajadores del área protegida, nos aconsejaron acerca de dónde dormir y cómo proceder para lograr nuestro objetivo, que era ver a alguno de los cinco grandes animales de África. Por desgracia cruzamos este área sin poder lograrlo. Esta es una de las pocas zonas en África con animales libres donde no hay que atravesar un cerco ni pagar altos precios de entrada para ver a los animales en su hábitat natural. Esto gracias a que Namibia es pionera en temas de conservación y el turismo es una de las principales fuentes de ingreso.
En Kowareb dormimos en la casa de un pastor evangélico y nos dirigimos hacia Opuwo por una ruta muy apacible, llena de pequeños poblados con personas que nos saludaban y animaban. Cruzamos hormigueros gigantes, lluvias tropicales con arcoíris a nuestro alrededor, ríos con casi nada de agua y grandes bancos de arena.
Arribamos a Opuwo cuatro días después, en busca de una bicicletería, ya que nuestras bicicletas después de más de 800 kilómetros necesitaban una atención. Pero esto no fue posible. Y como si fuera poco, comenzaba un tramo de dificultad mayor hasta Epupa, frontera con Angola, el destino más al norte que alcanzaríamos en Namibia.

Texto de A Pedales África, proyecto documental ideado por Leandro, Paulina y Alejandro, que consiste en registrar aventuras, personas, lugares e historias que el grupo encuentra en el camino por África: https://www.generosity.com/community-fundraising/a-pedales-africa-documental.

Info: www.facebook.com/APedalesvamos | www.instagram.com/A_PedalesAfrica | twitter.com/apedalesvoy

Si te gustó, compartilo con:

Hablamos sobre: Viajes en bici

Dejá tu comentario

Eres humano o robot? * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

iCONSEGUILA EN LOS KIOSCOS!

Nº 274 - Octubre 2017

NOTA DE TAPA
Encuentros activistas: FAB y Bike Bike!
MECÁNICA: Montaje y regulación de la transmisión
VIAJES: Cuba en mountain bikes
ENTREVISTAS: Amigos del Pedal, desde Salta
ENTRENAMIENTO: Qué hacer en el último trimestre del año [+]

    canaglia

    orbea

    fullrace

    bici Up

    cruce-tunel

    silva

    adsgoogle

    geller

    mov responsable