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África en bici: una verdadera odisea

Fecha: 24.08.2017

En medio de su gran vuelta al mundo en bici que comenzó en 2001, Pablo García recorrió África. Aquí, la crónica de su aventurero paso por el norte de Mozambique, un lugar no tan amable con el cicloturista.

Cuando llegué a Mozambique conocí a alguien que, apenas supo que yo venía de Sudáfrica, me dijo: “Aquí comienza la verdadera África”. Recuerdo que muchos sudafricanos me habían advertido sobre el norte de este país, por la falta de caminos y puentes y por su gente, que vive en las más precarias condiciones.
Después de recorrer el lago de Malawi –país limítrofe con Mozambique– ingresé nuevamente a Mozambique navegando en un bote a vela. Desembarqué en la costa de Cobue, en un gran pastizal que existía sobre la arena, por lo que fue difícil llegar con la bicicleta. La información que conseguí en Malawi respecto de esta pequeña aldea era muy poca. A mi arribo descubrí que su gente está incomunicada con el resto del país debido al estado de los caminos que llegan al lugar, que no han tenido ningún tipo de mantenimiento desde 1975 —el año de la independencia—, por lo que la gente de la zona sólo puede abastecerse por agua vía Malawi.
Matías, quien viajó conmigo en el bote, me contó que en los seis meses que habían transcurrido de aquel año había llegado sólo una camioneta de Zimbabwe. Supe entonces que mi paso por la provincia de Niassa sería una verdadera odisea.

Niassa, la provincia del olvido
Tres días estuve en Cobué tratando de descifrar cuál sería el mejor camino rumbo a Lichinga. Escuché diferentes opiniones y recorrí varios kilómetros a pie para comprobar el estado del camino que deja la aldea. Finalmente partí de Cobué por un pequeño sendero o cortamato, como lo llama la gente del lugar.
Durante un buen tramo me acompañaron dos nativos, que me ayudaron a atravesar una gran montaña en la que aún existían zonas minadas. Ellos me guiaron y me dieron una mano con la bicicleta, ya que el camino era intransitable por las piedras y la espesa vegetación. Luego me indicaron el sendero que me llevó a la siguiente aldea. Allí busqué al Reglo —el jefe— quien me convidó una papaya y designó a Vladimir, prestándole su propia bicicleta, para que me oficiara de guía. Enseguida advertí que nunca podría haber acertado la dirección correcta: se habían presentado innumerables senderos diferentes. Tras 20 kilómetros por montañas y cerrados caminos rocosos, a media tarde me despedí de Vladimir.

La desventaja de ser blanco
Fueron necesarios tres días para atravesar los 200 kilómetros hasta Lichinga. La segunda noche dormí en Micucue, una pequeña aldea que como muchas otras ni siquiera figura en el mapa. Su jefe me ofreció una modesta casa de barro deshabitada que era de su propiedad. Allí dejé mis cosas y a unos pocos metros, junto al Reglo, cociné algo de arroz. En un momento tuve que regresar a mi bicicleta ya que había olvidado la linterna. Todo estaba oscuro. Me moví tanteando las cosas. Luego de algunos minutos encontré la linterna y la encendí. Noté que la puerta trasera estaba semiabierta y entonces, con un poco de miedo, apunté la luz hacia el fondo de la casa. Junto a las gallinas, detrás de la única pared, pude ver el pie de alguien que se escondía. Sin entender demasiado, tomé aire y pregunté: “¿Qué estás haciendo?”. En ese momento un chico de unos 20 años salió del sector donde estaba la cama y comenzó a inventar cosas. Rápidamente controlé que estuvieran todas mis pertenencias y el chico, que parecía tener más miedo que yo, salió corriendo por la puerta del fondo.
A pesar de todo, en Mozambique me he sentido más seguro que en cualquier otro país africano de los que visité. Pero allí los blancos siempre somos sinónimo de dinero y eso puede ser un problema. Cuando llegué a Lichinga debí cambiar plata pero me topé con un escollo burocrático del banco. En la calle me sedujo una muy buena oferta y cambié 100 dólares. Presté mucha atención para no recibir billetes falsos, pero el viejo truco de doblar los billetes y contarlos dos veces me sorprendió. Perdí el equivalente a 30 dólares, aunque aprendí una buena lección.

Enigma en la capital
Lichinga es una ciudad de 36.000 habitantes. Sus calles principales son de asfalto y no cuenta con construcciones altas. Pese a que tiene energía eléctrica, las calles no están iluminadas.
Fue difícil elegir el mejor camino hacia la costa del Océano Indico, desde donde continuaría rumbo a Tanzania. La gente de la ciudad me decía que la ruta más larga (1100 kilómetros) era más segura y que la otra, aunque mucho más directa, presentaba un pésimo estado y largas zonas deshabitadas. Pero también conversé con personas provenientes del lugar al que me dirigía, y aunque ellos tampoco conocían la totalidad del camino más corto, me aseguraron con cinismo que en bicicleta no era nada difícil atravesar sus 700 kilómetros.
Con algunas dudas, opté por la alternativa más directa. Quizás, inconscientemente, intuí que de esta manera encontraría una verdadera experiencia de lo que es África.

Un único alimento
La provincia de Niassa es la más grande del país, pero a la vez la menos poblada. En el interior la mayoría de las aldeas carecen de luz y sólo cuentan con el agua de los ríos. Las casas son de barro y paja y su gente trabaja un único cultivo, el choclo.
Pasados los meses de lluvia, que finalizan junto con el verano, comienza la época de la recolección. Las huertas son extensas y se cosechan grandes cantidades de choclos, muchas veces los suficientes como para alimentar a su grupo familiar durante todo el año. Para almacenarlos los colocan en el cereiro, un canasto de paja gigante que es construido sobre ramas a un metro del suelo y dentro del cual es posible guardar unos cuantos miles de choclos.
Solamente las aldeas más grandes fueron ayudadas por el gobierno con donaciones de máquinas para moler. Valiéndose de ellas la gente produce harina de choclo, con la que luego cocina su alimento principal, la shima.

Zona peligrosa
A medida que iba adentrándome en la provincia comencé a descubrir los verdaderos peligros, que para mí eran desconocidos. Conocí a varios misioneros sudafricanos que vivían allí desde hacía algunos años. A través de ellos supe de muchos casos en los que leopardos o leones habían matado personas. En el centro de la provincia se encuentra una región muy salvaje, tal vez una de las más salvajes de todo el continente, la Reserva de Niassa. En ella aún no se concentra todo el flujo de animales y mientras varias personas trabajan para que en un futuro la zona sea explotada turísticamente, muchos de estos animales se encuentran dispersos por los alrededores, por eso la gente vive con grandes cercos.
En mi camino escuché numerosas historias, como la del elefante que destruyó la huerta de un campesino o la del hombre que una tarde fue a buscar leña y a los tres días encontraron su cuerpo sin vida, destrozado por una fiera. Atravesando esta provincia con mi bicicleta me resultó inevitable reflexionar por primera vez acerca de mi cordura. Las experiencias extrañas se sucedían: varias veces me crucé con personas que llevaban grandes lanzas o arco y flechas para la caza de algún animal. También me topé con aquellos que incendiaban los pastizales para despejar los ya casi inexistentes caminos, lo cual se constituyó para mí en otra clase de peligro. Ni autos ni camionetas suelen atravesar esta ruta, muchos puentes fueron destruidos en la guerra y pese a que ya han pasado más de 10 años aún no fueron reconstruidos. Apenas me crucé con alguna bicicleta. Las distancias entre las poblaciones a veces llegan a los 80 o 100 kilómetros.
Recordé cuando en Lichinga más de uno me había dicho: “En ese camino voce vai sufrir”. Durante dos días pedaleé con mi cuerpo cubierto por ropas debido a las moscas tete, como las llaman en el lugar. Estos moscones insoportables me acompañaron a lo largo de 150 kilómetros, llevándome de a ratos a la desesperación. Por suerte eran bastante lentos: debo haber matado a más de 100, y varias veces haciendo doblete.

Extraña civilización
Luego de cuatro días difíciles rumbo a la costa llegué a mitad de mi camino: Marrupa. Una localidad grande donde decidí descansar un poco, ya que encontré un lugar para alojarme… ¡y con restaurante! Todavía lo recuerdo: “Pensión – Restaurant: Bela Vista”.
Al llegar conocí a Cornelio. Me acerqué a preguntarle dónde se encontraba la pensión y no se separó de mí por el resto de mi estadía. Varias veces, a lo largo de este país y al llegar a una localidad y preguntar por un sitio, por más lejos que este se encontrara, terminaba acompañado, aunque en algunas ocasiones sin preferirlo. Cornelio caminaba con mucho orgullo junto a mí y se mostraba a cuanto conocido podía. Más tarde me explicó que para ellos el andar con un blanco es una honra.

Campaña contra el HIV
Durante el tiempo en que viajé por África vi decenas de entidades y de ONG’s prestando ayuda a las diferentes problemáticas de la gente. Sus trabajos se basan principalmente en programas de alimentación, educación y salud. Hoy el HIV es quizás el más serio de todos los problemas. En Marrupa pude conocer las dificultades de los trabajos de concientización sobre el virus. El grado de ignorancia de la mayoría de la población me resultó impactante. Fue triste escuchar que creían que el HIV ocasionaba diarrea y jaqueca y que pensaban que primero lo contraía la mujer antes que el hombre. Algunos profesionales que trabajan en programas de alerta me contaron que en el interior la gente desconfiaba del preservativo y aseguraba que el verdadero germen de la enfermedad se encontraba en él.
Días después comprobé que el preservativo era para los más chicos apenas un juguete.

Llegando a la costa
Cuando llegué a Metoro, otra pequeña aldea situada a sólo 80 kilómetros del mar, me encontré con un lugar que aunque carecía de luz, tenía una sala de video funcionando con equipo electrógeno propio. Más de 150 personas pagaban su entrada. Sus edades variaban: iban desde los más chicos hasta jóvenes de entre 20 a 25 años.
Todos estaban compenetrados en una película asiática de artes marciales. Lo gracioso —o lo triste— era que nadie entendía nada, porque en el interior de este país, colonia portuguesa y con casi una decena de dialectos, los filmes apenas son pasados en inglés.
Al otro día llegué a Pemba y le dediqué un par de días a la bici, que cada vez requería más atención. Mi portaequipaje trasero estaba quebrado. Por suerte, en un gran astillero encontré a una persona que soldaba aluminio.
Luego partí a las islas de Ibo y Matemo donde encontré a las mujeres Makua, que según sus costumbres todavía se pintan la cara. Y por último fui a la playa Pangane, tal vez una de las más lindas que conocí en lo que va de mi viaje. Allí descansé y juré para siempre que analizaría con cuidado los consejos de la gente del interior, porque lo que para ellos puede ser normal para mí puede convertirse en una ardua odisea.

*www.pedaleandoelglobo.com, Facebook: Pedaleando el Globo, Twitter: @pablobicycle

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Nº 275 - Noviembre 2017

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