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Daniela Donadío: 20 años de Río Pinto

Fecha: 04.05.2015

Más de 4000 corredores se acercaron a La Cumbre para festejar los 20 años del Desafío al Valle de Río Pinto.
Las lluvias de este año hicieron estragos en los caminos. Además, las crecientes de febrero obligaron a realizar algunos cambios en el recorrido, puntualmente en el tramo que va de Capilla del Monte a San Esteban.
Tras un polémico final, el barilochense Cristian Ranquehue (Olmo) resultó el vencedor en la general masculina de la carrera, seguido por el cordobés Juan Pablo Pereyra y Eduardo Vera. Por tiempos, Pereyra había resultado ganador, pero los comisarios deportivos no lo consagraron, relegándolo al segundo puesto, ya que Pereyra le cortó la línea de paso en la recta final de la competencia al de Bariloche, algo que no está permitido.
Entre las Damas, la ganadora de la general fue la jujeña Agustina Apaza (Merida), sumando de esta manera seis triunfos en su historia de Río Pinto. El segundo lugar fue para Carolina Maldonado, mientras que el tercero fue para Lorena Fernández.
A continuación, el relato desde dentro de la carrera de la reconocida ciclista Daniela Donadío, hoy directora de Expo Bici y organizadora de eventos asociados a la bici en general.

Para los que amamos sufrir

Por Daniela Donadío
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Me decidí a ir a Río Pinto porque el equipo Imperial Cord, del cual soy manager, participaría de la competencia, con muchas aspiraciones de estar en los podios.
Por otro lado, este año organicé por primera vez el Gran Fondo de Buenos Aires, una carrera de ruta de 100 kilómetros de extensión sobre las calles de la ciudad. Para estar mejor preparada para organizar este evento en su segunda edición del 2016, programamos con Marcos, mi marido, un viaje a Nueva York para ver el Gran Fondo que se realizará en esa ciudad. Pero luego pensé que ver esa carrera no me aportaría nada y que si la corría tendría la verdadera experiencia enriquecedora para organizar luego un nuevo y mejor Gran Fondo en Buenos Aires. Así que en marzo de este año me dispuse a entrenar, luego de seis años sin hacerlo, para correr en Nueva York 160 kilómetros ¡en nada menos que tres meses! Dos semanas antes de esta carrera se avecinaba el Desafío del Río Pinto. Por mi cabeza pasó el pensamiento: “¿Y si me anoto? Qué mejor entrenamiento para los 160 kilómetros del Gran Fondo de NY que correr Río Pinto?” Y me fui a la aventura.
Claro, lo pensé muy a la ligera, sobre todo porque mi bici de MTB estaba en una bicicletería para venderse hacía ya 10 meses. Imaginen lo que era, que no la pudieron vender. La fui a buscar, le saqué las telarañas y salimos hacia La Cumbre.
Hacía mas de seis años que no me subía a una mountain bike. A la de ruta siempre hice intentos de volver luego de tener a mis dos hijos, pero las circunstancias hicieron que fracasara.

La previa
El jueves anterior al Desafío salimos con el equipo Imperial Cord a hacer la mitad del recorrido. Ahí caí en la cuenta de que mi bici era una hermosa catramina y que me dolía la espalda y no podía seguir el ritmo del grupo. Llegué a San Marcos Sierra pensando: ¡Me falta la mitad! El domingo no largo, esto es imposible.”
Pero recordé las palabras de mi amiga Paula: “Te presto mi bici, todo XTR, carbono full…” Los ciclistas tenemos un lema: la familia no se toca y la bici no se presta. Pensé: Paula todavía no es tan fanática, no le agarró aun esa locura del ciclismo, así que se la voy a aceptar, ahora que todavía no se dio cuenta. La bici: ¡una nave!
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El día de la carrera

Me levanté con menos entusiasmo que un caracol intentando cruzar la calle. Imagínense la fe que me tenía que entre geles y comida puse plata para tomarme un remís en caso de no completar el recorrido.
Pensé diez mil veces en no largar. Sentía, por un lado, la presión de llevar un nombre y un buen historial ciclístico y, por el otro, me decía: lo estoy haciendo para entrenar, me tengo que divertir y listo.
Entrando en calor me pongo a hablar con una de las mejores corredoras y le cuento las pocas ganas de largar que tenía, a lo que ella me dice: a mi me pasa lo mismo. Pensé, si a ella le pasa esto, el sentimiento debe ser un un mal generalizado, parte de esa sensación de nervios previos a largar con mezcla de incertidumbre que te hace pensar: me quiero ir con mi mamá.
Pero le puse garra y me dije: que sea lo que dios quiera.
Me fui junto a Marina Beccaglia a la largada. Llegamos tarde. Ella, prioritaria, pasó a los gritos hasta la punta y yo me quedé por el medio, silbando bajito y esperando la largada. Mientras, el locutor nos pedía tranquilidad, ya que nos aguardaba una salida de dos kilómetros en bajada por asfalto, a casi 300 mujeres, todas juntas. ¡Un peligro!
Empieza la cuenta regresiva y el locutor que dice: “Está llegando el primero” (los varones de Elite habían largado a las 8). La moral por el piso: ellos estaban terminando y nosotros ahí, todavía sin salir. El sol a las 10.30 ya estaba calentando, pero los chicos que salieron a las 8 AM lo habían hecho con tres grados de sensación térmica. Un verdadero desafío encontrar la ropa adecuada para no morirte de frío en la largada y no cocinarte en plena subida, más adelante.
Cuando vi a mi amiga Paula le di las manguitas, lo único que me había quedado de abrigo. Primer acierto.
5, 4 , 3, 2, 1, largamos…
Empiezo a pasar. Iban muy rápido y estaba peligroso, pero el oficio no se pierde por más que haya estado tantos años sin subirme a una bici. No sé cómo, pero a los 100 metros ya estaba en el pelotoncito puntero. En eso empieza una avalancha de mujeres tiradas por el piso. Paso rozando, no me caigo de suerte. Mi pierna apreta la jeringa con aceite que estratégicamente estaba colocada para que después de los vados vaya lubricando de a poco la cadena. Chau aceite. ¡Ups! ¿Y ahora?
Anita Wullf me había dicho: “Andá hasta el guardaganado con el pelotón, que después viene la bajada, ahí no vas a perder nada.”
La voz de ella me resonaba, pero al mismo tiempo otra voz me decía: “¡No te hagas la pro que recién salís y el otro día no pudiste ni hacer la mitad del recorrido!”
Subimos y sigo viendo la punta, ilusionada porque las piernas me respondían. Me entusiasmaba ver tantas mujeres a mi alrededor poniéndole tanta garra.
Llegamos a la bajada y me siento como pez en el agua. A pesar de los años sin subirme a una mountain bike no me daba miedo bajar, iba pasando gente en las curvas, me encantaba, lo estaba disfrutando muchísimo.
Los vados tenían mucha agua, por demás. El año pasado había la mitad de agua. Las lluvias se notaron.
Conocía el recorrido hasta San Marco Sierra, luego era todo nuevo para mí. Unos 15 kilómetros antes de llegar a dicha zona, pasa la punta de los Máster C ¡¡¡Que lindo ritmo!!! ¡Hicieron que esos 15 kilómetros se pasaran volando!
Los puntos de hidratación estuvieron en los lugares perfectos. Antes de la subida había uno, por lo que me tomé lo último de mi caramañola y sin bajarme de la bici la llené y seguí. Amé esas botellas nuevas de agua que tienen el plástico tan frágil que al apretarlas un poco te mojan hasta el apellido. Hasta ayer las odiaba, ahora descubrí que para las carreras son geniales.

Subida al Mirador
Nos esperaban 8 kilómetros de constante subida. Yo sabía que eran 8, pero la computadora se me había roto y no me tomaba la distancia. Me llamó la atención la cantidad de hombres caminando en la subida. Pensaba: no hay chance, es más dura caminando que en bici. También ahí te encontrabas los que salieron con 5 grados y estaban emponchados al punto de morir sofocados. Ese era el momento donde uno bendecía el haberse puesto solo camiseta y pantaloncito corto.
Al rato pregunto a unos: “¿Falta mucho para que termine? (la subida del Mirador)” Me dicen que tres kilómetros. Sigo y sigo, escucho mi respiración y la voz de aliento de la gente. Ese es el espíritu de Río Pinto, la cordialidad y el aliento mutuo. Y ahí nomás, en una curva, vengo sufriendo y veo adelante mío, pedaleando a un muy buen ritmo, a un chico con una sola pierna. Lo felicito, le doy ánimo y me siento una idiota por sentirme cansada.
Sigo y pregunto a otros: ¿Cuánto falta? ¿Saben? Me dicen que tres kilómetros. Atrás mío escucho a una chica que me dice: “No preguntes más, cada vez faltan más kilómetros, ¡es imposible!”
Llegamos arriba, la cintura me duele, como unas frutas secas -recomendación de Anita Wulff. Lo salado, entre medio de tanto dulce (geles, Gatorade, barritas), me hace bien.
Empieza el eterno regreso, subidas largas, bajadas largas, por momentos prefería las subidas porque el dolor de espalda se sentía muy fuerte.
Yo sabía que donde encontrara a Carlitos (el aguatero del team) iban a faltar 15 kilómetros. El tema era que al no haberlos hecho nunca no sabía cómo eran. Subida empinada de piedras, muy técnica, caminos de pasto, simplemente se me hicieron de chicle.
Vengo andando y divago en mis pensamientos: me recuerdo ciclista y a la vez madre de dos hijos y me digo: tu vida ya no es un podio. Me emociono hasta las lágrimas pensando en ellos y le meto más fuerza que nunca.
Mi meta era, por lo menos, no hacer un papelón. La última vez que había corrido un Pinto había sido en el 2007, año en que obtuve un tercer puesto. Había sido mi debut y despedida.
Llegué muerta pero feliz. Fue una locura hacer como primera carrera un Pinto, después de seis años sin competir, pero así somos los ciclistas, nunca dejamos la bici por más que nos alejemos. El oficio no se pierde, la cabeza se sigue teniendo; falta el estado físico, que es el que hay que entrenar para poder disfrutar cada día más.
Logré el objetivo, terminé muerta pero disfruté mucho, me sentía feliz arriba de la bici otra vez, llena de amigos y gente conocida alentando el paso. Una carrera que por lo menos una vez en la vida recomiendo hacerla. Eso sí, entrenen, no es fácil y no es para cualquiera. Es para esas personas que de alguna forma aman sufrir y saben poner todo en lo que hacen.

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Hablamos sobre: MTB, Rural bike

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Nº 273 - Septiembre 2017

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