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De Mendoza a Neuquén: memorias de una gran aventura

Fecha: 03.11.2017

Junto a amigos de Córdoba y Mendoza emprendimos un viaje de más 1000 kilómetros uniendo Mendoza con Junín de los Andes. Pedaleamos 100 km desde Guaymallén hacia San Carlos por la Ruta 40. Ahí acampamos en un camping de la zona. Al día siguiente rodamos 22 kilómetros hasta Pareditas, donde nos advirtieron que debíamos proveernos de abundante agua debido a que no había nada hasta el dique Agua del Toro.
Más adelante el camino se bifurcó en la nueva ruta 40 que se estaba construyendo y la vieja ruta 40 de ripio y un devastador camino de arena, donde el agua nunca es suficiente ante el calor y la exigencia física. Transitar ese camino fue lo más duro de todo el viaje. Luego de 73 kilómetros más llegamos a un barrio fantasma donde había muchas casas deshabitadas a la vera del dique y una comisaría, donde nos dejaron acampar.
Seguimos rumbo a El Sosneado, pasamos por el puente que va por debajo de la montaña y luego de un corto ascenso a uno de los mendocinos se le rompió la maza de su bicicleta. No hubo forma de arreglarla. Logró que una camioneta lo alcanzara hasta la Ruta 144, donde nos encontramos luego de pedalear varios kilómetros con un hermoso camino de arena asentada. En esta ruta el mendocino afectado tomó un micro hasta Malargüe, donde conseguiría el repuesto enviado por encomienda. Nosotros seguimos por esa ruta asfaltada y ondulada hasta El Sosneado, pedaleando finalmente 100 kilómetros en el día. Allí dormimos en una habitación bastante económica.
Desde El Sosneado hasta Malargüe no hay más de 50 kilómetros de asfalto. Sólo hay que tener en cuenta que es religión que luego del mediodía el viento empiece a soplar más fuerte.


En Malargüe nos reencontramos y paramos en el camping municipal. Al día siguiente, temprano como siempre, seguimos por la Ruta 40. Transitamos la cuesta del Chihuido con un viento bastante furioso y en contra y nos dirigimos hacia Bardas Blancas, a 65 kilómetros. Debido a las fuertes ráfagas nos prestaron un galpón en un camping. Esa noche nos dimos el lujo de comer en el comedor de Kiko, quien conserva fotografías de ciclistas viajeros y pescadores en su salón.
Decidimos que nos quedaríamos allí un día más para darle descanso a la rodilla del cordobés, quien había sido infiltrado en la salita del pequeño pueblo. Al día siguiente hicimos trekking hacia la Caverna de las Brujas.
En la noche decidimos que sería necesario levantarse más temprano de lo habitual y ganarle unos kilómetros al viento, ya que en esa zona se volvía insostenible.
Para llegar a Ranquil Norte salimos antes del amanecer y pedaleamos hasta la famosa pasarela por más de 50 kilómetros de asfalto desmejorado, unos 35 kilómetros de ripio y algunas subidas importantes, hasta que el agotamiento comenzó a estar presente. Por mayoría decidimos acampar en medio de la montaña. Pero había un pequeño gran problema: teníamos muy poca agua. En las rutas desoladas los camiones suelen ser la salvación de más de uno. Paramos un camión para pedirle agua y gentilmente pararon dos. Nos dieron varios litros de agua y pan que fue bien recibido por el grupo. Les agradecimos enormemente, jamás en mi vida creí necesitar tanto lo básico para vivir. En cada kilómetro le dábamos más valor a cada cosa.
Despertar con ese amanecer fue lo mejor para comenzar el día. Desayunamos y arrancamos a pedalear, hicimos 10 kilómetros más de ripio, 20 de asfalto con algunas cuestas y llegamos a Ranquil Norte. Como aun teníamos resto seguimos hasta Barrancas por 22 kilómetros más y nos quedamos en un camping.
A medida que avanzábamos el frío rajaba la cara y parecía penetrar en los huesos. Este día pedaleamos por no más de 35 kilómetros para llegar a Buta Ranquil, donde la suerte no parecía estar de nuestro lado. Los hoteles eran carísimos, los campings estaban cerrados y el frío no nos dejaba pensar. Hasta que al Gringo se le ocurrió acercarse a un club y en un abrir y cerrar de ojos el director de Deportes nos alojó allí. Tuvimos calefacción, colchones, duchas calientes y nos prestaron la cocina: ¿qué más podíamos pedir, si afuera se cerraban rutas porque había empezado a nevar? A veces ante los buenos actos de la gente no alcanzan las palabras de agradecimiento. Pese a ofrecernos alojarnos en el club los días que fueran necesarios, decidimos seguir avanzando. Sabíamos que sería un día duro de varios kilómetros, subidas y viento.
Luego del almuerzo los chicos se tiraron a descansar y yo decidí seguir pedaleando para no retrasar al grupo. La trepada se volvía más dura con los fuertes vientos. Veía que me sobrepasaba mi compañero que se había quedado descansando, y eso era para preocuparse… Me bajé de la bicicleta resignada y quedé mirando la cuesta un tiempo, preguntándome lo que se preguntan todos cuando algo cuesta tanto: ¿Quién me mandó a hacer esto? Luego vi a mis otros dos compañeros que también la venían padeciendo, los esperé y entre los tres se hizo más llevadero. Pero la realidad era que a ese paso no podíamos avanzar y seguir requería de demasiado esfuerzo físico. Pasando Auquinco, a unos 60 kilómetros de Buta Ranquil, preguntamos en unas casitas aisladas por algún refugio y conseguimos que nos prestasen una casa en construcción sin techo. Nos cubrió bastante, pero creo nunca pasé tanto frío en mi vida. La noche se hizo durísima.
El siguiente día pedaleamos unos 30 kilómetros con muchísimo viento y llegamos a Chos Malal, donde paramos en un camping.
Al otro día partimos hacia Churriaca, donde teníamos 70 kilómetros con bastante subida. En el medio de la cuesta paramos a comer. Un camionero detuvo su marcha para decirnos que a pocos kilómetros comenzaba la bajada y se encontraba el pueblo. Con uno de los mendocinos salimos primeros y agarramos la bajada a pleno y con viento a favor. Supuse que nos habíamos pasado, esperamos a los chicos, quienes se molestaron un poco por el error y decidieron no volver al pueblo y seguir adelante. Unos trabajadores de la zona les habían comentado que a un par de kilómetros había una granja donde vivía gente muy amable que nos podía ayudar. Se venía la noche y luego de 40 interminables kilómetros pudimos visualizar la tranquera blanca del lugar. Acampamos entre chanchos, cabras y caballos. Con la comida justa, el cansancio y un par de diferencias, la onda no era de la mejor.
Al comenzar el nuevo día se renovaron las energías del grupo y fuimos por 60 kilómetros más hacia Las Lajas, donde paramos en un camping. Salimos de la atrapante Ruta 40 y tomamos la Ruta 242 hacia Pino Hachado. El paisaje era realmente alucinante, la mayor parte del camino en subida y el viento soplaba tan fuerte que en dos ocasiones, sin exagerar, me tiró de la bicicleta. Luego de 60 kilómetros, como no había absolutamente nada para acampar, paramos al costado de un refugio deshabitado. A pesar del cansancio tuvimos que ser ligeros para buscar leña lo más rápido posible y no congelarnos.
No existe nada mejor para el frío que el fuego aliviador. Creo que en medio de la naturaleza si podés dominar tu mente y el fuego, tenés grandes chances de seguir en carrera.
Despertar en ese lugar era un sueño, no sabíamos si estábamos dormidos o despiertos. Nos dirigimos por 40 kilómetros hacia Villa Pehuenia. Más nieve, más frío, más verde y un camino de ripio encantador. Seguimos un tramo más por la Ruta 242 y luego hicimos un tramo de la Ruta 23 y un pedacito de la Ruta 13. En el pueblo hay varios campings, pero al pasar por el almacén de Don Vicente paramos a comprar algo para comer y nos atendió Mari. Hablamos un largo rato y nos ofreció el patio de su casa para acampar. En ese momento nos enteramos de que el siguiente día era el último de la celebración de Ceferino Namuncurá, así que decidimos quedarnos.
Se venía el anteúltimo día de pedaleo. Siempre que uno se acerca al final no quiere que el sueño termine. Pedaleamos 48 kilómetros tomando la Ruta 11 de arena y luego empalmamos con la Ruta 23 de asfalto. Paramos en un camping y descansamos, preparándonos para el último y exigente día de una travesía inolvidable.
El destino era Junín de los Andes. Nos esperaban 110 kilómetros, en su mayor parte por camino de ripio y que incluían la cuesta de Rahue. El camino hacia Junín es realmente hermoso y sabiendo que era el último día lo disfrutamos cada kilómetro como la última gota de agua que pueda quedar en la caramañola, tratando de que durara lo máximo posible. Pero cuando nos quisimos dar cuenta ya habíamos llegado a destino. Paramos en un camping y brindamos por la gran conquista.
En este viaje nos dimos cuenta de que lo mínimo, lo poco que nos pueden dar, es todo. Las gracias nunca son suficientes ante el buen gesto. Cada día es un acertijo porque algún imprevisto surge o algo nos sorprende y en cada kilómetro pedaleado aprendemos, conocemos, valoramos y disfrutamos al máximo de la experiencia.

Por Alejandra Olguín

Nota publicada en la sección Viajeros de la revista Biciclub N 266, febrero 2017.

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