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Donde yacen los gigantes

Fecha: 17.06.2017

Apenas empezamos a salir en diciembre de 2015, surgió la primera promesa. En pocos días iba a ser mi cumpleaños y él estaría en Córdoba. A modo de regalo le pedí a Guille que al regresar me invitara a pedalear hasta el Cementerio de Barcos. Nunca había ido pero las fotos publicadas por varios ciclistas me atrapaban con mucha curiosidad. Surgieron después otras propuestas y fue quedando perdido el plan de esa salida tan deseada. Hacía varios meses intentamos llegar pero nos perdimos y terminamos paseando por Ingeniero Maschwitz.


El despertador sonó a las seis de ese sábado nublado de abril. Armamos expectantes las bicis y salimos a buscar la aventura tras llenar un termo con café. Nos separaban del objetivo unos 50 kilómetros. Veníamos a buen ritmo y paramos recién en Nordelta (Tigre) para estirar las piernas, descansar y disfrutar del sabor y el aroma del café que nos entibiaba las manos y de a sorbos las gargantas.


Llegamos a destino siguiendo rigurosamente el GPS. Escobar da la bienvenida a los visitantes con un gran puente turquesa en su estructura, sostenido por columnas multicolores. Por debajo lo cruza un arroyo ancho donde pescaban tranquilos algunos lugareños con sus perros escuchando unos cuartetos. Los amarillos intensos del otoño atrapaban las miradas combinados con las distintas tonalidades de verdes de los árboles. Cuando vi sus colores, entendí por qué es la Capital Nacional de la Flor.


Habíamos cumplido la vieja promesa. Entramos al Paraná de las Palmas con hambre pero con la calidez de la misión cumplida. Estaba nublado pero algo templado, con la luz ideal para sacar fotos sin sombras. El río inspiraba calma y el descanso necesario después de unos días emocionalmente complicados. Por una calle de tierra entramos a un camping y nos fotografiamos abrazados en su muelle. Debíamos pagar entrada si queríamos quedarnos, pero sólo pedimos permiso para pasar a conocer el predio. Nos fuimos entonces a la costanera y sentados en un banco de la orilla comimos una improvisada vianda apoyando las bicicletas en un árbol. Nos reconocimos nuevamente en miradas, risas y la sensación de la dulce compañía. Un bote solo amarrado al lado nuestro se movía con el oleaje. A lo lejos, inmensos barcos de carga tapaban el horizonte hasta que desaparecían del otro lado de la orilla. De pronto el lecho se llenó de kayaks naranjas en una clase de remo. Un corajudo practicaba dando vueltas volcándolo, y quedaba con el cuerpo sumergido para luego volver a ubicarlo en su correcta posición. Y ahí sí, con la panza llena y los ojos con hermosas y calmas imágenes nos fuimos al esperado lugar. Guille me guió pedaleando hasta el Cementerio de Barcos, allí donde yacen los gigantes.

Abandono
Alejados del agua, sobre tierra firme, oxidados en casi todos sus rincones descansaban en paz los viejos barcos. Muchos ya no tenían puertas ni ventanas y se notaban rastros de saqueos. Sus hélices apoyadas sobre el pasto se veían entre los yuyos crecidos. Daba intriga conocer las historias de esas inmensas moles de hierro olvidadas en el tiempo y confieso que tuve ganas de recorrerlas por dentro, pero no es tan fácil el acceso. Detrás de un alambrado con una enredadera y flores violetas se escondían algunas embarcaciones que parecían un legendario hogar de fantasmas. Era un astillero. Algunos hombres trabajaban con grandes máquinas y a lo lejos, entre tantas toneladas de hierro corroído, como si fuese una señal de esperanza, gestaban un gran barco nuevo. Dividido en dos partes iguales, observábamos su inmenso interior, imaginándolo terminado, moderno y surcando nuestras ríos. Es raro ver tantos navíos olvidados, apoyados sobre la tierra, rodeados de arbustos crecidos y arboledas. Jugamos con un timón blanco en la entrada de un club náutico y luego pedaleamos a lo largo de todo el resto de la costanera.
Los puentes del Paraná


El muelle principal, turquesa como el puente que nos dio la bienvenida, se erguía pintado prolijo entre las aguas mansas. Nos sentamos de la mano en su escalera unos minutos mirando pasar las lanchas y disfrutando de las risas de los chicos que jugaban en la plaza aledaña. Subimos a nuestras bicis y nos fuimos alejando, bordeando el Paraná y cruzando puentes de hierro y madera. Algunos eran muy rústicos y separaban islotes. Un sauce recostado sobre el agua refrescaba constantemente sus hojas inferiores. Los pescadores intentaban con paciencia que hubiese algo de pique mientras asaban carne en improvisadas parrillas. Entré a averiguar precios a un complejo de cabañas precarias pero cálidas, a la vera de un canal, frente a un árbol rojo intenso de copa muy tupida, considerándolas para alguna futura salida grupal.
Antes de que refrescara y oscureciera emprendimos el regreso a casa después de un día de relax, de oportunidades renovadas, de la promesa cumplida en el momento más oportuno y de sentir que sigue siendo lindo viajar montados en nuestras bicis, una al lado de la otra, cuidándonos y siempre juntos en el camino.

Texto: Magdalena Lunadei

 

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Nº 274 - Octubre 2017

NOTA DE TAPA
Encuentros activistas: FAB y Bike Bike!
MECÁNICA: Montaje y regulación de la transmisión
VIAJES: Cuba en mountain bikes
ENTREVISTAS: Amigos del Pedal, desde Salta
ENTRENAMIENTO: Qué hacer en el último trimestre del año [+]

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