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En busca de las playas perfectas

Fecha: 12.06.2017

Lo primero que venía a mi mente cuando pensaba en recorrer estas islas era el paraíso: mar de aguas cristalinas, inmensas playas de arena blanca y hasta palmeras inclinadas. Imaginaba a su gente, de mayoría afrodescendiente, simpática y curiosa, viviendo de la pesca y agricultura principalmente, y hasta ajena al turismo. Creía que por estar en bicicleta llegaría a los mejores lugares, acamparía y disfrutaría de fabulosos atardeceres, me haría amigo de la gente. Creía que recorrer estas islas sería fácil y maravilloso.
Tenía los fondos para los nueve vuelos y los seis trayectos de barco que me llevarían a 12 países: Curazao, Trinidad y Tobago, Granada, San Vicente y Las Granadinas, Barbados, Santa Lucía, Martinica (Francia), Dominica, Puerto Rico (EEUU), República Dominicana, Haití y Cuba.


En las islas no hay turismo alternativo, no hay mochileros ni hostels ni campings y todo es caro. Por ello llegaba y salía del aeropuerto pedaleando y en cada país contaba con alguien que me recibiera en su casa durante un par de noches. Luego, con una idea más clara, salía a darle una vuelta a la isla, que nunca superaba los 200 o 300 kilómetros. Me demoraba varios días porque la mayoría de ellas tienen cuestas terroríficas.


Los caribeños son curiosos y en la mayoría de los casos amigables, pero a la hora de pedirle por un lugar para acampar se transformaban. Noté que los afrodescendientes no están acostumbrados a que venga un blanco en bicicleta y le pida montar la tienda en el jardín de su casa. Allí no hay cultura de camping. Y si antiguamente la había en alguna isla, como me dijeron, la violencia o los robos la hicieron desaparecer. Cualquier persona que escuchaba mis intenciones de acampar me insistía en que no lo hiciera y que tuviese cuidado. Algunas veces intenté acampar en la playa, pero cuando caía el sol el ambiente se ponía pesado, porque la poca gente que quedaba a esa hora comienza a beber. De todas maneras al menos una vez acampé en la mayoría de las islas.


Me dirigía a los afrodescendientes porque son los que habitan las islas, pero nunca me permitían acampar donde yo pedía sino lejos, bien lejos de ellos, justificándose con la violencia del lugar o con alguna banalidad. Ni una vez se me acercaron para preguntarme si necesitaba de agua. No me parecieron personas hospitalarias. Casualmente la mitad de mails que mandé fueron dirigidos a afrodescendientes, pero los que me recibieron fueron siempre blancos, mestizos e indios.
Estas islas estuvieron marcadas por más de 300 años de esclavitud y el 80% de la población es descendiente de esclavos. Imagino que hasta el concepto “blanco de mierda” fue transmitido de padre a hijo, de generación en generación. Y no creo que en la actualidad sea muy diferente, si son los blancos descendientes de los colonos quienes poseen una gran parte de las tierras y también controlan un número importante de los sectores económicos, en particular el de la agricultura, mientras que gran parte de la población negra vive en la extrema pobreza. Pablo, un rasta que conocí en Santa Lucía, me dijo al respecto: “Es como si hubiese supremacía blanca, los blancos son gerentes de los hoteles y empresas, los capitanes de los barcos, los dueños de los supermercados. El peor problema es que ese dinero no se invierte aquí, ni siquiera lo gastan, se lo llevan.”

Lee la nota completa en nuestra edición de Biciclub de Junio (N° 270), disponible en kioscos de revistas y bicicleterías adheridas.

Texto de Pablo García: www.pedaleandoelglobo.com, Facebook: Pedaleando el Globo, Twitter: @pablobicycle

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Nº 273 - Septiembre 2017

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