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Las alas del príncipe

Fecha: 16.08.2015

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Por aquel entonces no existía el Día del Niño, de modo que mi única esperanza se reducía a dos fechas cruciales, el día de mi cumpleaños y el día de Reyes (en Navidad no se hacían tantos regalos como ahora). Y el hecho es que cuando estaba por cumplir ocho años de vida los Reyes Magos me trajeron mi primera bicicleta. Me sentí un príncipe, porque como todos sabemos los reyes bondadosos gustan de hacer regalos a los príncipes consentidos. Y yo era hijo único, aprendiz de príncipe sin competidores a la vista.
Corría el año 1952 y estábamos de visita en la casa de campo donde vivía mi abuelo materno. Una semana antes, como era habitual entonces, había formulado por escrito mi pedido y se lo había entregado en persona a los Reyes Magos, que amablemente recibían las solicitudes en la tienda Harrods de la calle Florida, en el centro de Buenos Aires. Pero el asunto es que era el tercer año en que reiteraba el mismo pedido… y la bici no llegaba. De modo que mis esperanzas eran bastante flacas.
Así y todo el 5 de enero me acosté temprano. Esa noche, sin saber por qué, sentí que debía respetar el “¡los chicos a la cama!”, frase que usan los mayores cuando van a hacer cosas secretas a las que no quieren que los más chicos asistamos.
Tardé mucho en dormirme, cosa que a mi madre le llevó muchos cuentos lograr. Es que había presagios en el aire, aunque no podía definirlos y mucho menos atribuirlos a que en esa ocasión mi pedido se iba a cumplir exactamente como lo había formulado. Y tal era la fuerza de esos presagios, tal su peso, que debo haber dormido pocas horas hasta que me desperté en plena noche y me di cuenta que me iba a resultar difícil, si no imposible, volverme a dormir. La casa estaba en silencio, los mayores ya se habían retirado a sus habitaciones, en la mía sólo se escuchaba el leve ronquido de mi abuela, con la que compartíamos cuarto, y la oscuridad de la noche era total.
Vigilé todo el resto de la noche. Cualquier rumor en el aire me daba pistas de que los camellos que transportaban a los Reyes estaban comiendo el pienso y bebiendo el agua que yo había cuidadosamente acumulado en sendos baldes durante la tarde anterior y que había depositado bajo la protección de la galería.
Cerré y abrí los ojos muchas veces. Escudriñé cada brisa, cada movimiento, cada luz, cada perfume. A pesar de mi ancestral temor a la oscuridad, en esas horas no sentí miedo alguno. El presagio me contenía, me transportaba hacia el amanecer.
Lentamente, la oscuridad comenzó a disolverse. Por las juntas de las celosías que cubrían las ventanas de mi habitación comenzó a filtrarse una creciente claridad, tímida primero, franca y anunciadora luego. El día y el presagio crecían juntos, tomaban nueva forma, y ahora me conducían al final del túnel, a la misteriosa salida.
Cuando el anunció se completó me desprendí de la sábana y tan lenta y sigilosamente como una nube apoyé mis pies en el ruidoso piso de madera. Algo debe haberme transportado, porque si bien yo era liviano resultaba imposible que al caminar por ese piso uno no sintiera que toda la casa se iba a despertar.
El siguiente paso fue abrir la puerta del dormitorio, que no produjo más ruido que el apartar de un velo, y al instante ya estaba en la sala, con su sólido, frío y callado piso de mosaico. Abrí la puerta que daba al exterior y en un instante ya estaba asomado a la galería. La luz lechosa de la primera madrugada inundaba todo. Giré mi cuerpo y mi vista hacia donde había depositado los baldes… y allí estaba, reluciente, vestida de rojo y verde, perfecta, esperándome. Mi pecho se abrió, mi corazón salió mansamente de mi cuerpo y se unió místicamente a mi regalo de Reyes.
Una ficha técnica diría que mi primera bicicleta era marca Broadway, rodado 20, color rojo y verde. Años después “supe” que era bastarda, aunque nunca pude sentirla de esa manera. Fue mis piernas, fue mis alas, me transportó allende el cobijo del hogar, vereda arriba, hacia un mundo que había que descubrir. Con ella libré muchas batallas, hice amigos, conocí rincones misteriosos, me introduje en lugares prohibidos y probé el gusto de la libertad.
Muchas veces me he esforzado vanamente en recordar otros regalos recibidos en mi niñez, pero finalmente sólo este presente de reyes viene a mi memoria, vivo, claro, transparente como ninguno.
Desconozco qué fue de mi Broadway. Algún día y en circunstancias que no logro precisar debe haberse ido, seguramente a iniciar en los misterios de la bicicleta a otros aprendices de príncipe.

Texto: Mario García | Ilustración: Isabel García.

Intro de la revista Biciclub Nº 248, agosto 2015.

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Hablamos sobre: Mario García, Mundo Bici

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