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Prolijamente desprolijo

Fecha: 11.09.2013

En honor a los antiguos talleres de bicis artesanales que funcionaban en garajes o galpones, el taller de restauración de Santiago Oliver fue bautizado como Born in Garage (Nacidas en el Garaje). Un recuento de los elementos necesarios para concretar una restauración estética y mecánica de calidad y de la filosofía que evoca este trabajo.

Texto: Rocío Cortina | Fotos: Felix Busso

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Santiago Oliver habla rápido, casi sin hacer pausas para tomar aire. Tiene el termo bajo el brazo y no suelta el mate. Mientras dura la charla en su taller, atiende cada diez minutos el celular y contesta también velozmente. Sin embargo, tras el corte no le cuesta –por suerte- retomar la idea que estaba desarrollando antes.
Esos ratos de abandono por parte del entrevistado son perfectos para curiosear el taller de restauración mecánica y estética de bicicletas inaugurado hace casi un año en el barrio porteño de Colegiales y bautizado Born in Garage. El nombre del lugar hace honor a los antiguos talleres de bicis artesanales que funcionaban en garajes o galpones, donde él cuenta que nacieron las bicicletas de su infancia.
Una casa “de las de antes” -que también está en proceso de restauración- hace de espacio de trabajo, donde se combinan herramientas, piezas y componentes antiguos y modernos con plantas que cuelgan de latas de colores, cuadros de bicicletas recién pintados y, más allá, cerca de la pileta del patio del taller, ollas, fuentes, espumaderas y otros tantos elementos para cocinar. Todo indica que la decoración y el menú también son artesanales.
“Siempre me quedó el corazoncito con las cosas viejas. Veo un auto moderno y es lindo, tiene todos los lujos, pero me mostrás uno del 80 y me convence mucho más, y veo uno del 50 y me quedo ahí”, explica Santiago.

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De chico, ¿cómo fue tu relación con la bici?
Primero por insistencia de mis viejos. Yo tuve papis separados desde siempre, y en la casa de mami tenía una Aurorita 16. Cuando cumplí ocho años, en el año 85 más o menos, mi viejo me regaló una bici de bmx sin que yo la pidiera ni nada. No había gran variedad de productos, habían comprado un kit de caños para armar un cuadro rodado 24 pero finalmente soldaron y armaron un 20. Las mazas, el plato y las palancas eran Campagnolo, también para rodado 24.
Mi viejo tenía mucha relación con la mecánica. En el taller del fondo de su casa había unas bicicletas que se llamaban Capra, unas bicis de bmx de aquella época de las cuales yo tenía la número cuatro. Todas estaban numeradas, tenían caños de cromo molibdeno, rueditas radiales adelante, atrás con un cruce, mucha tecnología para la época. Ahí aprendí la diferencia entre una bici pura sangre, de competición, y una Aurorita a la que se le sacaban los guardabarros y la subían al circuito.
2010-12-Born-In-Garage-4-PH-Felix-Busso-126Para esa época yo corría en mountain bike en el circuito de Pilar y ganaba, pero no por suerte sino porque tenía una muy buena bici y un poquito de actitud. De chiquito me enseñaron que la bici y su buen funcionamiento es importante, siempre supe que una ruedita la tenía que girar y no se tenía que frenar, que los patines de freno no tenían que tocar, que las ruedas tenían que estar alineadas, centradas…, todo eso me lo empaparon. Siempre me llamó la bici, por ese olorcito que tiene a libertad, a anarquía.
Más tarde, cuando mi mamá se mudó frente a Parque Centenario, el mismo día de la mudanza saqué la bici del camión y estaba pinchada. Entonces fui a la bicicletería de Claudio Nodari y en ese mismo momento comenzó una gran amistad con él, que tenía 20 años. Hace poco cumplió 45, así que hace 25 años de toda esta historia y que comencé a aprender cómo funciona una bicicleta.
Con varias idas y venidas, durante la adolescencia Santiago trabajó en la bicicletería de Claudio Nodari, primero aprendiendo con arreglos menores y después atendiendo a clientes. También armó bicis individualizadas: “Me gusta el custom, los choppers y esas cosas –cuenta-, entonces me hice mis bicis. Cuando las llevaba al trabajo venían clientes y me preguntaban si estaban a la venta. Les decía que no, entonces me pedían que les armara una. Y así empecé a trabajar en lo de Nodari con al armado personalizado.”
Para esa época Santiago ya estaba alejado de las competencias de MTB: “Me estresaba mucho en las carreras -justifica-. La bici en mí funciona como terapia, me subo y es un disfrute, un descuelgue, algo que perdería si corro. La noche anterior a las carreras me quedaba pensando en cómo había desarmado la bici, en si había tocado ese cono, si lo había clavado, si lo había rectificado. Me cargaba mucho, y después de la carrera tenía vómitos y hasta violencia, porque estaba nervioso, y todo sólo por querer ganarle a otro, para demostrar que soy mejor. Hoy demuestro que tengo una buena calidad de otra manera, en otro aspecto. No necesito competir.”
En el 2000, en el guardabicicletas de la estación Martín Coronado del Ferrocarril Urquiza, el ahora dueño de Born in Garage hizo una nueva experiencia en el rubro: “Tuve ese negocio durante varios años, pero llegó a un tope porque no podía crecer más ahí adentro –dice-. Había muchas reparaciones, pero yo quería explorar y vender el producto actual.” Ese fue el motivo por el cual volvió a trabajar con Nodari, esta vez como encargado de la bicicletería.

¿Quiénes fueron tus maestros?
Con mi viejo aprendí a trabajar la mecánica. Me gusta agarrar la herramienta, entender por qué funciona todo, no sólo reparar por reparar. Ahora yo trabajo mucho, por ejemplo, con la restauración de cambios internos, tipo el Nexus de Shimano. En bicicleterías normalmente no se ven mucho y por no querer aprender o no ponerse a buscar hacen macanas o dicen que no sirve más. En la restauración a mí me toca meterme con esa parte. Tengo un banco de trabajo bastante grande, cuestión de poder hacer todo el despiece bien estirado, limpiar todas las piecitas, poner grasas de calidad acordes a la época y a los componentes. Todo eso no me lo enseñó la bicicletería, lo heredé de la pasión de mi viejo, de otros maestros torneros que he tenido, de talleres que he visitado en mi vida, incluso de talleres de motos o de autos.
En la bicicletería fue estar en el día a día, aprender haciendo mate, barriendo y mirando, hacer primero mil millones de parches, cambiar cubiertas y patines de freno, hasta que te vas ganando el lugarcito. Ahí mi otro gran maestro de bicis fue Claudio Nodari, por quien tengo un respeto muy grande. Todavía me sigue retando, aunque en algunas cosas ya no le doy bolilla y en otras también le enseño yo.

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¿Cómo empezó el proyecto de montar tu propio taller?
Mi crisis de los 30 derivó en un trabajo en un estudio de tatoo y body piercing que duró cuatro años, en viajar por Latinoamérica y abrir mucho más el espectro. Sin embargo, no dejé de hacer trabajos individualizados. Yo entraba al mediodía al estudio de tatoo, pero a las nueve ya estaba en lo de Nodari armando bicicletas. La ganancia que tenía la invertía en mis bicis (ver columna aparte).
Para junio del 2010 decidí renunciar a todo eso. En agosto me fui de viaje, recorrí Misiones, Brasil, Paraguay. Agarré el canuto y tenía 800 pesos, mi mujer justo estaba cambiando de trabajo y tenía agosto libre. Me miró y me dijo: “Antes de gastar esa plata acá, vámonos.” No tuve más plata hasta que empecé con el taller en septiembre del año pasado.
Para arrancar, Claudio (Nodari) me dio un poco de mercadería, pedí unos mangos prestados para comprar las herramientas que me faltaban y ya. Me compré la amoladora de banco y la de mano, una agujereadora de banco y algunas herramientas de bici y empecé a laburar.

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¿Siempre trabajás con bicis que te traen los clientes?
Sí, es lo que pido. Decidí trabajar sobre lo que el cliente ya tiene o bien recomendarlo en su compra y luego hacerle una mejora estética y mecánica.

¿Cómo se hace una buena restauración?
Estoy convencido de que la bicicleta no tiene que volver al taller. La reparación se tiene que hacer definitiva. Hay casos en los que agarrás una bici que estuvo años en el balcón y si la llevás a la bicicletería, al momento de arreglarla te dicen que hay que inflarle la rueda, ponerle un poco de aceite, cambiarle los gomines y “usala que después vemos”. Pero ese “después vemos” te trae un montón de problemas. Yo te hago todo de una. No quiero que el cliente vuelva y me diga: “Me quedé en Palermo”. Los mensajitos que me mandan cuando prueban las bicis dicen “amor debajo de mis piernas” o “hermosas sensaciones”. Y esas cosas a mí me hacen sentir bien y levantar el pecho. Quiero que la bici no genere problemas y dé todas esas lindas sensaciones que uno tiene sobre ella. Trato de hacer una mejora real y con criterio sobre la bici.

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Hablaste de las sensaciones. Además de lo mecánico, ahí cuenta lo estético. Dado que tu trabajo en la restauración une estas dos cosas, la estética y la mecánica, ¿cómo ves esa relación?
En algunas restauraciones, como en la de una Aurorita, la idea es hacer una restauración estética a original de época, entonces no se le hacen muchas mejoras mecánicas, sino simplemente el ABC funcional al pie de la letra. Se le mejora la calidad de las fundas, de los patines de freno, de las cámaras. O en caso de bicis Raleigh o Philiphs de época que quieren estar igual no se le hace mucha estética, simplemente la pintura, los cromados, tratar de conseguir un buen asiento o hacerlo traer.
Después están las chicas que se visten de muchos colores y quieren tener sus bicis con muchos colores, y tienen una bici más o menos. Entonces ahí, ya que esa bici se desarma para pintar, cuando se arma se hace con criterio mecánico.
Hay muchas chicas y chicos para los que la estética es muy importante, tipo Palermo Hollywood. Este fuerte es en Capital Federal, no en provincia, donde la bici es más guerrera.

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¿Por qué decís que Born in Garage es un “taller privado”?
Porque no tengo una vidriera. Acá yo hablo y veo a mi cliente. Queda soberbio decirlo, pero decido a quién hacerle el trabajo. No es como en la bicicletería, que se atiende a todos. Yo hago trabajos personalizados.
Born in garage, que significa nacidas en el garage, trae las reminiscencias de esos años en que nació el custom y surgió la intención de individualizar las cosas. Antes de que haya talleres industriales todo se hacía en el garaje o en el galponcito donde se creó mi bici. Me gusta eso, yo nací con eso. Me gusta porque si hoy yo me quedo sin terminales para cables le puedo poner un niple aplastado, porque me puedo dar ese lujito de que las bicis tengan esas cosas. Y también eso de que haya a la tarde una cervecita con un cliente y una señora no se ofenda si justo viene a buscar su trabajo, porque en realidad está entrando a un lugar privado.
Hay mucha gente que te trae la Aurorita que tenía tirada en la baulera hace veintipico de años y que cuando se la arreglás te agradece por revivirla, porque tienen recuerdos hermosos.
También, lo que quiero marcar con lo de taller privado es trabajar sin estrés. Quiero trabajar seis horas y tres horas más disfrutar de lo que hago, dedicarme a mis plantas, por ejemplo, o a mis bicis.

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Además de sus trabajos en el taller, recientemente Santiago ha sido convocado por la marca de indumentaria Satori para hacer la estética de una serie limitada de bicicletas. Se trabajó sobre dos estilos, tipo sport y tipo inglés (ver foto). “En varias reuniones fuimos viendo a qué podíamos llegar –cuenta-. Realmente creo que no hay límites, los únicos son los económicos, porque las bicis que ideamos tienen mucho costo de estética, es un trabajo muy puntual. El logo de Satori está pintado con aerógrafo, pintura a horno en 120 grados. Cada vez que hacen un color tienen que sacar todo lo que encintaron, cocinarlo, volverlo a sacar. Y son cuatro bicis y cuatro colores combinados en cada bici. Por ejemplo, la bici negra tenía líneas azules y llantas de un color y mazas de otro. La blanca tenía llantas de otro color y líneas de otro.”
En la restauración de una bicicleta lo mécanico y lo estético van de la mano. Ambas cosas podrían leerse como la necesidad de que la máquina funcione perfectamente y de que quien la tiene en sus manos sea suficientemente flexible para consumar su arte, el de provocar en el usuario una sensación. Poco a poco, escuchando al que sabe, se sospecha que quizás su modo de hablar, rápido y constante, pero a la vez interrumpido y ramificado, evoca lo que él mismo considera esencial en su labor: “La restauración tiene esa cosa del arte custom y del trabajo desprolijo, pero, a su vez, con mucha prolijidad”, define Santiago.

EN EL TALLER
Mécanico y fanático

Antes de ser mecánico, Santiago Oliver fue fanático coleccionista, por eso dice que a veces le cuesta tener que hacer procesos de restauración y luego entregárselos a otros, ya que ese es un trabajo que desde siempre ha hecho para él mismo. En total tiene 12 bicis, algunas en restauración, otras en uso, alternando: “Durante todo el año pasado nunca fui a una Masa Crítica con la misma bici”, cuenta.
Entre las bicis que están en restauración hay una clásica Phillips con freno a varilla con la que Santiago está armando una “old racer”: “Es una de las bicis que fui guardando por mucho tiempo” –explica-. Le saqué todo el sistema de varillas y le hice pintar la llanta en dos tonos. También pinté el centro de maza.”
Otra de las perlitas que se ven en el taller es una bici del año 30 con llantas de madera, que fue comprada por muy poco dinero en el 2002: “Tiene cambios Súper Champion, un sistema francés basado en una ruedita que en vez de estar en el piñón está por debajo del plato”, describe.
La idea del mecánico es ir terminando las bicicletas a medida que se puede, para así tener una suerte de currículum de trabajos en vivo y directo.

Nota publicada en Biciclub Nº197, mayo 2011.

 

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One Response to “Prolijamente desprolijo”

  1. Guillermo dice:

    Es grato saber que hay Mecánicos (ingenieros) como Santiago Oliver que es un genio que vence los obstáculos y arregla y construye con pasión y amor. felicidades a Biciclub

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