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Travesías extremas: Los lugares más cálidos del mundo

Fecha: 25.02.2016

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Así como la supervivencia en las regiones heladas depende de la habilidad para conservar el calor, en zonas de temperaturas altas nos debemos a nuestra capacidad de adaptación y de hidratación. La experiencia de Mariano Lorefice en los desiertos de Atacama, Sahara, Namib, Kavir y Gobi.

Por Mariano Lorefice*

En los últimos 25 años crucé la mayoría de los desiertos (y otros lugares) donde el calor alcanza condiciones extremas, como Atacama, Sahara, Namib, Kavir, Gobi, Australia y Mojave. En ocasiones, en países de clima tropical y húmedo, sufrí más los efectos del calor que en los secos desiertos. Pero en ambos casos la experiencia fue interesante y me sirvió para aprender la importancia de mantenerme hidratado y adaptarme a diferentes condiciones, en las cuales es difícil obtener agua y es necesario aprender a sobrevivir.
Así como la supervivencia en las regiones heladas depende de la habilidad para conservar el calor, en las zonas cálidas la vida depende de nuestra capacidad de adaptación y de mantenernos hidratados.
El agua es vida, es fundamental tanto para el calor como para el frío, infaltable en cualquier experiencia extrema y en la cotidianeidad. Jamás se la puede obviar. El agua cubre más del 75% de la superficie terrestre. Sólo una quinta parte del planeta está comprendida por desiertos. Pero en la actualidad, por el descontrol ecológico, éstos se expanden de manera muy acelerada.
Los seres humanos no tenemos la capacidad de almacenar líquido como los camellos o las plantas xerófilas (cactus). No podemos acumular reservas de agua en nuestro cuerpo; cualquier exceso de líquido es eliminado. A la vez, nuestra capacidad de transporte en la bicicleta se limita a unos 15 ó 20 litros de agua como máximo (aunque podría ser más). Entonces, si transitamos por el desierto tenemos que recurrir a algunas de las mil millones de personas que habitan las regiones áridas del planeta ¡aunque a veces sea muy difícil encontrar a alguna de esas personas!
Lo fundamental para sobrevivir, aparte de transportar agua, es ser prudente, tener conocimiento de nuestro propio cuerpo -sus posibilidades y limitaciones físicas- y haber estudiado bien la zona.

El cruce de los desiertos
La sola mención del término desierto nos trae a la mente la imagen de un sol abrazador sobre un ilimitado horizonte de arena donde no nos cabría la posibilidad de pedalear. Sin embargo casi todos los desiertos están habitados en ocasionales y apartados parajes, donde los pobladores pueden dedicarse a la extracción y explotación de minerales y crianza de animales. El único desierto que puede considerarse inaccesible es el de Takla Makan, ubicado en el interior de China y protegido por altísimas cordilleras.
Al viajar en bici es interesante observar las adaptaciones y cambios que sufren las personas de los diferentes lugares. En las zonas más calientes, tal vez duerman la siesta en las horas más pesadas del día, se trasladen con movimientos lentos y usen ropa holgada de mangas largas, turbantes y túnicas que brindan comodidad, refrescan y protegen la piel de los rayos solares y de las fuertes tormentas de arena. En Irán, por ejemplo, la costumbre religiosa me obligó a usar pantalones largos para pedalear con temperaturas que superaban los 45º.
Los camellos y dromedarios son un excelente ejemplo de cómo los animales se adaptan a todo tipo de condiciones y también me sirvieron como demostración de dominio y autocontrol. Traté de mentalizarme para imitar el tranquilo, sonriente y despreocupado andar de los camellos por caminos que no sólo eran un infierno por el calor sino también por el tránsito endemoniado de todo tipo de vehículos.
La falta de pastillas potabilizadoras para el agua me hacía tentar cada vez que un beduino, en Irán o Pakistán, corría al camino para invitarme con un té. El agua tenía un sabor desagradable, casi intomable, y al beber el té en cierta manera disminuía el riesgo de contaminación e ingería una bebida previamente hervida que al estar endulzada también me aportaba energía.
Al no tener forma eficiente y rápida de potabilizar el agua, corremos peligro de contraer alguna enfermedad o descomponernos en lugares donde una simple diarrea puede resultar muy grave. Las circunstancias hicieron que adorara a los hospitalarios beduinos y sus humildes ranchitos, no sólo porque representaban para mí necesarias casas de té, sino por ser también estaciones donde recibía buena onda y calidez humana, además de un refugio para las fuertes tormentas de arena del desierto.
En Marruecos, cuando crucé el desierto del Sahara, adopté la costumbre de beber te dulce con menta, que la gente me ofrecía con fervor. Igualmente en el desierto del Gobi, en India y en Tibet, el te con sus diferentes agregados fue una bebida hidratante, revitalizadora y que siempre sirvió para confraternizar con la gente.

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Atacama
El desierto de Atacama tiene la misma superficie que Uruguay y está lejos de tener la del Sahara, que es casi tres veces tan grande como la Argentina pero se lo considera el más seco del mundo. ¡Estuvo 401 años sin llover! Con Rocinante —mi bici— tuvimos la posibilidad de atravesarlo en una semana del mes de noviembre de 1995 (viniendo de Alaska). La experiencia fue alucinante. La tranquilidad sólo se interrumpía por poblados alejados 160 kilómetros uno del otro y con ocasionales minas (les dicen “oficinas”) abandonadas y pueblos fantasmas.
Durante el día la temperatura podía llegar a 50º y a la noche bajaba a -10º. Por la mañana cuando el calor ascendía se podía escuchar resquebrajarse la salitrosa tierra. Durante la noche el cielo me brindaba uno de los mayores espectáculos del mundo.
Durante esos días, diez a quince litros de agua eran mi medida. La mayor dificultad era mantenerla a una temperatura aceptable. Para eso envolvía mis caramañolas en buzos mojados y las guardaba en el interior de las alforjas. En un termo de litro almacenaba agua fría para deleitarme con ocasionales sorbitos. Como una ironía, antes de llegar a San Pedro de Atacama me sorprendió un tamarugal en medio de la nada con un cartel que decía “Dame agua por favor”.

El Amazonas
En el Amazonas, como en otros países de clima cálido y húmedo, el calor se siente todo el tiempo y se puede llegar sufrir tanto a la sombra como por la noche. En esa ocasión llevaba una carpa muy chica que durante la noche condensaba el calor y lo aumentaba. Mi consumo de agua se incrementó. Conseguir líquido se transformó en una imperiosa necesidad.
Desde Santa Elena de Uairen, en la frontera venezolana, hasta Guajara Mirim, en la frontera con Bolivia, fueron 2300 kilómetros de pedaleo por el territorio de la Amazonia brasilera. Esta región de selvas y bosques tropicales cubre más superficie que la de una Argentina y media.
De la frontera de Venezuela a Manaus, gran capital del Amazonas, hay 1037 kilómetros y entre ambas sólo dos ciudades: Boa Vista (kilómetro 233) y Presidente Figueredo (kilómetro 906). Luego de Manaus se cruza el río Amazonas y se desembarca en Careiro, desde donde restan 690 kilómetros a Humaita, 910 kilómetros a Porto Velho y 1246 kilómetros hasta la frontera con Bolivia. La distancia entre uno y otro poblado y las altas temperaturas y humedad, transformaron el tramo de Manaus a Bolivia en un gran desafío. La supervivencia se basó en mi capacidad para mantenerme hidratado. Los pocos lugares donde podía conseguir agua eran insuficientes para proveerme del elemento vital, pero por fortuna a lo largo del desértico trayecto pude encontrar gran cantidad de ríos. Al principio traté de potabilizar agua usando un pequeño potabilizador, pero el esfuerzo de bombear no me resultó práctico. ¡Sudaba cerca de medio litro para potabilizar menos de 2 litros! Opté por acercarme a los ríos en donde el agua era menos turbia y cargarla en las caramañolas, agregándole varias gotitas de Iodo como solución potabilizadora. Las pastillas de Micropur me habían dado buen resultado en la primera parte del viaje, pero se me agotaron antes de llegar a Manaus. Eran muy eficaces, prácticas y no dejaban el desagradable sabor del iodo, que se sumaba al sabor selvático del agua (que probablemente lo aportasen los vegetales en descomposición) y al calor que la transformaba en un caldo imbebible. Agregándole un poco de azúcar y leche en polvo conseguí cambiar el sabor de mi “caldo de supervivencia” para que no me resultara tan desagradable.

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Desierto de Mojave
En el verano del 2011 realicé una de las travesías más espectaculares y extremas. Comencé en el Sur de California, en el desierto de Mojave, y finalicé al Norte de San Francisco, en el Monte Tamalpais, cuna y origen del mountain bike. Fueron alrededor de 1500 kilómetros de pedaleo desde los curiosos árboles de Jhosua hasta las impresionantes y gigantescas Sequoias –árboles muy longevos, considerados las coníferas más altas que existen–.
La mayor dificultad de este viaje fue cruzar el Desierto de Mojave, donde se encuentra el valle más cálido del planeta, pasando por la Reserva Nacional Mojave y los Parques Nacionales Joshua Tree y Death Valley.
Viajé de manera autónoma, solo con mi bici. Evité las ciudades y transité por caminos secundarios, en silencio y soledad. Disfruté de un paisaje sin confines; con mi vista podía llegar a lejanas colinas al final de interminables rectas, que luego de algunas horas y con satisfacción, alcanzaba con mi bici.
En la mayoría de los casos acampaba en pequeños pueblitos o parajes deshabitados, calculando una provisión de alimentos y agua. A veces algún auto se detenía y las personas me preguntaban cómo estaba o si necesitaba algo. La gente siempre fue hospitalaria, pero debo destacar que en Death Valley nunca se detuvo nadie.

El Valle de la Muerte
Inicié el recorrido en Shoshone antes del amanecer para aprovechar y pedalear algunas horas sin el calor sofocante. A poco de comenzar llegó el primer esfuerzo del día hacia el Salsberry Pass, a 1010 msnm. Desde allí inicié un largo descenso y alcancé el punto más bajo de América: Bad Water, ubicado a 86 metros debajo del nivel del mar. Es éste el lugar más caliente y seco del mundo, con un récord de 58,1 °C. Le presté mucha atención a beber metódicamente y cada tanto comía algo. Así pude mantener mis niveles de hidratación y energía en óptimas condiciones.
En el kilómetro 116 llegué a Furnace Creek, el primer paraje habitado en donde pude cargar agua y empecé a pedalear las horas más cálidas del día por el bien llamado Valle de la Muerte. Los siguientes 45 kilómetros hasta Stovepipe Wellss los hice en un estado de atención máxima. Trataba de no “evaporarme” y me concentraba en no desvanecerme. Mientras luchaba con una extraña sensación de ir al límite, bebía el agua, con la cual podría haber hecho mate. El desplazamiento de la bici me brindaba una brisa justa y necesaria para refrescarme. Si me detenía, me cocinaba entre el ardiente asfalto del camino y el implacable sol.
Luego de Stovepipe Wellss, con 161 kilómetros pedaleados y más de 8 litros de agua bebidos, inicié el escape del infierno del modo más caliente: ¡Ascendiendo! La velocidad de la bici se redujo igual que la ventilación que ella me producía. El esfuerzo aumentó y el calor corporal superó límites que parecían imposibles. Me imaginé ser un globo de aire caliente que se elevaba gracias a las pedaleadas que generaban calor y aumentaban la temperatura de ese mismo globo, haciéndolo más sutil y volátil. Probablemente fuese un divague producto de la insolación.
Los 25 kilómetros de ascenso hasta el paso de Towne Pass, a 1550 msnm, quedaron en mi memoria como una experiencia inolvidable, un triunfo personal en el cual tuve la satisfacción de vencer el calor del desierto más cálido del mundo y la gravedad. Claro que tuve a mi favor el “peso” de la bici, en gran parte constituido por el agua que llevaba y la propia voluntad.
*Cicloviajero desde 1986. Ha completando múltiples vueltas a la Argentina y dos vueltas al mundo. Recorrió con alforjas más de 70 países. Es el creador de www.patagonia-biking.com y como guía profesional lleva realizadas más de 110 travesías por 14 países diferentes: marianolorefice@yahoo.com.

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TIPS
Sobrevivir en el desierto
Mantener una correcta hidratación. Para deshidratarse no hace falta ir a lugares muy calientes, con temperaturas inferiores a 0º y el olvido y descuido de no beber agua nos podemos deshidratar y sufrir las mismas consecuencias que en el desierto más cálido.
El 60% del peso corporal es agua. Un hombre de 75 kilos contiene 45 litros de agua y la pérdida de solamente un 11/2 produce fatiga y disminución del rendimiento.
Según la humedad y la intensidad con que se pedalee varía la pérdida de líquido, que puede llegar hasta dos litros por hora. Al atravesar zonas calientes el sudor funciona como sistema de refrigeración.
En ocasiones normales de pedaleo se aconseja reponer 800 ml de agua por hora. En etapas exigentes de 150 a 200 kilómetros se recomiendan 6 litros o más. La hidratación deber ser gradual. Beber gran cantidad de agua junta propicia la deshidratación, así como también beber soluciones caseras que contengan azúcar o sales en exceso. He probado las marcas comerciales de bebidas de rehidratación y no me resultan buenas a menos que las diluya con un 20% de agua. Creo que lo más recomendable es beber agua a temperaturas templadas.
La fórmula básica para sobrevivir en terrenos difíciles:
Voluntad = motor
Alimentación = combustible
Hidratación = vida
Autoconocimiento y prudencia = supervivencia y conservación

*Cicloviajero desde 1986. Ha completando múltiples vueltas a la Argentina y dos vueltas al mundo. Recorrió con alforjas más de 70 países. Es el creador de patagonia-biking.com y como guía profesional lleva realizadas más de 110 travesías por 14 países diferentes: marianolorefice@yahoo.com.

Nota publicada en revista Biciclub Nº 244, abril 2015.

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Nº 274 - Octubre 2017

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