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Un viaje por la Patagonia Chilena

Fecha: 22.09.2017

Al dejar de lado el río Baker para encarar el Valle Chacabuco, nunca imaginé lo que vería. Aquí abunda el guanaco y la estepa. Una geografía semidesértica parecida a la santacruceña del otro lado de la Cordillera de los Andes. Desaparece la humedad y el calor empieza a pegar fuerte hasta que la sed se hace presente para empezar a preocuparme. Avanzo sin desesperarme, atento a la presencia de posibles arroyos o lagunas cercanas. Unos kilómetros más adelante se me cruza un importante arroyo de agua corriente y tomo suficiente agua en mis botellas como para cumplir mi meta del día: llegar a Casa Piedra. Para ello tendría por delante unos 30 kilómetros más, pero el camino me sorprende al pegar una curva. Me encuentro con guanacos pastando y, más allá, las imponentes construcciones del flamante Parque Patagonia, del cual desconocía su tan temprana ubicación.
Retomo mi ruta con destino al camping de Casa Piedra. Me recibe mi tocayo Pablo, quién está a cargo del camping ese día. Me invita a pasar de inmediato a la antigua casa. Allí junto a los circunstanciales visitantes Carla y Francisco, de Ecuador, compartimos unas rondas de mate para luego cenar todos juntos.
Lo que en un principio sería una noche en el Parque Patagonia devino en casi una semana. Todos fueron muy gentiles al darme más que un techo sin siquiera pedir nada a cambio, a sabiendas de que me encuentro en un viaje largo y con presupuesto acotado. La ayuda que me brindan es un mimo y un empuje para llegar aún más lejos. Entre largas charlas surgió la invitación de Pablo para acompañarlos a una caminata poco ortodoxa por el Parque para avistar fauna. El sueño era ver huemules y a eso fuimos. Nos acercaron en vehículo a la zona de influencia. Allí Che Daniel nos recibió e impartió indicaciones sobre cómo llegar a la costa del lago Cochrane. Yo no estaba presente para los detalles, pero sí sabía que el camino iba en descenso. Fue muy curioso cómo un camino de media hora nos tomó 5. No nos hicimos la cabeza, montamos nuestro campamento, seguimos con la cena y luego a dormir, ya que todos estábamos muy agotados.
A la mañana siguiente, a tan solo 100 metros de nuestro camping había un huemul esperando ser visto por estos jóvenes e inquietos mochileros, perseguidores de fortuna, optimistas de la naturaleza o fanáticos de la Patagonia… lo que seamos. Allí estaba para ser observado el dócil y manso ciervo patagónico. El símbolo de Chile tantas veces castigado por el desmonte e inserción de animales exóticos en su hábitat natural. Hoy en día lo amenaza incluso el perro salvaje, muchas veces perdido por los bosques y criado al nacer aprendiendo a pasar hambre como para creer que hasta el más fuerte y aun así débil huemul es su presa. Aquí no hay quién lo defienda mejor que el propio Che Daniel, puestero y señor de los campos del Lago Cochrane. Por su incansable labor aún persiste de pie su rey, el huemul.


Se me ocurrió recorrer el Valle Chacabuco porque me parecía una buena idea meterme entre esas masas rocosas. Arturo, un poblador de otra época, me contaba que cuando no existían los caminos, el arreo de ganado desde Los Ñadis hasta Chile Chico era por huellas que atravesaban el Paso La Leona del río Avilés —donde se levanta Casa Piedra— para luego embarcar los piños de oveja o el vacuno hacia el norte, navegando el lago Carrera/Buenos Aires. Pero fue mucho antes, cuando aún no existían los caminos entre Puerto Aysén y Coyhaique, que las diligencias debían hacerse a través del río Baker en su desembocadura en Puerto Bajo Pisagua, al norte del actual Caleta Tortel.
Todo comenzó en las prósperas tierras de Aysén con la llegada de un personaje en busca de nuevas aventuras, Lucas Bridges, el tercer hijo blanco que la Isla Grande de Tierra del Fuego vio nacer, un inquieto aventurero que supo ser amigo y defensor de los indios Selk’nam. Se encontraba por estos pagos en 1916, con el objetivo de montar una estancia. Sería una extensión de la que ya se encontraban en lago Posadas, del lado argentino. Desde allí fue que vino el hombre, cruzando la frontera y abriendo camino por donde yo me encuentro saliendo. La mismísima Entrada Baker.
El amarillo y el verde son mayoría. Las matas y el coirón decoran donde el guanaco gobierna, mientras el río Chacabuco busca su camino por este hermoso valle hacia el Pacífico. Cien años de historia para la última región chilena en ser colonizada por encima del pueblo nativo Alacaluf. Hoy este valle se ha convertido en el Parque Patagonia y pretende defender sus colores como supieron ser, borrando alambrados y tradiciones importadas para demostrar que la tierra puede ser amada tal y como fue creada.
Saliendo de Chile dejo atrás el Valle Chacabuco y la famosa Entrada Baker cruzando el paso fronterizo Río Roballos hacia Argentina. Soy bien recibido por el personal de Gendarmería Nacional Argentina, que me invita a pasar y hasta me sirve un almuerzo. Agradecido por el buen trato y la charla me despido para seguir camino por la Ruta 41 con destino a Los Antiguos. A cada persona que le menciono mis intenciones de atravesar ese paso de montaña, siempre sorprendidos, me desean mucha suerte.
La Ruta 41 es un camino de ripio muy angosto y poco utilizado. Se encuentra bien pegado a la frontera con Chile, y corre a lo alto por las planicies que unen las montañas más altas de la frontera y la precordillera con los colores de Santa Cruz. Su traza pasa por Posadas primero y luego conecta cercano a la frontera el río Roballos con Los Antiguos, vislumbrando a su paso la imagen del monte Zeballos y el río Jeinimeni.
Rápidamente la ruta comienza a subir y me muestra lo más áspero de la travesía, no sin antes sorprenderme en su margen izquierdo y al borde del cañadón con la presencia de tres cóndores que posan como esperando el momento preciso para tomar vuelo en busca de térmicas.
Durante más de 15 kilómetros la ruta sube y sube. Cerca de los 1400 msnm, cuando el sol empieza a esconderse tras el horizonte rocoso, empiezo a buscar un lugar donde montar mi campamento. Delante de mí veo un puesto que humea y es en ese instante que sé que allí pasaré la noche. El hombre se asoma y al verme no duda. Me hace señas para que pase por su casa. Se trata de Don Manuel Ortiz, uno de los pocos gauchos argentinos que aún hoy quedan vigentes. Un hijo de la pachamama santacruceña, aventurero y nómade como los de su raza. Un criollo desterrado por su propia voluntad y que se niega a civilizarse, que vive por fuera del “sistema” y a campo traviesa anda con su tropilla, su pilchero y su facón. Entre tantos ranchos que él ha sabido habitar y entre tantas pulperías que ha sabido visitar, Santa Cruz es su patria grande y de allí nunca se irá.

Por Pablo Carnevale Mercuri

EN SÍNTESIS

Recorrido: Región de Aysén (Chile) – Santa Cruz (Argentina)
Distancia: 194 kilómetros
Época: Enero
Viajero: Pablo Carnevale, Mi Aventura A Pedal
Info: pcarnevale2008@gmail.com, Facebook: Mi Aventura A Pedal

Nota publicada en revista Biciclub Nº 272, agosto 2017.

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Nº 276 - Diciembre 2017

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