Conectá con nosotros

Cicloturismo

África en bicicleta

Publicado

el

Una selección de retratos de las bicicletas que circulan por África, además de las impresiones ante tales curiosidades a lo largo de esta aventura de cuatro jóvenes sin preparación ciclista previa por siete países de ese misterioso continente.

Por Paulina Díaz

Somos cuatro amigos de Chile y Argentina que viajamos durante un año en bicicleta por el sur de África cargando equipos de fotografía, video y audio para registrar la experiencia, lo que nos permitió captar rarezas, paisajes, vestuarios, extrañas tradiciones, animales, insectos y naturalmente el mundo de las bicicletas en África y quiénes y cómo las usan, porque realmente es muy distinto a lo que estamos acostumbrados a ver en nuestros países.
Comenzaré este relato por Namibia, el segundo país que conocimos pedaleando luego de Sudáfrica. Ahí nos cruzamos con varios viajeros en bici y con cada uno de ellos intercambiamos experiencias, lugares que visitar, tiempos de pedaleada, caminos y precios, entre otras cosas. Sólo observando sus bicicletas y equipaje aprendimos muchos tips, conocimos tecnología y modos distintos de viajar. Todos ellos usaban modelos de bicicletas similares, mountain bikes e híbridas con rodados entre 27.5 y 29, distribuían el peso con alforjas traseras y delanteras de tamaño mediano, además de un bolso delantero soportado por el manubrio. Al igual que nosotros, aprovechaban la mayor cantidad de huecos del cuadro de la bicicleta, con un mapa, celular y herramientas a mano.

El plan y la dura realidad
Namibia es un país amigable para pedalear y con buena oferta turística, pero al mismo tiempo desafiante por los largos tramos desérticos y desolados y por un clima extremo, donde casi no hay sombra. Allí se corre un gran riesgo si no se está preparado, ya que son caminos que deben ser planificados para no tener problemas con el abastecimiento de comida y agua. En oportunidades cada uno de nosotros cargó entre 10 y 15 litros de agua, que por supuesto fue usada solo para lo necesario -beber, cocinar y lavarnos los dientes. Aprendimos a valorar cosas como lavarnos la cara en la mañana, cosa que sinceramente no era frecuente.


En paralelo a esta planificación, los pedaleros están abiertos a lo que el camino entrega, lo que te lleva, quieras o no, a tomar decisiones que muchas veces cambian tu plan inicial. Llevan lo esencial para sobrevivir y saben de mecánica. Se necesita ser práctico y simple, ya que todo el peso tienes que moverlo contigo siempre: la bici es tu casa y no debe ser muy pesada, porque la energía corporal es lo primero a cuidar para que no haya que anticiparse al final del viaje.

Inglesas de carga
En Kasane, ciudad fronteriza de Botswana, apareció el típico modelo de bici inglesa antigua, con freno de varilla, cuadro de hierro pesado y dínamo. Sorprendentemente y en opuesto al resto del mundo, en África es el modelo más utilizado. En particular en este lugar es un transporte urbano. Nuestro amigo rastafari Mambo, artista y comerciante, usa su bici para trabajar y visitar a sus amigos.


En Zimbabwe, Malawi, Mozambique y Tanzania es un clásico ver este mismo modelo pero cargando varias personas, como padres con sus hijos o amigos, pero lo que más nos impresionó es su uso como vehículo de carga, a veces son decenas de cañas de azúcar o más de cuatro sacos grandes de carbón, muchísima leña, ¡y hasta gallinas! Esas bicicletas resisten todo. Incluso algunos le agregan extensiones de fierro, madera o lo que sea para sujetar la carga y recorrer largas distancias. Sumémosle a esto que no siempre los caminos son amigables y que muchas veces deben caminar con la bicicleta al lado por ir en subida. Hasta vimos como cruzaban ríos en canoa con las bicis y la carga para llevar provisiones a lugares aislados.

Taxis a pedal
Una iniciativa digna de imitar son los bicitaxis. Me emocioné al entrar a Quelimane, a pocos kilómetros de la costa de Mozambique, y ver sus calles repletas de bicicletas con sillín trasero y pedalines para pasajeros, además de su número de contacto en la parte posterior. Ahí pedalear es un trabajo libre, sociable y necesario, definitivamente el transporte público por excelencia que permite movilizarse en una ciudad atestada. Quisimos vivir la experiencia subiendo a uno y notamos que son respetados por los autos, tienen buena convivencia entre ellos y que las calles están equipadas para su circulación y reparación. En cada cuadra hay una “Oficina”, nombre que le dan a pequeñas estaciones de servicio donde solucionan con lo básico problemas técnicos, como servicio de parches, inflado y repuestos.


Quelimane es conocida como la capital de las bicicletas y lo comprobamos al llegar justo para la carrera oficial de 30 kilómetros exclusiva para bicitaxis. Vimos cientos de ciclistas de todas las edades tomando muy en serio el desafío y una ciudad completa festejando en la llegada.
En este evento participó nuestro amigo Abdul, ciclista discapacitado que perdió parte de una pierna en un accidente, quien nos alojó en su casa y nos dio una interesante entrevista sobre su experiencia en inclusión. Abdul ayuda a personas con impedimentos físicos a integrarse en la sociedad: “Me acerqué al mundo de las bicicletas por mi discapacidad. Un triciclo manual era la única forma de moverme y con el tiempo descubrí que podía hacer mucho más. Hoy en día compito en carreras largas y viajo en bicicleta fuera de la ciudad con un grupo de amigos ciclistas con quienes no hay diferencia alguna.” Junto a Abdul y sus amigos fuimos pedaleando a Zalala, playa a 30 kilómetros de Quelimane.
También hay bicitaxis en Malawi y Tanzania, pero con más detalles de diseño, colores, luces, pelos, de todo para llamar la atención. Y también es una forma de callejear. Los vemos como un grupo más unido que competitivo, pasan días completos cerca de los mercados, conversando y riendo mientras esperan pasajeros.
Los bicitaxis no contaminan ni auditiva ni ambientalmente, no utilizan combustible, por eso son un transporte barato para el pasajero y rentable para el taxista y por supuesto mantienen en buen estado físico al conductor, un beneficio mental y espiritual.


Otro tema importante es la creatividad que tienen para reutilizar desechos, aprovechando el caucho usado para parchar cámaras, fabricar pastillas de frenos, atar o forrar sillines.
Al terminar nuestra travesía miramos hacia atrás y no terminamos de asimilar lo vivido en 9.000 kilómetros desde el sur hasta el centro de un continente que tiene mucho para contar y que sembró en nosotros la semilla del viaje. Sabemos que este es el principio de muchos otros viajes por el mundo.
Actualmente nos encontramos en proceso de post producción de la serie documental A Pedales África que esperamos transmitir tanto por canales de nuestros países como también en el extranjero. Sin ser periodistas ni cineastas, filmamos la serie nosotros mismos, así como pedaleamos los 9.000 kilómetros sin ser deportistas ni súper héroes. Cualquiera puede hacerlo. Invitamos a todos a cumplir sus sueños sin miedo ni expectativas sino con mucha voluntad y optimismo.
Seguiremos compartiendo fotografías, videos e impresiones como estas en nuestras redes sociales y sitio web.

LOS PROTAGONISTAS
A Pedales África

Paulina Díaz Lillo (29 años, chilena), autora de esta nota, ama la fotografía, la danza y la música. Es publicista y fundó la primera escuela de fotografía de moda en Chile. Lleva adelante el movimiento Pirata Perdido, donde reutilizan materiales de bicicleta para hacer accesorios.
Alejandro “Jan” Merola (32 años, argentino) es militante de izquierda en Argentina, fanático de Racing Club y estudió gestión ambiental.
Leandro Eljall (25 años, argentino) trabajó cinco años en una empresa de sistemas y dejó su carrera en física para inscribirse en un curso de mecánica de bicicletas en busca de un cambio de vida.
Renate Barraza Parma (30 años, chilena) es cocinera de profesión y pasión. Luego de cerrar su pequeño restaurante en Santiago, decidió dejar todo y sumarse a la aventura en tierras africanas que su novia, Paulina, estaba llevando adelante.
Estos cuatro jóvenes viajaron en bicicleta desde el 24 de diciembre del 2016 hasta el 18 de diciembre del 2017 por el sur de África. Su plan fue viajar por un año y mostrar que es posible realizarlo, haciéndolo simple, compartiendo y dejándose ayudar por las personas con las que se cruzaban. “Queremos vivir una aventura para ser cada día mejores y comunicarla para aportar al mundo. Vamos en busca de personas, animales, lugares e historias, registrando lo que nos va entregando el camino para producir la serie documental A Pedales África,” resume Leandro.
Juntar el dinero para el viaje no fue tarea fácil, dice Jan: “Leo vendió su auto, Pauli sumó sus ahorros de años, yo alquilé mi departamento y entre todos logramos juntar cerca de 10.000 dólares, lo que significa US$ 28 diarios. Viajar en bicicleta con un presupuesto reducido no les permitió hacer todas las actividades, ni visitar todos los parques nacionales o sitios más conocidos, pero les abrió las puertas a un turismo más humano, conociendo muchas realidades e historias de personas que otros turistas pasan de largo.

www.apedales.com | Twitter, Facebook, Instagram: @apedalesafrica

Continua leyendo
Publicidad
1 Comentario

1 Comentario

  1. Lucie

    31 marzo, 2020 a las 1:20 pm

    Hola chicos, estoy buscando mi amigo Diego perdí su contacto y capace lo conoces , es argentino y viaja en África en bici se fue de Málaga en octubre 2019 y debe estar por Guinea ahora, si lo conoces or tienes contacto de bicicletisa en África . Por favor ayúdame a encuéntralo. Soy lucie , lo encuentre en el tren de metal de Mauritania

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cicloturismo

Tres aventureros recorren la ruta 40 de punta a punta en solo 30 días

Publicado

el

Por

Se hacen llamar Experimentados R40 y su objetivo es recorrer la Ruta 40 en bicicleta de punta a punta en 30 días, completando 5150 kilómetros y pasando por 11 provincias argentinas. El recorrido se inició en la ciudad jujeña de La Quiaca el 6 de febrero pasado y finalizará en Cabo Vírgenes, extremo su de la Ruta 40. Actualmente, los raidistas ya han superado la ciudad de El Calafate, y siguen por la ruta 40 con su mirada puesta en Cabo Vírgenes.


Los integrantes del grupo son: Francisco Luna (33 años, de Villas las Rosas, Córdoba), Leandro Usqueda (31 años, de Ituzaingó, Buenos Aires) y Gabriel Mardones (29 años, chubutense), los tres con experiencia en travesías de largo aliento. El desafío, según cuenta Luna, tiene como objetivo “instalar la idea de que la bici es un medio de transporte, promover la idea de unidad entre los límites del país, mostrar las bellezas naturales de norte sur a norte difundir una idea de base que nos trajo hasta este punto, la idea de que todos podemos hacer todo”.


A los tres que pedalean se suman otros tres viajeros: uno que conduce una camioneta de apoyo y cumple las funciones de cocinero, un motociclista que atiende alguna posible emergencia y una tercera persona que realiza la cobertura audiovisual.

Instagram www.instagram.com/experimentadosr40/    | Facebook @Experimentados

Continua leyendo

Cicloturismo

De Buenos Aires a Misiones en bici: “Un camino de vuelta a lo natural”

Publicado

el

Una viaje iniciático de 1400 kilómetros de tres pedalistas y un perro, Rocko, desde Buenos Aires hasta las Cataratas del Iguazú. Los daños que producen los agrotóxicos en las poblaciones. La creciente producción agroecológica.

Tomar la decisión de viajar a la provincia de Misiones desde la ciudad de Buenos Aires en bicicleta fue una idea casi (o  totalmente) improvisada, llena de un gran deseo por la aventura y por poner a prueba nuestras capacidades físicas y mentales. Se trata de un viaje de 1400 kilómetros que realizamos en 16 días para conocer una realidad que azota al norte litoral argentino y en general a todo un país: la alimentación y los transgénicos. Lo que sigue es un compendio de lo que significó ser no solo un viaje deportivo sino un viaje con un profundo sentido de exploración y autodescubrimiento.

La idea apareció también de forma inocente: “¿Y sí buscamos semillas naturales en bicicleta?”. Luego de nuestras habituales prácticas de tai chi chuan en la costa de Vicente López nos sentamos a reflexionar sobre los problemas de la sociedad, entre ellos la actual emergencia alimentaria, y no sólo por la falta de alimentos en los hogares sino por la calidad de los que colocamos en nuestra mesa. Quisimos diseñar un viaje en bicicleta fundamentado en un proyecto de interés social.

¿Pero cómo? La respuesta era una sola: entrenar. Guillermo Federico Aimar (@ShenKungTao en instagram y creador del Proyecto Ushuaia-Alaska) se puso en marcha y elaboró un plan de entrenamiento intensivo. Él ya había experimentado lo que era viajar en bicicleta y sería quien nos ayudaría a encarar nuestro viaje y en especial a entrenar para tal desafío. Al final el equipo terminó compuesto por dos hombres (Guillermo Aimar y Marvin Ocupa), una mujer (quien suscribe) y nuestra mascota Rocko, un perro adulto rescatado.

El perro viajero

Por distintas circunstancias terminamos decidiendo que la fecha propicia para el viaje sería diciembre (sí, pleno verano), lo que representó el reto más significativo del viaje. En Misiones el pico alto de calor sería entre las 11 AM y las 5 PM, llegando a unos 45ºC o más de temperatura y de sensación térmica. Pedalear bajo tales condiciones no es lo ideal, pero dentro de esa misión teníamos un cronograma de visitas y compromisos que no nos permitirían flaquear ni un segundo.

Ya estaba todo programado, solo debíamos poner el cuerpo, la mente y nuestra voluntad. Sé que se preguntarán cómo hizo Rockito para soportar el clima. Muchos se preocuparon por ello, pero les cuento que viajó en un carro anclado a la bicicleta y sobre él una capa para que el sol no lo lastimara. Posiblemente de los tres fue el más cómodo, aún cuando en ruta nos preguntaban por él en las redes. Una vez en Misiones ya Rocko había sido bautizado como el “perro viajero”.

Vale destacar que nuestro cronograma tenía un fin; documentar para luego difundir las actividades de organizaciones agroecológicas de la región mesopotámica, mostrando sus valores y motivaciones y su búsqueda por concientizar sobre la importancia de una alimentación sana. El objetivo también era obtener semillas 100% naturales, para promover en Buenos Aires la autosustentabilidad y demostrar que podemos crear nuestro propio alimento desde casa.

Lluvia y camiones

Partimos el 14 de diciembre de 2019 con un cronograma preestablecido. Nos dividimos las tareas. Guillermo se encargó de llevar las herramientas, hacer mantenimiento de las bicicletas y coordinar al equipo, Marvin se ocupó de la comida y del mate y yo llevé las medicinas para emergencias y desarrollé contenido para difundir nuestra travesía a través de las redes sociales. La primera parada que hicimos fue en la localidad de Ceibas,  a 160 km de la ciudad de Buenos Aires. Desde ahí nace la ruta 14 en la provincia de Entre Ríos, ruta que nos acompañó hasta realizar el empalme con la ruta 105 para luego tomar la ruta 12.

En ese primer tramo la lluvia amenazó seriamente detenernos, pero teníamos tanta energía que seguimos pedaleando hasta 20 kilómetros antes de Ceibas, por la ausencia de banquina y por los camiones que pasaban a toda velocidad, creando una especie de spray que nos mojaba e impedía ser vistos. Los camiones suelen pasar rápido y succionando el aire para luego expulsarlo, lo que afecta el movimiento de la bicicleta en el pedaleo.

En ese punto coordinamos gritar “¡camión!” cada vez que visualizábamos alguno.

Avatares en Entre Ríos

Al día siguiente, ya con poca lluvia, llegamos a Gualeguaychú, donde contactos de Guillermo nos recibieron y nos permitieron acceder a otras personas involucradas en el movimiento agroecológico de la región. Las pudimos entrevistar y conocimos los diferentes mecanismos que la provincia está utilizando para contrarrestar los efectos nocivos de los agrotóxicos. Una localidad entrerriana, Larroque, es conocida por las altas tasas de cáncer que padece desde hace más de 20 años.

Dejando Gualeguaychú paramos en Concepción del Uruguay, 70 kilómetros más adelante, donde pasamos la noche en una estación de servicio. Rocko estuvo atento y en vigilia esa noche, para dormir al día siguiente en su carrito.

Otra amiga y compañera de Guillermo nos invitaría a pasar una noche en Concordia (lo que significaba descansar mejor y bañarnos). Pero en ese tramo Guillermo sufrió estragos en su bicicleta, por lo que nos detuvimos a 20 kilómetros de Concordia.

Al día siguiente Guillermo consiguió resolver el problema de la bici (se había roto la pata de cambio) y decidimos ir a visitar a Ailén (la amiga de Guillermo), pero esta vez partimos rumbo a Los Charrúas. Este pueblo, ubicado a 25 kilómetros de Concordia, no estaba contemplado en el plan, pero es en ese lugar donde reside Holistik, centro de fisioterapia de nuestra anfitriona. Allí Ailen y Chris nos dejaron como nuevos cuando aplicaron quiropraxia para alinear nuestros cuerpos.

La posibilidad de desviarnos esos 25 kilómetros de ida y vuelta nos permitió conocer el lindo pueblo de Los Charrúas, con personas amables desde el minuto cero. Incluso en la vuelta, un camionero que venía del mismo pueblo se paró a regalarnos unas bananas que nos dieron fuerza para seguir hasta Chajarí, a 100 kilómetros.

Camino a Chajarí nos cayó una tormenta cuyas gotas parecían una lluvia de furiosos misiles. Las bicicletas se torcían hacia el lado derecho y con el fuerte viento que nos empujaba parecía que íbamos sobre motos. Ese día tuvimos que parar a 20 kilómetros (si, de nuevo) antes de llegar a Chajarí para refugiarnos, ya que la lluvia no paró sino tres horas después.

¿Y la banquina?

Desde ese lugar partimos para llegar a Colonia Libertad (a 120 kilómetros, provincia de Corrientes), pero no paramos allí sino unos 10 kilómetros más adelante, en una Axion Energy que nos sirvió para descansar y acampar, dándonos fuerza para llegar al día siguiente a Guaviraví. Un dato importante para viajeros con bajo presupuesto es que en la mayoría de las estaciones de servicio que están en la ruta se puede acampar. La ventaja quizás más importante es que podés optar por una ducha, incluso con agua caliente, además de la seguridad que te brinda saber que son lugares concurridos.

En este último trayecto tuvimos otras complicaciones (cada día era una nueva aventura). En algunos tramos no había banquina y nos tocaba movernos de un lado a otro (es decir, pedalear en la mano contraria de los autos). Pero aun peor, al momento de entrar a la ruta que nos llevaría a Misiones no solo no encontramos banquina sino que descubrimos que había solo un carril. De todas formas los camioneros siempre fueron amables y se abrieron, dándonos tiempo para pasar. Imposible no agradecer a los camioneros que nos saludaron e incluso a algunos que pararon a darnos agua y a escuchar nuestra historia. ¡Son unos genios!

Corrientes, el Gauchito y los agrotóxicos

En nuestro paso por Corrientes descubrimos que si hay un lugar que se debe visitar es Guaviraví. Estará habitado por un máximo de 90 familias, tiene una sola avenida y a través de ellas se despliegan cortas calles no asfaltadas. Tiene su intendencia por supuesto y ese día, gracias a Víctor Hugo, fuimos recibidos por el mismo intendente,  hospedándonos en su casa en construcción. Al principio la gente nos miraba renuente, pero luego se mostraron sumamente amables y curiosos por nuestra travesía.

Los caminos hacia Misiones tienen un emblema muy importante, el Gauchito Gil. De hecho era la primera vez que veía una imagen del Gauchito Gil tan grande como la de la entrada a Guaviraví.

Ese día cenamos un estofado de carne con papas y arroz. Devoramos todo, teníamos mucha hambre tras varios días sin comer algo caliente. Tomamos unas cervezas que nos hicieron sonreír gratamente por el esfuerzo de haber cumplido la meta del día.

De Guaviraví partimos a Santo Tomé (130 kilómetros). Ese día paramos a los 40 kilómetros y conocimos a Luis, que supo contarnos sobre la situación con las fumigaciones con pesticidas cerca de su campo. “Los mosquitos -nos decía- son imposibles de evitar, ya que terminan contaminando mi propia huerta, y como todos sabemos, el viento no conoce límites”. Esto quiere decir que a pesar de las legislaciones que prohíben fumigar a ciertos kilómetros de distancia de poblados habitados, el viento durante la noche sopla en cualquier dirección y bajo esa dirección natural lleva consigo agrotóxicos a los campos argentinos. Luis también argumentaba que ese viejo mito existente sobre la salud de la gente de campo se cae porque hoy ellos son incluso más vulnerables al estar altamente expuestos a esa contaminación.

Desde Santo Tomé pedaleamos hasta Gobernador Virasoro, unos 60 kilómetros. La ruta comenzaba a complicarse, ya empezábamos a visualizar las famosas cuchillas y la tierra roja misionera. Logramos llegar a destino el 24 de diciembre al mediodía. Celebramos navidad con un asado y durmiendo temprano, estábamos sumamente cansados.

Misiones y la producción agroecológica

Luego de realizar algunas entrevistas en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) partimos el 26 de diciembre al mediodía con una tormenta pisándonos los talones. Llegamos a San José, en la provincia de Misiones, por suerte con banquina. Al día siguiente partimos con la finalidad de conocer las Ruinas de San Ignacio, para luego pedalear 10 kilómetros hasta Gobernador Roca, donde entrevistamos al movimiento agroecológico (agradecemos a la Señora Eva, a los productores agroecológicos y al intendente por el afable momento y el acompañamiento) y seguir para encontrarnos con Carol (productora de yerba agroecológica y una de nuestras sponsors) en Jardín América.

Abro un paréntesis para hacer un comentario: tres importantes figuras acompañaron nuestra travesía: Carolina (de Arapeguá) y Mirna y Juan Pablo (de la marca de equipajes Halawa). Sin ellos nuestro viaje no hubiese sido posible. Carolina nos recibió en la Chacra, conocimos su lugar de trabajo y el lugar donde se produce esa yerba mate orgánica que nos acompañó durante todo el viaje. Ahí mismo tuve la oportunidad de preparar arepas de mandioca luego de que Carol las cosechara, pudiendo enseñar de manera retributiva una forma diferente de preparar ese tubérculo tan conocido, apreciado y cosechado, tanto en el norte litoral argentino como en Centroamérica y el Caribe.

Finalmente Carolina fue la llave para el logro de nuestra meta. Ella nos entregó una serie de semillas cien por ciento naturales que servirían para realizar la huerta en Buenos Aires.

Hacia las cataratas

Al partir de Jardín América y faltándonos cada vez menos para completar los 1400 kilómetros proyectados, nuestra próxima parada sería Eldorado, ubicada a 110 kilómetros. Ese día, sin duda alguna fue el más duro para quien escribe estas líneas. El clima era insoportable e incluso llegué a tener escalofríos, para luego enterarme que estaba sufriendo un golpe de calor. En realidad no presté atención y seguí pedaleando. Mi cuerpo seguía queriendo pedalear y se sobreexigía porque el tiempo pasaba y lo más probable era que llegaríamos de noche, cosa que pasó tal cual, pese a que algo que evitamos durante todo el viaje era precisamente pedalear de noche.

Ese día también falló el carrito de Rocko. Quizás la presión en las cuchillas y los 40 kilos que llevaba hicieron que los rayos comenzaran a fallar.

Llegando a Eldorado pudimos cenar con melón y naranjas. Una dieta que ayudaría a reponer la falta de hidratación del día.

Para el último día, 30 de diciembre de 2019, teníamos que llegar al Parque Nacional Iguazú. Estábamos a “solo” 100 kilómetros y después de jornadas de 120 por día en promedio la distancia parecía nada o al menos un día común. Sin embargo la suerte nos jugó en contra, teniendo que parar en Wanda, a 50 kilómetros de Puerto Iguazú, debido a que la bicicleta de Guillermo se terminó de romper, para mí en señal de protesta…

¿El desenlace?: celebración a lo grande en las Cataratas de Iguazú. Ninguno de los tres conocía esa maravilla del mundo.

Allí nos recibió un un amigo estadounidense que acompañaría a Guillermo en la vuelta para sumar una nueva aventura, una que proponía traer de vuelta a casa al increíble compañero de este viaje, Rocko. Pero ese ya ese es otro viaje y también por supuesto otra historia…

Consejos finales

¿Qué recomiendo? Ir con calma, disfrutar cada momento, si es posible parar en cada río. De todas formas todo dependerá de la meta que se propongan. Eso sí, es muy importante entrenar. Hacer cuestas, por ejemplo, permitirá ejercitar las piernas, ya que una vez en Misiones se siente como si se estuviese escalando una pared en bicicleta. Pero no se preocupen, todo lo que sube tiene que bajar…

¿Qué es importante? Siempre llevar medicinas y cremas hidratantes (la zona de la ingle puede sufrir), protector solar y sobre todo estar preparado mentalmente para la exposición al calor. Llevar suplementos vitamínicos podría ayudar en caso de falta de energía. A mí me ayudó tomar magnesio. También la receta de combinar vinagre de manzana con agua (googleen las propiedades del vinagre) gracias al potasio.


Por Leilany Estrada.

Continua leyendo

Cicloturismo

Sudamérica entrañable II: Perú

Publicado

el

El acto de retrasar otra vez más el reloj y recibir un sello en un papel puede ser lo único que indique el cruce de Bolivia a Perú. Nuevamente queda en evidencia que las fronteras no son más que abstracciones de los hombres.
Por muchos kilómetros, de un lado y otro de las fronteras, las costumbres; colores y paisajes se mantienen indiferentes.
Ingresé a Perú por Puno, siempre con el Titicaca a mi derecha. Aun cargaba una bolsa de dormir que ya pedía a gritos la jubilación. Fue en esta zona donde pasé los mayores fríos de todo el viaje. Recuerdo una noche acampando al reparo de unos pinos, quedarme sin más ropa que ponerme y terminar metiendo las piernas dentro de las alforjas. Esa noche fue el rock and roll del tiriteo.


Por la mañana lo de siempre: un plato de avena caliente; algún saludo al tan esperado sol; recoger todo y a la ruta de nuevo. Pocos días después crucé por el punto más alto pedaleado hasta el momento, el Abra La Raya, a 4400 msnm, pasando de la región de Puno a la de Cusco y días después a la ciudad del mismo nombre, donde estuve 3 semanas en un hostel haciendo las veces de constructor y carpintero a cambio de una cama y algo de comida caliente.
Cusco es una ciudad imponente, la gran capital del imperio Inca. Aunque de ellos quede poco, sólo las colosales construcciones de piedra perfectamente talladas que evidentemente costaba demasiado hacer desaparecer. En su lugar quedan testimonios de quienes llegaron para “civilizarnos”, estos, claro, en excelente estado de conservación.

En el patio trasero de Cusco se desarrolla un valle extremadamente fértil, bastante más cálido, y transitado por el río Urubamba en toda su longitud. Éste era el lugar donde los Incas cosechaban sus alimentos, el Valle Sagrado, sitio cargado de misticismo y con los paisajes más increíbles que jamás imaginé ver.
Templos enriscados en laderas de montañas en Ollantaytambo, a los que hoy mismo cuesta llegar y donde se cultiva el mejor maíz del mundo.
Moray, con sus círculos concéntricos, que se cree era un laboratorio de agricultura donde aclimataban los cultivos traídos de distintas zonas.
Maras, con sus 3000 piletas de sal curativa.
Si se sigue este valle al norte, hay que pasar un par de montañas más y se llega a una zona selvática, impenetrable en su último tramo de no ser por las vías del lujoso Perú Rail, aunque en mi caso lo vi mientras caminaba.
Perfectamente integrado a la naturaleza, de no ser por la parafernalia turística que lo decora, se encuentra nada menos que la Universidad de los Incas, el Machu Pichu. Creo que de más estaría agregar cualquier descripción.
Hace ya 3 meses que vengo moviéndome en el altiplano, subiendo y bajando montañas, siempre sobre los 3000 msnm, de modo que decido apuntarle derecho al Oeste y cruzar la parte que me queda de los Andes peruanos para rodar un tiempo por la costa.
No fue una decisión muy sabia, ya que me agarré de frente todas las subidas. Por ejemplo, cerca de Caraybamba, sobre el final de la jornada, decido hacer el último esfuerzo y subir una cuesta con un desnivel de 1000 metros en 12 km de recorrido, que luego en teoría, bajaba abruptamente.
Mis cálculos no pudieron estar más errados, no solo en el tiempo que me llevaría subir, sino que al final de esta subida eterna no me esperaba ninguna bajada, más bien me dejaba en un altiplano a 4200 msnm que tardaría un tiempo en dejar atrás.
Sólo encontré una tapera de adobe abandonada que me resguardó del viento y el frío.
Por fin y varios kilómetros después me vi frente a frente con un bajadón de 70 kilómetros limpios. Me esperaba un tramo por el desierto de Nazca y cruzar por sus líneas, para chocarme en última instancia con el Océano Pacífico, en Paracas.


Ahora todos los días pedaleados en la altura daban frutos en la costa. ¡Volaba! Avanzaba de a 150 kilómetros como si nada.
La entrada a Lima, como era de esperar, fue caótica, sumado a que se jugaba ese día la Copa América, partido en el que Perú dejaría afuera a Chile, mientras yo me abría paso entre la fiesta.
Si bien las grandes ciudades son interesantes para conocerlas, yo intentaba evitarlas en su mayoría. No es la opción más representativa para conocer realmente un país.
A los pocos días estaba nuevamente en la ruta, pero si tengo que ser realmente franco, la verdad es que ya extrañaba las montañas nuevamente. La costa resultó ser bastante insegura, sumado a una llovizna constante, la bruma marina y sobre todo el intenso tráfico de la Panamericana.
Duré solo unos 400 kilómetros y, como el perro que vuelve a su casa llamado por el hambre, volví a las alturas. Extrañaba preguntarme ¿por qué no vine en moto? mientras subía y responderme ¡por esto! en las bajadas; amanecer con el horizonte recortado por los cerros; respirar ese aire frío y puro y sobre todo encontrarme acompañado por la soledad de los caminos.
Aquí anduve por la cordillera blanca, que seria como el Disney Word para los montañistas. Una cordillera cubierta de glaciares entre cerros de 4000, 5000 y 6000 metros. Aquí paré en una zona de campesinos, muy humilde. Armé mi carpa al lado de la casa de Doña Andrea, una sabia mujer que vivía entre 4 chapas de 5 x 5, rodeada de gallinas, sembradíos de cebada, trigo y maíz.


A pesar de tener muy poco, siempre estaba dispuesta a compartir. Aquí me sentí como en casa. Iba caminando por los cerros hasta la ciudad de Huaraz, a unos 13 kilómetros, donde trabajé unos días en una agencia de guías reparando equipo de montaña a cambio de material de escalada para hacer mis salidas a las alturas.
Luego, al caer la noche, tomaba una trafic repleta de gente para volver a mi carpa, al lado de doña Andrea. Así pasaron unos 20 días donde era, o al menos me sentía, uno más entre sus paisanos.
Debo decir que de toda la gente que me recibió en sus hogares en estos meses, la gran mayoría era gente sumamente humilde. Muchas no cenaban de noche por el simple hecho de no tener qué; donde la carne era un lujo que se daban una vez al mes; el baño, un pozo, y el agua potable algo que solamente les había contado un candidato. A pesar de estas carencias tan marcadas, siempre me recibieron con los brazos abiertos y el corazón dispuesto.
Al día de hoy es que sigo en contacto con muchos de ellos.
Desde Huaraz seguí avanzado hacia el Norte, por el Cañón del Pato, un laberinto de piedra y túneles que va perdiendo y ganando altura con frecuencia.
Aquí tuve que desviar mi trayecto original por las sierras debido a una lesión en la rodilla izquierda. Me vi obligado a bajar nuevamente a la costa para no forzar de más. Lo cierto es que la inflamación era tal que ni siquiera podía sostener el pedaleo en la bajada. No quedó mas que subir a un camión que me dejo 80 kilómetros más adelante, en Chimbote, donde estuve en reposo durante una semana en el patio de una iglesia.


Recuerdo los primeros días pedaleando en Argentina, preocupándome todo el día por si encontraría un sitio donde dormir. Hoy, varias noches después sé que de alguna manera todo sucede. Siempre aparece un lugar fantástico para armar la carpa o alguien que se acerca. Es algo que sería interesante aplicar en la vida diaria: no anticiparse a los problemas sino vivir más el aquí y el ahora, que al fin de cuentas es lo único que tenemos.
Siempre con el océano a mi izquierda y las dunas a la derecha sigo otros 800 km por un terreno prácticamente plano, pasando por Trujillo, Chiclayo, Piura y entrado finalmente a Ecuador por Macará.

 

Por Bernardo Gassmann

Continua leyendo

Cicloturismo

Viajeros: Un cruce de los Andes por Paso Vergara

Publicado

el

Nuestro primer cruce de Los Andes había sido en 2013. Un desafío enorme, que una vez cumplido obligaba a buscar un paso más.

En marzo del 2019, el grupo ampliado de compañeros de trabajo había completado otra travesía (“Mendoza por los caminos del vino”), que ya compartimos en Biciclub. En ella, Miguel, impulsado por el deseo de Dani, empezó a delinear la idea de volver a cruzar los Andes, pero esta vez por el desafiante Paso Vergara.

Casi 7 años después, con varios trayectos y aventuras en el medio (Salta, Bariloche, Tandil, Siete Lagos) nuevamente se planteaba el reto de cruzar en bicicleta la imponente cordillera.

La altura, la complejidad del recorrido y la perspectiva de dos noches en carpa con bajas temperaturas hacían prever que esta vez el grupo se reduciría. Sin embargo, de una primera camada de 8, las ganas y el entrenamiento ampliaron el grupo a 17, incluyendo dos uruguayos: Omar y Oscar.

Fueron meses intensos de preparación y coordinación logística y para ello contamos, una vez más, con la invalorable ayuda de Rodado 26.

Ya lanzados, llegamos a Mendoza y de allí en combi hasta Malargüe, donde haríamos noche antes de la partida. En la cena, Ariel y Sergio, los guías de Rodado 26, nos explicaron el plan para los siguientes días, como siempre bajo la consigna de disfrutar del trayecto como prioridad.

Día 1: Las Loicas-Doña Angela                 

El viernes llegó el momento esperado. El punto de partida fue Las Loicas, donde nos esperaban las bicicletas y casi 52 kilómetros hasta llegar al campamento al final del día.

Comenzaba así un periplo de tres días, sin ningún tipo de comunicación con el mundo exterior.

Con casi 35ºC y fuertes rachas de viento, se dificultaban aún más las condiciones del terreno. Además, una doble pinchadura de cámaras de Miguel presagiaba un día más complicado de lo esperado.

Camino áspero, con largos trechos de ceniza volcánica y otros de arena en subidas difíciles, que iban dejando sus secuelas en los ciclistas. Pero la belleza de ese entorno natural nos daba fuerza para seguir pedaleando.

Las primeras tres etapas del día, con reagrupamientos para hidratación, incluyendo el almuerzo a la vera del Río Grande, se cumplieron con sacrificio pero sin mayores sobresaltos. Terminada todas las etapas, habíamos subido hasta casi 2000 metros, dónde entre repechos y bajadas pequeñas alcanzamos un ascenso neto de 600 metros.

El cansancio desapareció de golpe cuando vimos el conjunto de carpas preparadas por el equipo de Rodado 26. Más aún cuando divisamos el humo de los chivitos asándose. Era el final esperado del día ciclístico y el comienzo del reparador descanso bajo el silencio ensordecedor de la noche en los Andes.

Para los intrépidos hubo baño en las heladas aguas del Río Grande, baño que ayudó a recuperar músculos y articulaciones.

Día 2: Paso Vergara                    

Con la salida del sol el equipo estaba listo para la jornada que se presentaba como la más desafiante. Una subida constante hasta los 2.500 metros, pasando la frontera con Chile.

Llegando el mediodía alcanzamos el puesto de Gendarmería. Realizamos los correspondientes trámites aduaneros y almorzamos en un valle de ensueño rodeados por las montañas.

Pero debido a la intensidad de los vientos en la zona del hito limítrofe (punto divisorio de aguas), no era posible armar el campamento. Eso nos obligaba a adelantar la bajada de los Caracoles para acampar directamente junto al puesto de Carabineros en Chile.

Esto no impidió que con la llegada al hito limítrofe el grupo se fundiera en un gran abrazo, reflejo de la alegría producida por la meta alcanzada.

Luego vino la anhelada bajada, en la que los ciclistas pudieron demostrar sus habilidades técnicas en un descenso muy pronunciado, de altas velocidades (algunos tramos a más de 60 km/h), con numerosas piedras, curvas y contracurvas y el precipicio amenazante. Pero con destreza y precaución se completó el recorrido sin sobresaltos.

Hacia el final de la tarde llegamos al puesto de Carabineros y nos dirigimos al campamento que estaba hacia abajo, a la vera del Río Grande, donde el riguroso baño helado ayudó a reponerse a los ciclistas del cansancio y fue el preludio de la cena.

Unas ricas pastas (mérito de los guías para cocinar con las condiciones de viento que había) y la infaltable caminata a la luz de la luna hasta las termas de San Pedro fueron el cierre espectacular del día.

Día 3: Los Quenes   

Amanecer y desarme del campamento para iniciar la etapa final.

Unos 25 kilómetros de bajadas, con tramos complejos por el tipo de suelo, la pendiente y el alto tránsito del lado chileno, en un paisaje mucho más verde y florecido que el que nos habíamos encontrado en los días anteriores.

El final del viaje nos esperaba con todo el grupo llegando junto, para que quedara registrada en la imagen final la satisfacción de haber completado un viaje exigente y difícil.

Día 4: La despedida        

El fin del viaje había llegado, pero del grupo ya empezaban a surgir nuevas ideas para próximas aventuras. Ya veremos cuál será el próximo viaje que emprenderá este grupo de amigos.

Un párrafo aparte para Ariel, Sergio y todo el grupo logístico de Rodado 26 (Daniel, Fabián, Pipi, Antonio y Hugo) por guiarnos, alentarnos y asistirnos en este viaje. Sin ellos esto hubiera sido realmente imposible para nosotros.

Por Gabriel Perrone, Sebastián Azagra, Sergio Cravero y Miguel Urus
Fotografía: Roberto Sánchez

Continua leyendo

Más Leídas