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Calles para vivir: no se trata de bicis ni de ciclistas

Fecha: 01.07.2020

Henrik Lundorff Kristensen es politólogo y asesor de movilidad sustentable a través de Viking Bike Academy. Actualmente está trabajando para el Ministerio de Transporte y Vivienda de Dinamarca y ha realizado trabajos de asesoramiento en varias ciudades de Argentina. Trabajó tres años en temas relacionados al espacio público para el Gobierno de la Ciudad Buenos Aires y es co-fundador de Argentina en Bici. Aunque un apasionado de la bici, en esta nota desarrolla la idea de que más ciclistas no es el fin en sí mismo, sino un medio para lograr algo más grande: calles para vivir.

Si estás leyendo Biciclub es altamente probable que seas ciclista y te gusten las bicis. Si me has leído o escuchado antes, también sabés que hablo mucho de cómo generar más ciclistas y que el tipo de bicicletas que se ven en el paisaje cotidiano señalan qué tipo de cultura de ciclismo urbano se está volviendo parte de la cotidianidad —por ejemplo, las bicicletas de carga o las bicicletas estilo inglés, más enfocadas en ser cómodas y prácticas que veloces. Entonces, considerando que la revista Biciclub, ustedes lectores y yo compartimos un gran interés por bicis y ciclistas… ¿qué raro resulta el título elegido, ¿no? Sin embargo está bien puesto: No se trata de bicis ni de ciclistas.
Da esperanza para el futuro ver el creciente bici-activismo de los últimos años, pero la lucha que venimos sosteniendo en estos tiempos se trata de algo mucho más profundo. No se trata solo de convencer a la gente de responder sí cuando Infobae hace otra encuesta superficial estilo “Ciclovías, ¿sí o no?”. Sino que se trata de qué tipo de ciudad queremos. Y cuando hablamos de qué tipo de ciudad, automáticamente aparecen también conversaciones sobre nuestro barrio, nuestras calles, nuestra cuadra y hasta cómo queremos que esté la vereda frente a la puerta de nuestra casa o edificio.
Esto no lo tenía muy claro en 2014, cuando empecé mi activismo ciclista en Buenos Aires. Cansado de sentir mi movilidad restringida a buses, trenes o subtes lentos, como buen danés compré una bicicleta. En aquel entonces me enfocaba en convertir a la gente en ciclista y en ganar discusiones técnicas sobre calidad de bici-infraestructura —sin ir más lejos, yo mismo escribí una nota en Biciclub de septiembre pasado hablando de lo técnico en los diseños de bici-infraestructura.
Si bien mantengo mi interés en lo técnico, hace años aprendí que no es la forma más adecuada para tener conversaciones sobre qué ciudad queremos. No podés inspirar a miles y miles de personas a sumarse a una lucha bajo el lema “Queremos ciclovías que sigan un estándar mínimo de dos metros de ancho y en avenidas con separación física, pero en calles calmas no hacen falta ni ciclovías ni bicisendas porque el espacio puede ser compartido.” Es demasiado largo.
El reclamo es mucho más simple: “Queremos calles para poder vivir.” De hecho, el título de mi charla TED en 2015 fue Calles para vivir. Cuando el mensaje es sencillo y claro te permite abarcar valores universales. Y las cosas que dan vida en la calle son universales: es saludar a tu vecino, es poder dejar a tus hijos jugar en la vereda o poder ir seguros a la vuelta de casa para buscar golosinas en un kiosco, es tener un árbol que da sombra mientras que charlás con un vecino. Vas a ver la misma dinámica en el mundo entero: en Australia, en Afganistán, en Argentina, en Alemania o en Angola. La gente quiere estar donde hay otra gente.
Cuando yo hablo de diseños de bici-infraestructura en Argentina, generalmente descartan la propuesta con un “Bueno che, pero así es en Dinamarca. ¡Acá no va a funcionar, es cultural!”. Sin embargo, cuando digo “quiero que la gente vuelva a juntarse con sus reposeras tomando mate en las veredas y que los niños jueguen a la pelota en la calle” logro sensibilizar un nervio y revivir recuerdos en la gente. Ahí mi propuesta genera reflexiones y conversaciones: “Che Raúl, sabés que es cierto lo que dice el vikingo este, ¿te acordás cuando éramos pibes?”. Cuando logramos que la gente compre la visión y recuerde la vida que había en las calles de antaño es cuando se preguntan lo que se deben preguntar: “¿Y qué pasó con todo eso?”.
Antes, la calle era considerada parte de las casas y era el escenario para gran parte de la vida social. En la calle había personas con caras visibles, jugando o disfrutando el sol de la tarde, usando la vereda como una extensión del patio. Cuando de vez en cuando pasaba un auto, era de un vecino de la cuadra —y siempre bajaba la velocidad o frenaba, para no interrumpir demasiado el partido de los pibes del barrio. Cuando tener un auto era algo exótico los vecinos sabían “ahí vienen Gonzalo y Mirtha en el Fiat”. Gonzalo y Mirtha sabían manejar cuidando a los peques del barrio.


A medida que la cantidad de autos empezó a aumentar, las calles internas de los barrios pasaron a funcionar como posibles atajos para gente de otros lados que no eran del barrio. En el nombre del progreso, las calles tenían que ser consideradas como canales de flujo eficientes. La calle —lugar de encuentro, comercio y vida social en la historia de la humanidad— se convirtió en un desierto de velocidad y acero en una pocas décadas trágicas (1950-1970). Paralelamente, a medida que se retiró la vida de las calles, aumentó la inseguridad. Cuando dibujo la visión de una calle de antaño con vida, y pregunto qué pasó con todo eso, nunca falta el que lanza frases amarillistas como: “Es la inseguridad, hay que poner más policías”. Pero no es la inseguridad que provocan los ladrones la que quitó la vida de las calles argentinas. Es la inseguridad vial, causada por los autos. Simplemente se perdió la vigilancia social de tener personas haciendo cosas en la calle y todos empezaron a esconderse en sus casas. Hoy, si vas caminando cerca de una pareja con niños, en algún momento vas a escuchar frases como “no jueguen acá en la calle, es peligroso” o “esperen que pase el auto”.
Si estás de acuerdo en querer devolver la vida a los barrios, genial. Somos aliados. Pero entonces necesito de tu compromiso para analizar todo con más profundidad. Si realmente querés una mejor ciudad, no basta con que pedalees 10 kilómetros al trabajo cada día, que hayas enseñado a tu hija a andar en bici y convencido a tu cuñado de salir a pedalear con vos una vez por semana. Los problemas que tienen nuestras calles no se solucionan únicamente con más bicis —también hace falta que haya menos autos. Iniciar esta conversación es el objetivo principal, la meta. No se trata de bicis ni de ciclistas.
Cuando hayas logrado que la gente piense en las calles de antes, ya te expliqué cómo contestar su primera pregunta (¿Qué pasó con todo eso?). Y cuanto hayas explicado que necesitamos menos autos, te puedo asegurar que su segunda pregunta va a ser: “Bueno genio, y si sacamos los autos, ¿como nos vamos a mover?” Y ahí sé que solo vos tenés la respuesta.


Por Henrik Lundorff Kristensen | Ilustraciones: Isabel García


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Hablamos sobre: Ciclismo urbano

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