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Caminos de cornisa: de Junín de los Andes a Chile

Fecha: 28.06.2018

El viaje comenzó desde Junín de los Andes con una marcha tranquila, a unos 15 km/h. A los 3.5 kilómetros llegamos al puente del río Chimehuín y a unos 300 metros giramos a la izquierda y tomamos la ruta hacia Malleo. Hicimos 19 kilómetros hasta la primera parada programada. Llegamos al puente del río Malleo y giramos hacia la izquierda (hacia el oeste), ya en la zona de Costa del Malleo.
Pedaleamos toda la tarde y llegamos a Tromen a las 20:50. Esperábamos encontrar, por ejemplo, carne asada o empanadas. Lamentablemente no fue así, tuvimos que conformarnos con lo que llevábamos. Con la ayuda que me ofreció un vecino del camping armé la carpa en no más de 5 minutos. A las 3 de la mañana me despertó el fuerte viento, soplaba con tanta furia que tuve miedo de que arrancara la carpa.
A las 8 de la mañana teníamos todo listo para continuar. Llegamos a la aduana argentina, hicimos los trámites migratorios y seguimos. La marcha se hizo lenta porque daban ganas de sacar fotos a cada metro que avanzábamos.
Ya en la aduana chilena los trámites fueron más rápidos. Comenzamos a descender. La historia era otra, ya no teníamos que hacer fuerza para pedalear, pero sí con las manos para controlar la velocidad de descenso con los frenos, porque en estos caminos de cornisa con ripio de canto rodado hubiese sido peligroso.
Cruzamos el puente Momolluco y llegó el alivio. Comenzaba el tan ansiado asfalto, sólo había que dejar que las bicicletas se deslizaran.
Empezamos a disfrutar de la vista de los primeros valles chilenos.
Pasamos las primeras casas al costado de la ruta y sus habitantes nos saludaron amablemente. Las bajadas se alternaban con algunas subidas leves. Hasta que divisamos la arcada del ingreso a Curarrehue. El objetivo estaba cumplido.
En cuanto a la logística de travesía, la dividí en cuatro cuestiones. La primera, de alimentos e hidratación. Llevé hidratos de carbono, barritas de cereal, latas de picadillo, yerba, azúcar y equipo de mate, un pequeño calentador. Para hidratarme llevé una botella de jugo de limón. Cuando pasaba por un manantial vertía unas gotas del jugo en el botellón y lo completaba con esa agua fresca. También llevaba líquido en reserva.


La segunda parte incluyó la vestimenta: llevé calzas, remeras de manga larga, buzo polar. Hay que tener en cuenta que aún en pleno enero, por las noches en la Cordillera la temperatura desciende considerablemente. También llevé gorro de abrigo, y suele ser muy útil para la noche agregar una manta fina.
La tercera cuestión de importancia fue el botiquín de primeros auxilios: medicamentos (analgésicos, antitérmicos, antidiarreicos, antiespasmódicos y decadrón para uso inmediato, en caso de sufrir alguna picadura que generase reacción alérgica). Por otro lado, para un eventual cuestionamiento en la aduana chilena, ya que son muy exigentes, fui a mi médico de cabecera para que me hiciera recetas de cada medicamento que llevaba conmigo. Afortunadamente más que un analgésico por la noche no tuve necesidad de usar el resto de las cosas.
Y por último llevé repuestos y herramientas: a las cubiertas les coloqué el líquido anti pinchaduras. La eficacia fue del cien por ciento. No obstante llevé el kit necesario para una contingencia de este tipo, con cubiertas, cámaras y cortacadenas. También fue indispensable para mí llevar computadora de viaje, ya que previa planificación con Google Earth, al conocer las distancias a recorrer este instrumento nos va dando el avance en el trayecto programado.

Por Luis Laurino


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Nº 294 - Junio 2019


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