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Chiloé: rodando por tierra de mitos y leyendas

Fecha: 30.12.2019

Mientras transitábamos con alforjas el tramo sur de la carretera Austral, en Chile, se produjo un deslave que la cortó, cubriendo de lodo el poblado de Santa Lucía. Al tener que producir un desvío existían dos posibilidades: embarcarnos sorteando la dificultad y proseguir por la Austral o dirigirnos por barco hacia la isla de Chiloé para seguir por ella hasta Puerto Montt. Esta segunda alternativa fue la que adoptamos.
En puerto Cisnes tomamos el transbordador que tras 22 horas llegó a Quellón, la ciudad más austral de la isla de Chiloé. Desembarcamos en plena madrugada con cientos de viajeros, deseosos de un lugar para descansar. En el embarcadero se multiplican las ofertas de hospedaje que uno elije al azar entregado a la suerte. No nos fue tan mal, pudimos dormir en “Onde Copito”. Luego de deambular por Quellón partimos siguiendo la rambla entre barcos pesqueros y gaviotas, hasta que esta se hizo ruta 5.


Por momentos teníamos el mar a nuestra derecha, luego transitábamos por pequeñas colinas cubiertas de bosques que alternaban con praderas y lagos.
La ruta de asfalto presentaba constantes sube y bajas, el tránsito era moderado y la banquina (arcén) fue una verdadera ventaja.
En Chonchi tomamos contacto con la primera iglesia Patrimonio de Humanidad, Nuestra Señora del Rosario, con viva paleta de colores en sus muros. Estos edificios, verdaderas obras de arte en madera, caracterizan a la cultura chilota. Cada uno de los 16 templos tienen festividad con procesiones en canoa y fiestas multitudinarias de muchos días.
Ingresamos a Castro, capital de la isla, con casi 100 km en las ruedas. Quedamos sorprendidos frente a las viviendas sobre palafitos, los cisnes y embarcaciones que descansan en la bahía en bajamar.
Nos tomamos un día para recorrer islotes vecinos, utilizando el sistema de balsas. Una sorpresa tras otra con las maravillas realizadas en madera, no solo en la construcción sino en las decoraciones policromadas de las iglesias. En San Juan recorrimos un astillero artesanal donde aún se realizan los barcos en madera con las viejas técnicas.


El relieve es montañoso, con abundante flora y sinuosos caminos que terminan en pequeñas fincas productivas o en miradores que se abren al mar. Es para pasarse días deambulando por estos tranquilos parajes.
Al día siguiente partimos de Castro, peleando con los vehículos y el smog en la parte urbana, adicionándole fuertes subidas para salir del nivel del mar.
Ya arriba, la industria pesquera, con sus olorosas fábricas de alimento, astilleros, centros de logísticas para trasladar al salmón, generando un entorno muy particular.
Las caravanas de camiones frigoríficos que van hacia el continente se sucedían con continuidad, pero la banquina nos permitía seguir tranquilos.
Tras 80 km de constante sube y baja, una bajada de varios kilómetros nos descargó en la rotonda de ingreso de Ancud, donde una tradicional ancla de piedra y madera hecha a la vieja usanza nos recuerda las viejas herramientas marítimas.


Siempre con la costa y el mar a la derecha, cruzamos coloridos y ruidosos mercados de frutos de mar, puertos de pescadores y una moderna rambla que nos condujo a un hostel céntrico.
Ancud posee interesantes lugares. En el museo de las iglesias de Chiloé hay elementos de las iglesias restauradas y funciona la escuela de carpinteros patrimoniales. Es un lugar de historia donde se puede ver la aficción religiosa de los pobladores en los delicados artesonados.
Otro atractivo es el puerto, de donde zarpan los pescadores de ostras y regresan al atardecer con los exclusivos mariscos en sus botes. Una pintoresca actividad para conocer. Y para tener una lejana vista al mar se puede acceder al mirador de la fortaleza de San Antonio, donde los cañones aun cuentan historias de piratas.


Volvimos a la ruta para encarar el último tramo de la isla hacia el pueblo de Chacao, distante a unos 30 km pero con furiosos desniveles. Quedamos frente al canal que separa la isla del continente, recorriendo un paseo donde se da cuenta de las leyendas y mitos de isla. El transbordador va y viene, marcando la llegada con el sonido del pontón sobre la plataforma de hormigón. Doña Alba, tercera generación de hospederos, nos brindó alojamiento hasta la mañana que nos embarcamos en el transbordador que nos devolvería al continente.
Recorrer Chiloé posibilita estar constantemente en relación con la naturaleza y con su complemento, las tradiciones que se manifiestan en cada rincón con la cultura, rituales y la obra arquitectónica que le ha dado fama mundial. Sus caminos posibilitan un andar tranquilo en bicicleta, sobre todo en las islas menores. En cuanto a los servicios, podemos encontrar donde alojarnos y alimentarnos a todos los precios. Y la información y cartelería de rutas es excelente.

Por Gustavo Rebord

 


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Hablamos sobre: Viajes en bici

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