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Cicloturismo por Chascomús: una amistad donde importan las cosas simples

Fecha: 02.06.2018

Una tarde de domingo, mientras pedaleaba en mi bici azul, me crucé en la puerta de la Reserva Ecológica con el protagonista de esta historia. Es una de las personas más interesantes que conocí en el último tiempo y lo apodaré Tarzán, el Niño de la Selva. De rasgos fuertes y aindiados, es hijo de paraguayos con una historia poco feliz en sus orígenes, pero con la entereza, el tesón y los sueños cumplidos de algunos elegidos. Se crió en la selva misionera, se alimentaba de palomas cazadas con honda, frutos silvestres y peces del río. Trabajó desde que tiene uso de razón. Hoy, convertido en psicólogo social, aun trepa los árboles con posición de felino y contempla en detalle los nidos de los pájaros con unos grandes binoculares. Las vueltas de la vida hicieron que no importaran los orígenes y que hoy Tarzán compartiera un domingo de naturaleza con la niña de los medios. En esta amistad sólo importa el vuelo desde lo simple y cotidiano. Pasamos largas horas hablando de nuestras vidas. Él escucha atento mi crianza en canales de tv y teatros, y yo paso horas escuchando sobre las fiestas regionales en su provincia de la tierra colorada.


Nos encontramos varias veces mientras pedaleábamos en la naturaleza. Un día decidimos ir a la laguna de Chascomús. Nos encontramos en el Obelisco. Con mi bici roja nueva, a la que llamé La Villana por ser roja diabólica intensa, aguerrida y trepadora, llegué puntual al comienzo de la aventura. Armamos su auto con las dos bicis y salimos con una colación improvisada y música fuerte al destino.
Hicimos algo más de 100 kilómetros por la Ruta 2 y llegamos a Chascomús. La gran laguna, llena de colores de final de primavera, nos daba la bienvenida con un cielo turquesa despejado. Una brisa apenas fresca de mediados de mañana entraba por las ventanas bajas del auto. El ruido de los motores de las motos choperas en caravana daban un toque fílmico a la escena.
Elegimos un camping y entramos a La Puerta, aunque sólo fuese por un par de horas de la tarde, al regreso triunfal de la circunvalación en bicicletas. Tarzán me enseñó a armar la carpa y me prometió que me encantaría la vida campestre. Yo había ido a un solo campamento en el club a los 12 años, una terrible experiencia en la que se me llenó todo el bolso de hormigas coloradas que no solo me picaron, sino que invadieron mis pertenencias. Pero me di la posibilidad de probar otra vez casi treinta años después.


Pedaleamos 35 kilómetros de un hermoso camino entre los verdes variados del césped, flores blancas, lilas y celestes, algunos puentes e improvisados muelles enmarcaron la vuelta pedaleando entre charlas y risas. Con sus binoculares paramos a contemplar el paisaje tranquilos. En algunos trayectos la flora era más frondosa y este Niño de la Selva de 44 años se bajaba de su bici azul para abrir con sus manos los yuyos del monte y pasar entre la maleza. Quiso darle un toque de originalidad a unas fotos sacadas entre la vegetación y me pidió que hiciera alguna monigotada. Unas verticales improvisadas y faltas de entrenamiento se inmortalizaron en ese juego de arte y vida.
Faltaba poco para terminar la vuelta cuando unos puestos de comida frente a la laguna, llegando a la parte más céntrica, llamaron nuestra atención. Tarzán llevó salame, queso artesanal y empanadas de carne y pollo. Yo renové energías con una ensalada completa. En el medio del gran muelle principal almorzamos con el sol perpendicular, que proyectaba en ese asfalto muy caliente las largas sombras de estos dos ciclistas. Un nene pescador nos dio unas lecciones pero se alejó porque no había pique.
Nos sacamos fotos como todos los visitantes, en las esculturas de esta costanera, hechas con restos de bicicletas y otras máquinas. Con panzas llenas, piernas cansadas y corazones contentos, retomamos el andar para llegar al merecido descanso en el camping.
La calle principal estaba cortada y nos anunciaron precaución porque había un desfile muy grande de bomberos. Una autobomba antigua del lugar me atrapó por su encanto, con asientos de madera, un matafuegos de cobre grande y un carro independiente, detrás con la manguera. Me acerqué a los bomberos. Les conté brevemente mi historia y les agradecí por el coraje y la vocación de servicio. Les dije que me había arrepentido de no haberles preguntado el nombre a quienes habían apagado mi departamento, pero que quería saber el de ellos. Maxi y Ale, dos héroes anónimos de aquellos lados, se presentaron como fieles servidores.


Llegamos adonde habíamos dejado el auto y la carpa para hacer una siesta renovadora. A Tarzán le gusta la sombra, el fresco. A mí me gusta el sol pleno. Por lo tanto él infló un colchón y se refugió en su tienda. A un par de metros yo estiré una lona en el césped bien corto y me quedé dormida muy relajada de espaldas, al sol. De repente un movimiento ondulante extraño, que jamás había sentido, hizo peso sobre mi hombro. Abrí los ojos. Una serpiente negra oscura, de más de un metro de largo, se dirigía hacia mi codo reptando zigzagueante. La arranqué por instinto, levantándome con torpeza, agarrando el corpiño de la bikini que antes me había desajustado, y corrí unos metros al grito desesperado de “una viboraaaaa, me caminó por el brazo una víboraaa”. La vi huir veloz hacia el monte. No quedó un solo alma a la altura del piso, nadie durmió más y los vecinos de campamento quedaron alertas. Había cientos de turistas. Pero solo yo la vi. Las horas pasaban y no se me iba la sensación de la piel. Sin embargo, cuando interrumpió mi asoleada la bicha de mi mala dicha, fui muy feliz y libre en la visita a la mágica y hermosa Chascomús.
Al atardecer, en el centro híper poblado de locales y visitantes, lleno de juventud y familias, contemplé ese ocaso prendido fuego sobre el agua de la laguna. Fue sin dudas una de las caídas de sol más hermosas que vi; los colores rojos, dorados, fucsias y naranjas intensos se tornasolaban en vetas dignas de admirar hasta el último minuto de luz. Me hamaqué muy fuerte, enmarcada por ese crepúsculo. El Niño de la Selva, una vez más me ayudó y enseñó a trepar a cuanto árbol veíamos posible. Subimos lo más alto que nos animamos y desde las copas nos sentimos reyes mirando el paisaje desde arriba, entre esos colores fascinantes del cielo y la brisa del anochecer. Me enseñó a buscar lugares para pisar, donde debería buscar una rama en la que me hallara cómoda, dejar ir el vértigo de lado y sentirme parte. Desde las ramas de un árbol, la vista es distinta.
Volvimos de noche a Buenos Aires. La salida hacia la ruta dos fue complicada, con un embotellamiento. En Avenida Independencia armamos mi Villana nuevamente y nos despedimos con un abrazo y un “gracias” por los geniales momentos de aventura.

Por Magdalena Lunadei:
Ciclista y escritora. En julio 2018 publica su primer libro de relatos, «¿Pedaleamos?». Info: magoolunadei@hotmail.com


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Nº 294 - Junio 2019


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