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Cicloturismo

Cicloturismo por Chascomús: una amistad donde importan las cosas simples

Una tarde de domingo, mientras pedaleaba en mi bici azul, me crucé en la puerta de la Reserva Ecológica con el protagonista de esta historia. Es una de las personas más interesantes que conocí en el último tiempo y lo apodaré Tarzán, el Niño de la Selva. De rasgos fuertes y aindiados, es hijo de paraguayos con una historia poco feliz en sus orígenes, pero con la entereza, el tesón y los sueños cumplidos de algunos elegidos. Se crió en la selva misionera, se alimentaba de palomas cazadas con honda, frutos silvestres y peces del río. Trabajó desde que tiene uso de razón. Hoy, convertido en psicólogo social, aun trepa los árboles con posición de felino y contempla en detalle los nidos de los pájaros con unos grandes binoculares. Las vueltas de la vida hicieron que no importaran los orígenes y que hoy Tarzán compartiera un domingo de naturaleza con la niña de los medios. En esta amistad sólo importa el vuelo desde lo simple y cotidiano. Pasamos largas horas hablando de nuestras vidas. Él escucha atento mi crianza en canales de tv y teatros, y yo paso horas escuchando sobre las fiestas regionales en su provincia de la tierra colorada.


Nos encontramos varias veces mientras pedaleábamos en la naturaleza. Un día decidimos ir a la laguna de Chascomús. Nos encontramos en el Obelisco. Con mi bici roja nueva, a la que llamé La Villana por ser roja diabólica intensa, aguerrida y trepadora, llegué puntual al comienzo de la aventura. Armamos su auto con las dos bicis y salimos con una colación improvisada y música fuerte al destino.
Hicimos algo más de 100 kilómetros por la Ruta 2 y llegamos a Chascomús. La gran laguna, llena de colores de final de primavera, nos daba la bienvenida con un cielo turquesa despejado. Una brisa apenas fresca de mediados de mañana entraba por las ventanas bajas del auto. El ruido de los motores de las motos choperas en caravana daban un toque fílmico a la escena.
Elegimos un camping y entramos a La Puerta, aunque sólo fuese por un par de horas de la tarde, al regreso triunfal de la circunvalación en bicicletas. Tarzán me enseñó a armar la carpa y me prometió que me encantaría la vida campestre. Yo había ido a un solo campamento en el club a los 12 años, una terrible experiencia en la que se me llenó todo el bolso de hormigas coloradas que no solo me picaron, sino que invadieron mis pertenencias. Pero me di la posibilidad de probar otra vez casi treinta años después.


Pedaleamos 35 kilómetros de un hermoso camino entre los verdes variados del césped, flores blancas, lilas y celestes, algunos puentes e improvisados muelles enmarcaron la vuelta pedaleando entre charlas y risas. Con sus binoculares paramos a contemplar el paisaje tranquilos. En algunos trayectos la flora era más frondosa y este Niño de la Selva de 44 años se bajaba de su bici azul para abrir con sus manos los yuyos del monte y pasar entre la maleza. Quiso darle un toque de originalidad a unas fotos sacadas entre la vegetación y me pidió que hiciera alguna monigotada. Unas verticales improvisadas y faltas de entrenamiento se inmortalizaron en ese juego de arte y vida.
Faltaba poco para terminar la vuelta cuando unos puestos de comida frente a la laguna, llegando a la parte más céntrica, llamaron nuestra atención. Tarzán llevó salame, queso artesanal y empanadas de carne y pollo. Yo renové energías con una ensalada completa. En el medio del gran muelle principal almorzamos con el sol perpendicular, que proyectaba en ese asfalto muy caliente las largas sombras de estos dos ciclistas. Un nene pescador nos dio unas lecciones pero se alejó porque no había pique.
Nos sacamos fotos como todos los visitantes, en las esculturas de esta costanera, hechas con restos de bicicletas y otras máquinas. Con panzas llenas, piernas cansadas y corazones contentos, retomamos el andar para llegar al merecido descanso en el camping.
La calle principal estaba cortada y nos anunciaron precaución porque había un desfile muy grande de bomberos. Una autobomba antigua del lugar me atrapó por su encanto, con asientos de madera, un matafuegos de cobre grande y un carro independiente, detrás con la manguera. Me acerqué a los bomberos. Les conté brevemente mi historia y les agradecí por el coraje y la vocación de servicio. Les dije que me había arrepentido de no haberles preguntado el nombre a quienes habían apagado mi departamento, pero que quería saber el de ellos. Maxi y Ale, dos héroes anónimos de aquellos lados, se presentaron como fieles servidores.


Llegamos adonde habíamos dejado el auto y la carpa para hacer una siesta renovadora. A Tarzán le gusta la sombra, el fresco. A mí me gusta el sol pleno. Por lo tanto él infló un colchón y se refugió en su tienda. A un par de metros yo estiré una lona en el césped bien corto y me quedé dormida muy relajada de espaldas, al sol. De repente un movimiento ondulante extraño, que jamás había sentido, hizo peso sobre mi hombro. Abrí los ojos. Una serpiente negra oscura, de más de un metro de largo, se dirigía hacia mi codo reptando zigzagueante. La arranqué por instinto, levantándome con torpeza, agarrando el corpiño de la bikini que antes me había desajustado, y corrí unos metros al grito desesperado de “una viboraaaaa, me caminó por el brazo una víboraaa”. La vi huir veloz hacia el monte. No quedó un solo alma a la altura del piso, nadie durmió más y los vecinos de campamento quedaron alertas. Había cientos de turistas. Pero solo yo la vi. Las horas pasaban y no se me iba la sensación de la piel. Sin embargo, cuando interrumpió mi asoleada la bicha de mi mala dicha, fui muy feliz y libre en la visita a la mágica y hermosa Chascomús.
Al atardecer, en el centro híper poblado de locales y visitantes, lleno de juventud y familias, contemplé ese ocaso prendido fuego sobre el agua de la laguna. Fue sin dudas una de las caídas de sol más hermosas que vi; los colores rojos, dorados, fucsias y naranjas intensos se tornasolaban en vetas dignas de admirar hasta el último minuto de luz. Me hamaqué muy fuerte, enmarcada por ese crepúsculo. El Niño de la Selva, una vez más me ayudó y enseñó a trepar a cuanto árbol veíamos posible. Subimos lo más alto que nos animamos y desde las copas nos sentimos reyes mirando el paisaje desde arriba, entre esos colores fascinantes del cielo y la brisa del anochecer. Me enseñó a buscar lugares para pisar, donde debería buscar una rama en la que me hallara cómoda, dejar ir el vértigo de lado y sentirme parte. Desde las ramas de un árbol, la vista es distinta.
Volvimos de noche a Buenos Aires. La salida hacia la ruta dos fue complicada, con un embotellamiento. En Avenida Independencia armamos mi Villana nuevamente y nos despedimos con un abrazo y un “gracias” por los geniales momentos de aventura.

Por Magdalena Lunadei:
Ciclista y escritora. En julio 2018 publica su primer libro de relatos, «¿Pedaleamos?». Info: magoolunadei@hotmail.com

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Ciclismo urbano

Paseos culturales en bicicleta por Buenos Aires

Viajero incansable y colaborador de Biciclub con sus atractivos relatos de viajes, Esteban Mazzoncini ha vuelto hace unos meses a Buenos Aires luego de un largo viaje en bicicleta y está organizando paseos culturales en bicicleta junto a Mariela Cavallo, una guía de turismo experta en contar historias de esta hermosa ciudad. Los paseos son de dificultad baja, de unos 6 kilómetros y con paradas donde además se ofrecen tips de fotografía y mecánica de la bici. El recorrido finaliza en el lago Regatas de Palermo, donde los participantes son invitados a un pícnic saludable, un juego sorpresa y una charla acerca de cómo organizar un viaje en bici por el mundo.

Instagram: @estebanmazzoncini | @baconcierge

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Cicloturismo

Irán en bici: hospitalidad y belleza

Irán, ese país tan lejano y desconocido para mí, con tan diferente cultura, religión e historia, fue uno de los destinos más esperados en mi viaje. Es uno de esos países que no se visitan todos los días, así que intenté aprovecharlo al máximo.

Pasé allí exactamente dos meses, desde mayo a julio de 2019, pedaleando casi 2300 kilómetros. Las rutas fueron siempre bastante seguras para pedalear, con banquinas. Abundaban también los parques públicos, donde estaba permitido acampar, y la comida en restaurantes en general era extremadamente barata. Así que gastaba poco; comía bien y rico; conocía mucho la vida de los locales; y disfrutaba de un clima de calor en la mejor época del año, justo antes del calor agobiante del verano (julio/agosto). Se daban así todas las condiciones para un viaje ideal.

Algunas cosas llamaron mi atención, y es que por aquel entonces, ingresé al país durante ramadán (el mes de ayuno de los musulmanes), por lo que debía cuidarme de no comer ni tomar agua en espacios públicos durante el día. Era interesante ver cómo su religión estaba así tan presente en su día a día, aunque también descubrí a muchos no-musulmanes que (como yo) se escondían a comer y romper el ayuno. Claro que en la ruta la regla no era tan estricta: podía hidratarme y comer sin problemas. Otra regla (de vestimenta) era vestir siempre de pantalón largo. Intenté cumplirla, pero luego supe que al hacer deporte podía ir de cortos, por lo que así lo hacía cuando pedaleaba. Eso sí, estando sin la bici debía usar los largos aunque hicieran 35°C de temperatura…

Mis expectativas en cuanto a la famosa hospitalidad iraní eran altas, fruto de tantos comentarios positivos recibidos por otros viajeros que la habían experimentado previamente. Y aún así, dicha hospitalidad superó largamente tales expectativas.

Era una incógnita constante saber con quien almorzaría, o donde pasaría la noche, pues eran tantísimas las invitaciones de la gente, día tras día, lo que hacía al viaje aun más interesante e intenso a la vez. Y siempre esas ayudas llegaban de forma desinteresada, contentos de colaborar con el viajero.

Por otra parte, llegar en bicicleta a ciudades con tanta historia como Isfahan, Hamedan, o Shiraz, eran satisfacciones enormes. Visitar sus enormes mezquitas, de una arquitectura y belleza difícil de describir, o pasear entre grandes bazares repletos de comidas, artesanías o alfombras persas, son hoy recuerdos preciosos. O bien acampar a escasos 200 metros de Persépolis, los restos de la antigua ciudad capital del imperio persa, construida hace más de 2500 años, o pedalear en botes acuáticos en las cuevas de Ali Sadr, al noroeste del país, las cuevas acuáticas más grandes del mundo.

Creo sin dudar que Irán fue uno de los puntos altos en mi viaje. Un país al que siempre querría volver, con mucho más para explorar y conocer. Y que, en mi opinión, reúne todas las características para quien planea hacer un viaje en un destino exótico pero a la vez seguro, barato, y con una riqueza humana y una histórica difíciles de superar.


Por Maximiliano Buss: en nuestra edición 305, del pasado mes de abril, publicamos en página 62 una síntesis del viaje de Maximiliano Buss entre Barcelona y Bangkok. Este relato corresponde a su paso por Irán.

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Cicloturismo

En vivo, el jueves 19/11 a las 20 hs de Argentina, hablamos de cómo armar tu viaje soñado

Sabemos que te gusta andar en bicicleta y que te apasionan los viajes y las aventuras. También sabemos que estás extrañando todo eso, y mucho.
Por eso desde Biciclub y Trans Sierras te ofrecemos de manera gratuita una serie de charlas online de 30 a 45 minutos sobre viajes en bicicleta (o, por qué no, también sumando trekking o remo). Hablaremos de viajes muy cerquita y otros de muy, muy lejos, porque en definitiva sólo se trata de buscar una excusa para conocer y pedalear.
En la primera charla, a realizarse el jueves 19 de noviembre a las 20 hs, compartiremos todo lo referido a un viaje por Cuba, realizado hace cuatro años. Te contaremos detalles y tips para que descubras este destino, tengas herramientas para armar tu viaje, sugerencias sobre qué hacer y que no. Todo esto en base a experiencias vividas y compartiendo mapas, diseños de recorridos, distancias, aciertos y errores, entre otras cosas.
Al finalizar la exposición tendrás un espacio abierto a preguntas.
La idea es compartir esta pasión que tenemos en común porque, sin dudas, pronto volveremos a armar alforjas y salir a descubrir nuevos destinos.

Toda la info e inscripciones haciendo click acá

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Cicloturismo

Vacaciones en bicicleta en Mendoza

La idea surgió a fines del año 2018. Ir a pedalear por los caminos de Mendoza. Ripio, asfalto, bodegas, desierto, montañas y cielo azul. En un principio estaba pensada para un grupo de ciclistas que ya había hecho otros viajes similares en los últimos años: Salta, Bariloche, Tandil y hasta el Cruce de los Andes. Pero esta vez las cosas resultaron distintas.

Como sucede a menudo, las buenas ideas van creciendo por contagio y lo que parecía ser una salida más de ese grupo de 10 o 12 compañeros de trabajo fue rápidamente ganando adeptos, hasta llegar a convocar nada menos que a 31.

La tarea para Sergio, nuestro organizador, no era fácil, no solo por la cantidad de anotados, sino también por los desafíos logísticos. El cronograma de vuelos era un rompecabezas. Además, algunos llevaban sus propias bicis y otros las debíamos alquilar. Buscar alojamiento único tampoco era fácil.

Lo primero fue encontrar la empresa justa para organizarnos el tour y nos decidimos por Rodado 26. No nos arrepentimos.

Y así partimos hacia la aventura el jueves 21 de marzo del 2019. En distintos vuelos fuimos llegando al Aeropuerto de Mendoza y desde allí nos trasladamos en combi hasta el hotel Casa La Galeana, en Chacras de Coria, un hotel pequeño pero muy cómodo, en el que ocupamos todas las habitaciones.

Antes de la cena, Ariel de Rodado 26 nos dio la bienvenida en una reunión grupal. Allí seteó las expectativas del viaje con una frase que tituló con precisión lo que sucedería: “Gente, los próximos cuatro días son vacaciones en bicicleta. Vamos a disfrutar de los paisajes, de pedalear juntos, de compartir buenos momentos.” Cena en el hotel y a dormir para juntar fuerzas para el día siguiente.

De Tupungato a Potrerillos

El viernes, luego de un desayuno liviano, a las nueve en punto partimos en dos combis hacia Tupungato. Allí, tomamos la ruta 89 y en la entrada de la Estancia Los Coirones las combis se detuvieron. Descargamos las bicis de los trailers y comenzamos a poner todo a punto.

Cuando todo estuvo listo, comenzó el pedaleo. Continuamos por la 89, un camino de ripio con muchas piedras. En el primer tramo de 15 kilómetros, entre muchas subidas y pocas y pequeñas bajadas, ascendimos 700 metros en medio de un paisaje espectacular, con el Cordón del Plata de fondo. Llegamos así hasta el punto más alto de la ruta 89, donde los muchachos de Rodado 26 habían armado un gazebo para almorzar. Sandwiches, frutas frescas y secas y mucho líquido. Todo perfecto para descansar un poco y retomar fuerzas.

Luego del almuerzo emprendimos la bajada. Siempre en ripio, la primera parte en forma de caracoles, muy divertida pero con la necesidad de prestar mucha atención al camino. Luego, al llegar a la zona del valle, el camino se hizo más recto, aunque continuaba descendiendo. Al llegar al pueblo de Las Vegas, el ripio de la ruta se hizo asfalto y la bajada continuó hasta el dique de Potrerillos. En total, 22 kilómetros de descenso muy rápido, donde algunos intrépidos alcanzaron casi 70 kilómetros por hora en algún tramo.    

Manzano histórico y Salentein

Nuevamente a las nueve en punto partimos en las combis, esta vez con rumbo a Tunuyán. A partir de allí, tomamos la ruta 94 hasta la intersección con el camino de La Quebrada, donde comenzó el pedaleo del día.

Los primeros cinco kilómetros fueron en ascenso, hasta llegar al Monumento al Manzano Histórico, lugar donde se dice que San Martín se detuvo cuando volvía de su campaña a Chile. Un poco decepcionados al enterarnos de que el famoso manzano ya no existe, y luego de socorrer a un ciclista solitario que había sufrido una caída en un sendero detrás del monumento, seguimos ascendiendo por la 94, ahora de ripio, dos kilómetros más hasta el Campamento de los Maristas. En ese lugar hicimos una parada técnica para comer algo de queso, dulce de batata y frutas secas.

En ese punto el grupo se dividió. Los más entrenados siguieron subiendo por la 94 algunos kilómetros más hasta llegar a las ruinas del hotel Samai Huasi. Los demás volvimos sobre nuestros pasos hasta la intersección con la ruta 89, justo donde está emplazado el Cristo de la Hermandad.

Tomamos un camino asfaltado en dirección a Tupungato. Luego de 20 kilómetros de descenso llegamos todos juntos al acceso a la Bodega Salentein, donde compartimos una muy buena degustación de empanadas y vinos de la casa. Por la tarde realizamos una visita a esta particular bodega.

De Uspallata a Villavicencio

Ya se había hecho costumbre la salida puntual a las nueve. Las combis con sus trailers nos llevaron por los increíbles paisajes de la ruta 7 hasta la ciudad de Uspallata. Saliendo de esa ciudad por la Ruta 52 abandonamos el asfalto y nos internamos en la Reserva Natural de Villavicencio.

En un punto de esa ruta nos detuvimos y comenzó el pedaleo. Fue el tramo más desafiante de todo el viaje, 12 kilómetros durísimos en ascenso casi constante en los que ganamos 1000 metros de altitud. Luego de casi dos horas llegamos a la Cruz del Paramillo, a 3000 metros de altitud, donde disfrutamos de un hermosa vista del Cerro Aconcagua. A partir de allí, cuatro kilómetros más con algunos repechos exigentes hasta llegar al Mirador del Balcón, donde nos esperaba la deseada bajada, los famosos caracoles de Villavicencio, 23 kilómetros de puro camino de cornisa, con más de 300 curvas, según los conocedores. Los picos de adrenalina nos acompañaron todo el trayecto, hasta el final del camino donde el famoso hotel inmortalizado en las botellas de agua mineral nos recibió para dar por finalizado el día de pedaleo.

Por la noche, de vuelta en Casa La Galeana, el Chino y Gaby, los asadores expertos del grupo, se mandaron un asado impresionante para todos.

Entre viñedos y senderos del pedemonte

El último día de pedealeo lo arrancamos montados en las bicis desde el hotel. Hicimos diez kilómetros hacia el sur y luego hacia el oeste con algo de pendiente ascendente hasta el dique Cipolletti, en Luján de Cuyo. A partir de allí nos internamos a pedalear por los viñedos de la bodega Luigi Bosca y luego por caminos internos, siempre rodeados de viñas y pequeñas bodegas.

Al mediodía llegamos a la bodega Nieto Senetiner, con su casco de estilo colonial excelentemente mantenido. Nos recibieron con una cata de vinos, visita a las instalaciones y un estupendo asado. Por la tarde los más fanáticos hicieron una pasada por los Senderos del Pedemonte, llenos de caminos angostos, más exigentes desde lo técnico pero muy divertidos.

Finalizado el último día, fuimos partiendo desde el hotel hacia al aeropuerto, organizados de acuerdo con nuestros cronogramas de vuelos de vuelta. La organización de Rodado 26 fue impecable de inicio a fin.

Hermosa visita a Mendoza. Un viaje inolvidable de cuatro días donde descubrimos lugares increíbles para recorrer en bici, rodeados de paisajes majestuosos. Un ambiente relajado para compartir momentos distintos a los habituales del trabajo y conocernos de una forma más cercana. Para algunos fue además el reencuentro con la bici después de años. Para todos una hermosa experiencia que nos dejó con las ganas de seguir haciendo viajes grupales en bicicleta.

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Edición Digital

Nº 311

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