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Cicloturismo

Cicloturismo: una guía para iniciar a los niños

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Consejos y equipamiento necesario para iniciar un viaje de vacaciones en bici. La experiencia en primera persona de un viaje en familia con una niña menor de 2 años y, a modo de ejemplo, un itinerario factible de llevar a cabo.

Texto Isabel García | Fotos: Ariel Sabatella

Tanto mi marido como yo somos asiduos usuarios de la bicicleta. Pese a tener automóvil, son muy pocas veces que lo usamos para trasladarnos por la enorme ciudad de Buenos Aires, donde vivimos. No queremos consumir la vida arriba de un auto cuando podemos llegar a destino mucho más rápido y de manera mucho más agradable sobre una bicicleta. Además, preferimos optar por esta forma de trasladarnos que nos aporta endorfinas, entre tantos otros beneficios.
Cuando nuestra familia se consolidó con la llegada de nuestra hija, Sol, esperamos con ansia los 9 meses necesarios que debe tener una criatura para poder sentarla en una sillita infantil de bicicleta. Pero así y todo la bici no siempre es la opción para moverse, muchas veces tenemos que optar por el auto (porque llueve, porque regresaremos de noche, etcétera) aunque siempre que sea posible y razonable lo hacemos en bicicleta.
Sol tiene casi 2 años y se avecinaba la posibilidad de un viaje de 10 días. Queríamos que fuese algo distinto y teníamos ganas de que pudiese tener algo que nos encanta, la bicicleta. Entonces surgió la idea de un viaje cicloturista, pero todas las opciones que se nos venían en mente nos daban muchas dudas. Sol nunca había viajado en bici más que para trasladarse en la ciudad y no sabíamos cuantas horas por día iba a soportar rodando, además de que la franja horaria de sol más fuerte íbamos a tener que evitarla. Tenía que ser un lugar que tuviese pueblos próximos donde poder parar, sin muchas distancias, por lo que charlando con mi padre nos sugirió Uruguay. Nos pareció una idea fantástica.
Desde el principio descartamos la posibilidad de llevar carpa, porque implicaría llevar también bolsas de dormir, aislantes y trastos para cocinar, además de todo los que somos padres sabemos que precisa un niño (bastante ropa porque se ensucian mucho, pañales, óleo calcáreo y algodón, juguetes, etcétera) ¡Y hay que llevar al niño en cuestión! Así que lo mejor era llevar lo súper imprescindible.
Con todo esto ya definido teníamos claras las bases del viaje…, pero nos faltaba definir dónde íbamos a dormir. Los hoteles no es lo que más nos gusta y tampoco nos parecía la opción más entretenida para nuestra hija. Y nosotros somos, como buenos cicloturistas, grandes fanáticos de la comida, además de que nos gusta elegir los productos para ello y cocinarlos nosotros mismos. Parando en hoteles los costos por alimentarnos iban a ser considerablemente elevados.
Por esas cosas de la vida, una amiga nos hizo conocer la plataforma Airbnb, un sitio web y aplicación en donde la gente pone en alquiler su propio hogar o alojamientos que tenga para rentar. Fue maravilloso manejarnos con esta aplicación, conseguimos lugares donde parar en todos lados, casas preciosas, manejadas por encantadores dueños.
En definitiva, pasamos 10 días de viaje parando mayormente en casas con jardín, cocinándonos y pedaleando en promedio unos 30 kilómetros los días que nos trasladábamos de un lugar a otro. Nuestra hija lo disfrutó a la par nuestra y prácticamente nunca se quejó cuando anduvimos en bicicleta –cosa que suele hacer con bastante energía a los 15 o 20 minutos de andar en auto.

A tener en cuenta
Resumiendo, los puntos que para nosotros fueron necesarios o, al menos, importantes para iniciar a nuestra hija en la experiencia del cicloturismo son:
– Evitar pedalear en horarios de sol excesivo y en época de lluvias y/o pleno verano (nosotros lo hicimos en noviembre).
– Elegir un lugar que tenga puntos cercanos para pernoctar o incluso para parar a comer o descansar si nuestro hijo se ofusca con el viaje.
– Evitar la carpa para llevar menos bártulos. Alguno de los padres tendrá que llevar al niño y, por ende, no podrá transportar muchos objetos. Existe el portapaquetes delantero para llevar algo extra de carga, que en este caso puede ser útil.
– Llevar algún elemento para transportar al niño cuando no salimos en bici. Nosotros generalmente usamos una guaguita para los paseos que no hacemos en bicicleta.
– Alojarse en casas da la posibilidad de darle de cenar a los niños para que se duerman temprano (nuestra hija se duerme a las 20:30 hs aproximadamente) y así los adultos poder cenar más tranquilos luego o hacer una sobremesa mientras la criatura duerme.
– Antes de emprender un viaje en bici el niño tiene que estar ya habituado a ser transportado en bicicleta por trayectos de al menos una hora.
– Aunque no pedaleemos en las peores horas de luz, el sol es fuerte, por lo que es fundamental el protector solar, pero también útil algo con que cubrir al niño. Nosotros compramos una sombrilla de las que se sujetan en los cochecitos de bebés. Y aunque sabíamos de antemano que no estaba diseñada para soportar el viento que se resiste al pedalear, nos ayudamos con pulpos de modo de mantener la sombrilla lo más firme posible.
– Además del kit de herramientas necesario, conviene llevar algún cepillo, trapo y lubricante para lavar la transmisión en caso de ir a zonas de playa. Es fundamental limpiar y lubricar al regresar de la salida, ya que la arena y el salitre pueden destruir nuestra transmisión en muy poco tiempo.
– Si vamos al exterior del país y no tenemos un GPS, podemos usar el del celular sin pagar los costosos importes del roaming. Google Maps permite descargarte mapas de hasta 300 megas. De esta manera, de una trayecto a otro podemos buscar wifi y descargar el próximo mapa que necesitaremos para llegar a destino.

El itinerario
Nosotros partimos en bici desde nuestra casa en Villa del Parque, Buenos Aires, hasta el puerto porteño, donde nos tomamos un buque directo a Montevideo (es más económica la opción de buque+bus, pero te obliga a desarmar las bicis para el tramo de bus). Pedaleamos un total de 120 kilómetros en 10 días, desde Montevideo a Piriápolis, ingresando en algunos pueblos para hacer trayectos por calles más tranquilas y conocer más. Los lugares que visitamos y etapas de viaje fueron:
– Montevideo-Solymar: 30 kilómetros sobre la Rambla Costanera. La mayoría del trayecto tiene ciclovía u opción de ir por el paseo costero, en el que transita bastante gente en bici y caminando.
– Solymar-Atlántida-Parque del Plata: 20 kilómetros por la Ruta Interbalnearia (también se puede hacer por la costa, aunque es un trayecto un poco más largo -nosotros no lo escogimos porque ese día había mucho viento y hacía frío) hasta El Águila, una curiosa casita hecha de piedras con forma de águila sobre el mar. Luego entramos en Atlántida para conocerla y almorzar. Desde aquí hasta Parque del Plata el trayecto es de 9 kilómetros y es realmente fascinante, de casas con jardines repletos de flores, dispuestas de las formas más extravagantes. Por este camino evitamos unos kilómetros de Ruta Interbalnearia, que tiene más tráfico aunque una ancha y buena banquina, ya que fuimos en paralelo sobre la Avenida Mario Ferreira.
– Parque del Plata-Paraíso Suizo (Jaureguiberry): 29 kilómetros por la Ruta Interbalnearia. Algunos kilómetros antes está Cuchilla Alta, un hermoso lugar, y algunos después Solís, también una preciosa opción donde quedarse. Desde Parque del Plata hasta Piriápolis hay que tener en cuenta que el camino ya no es plano sino ondulado, gracias a las famosas cuchillas.
– Paraíso Suizo (Jaureguiberry)-Piriápolis: a los 3 kilómetros de haber salido de Paraíso Suizo encontramos sobre la Ruta Interbalnearia la primera Escuela Sustentable de Latinoamérica (www.unaescuelasustentable.uy). Vale la pena detenerse a observarla, es una escuela realmente distinta y hermosa, realizada en un 60% con materiales reciclables, que aprovecha para su funcionamiento el agua de lluvia y la luz natural y utiliza energía obtenida de paneles solares, además de tener una huerta propia.
Luego de esta parada seguimos 1.5 kilómetros por la ruta hasta Solís, donde ingresamos a la ciudad para seguir camino por la rambla (Ruta 10). Este trayecto es realmente atractivo, muy verde, con bellas casas y el mar acompañándonos a nuestra derecha. En esta etapa pedaleamos un total de 22 kilómetros hasta Piriápolis, en donde decidimos alojarnos en una muy linda casa alejada de la ciudad, en un barrio de casitas y calles de ripio. Lo bueno de tener bicicleta es que luego podemos estar en 10-15 minutos en el centro o en algún punto interesante como Punta Colorada o Punta Negra.
– El regreso desde Piriápolis a Montevideo fue en bus. Las bicis se pueden llevar sin problemas en el micro, para lo cual solo debemos sacar la rueda delantera, cubrir la transmisión para no ensuciar nada y bajar el asiento.
Nosotros elegimos estos puntos/lugares donde parar pero entremedio aun hay más y hasta lo que pudimos ver todos son bellos y tienen su encanto, por lo que esta ruta puede ser muy fácil de modificar según los lugares que encontremos donde alojarnos (si lo hacemos por Airbnb) o los kilómetros que queramos pedalear.

Equipamiento
Nos arreglamos muy bien para llevar todo, incluso para tener espacio como para transportar comida cuando paramos en Paraíso Suízo, lugar en donde se consiguen pocos alimentos, que teníamos que llevarlos desde nuestro anterior destino.
Yo transporté a nuestra hija en una silla Hamax y objetos pequeños en un bolso delantero y un porta-alimentos, ambos de Halawa. Mi marido llevó un bolsito bajoasiento con herramientas, dos alforjas estancas Halawa 2.Zero de 30 litros de capacidad cada una, con cierres IKK estancos y por enrrollamiento y un bolso/mochila de Halawa que aún está en estado de prototipo pero que nos pareció ¡fascinante! Tiene una capacidad de entre 50 y 60 litros, es también estanco y al tener cierre por enrrollamiento el tamaño final del bolso es adaptable a lo que lleves. Va sobre el portapaquetes y alforjas y tiene tiras para llevarla como mochila cuando nos bajamos de la bici, por lo que no tuvimos que llevar una mochila extra para cuando andábamos sin rodados y teníamos que comprar o llevar cosas.
Es imprescindible comprar una buena silla infantil, ya que el niño pasará varias horas viajando allí. Hamax es una marca de sillas fabricadas en Noruega con un sistema que hace que la silla bascule con el movimiento, ofrece distintos modelos con variadas prestaciones y la mayoría de ellos tiene la opción de reclinar la silla para cuando los niños se duermen. Además, una de las prestaciones más funcionales es su sistema de soporte, que permite sacar y poner la silla sin herramientas sobre un estribo especial, con lo que es posible, instalando ese estribo en más de una bici, alternar el uso de la silla en los diferentes rodados.
Por más que no planeemos viajar de noche es imprescindible llevar luces y linga, ya que si salimos a cenar a algún restaurante o volvemos después del atardecer de un paseo, las necesitaremos.

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Cicloturismo

La increíble experiencia de cruzar el Sahara en bicicleta

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Dejar la ruta de Marruecos con sus pueblos abarrotados de mercados callejeros no fue nada fácil. Me había adueñado de esos bares donde el olor a tajine y verduras con especies saciaban cada día de esfuerzo. El tener las alforjas llenas de frutos secos como almendras, avellanas, duraznos o nueces me generaba tranquilidad, en especial cuando la civilización se alejaba durante varias horas.
Guelmin es considerada la puerta al Sáhara, esa porción de la tierra que pocos se animan a cruzar en bicicleta en verano, con 45ºC grados y en soledad. Sin embargo, el tiempo me enseñaría que la soledad es la mejor compañía y que el calor asfixiante tiene como extra quebrarte los labios por la sequedad y mantener las botellas de agua tan calientes que a veces es difícil beber.

Pero de eso iba este viaje que había empezado un año atrás cerca de Finlandia. Una mañana, mientras estaba desarmando la carpa detrás de una duna, fui testigo de una manada de camellos cruzando el desierto.

Me sorprendió su andar lento pero seguro al mismo tiempo, lo que me llevó a reflexionar acerca de como tenía que avanzar los próximos 3.500 kilómetros.
Las tierras saharauis, ese pedazo del mundo olvidado por la gran mayoría es uno de los sitios más sorprendentes para pedalear. Hay mañanas donde el sol te acompaña con luces suaves con el océano Atlántico al costado. Hay tardes donde una recta infinita se vuelve tan monótona que el esfuerzo es mas mental que físico. Hay días donde no pasa nada. Hay días donde el dorado de la arena se fusiona con una jaima, carpa beduina. Y hay días inolvidables: son cuando llega de Argelia el harmatan, la famosa tormenta de arena.

En una de ellas me encontraba a pocos kilómetros de llegar a la frontera con Mauritania. Cuando los ojos, orejas y nariz se cubren de polvo, arena y viento caliente a pesar de llevar turbante uno entiende que pedalear es inútil. Recuerdo que esas tres horas acostado en la arena esperando a que pasara la tormenta se hicieron eternas. Pero justamente son esos los momentos donde uno valora las cosas mas pequeñas y sencillas. Las cotidianas. Estar sentado con un café viendo el mar. Pedalear con viento a favor. Conversar con extraños y que te inviten a sus casas, etcétera.
Entrar a Mauritania, país #95 en esta vuelta al mundo, fue otra cachetada de la realidad. Si bien había vivenciado lo que es la pobreza de Afganistán, India, Haití o Uganda, el ver a una cabra comiendo cartón y a un grupo de chicos saltando descalzos en un basural no me pasó inadvertido. Bienvenidos al África negra, bienvenidos al África de verdad, pensé.

A pesar de las adversidades, el africano lleva una sonrisa pegada en la cara y siempre, sin importar el lugar o la hora, la hospitalidad pareciera ser su común denominador. Hay pocos destinos en el mundo donde la empatía está tan a flor de piel y el acampar en una comunidad o aldea es tan sencillo como acerarse a conversar unos minutos con el jefe y ser aceptado como uno más.

Es verdad que antes de empezar el viaje estaba lleno de miedos y dudas sobre este continente, en especial en cómo sería cruzar el desierto de Sahara. Sin embargo, a medida que me acercaba a Dakar, Senegal (e iba dejando la ruta con dunas), sentía una confusión de emociones. No solo por haberlo logrado sino porque esa paz tan abrumadora no estaría durante el resto del recorrido. Y así fue.
Si están pensando en vivir una experiencia única, épica, irrepetible y que les marque para el resto de sus vidas, les aseguro que cruzar un desierto en soledad es una de ellas. Porque tan solo se necesitan dos cosas: una bicicleta y confiar en que es posible.
La aventura tuvo una pausa cuando estaba cerca de la frontera con Ghana. Dejé Costa de Marfil a causa de la pandemia y enfermo de malaria cerebral. El regreso a Europa no fue el esperado, pero como dice la canción…: el show debe continuar.
Ahora estoy en Buenos Aires organizando paseos culturales en bicicleta junto a Mariela Cavallo, una guía de turismo experta en contar historias de esta hermosa ciudad. Organizamos paseos de dificultad baja (6 km) con paradas, donde ademas ofrecemos tips de fotografía y mecánica de bici. El paseo finaliza en el lago regatas de Palermo donde los invitamos con un pícnic saludable, un juego sorpresa y les contamos cómo organizar un viaje en bici por el mundo.
Además estoy dando cursos de fotografía de viajes en forma online (vía Zoom).

 

Por Esteban Mazzoncini | esteban.mazzoncini@gmail.com | unviajerocurioso.com | (+54911) 5125-6358 | Instagram/estebanmazzoncini

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Cicloturismo

Viajeros: Galicia y Asturias en tiempos de pandemia

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Me habían hablado del norte de España, especialmente de las bellezas de Galicia y Asturias. También de lo difícil que sería recorrer esa geografía en bicicleta y con 60 kilos de equipaje. Sin embargo, después de atravesar los Pirineos, los Cárpatos y soportar varias tormentas de arena por el desierto de Sahara hacia Mauritania, los obstáculos no eran un problema sino un desafío, como bien dicen en África.
Durante la etapa anterior había recorrido el sur y centro de España y el objetivo de este viaje era visitar el norte para completar la vuelta. El calor de la región de Extremadura, con sus 41 grados, fue la primera sorpresa, a pesar de tener pocos kilómetros con grandes subidas. Por suerte, durante el verano las temperaturas son mucho más agradables en el norte.
Una de las cosas que me había propuesto era viajar a la velocidad del disfrute. Ya no estaba preocupado por cuántos kilómetros podría hacer en un día, sino ser consciente de que estaba pedaleando en tiempos de pandemia (COVID-19) y que por suerte España era uno de los pocos países que permitía viajar nuevamente.
En algunas ocasiones me detenía durante varias horas a la orilla de un río, en un lago o embalse, para refrescarme, sin importar en dónde me atraparía la noche. Bajo esa modalidad y un poco por los consejos de los lugareños llegué a la isla de Arosa, que así la llaman aunque en realidad esté conectada por un larguísimo puente.
La isla está dividida en dos partes. Una donde se ubica el pueblo de Arosa y la segunda enmarcada por el Parque Natural de Carreirón, una zona de bosques, innumerables playas y varios senderos para hacer cicloturismo.


La magia de los viajes hizo que cuando estaba por sacar el equipo de acampada me encontrara con Armando y Flor, una pareja de gallegos muy simpática pero sobre todo muy amable. La hospitalidad está a flor de piel en esta comunidad de España, por lo que es muy común que te inviten a comer o incluso a dormir unos días en su casa, como terminé experimentando. Eso me permitió no solo conocer más de cerca la cultura de Galicia, sino el islote Guidoiro Areoso, el cual se encuentra a solo 45 minutos de navegación en kayak. Es la síntesis del paraíso: agua calma y turquesa, contacto con la naturaleza y anidamiento de cientos de aves.
A una velocidad promedio de 12 km/h continué el recorrido atravesando destinos turísticos como Santiago de Compostela y La Coruña para llegar a los asombrosos acantilados de Loiba, donde se encuentra supuestamente el banco con la mejor vista del mundo (N. de la R.: se trata de bancos de madera al borde del acantilado).
Tanto me habían hablado de este lugar que temía que mis expectativas se derrumbaran al llegar. Pero increíblemente el paisaje hizo que me quedara con la boca abierta durante varios segundos. Era increíble ver cómo las enormes olas rompían contra las piedras, las formaciones rocosas dando lugar a cuevas y la inmensidad del mar Cantábrico perdiéndose en el horizonte. Se dice que en Galicia la llovizna de verano es tan común que es parte del viaje, pero un clima atípico me recibía con una seguidilla de días soleados y con temperaturas agradables.
El banco de Loiba existe y las vistas que desde allí se tienen son verdaderamente increíbles, pero fue más adelante donde encontré los mejores escenarios de toda Galicia. Durante mi recorrido atravesé la Ría da Foz, descubrí la playa de las Catedrales y me detuve varios días en Puerto de Vega para pedalear a la par del mar y en compañía de verdes praderas. La gran ventaja de viajar en bicicleta bordeando los pueblitos que dan al mar es que los desniveles son relativamente bajos.
Sin embargo, la etapa más dura llegaría en los famosos Picos de Europa, donde su parque nacional recibe a los majestuosos lagos de Covadonga, aventura que les contaré más adelante.


A tener en cuenta: es posible seguir la ruta de los peregrinos del Camino de Santiago, que por momentos es la Eurovelo Nº 3, aunque también es interesante salir de los caminos marcados y aventurarse por senderos secundarios. Lo mejor del viaje Sin embargo, la etapa más dura llegaría en los famosos Picos de Europa, donde su parque nacional recibe a los majestuosos lagos de Covadonga, aventura que les contaré más adelante.
A tener en cuenta: es posible seguir la ruta de los peregrinos del Camino de Santiago, que por momentos es la Eurovelo Nº 3, aunque también es interesante salir de los caminos marcados y aventurarse por senderos secundarios. Lo mejor del viaje fue hacer camping libre en los bosques que ofrece la región.
Otra ruta del camino de Santiago muy pintoresca es el camino del norte, o francés, que en agosto 2020 estaba muy tranquilo debido a la poca cantidad de turismo extranjero.

 

EN SÍNTESIS
Fecha: Primavera/verano 2020
Distancia: 273 kilómetros
Contacto: esteban.mazzoncini@gmail.com | unviajerocurioso.com | y @estebanmazzoncini


 

Un curso online para
sacar fotos de viaje

Esteban Mazzoncini es fotógrafo, escritor y Profesor de Educación Física. Vivir para viajar es lo que más le gusta hacer. Explorar nuevos destinos es su mejor manera de disfrutar de la vida, pero además da cursos de fotografía de viajes en forma online (vía Zoom)

estebanmazzoncini@gmail.com | (+54911) 5125-6358

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Cicloturismo

Sudamérica entrañable IV: Colombia

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Ingresé a Colombia por Ipiales, desde donde la Cordillera de los Andes se ramifica en tres: la occidental, pegada al Océano Pacífico; la oriental, que llega hasta Venezuela y por la que me moví yo; y la cadena central.
Aunque los argentinos nos vanagloriemos de nuestra calidez y apertura social, debemos aceptar que tenemos el segundo puesto en ese partido. Colombia fue por lejos el país en el que más cerca de la gente me sentí, en donde en más casas de familia me alojé; todo esto sumado a que el ciclismo lo tienen casi al mismo nivel que el fútbol. Esto genera que, en cualquier pueblo y por más chico que sea, haya una tienda de bicis con todo tipo de repuestos y grupos de ciclismo. Me cruzaba con pelotones casi a diario y de la misma manera que a mí me sorprendía la velocidad que llegaban a desarrollar, ellos no podían creer que mi bici pesase 45 kilos frente a las maravillas de carbono de nueve kilos sobre las que pedaleaban. Esto siempre era motivo de risas y cargadas.
Los primeros días se sucedieron por montañas con un hermoso clima, entre frutales y cafetales. Luego otros transitando por el valle del Cauca para finalmente llegar a la capital de la salsa, Cali, donde por supuesto tomé clases (en vano).


Durante varios kilómetros me crucé con una situación muy triste, que parecía intensificarse cada vez más. Se trataba de caminantes, cientos de venezolanos en grupos de amigos, familias, niños, bebes en coches, caminando al lado de la ruta, llevando sólo lo puesto y durmiendo en plazas o en mitad de la nada. Para ellos el objetivo era salir de su país, pero como Colombia ya estaba saturada, se hacía cada vez más difícil conseguir algo para ganarse la vida, de modo que seguían bajando: Ecuador, Perú…
Desde hacía unas semanas, para ingresar a Ecuador les pedían 25 dólares de “visado”, así que había algunos que iban y otros que volvían de la frontera Colombia-Ecuador. Los que volvían sobre sus pasos era simplemente por no contar con ese dinero. Compartí charlas con muchos venezolanos: abogados, médicos, ingenieros, adolescentes, ancianos, todos emigrantes. Sobre cada situación se podría escribir innumerables páginas de resiliencia, pero por ahora sólo me quedo con el sabor de una realidad que cuesta asimilar.
Siguiendo al norte desvié de la Panamericana para entrar al eje cafetero, con pequeños poblados rodeados de cafetales y casitas de colores. Me entretenía en senderos de montaña solitarios, metidos en una cerrada vegetación, algo simplemente magnífico.
Seguí explorando caminos, a veces acertando, otras insultando. Por esos días se comentaba en todo el país que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) habían vuelto a levantarse, lo que finalmente terminó por confirmarse.


Éstas suelen hacer un control en medio de algún camino secundario durante algunos minutos y generalmente de noche. Si estás en el lugar equivocado y en el momento inoportuno podés terminar demorado o secuestrado y como supe de algunos casos recientes decidí no acampar libre y por supuesto evitar pedalear de noche.
Ya saliendo del eje cafetero llegué con las últimas luces a un camping abierto donde estaba de paso un escuadrón del ejercito nacional, de modo que dormí entre cajas de municiones y soldados adolescentes que no tenían mayor conocimiento de la lucha que perseguían.
Estuve hasta altas horas de la noche contándoles a estos chicos historias de viajes: Argentina, Messi, y explicándoles por qué anteponemos el “che” al comenzar una oración. Como siempre, la curiosidad termina por derribar las barreras.


Dejé atrás las armas lo más pronto que pude y me metí por un camino que dos días después me conduciría a Medellín, sin antes pasar la noche en un estadio que me fue abierto por orden del alcalde del pueblo, con quien luego intercambiaríamos camisetas de las respectivas selecciones.
Ya estaba entrando a la tierra de los parceros. Me pasé unos días en la Casa del Ciclista de Medellín haciendo algún ajuste a la bici, descansando y recorriendo la hermosa ciudad.
A partir de aquí le apuntaría derecho al Mar Caribe. Tenía dos opciones pavimentadas o una tercera de ripio. La zona por la que pasa este tercer camino es el antiguo territorio de los muchachos de las FARC, pero cuando al fin me enteré de eso era demasiado tarde para cambiar. Al día de hoy agradezco que así haya sucedido, porque fueron los paisajes más bonitos y autóctonos que vi, pero sobre todo donde recibí la mayor hospitalidad.
Por nombrar algunos casos:
s La familia en Yolombó que me invitó a su hogar y me llenaron de bendiciones.
s El playero de la estación de servicio en Zaragoza, que con la banda de amigos de su pequeño hijo salimos a pedalear por la ciudad y que terminé haciendo un service a cada una de sus bicicletas.
s El hombre que no me permitió armar la carpa en una plaza, pero llamó al pueblo siguiente y allí me estaba esperando el director de la escuela para darme el aula de cuarto grado.
s O la tienda de bicicletas en Planeta Rica, a la que llegué a las 15 hs para comprar un inflador y me fui a las 23 hs, después de compartir varias cervezas, además de que me tenían reservada una noche en un hotel.
Si cualquiera de estas actitudes no es la fidedigna prueba que las personas son buenas por naturaleza y que hay que confiar más en ellas, no sé qué será. Al fin de cuentas yo no era más que alguien pedaleando sobre una bicicleta cargada. Llevando la bandera de un sueño, viajando para conocer y conocerme.
Creo que eso genera una empatía casi automática; quizás ven que ayudándome están siendo parte de mi sueño. Por mi parte intentaba devolver esos gestos, invitando una comida, haciéndoles reparaciones en sus hogares, hablándole de lo que hay por estos lados. Lo cierto es que haga lo que haga nunca voy siquiera a nivelar la balanza.
¿Cómo se paga una botella de agua en el desierto o un “dale que ya lo tenés parcerito” en plena subida?
Dejando atrás varios días de barro, cruzando ríos y luchando con los mosquitos, llegaba al extremo norte de Sudamérica, concretamente metiendo los pies en el agua cálida y transparente del Mar Caribe. Ahora seguiría con el mar a mi izquierda, acampando en hermosas playas, pasando por Coveñas, Barú, Cartagena, Barranquillas y Santa Marta, donde dejaría descansar a la bici por un tiempo mientras voluntariaba en un hostel y un velero, pero mayormente yendo de la hamaca a la playa.
Esto era lo más al norte que iba a llegar. Luego emprendería la vuelta a Bogotá, unos mil kilómetros por la ruta del sol, y doy fe que tiene bien ganado su nombre.
Tenía que llegar a Bogotá en cierta fecha porque me recibirían unos ciclistas, pero además tenía el vuelo. De modo que le metí pata, pero al ser tan fuerte el sol, de 11 a 14 hs buscaba una sombra y me echaba a dormir, esperando que el sol amainase. Todo fantástico, hasta que en un día decidí que no pararía. Ese mismo día me agarró un golpe de calor que me tiró dos días en una cama, volando de fiebre y con suero.


Después, bastante débil para darle al pedal, me subí a un bus que completó los 200 kilómetros que me quedaban hasta la capital colombiana, donde después de disfrutarla me subiría a un avión que me dejaría bastante más al sur, en Asunción del Paraguay.

 

*En nuestra edición de octubre (Nº 310) el autor contó el primer tramo de su viaje, desde Tucumán a la frontera boliviana con Perú, en la edición del pasado noviembre (Nº 311) su travesía por Perú, en la edición de diciembre (Nº 312) el tramo ecuatoriano. En nuestra próxima edición: regreso a Argentina pasando por Paraguay.


 

EN SÍNTESIS

Fecha: 2019
Distancia: 2.993 kilómetros
Contacto: bernardogassmann@gmail.com

 

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Cicloturismo

India en bicicleta

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Guillermo Napolitano, creador del proyecto Sumando Bicis, de investigación y promoción de la bicicleta en entornos rurales, inició durante el 2020 un viaje en bicicleta por India. Aquí su reflexiones acerca de las imágenes y de las energías profundas que despierta ese inmenso y misterioso rincón del planeta y su vínculo con su proyecto Sumando Bicis.

Mariposas
Viajar lento…, tomar cada pausa como medio para conocer más de las comunidades rurales y su cultura ancestral hindi… Así sucedió en estas últimas semanas junto a Ganesha, la bici que me acompaña en esta parte del viaje hacia la costa sur de India, con muchas playas que me han sorprendido por su belleza, enormes selvas de palmeras y cultivos de arroz y con la gente más sencilla y feliz que haya visto. Así se me han cruzado cientos de imágenes y experiencias cada día, y fue muy hermoso volver al ritmo del pedal después de tanta intensidad, volver a sentir esa brisa entre montañas y templos bellísimos, volver a sentir esa libertad de no saber dónde se termina el día. Hacia el sur de la región de Kerala una casualidad más de las Indias me hizo cruzar con unos españoles que iban a hacer un voluntariado a la fundación Vicente Ferrer, y esa magia cambió el itinerario, para ir con Ganesha allí a colaborar con el proyecto #sumandobicis, en la región de Andhra Pradesh, la que menos recursos tiene en la India. Seguimos aprendiendo y transformando lentamente, como dice el cicloviajero Álvaro Neil…, ¡a la velocidad de las mariposas!

Transformación en tiempos de pandemia
Relato de transformación en estas últimas semanas…, recuerdos vívidos de experiencias intensas en lo que sería el final de este viaje por la gran India, pero la vida volvió a sorprenderme y aún sigo aquí, tratando de procesar aquel pasado sobre un presente revuelto.
Fue el final de Ganesha también, quien retornó a Shekar, su dueño en Mumbai. Agradecido por regalarme esa pausa tan necesaria que me grabó imágenes imborrables, pedaleando en el extremo sur de una India agobiante de calor y con igual calidez en sus gentes. Como todo final, lo he vivido al límite, como dicen en sánscrito: Antevasin, viviendo en la frontera, mirando siempre a lo desconocido. Así el viaje, así la vida me llevó al supuesto cierre del camino en la mítica Varanasi, aquel sitio donde la vida y la muerte se cruzan de una manera surrealista. La ciudad sagrada para las culturas más antiguas es una forma trascendental de alcanzar el samsara (lo absoluto) y esa energía se siente en cada escalón de los ghats, en cada baño espiritual, en cada cremación donde las almas se liberan del cuerpo.
Así pasaban estos días mágicos, las noticias convertían este final en el inicio de un nuevo viaje, inesperado y excitante. No es casualidad que el destino me cruzó con los aghoris, una tribu ortodoxa del hinduismo que adora a la muerte como superación de los miedos, en momentos donde el temor nos juega fuerte. Será nuestro desafío construir desde nuestras pequeñas burbujitas, porque nada se pierde, todo se transforma.

Cuarentena en Rishikesh
Origen de una cuarentena en India. En el final del viaje sucedió otro viaje, como una vida dentro de mi propia vida, condensada. Hace tres meses me encontré con una situación que se convertiría en una experiencia única e inigualable: la energía del momento me hizo llegar a Rishikesh dos días antes del comienzo de la cuarentena. Rishikesh es la llamada capital del yoga y la meditación y tiene una significación hermosa para las culturas orientales. Situada al pie de los Himalayas, se la considera un punto de origen para las peregrinaciones por el sagrado río Ganges, aquel que tanto me había conectado cuando en el final (de mi “otro” viaje) me encontraba en Varanasi.
Encontrarme aquí fue reencontrarme. Varado en un hostel con otras 30 personas vivimos una convivencia maravillosa, llena de aprendizajes, de amor y de magia. En momentos que el mundo pegó un giro abrupto me hallé en una burbuja llena de oportunidades hacia mi interior, de posibilidad de deconstruirme, de enamorarme, de romperme el ego; de poder pensarnos como una sociedad más igualitaria, menos egoísta y con amor y respeto a nuestra madre naturaleza.
Cada día de esta cuarentena me levanto sintiéndome más conectado con estas montañas poderosas, con el aire sin polución, con el silencio, con los animales cada vez más cercanos… Vaya lección nos dio la Tierra, como se practica en el Vipassana: ver las cosas tal como son.
Esta vida que me regaló una pausa llena de emociones, de miedos y de alegrías, de las sonrisas más genuinas, de colores saturados por el sol intenso que cada día nos alimenta, de las lunas compartidas y su ciclos renovadores, de la fuerza de nuestra madre Ganga, de las vacas más mimosas, de los bailes más liberadores y de los infinitos chai compartidos con amigos que ya son parte de esta nueva galaxia, nuestra galaxia.
Y así nos encontramos en un paraíso que hemos forjado lleno de amor y de abrazos, mientras algunos siguen mirándonos atónitos entre tanta locura. Nos hallamos en esta burbuja que ya será siempre nuestra burbuja, y entre tanta incertidumbre solo nos queda vivir el presente, reiniciándonos, como en todo origen, conectados con lo más esencial y puro, como el primer sonido del universo. Nuestro “om” nos brindará un nuevo mundo del que nosotros somos el principal actor. ¡Que sea pura vida!

La revolución de las bicicletas
¡Recibimos este nuevo año con todo! Después de tantas fuerzas inesperadas, de una pausa obligada en el sentido práctico de Sumando Bicis, de encontrarme aquí en Rishikesh ya no cómo viajero o varado por una pandemia ya tan reconocida (y a la vez desconocida). Elijo estar viviendo en India aquí y ahora con mucho amor, muchos aprendizajes, y así en este freno abrupto que me tocó vivir (llámese también regalo), sumarle un nuevo sentido a este proyecto tan querido, un nuevo renacer desde la conciencia de este presente con altibajos que a todos nos toca y que también nos acaricia el alma, viendo como el planeta respiró (al menos por unos meses) de tanto daño que le hacíamos, creyendo en un futuro mejor, construyendo desde nuestro pequeño aporte para que vivamos en armonía entre nosotros y en todo lo que nos rodea.
Y nos preguntamos: ¿Cómo va la bici en todo esto? ¿Qué podemos aportar en este presente turbulento desde este objeto maravilloso?
Aquí les propongo ver a la bicicleta como objeto revolucionario, como uno de los más nobles creados por el hombre; diseñado hace más de un siglo pero que en su forma física y tecnológica no ha tenido grandes cambios. Así cercano a la perfección ha nacido este medio de transporte y vivencias y es que uno sigue viendo hoy en día la misma bici de un siglo atrás en cualquier rinconcito del planeta. Claro que podemos ver modelos más desarrollados, con nuevos materiales, transmisiones con cambios y muchos más accesorios, pero la esencia de este objeto tan potente es la misma, pura desde su origen. La bicicleta nos invita a pensarla como eterna, trascendiendo de los avances tecnológicos, accesible en todos lados; la bici es parte de nuestra cultura como seres y de aquí la invitación a pensarla como revolucionaria en el sentido más humano.
Toda revolución nace después de momentos complicados, de transformaciones, de movimientos inesperados en el que nos pone la vida… Así vivimos este presente, replanteando cosas que hace un año atrás ni imaginábamos, adaptándonos a esta nueva realidad y a pensarnos desde lo colectivo, como seres sociales que podemos ayudarnos de las formas más variadas.
En estas nuevas energías proponemos recuperar a la bici como una verdadera alternativa de transporte, de oportunidades, como medio de vida. También como elemento de conciencia en sentido ambiental, porque cuidar a nuestra madre Tierra es cuidarnos a nosotros mismos. Además pedalear transforma nuestro cuerpo en forma saludable, dándole fuerza, revitalizándolo.
Como elemento social la bici es una invitación a la conexión entre seres, porque nos permite oírnos, sin ruido-motor, apreciando el silencio del camino, cada mínimo detalle con el que nos cruzamos… Los que han experimentado viajar en bici seguramente habrán vivido esa sensación, esa meditación de fluir en el pedaleo constante de la vida, viviendo el aquí y ahora, y así la bici nos invita a conectar con los demás, con nuestra madre naturaleza y también (y sobre todo) con nosotros mismos.


En esa fuerza vital es de donde proponemos vivir este renacer de Sumando Bicis, pensándonos desde lo colectivo y alimentándonos de nuestra fuerza interior, de toda la abundancia y el amor que nos rodea. Así, la bici, como una prolongación de nosotros mismos, nos abre a caminos impensados, a conocer gentes y culturas que nos hacen vivir un sueño, nuestro propio sueño. Así lo sentimos, con ansias de compartir todas estas posibilidades que da la bici, que permite aún en las situaciones sociales más difíciles regalar algo que todos nos merecemos: ¡la libertad! Libertad de elegir qué camino tomar en la vida, libertad de oportunidades, libertad de poder descubrir, de poder llegar más allá, de vivir a pleno este regalo llamado vida.
¡Así la revolución, así plantamos esta semillita a través del uso y la conciencia de este amor llamado Sumando Bicis!

 

guillenapolitano@gmail.com | Sumando bicis


 

Sumando Bicis: La bicicleta en entornos rurales

El autor de esta nota es el cicloviajero Guillermo Napolitano, quien llevó adelante un proyecto de investigación en la Facultad de Arquitectura de la UBA en escuelas rurales de la provincia de Santiago del Estero. “Yo soy diseñador industrial -cuenta- y trabajo como docente en la Universidad. Hace unos años me empecé a involucrar en Diseño Social, que es pensar al diseño no ya tanto desde los objetos, como objeto de consumo, sino pensar desde las necesidades de la gente. Y ahí es donde empecé a meterme en la temática de cómo los chicos van a la escuela, algo con lo que me encontraba mucho viajando. Chicos caminando muchos kilómetros para ir a la escuela. Y esa fue la chispa: pensar qué se podía hacer para facilitar eso. El tema del transporte era para mí un tema con falencias, sobre todo en nuestro país. Lo vi en muchos lugares, pero por las grandes distancias que tenemos en Argentina llegué a la conclusión de que aquí era una problemática que valía la pena abordar.”
Llegado a este punto y ya pensando como Investigador de la Facultad de Arquitectura, Guillermo presentó este proyecto, que tiene que ver con la accesibilidad, con el uso de la bicicleta en entornos rurales. “Y esto encaja con lo que me gusta, que es viajar, encontrarme con gente en ese camino, no tanto el llegar sino encontrarme con gente y naturaleza. Esa parte del viaje es lo que me llevó a trabajar en esto, a contactarme con la gente, con las comunidades y a tratar de aportar un granito de arena, haciendo una charla, haciendo talleres a veces, pero sobre todo tratando de mostrarles a los chicos la posibilidad que yo tuve de viajar, de conocer lugares a través de la bici.”
El título del proyecto es “Accesibilidad y uso de la bicicleta en entornos rurales”. Napolitano resume como objetivo central del proyecto “mejorar las situaciones de traslado y comunicación de los sectores populares en entornos aislados y desarrollar un programa colaborativo de adquisición, uso y mantenimiento de bicicletas en zonas rurales.” Y en una segunda etapa la creación de talleres para la recuperación y/o reciclado de bicicletas en desuso, vinculándose para ello con organizaciones que obtengan los rodados en el ámbito urbano.
Hoy, luego de la pausa por su viaje por India, Guillermo nos cuenta que en esta etapa ya está armando Sumando Bicis como organización.

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