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“Cómo correr un triatlón sin nada más que el corazón“

Fecha: 26.07.2019

Después de haber sido baleado, de quedar con el fémur partido y de pasar por un largo proceso de recuperación, el protagonista de esta historia nos cuenta cómo fue paso a paso su experiencia de volver a correr triatlón, en este caso el de distancia sprint de Concordia.

Por Hernán Vázquez

A este pequeño relato yo lo llamaría “cómo correr un triatlón sin nada más que el corazón”.
Para dar una idea de lo que siento debo remontarme a unos años atrás, precisamente al 11 de julio del 2016. Ese día a las 18.30 mi vida cambió drásticamente, gracias a esa “sensación de inseguridad” que en ese momento se corporizó en dos ladrones que poniéndose a la par de mi moto en la Avenida General Paz, una de las autopistas más transitadas de Buenos Aires, me dispararon una bala sin mediar palabras, solo para robarme la moto.
Ya en la moto pude sentir como el dolor se hacía cada vez mas intenso, hasta darme cuenta que tenía la pierna (el fémur) partido en dos. Solo la gente que vive estas situaciones sabe lo que te pasa por la cabeza en momentos como ese. En un segundo tu vida da un giro de 180 grados, estás al borde de la muerte.
Relatar el episodio policial no viene al caso en este momento. Lo que quiero hoy es contar otra historia.

La escuela del triatlón
Ciertamente el haber hecho deporte toda mi vida me ayudó físicamente en la recuperación. Entrenar, cansarse, recuperarse, todo eso cuya importancia uno no ve mientras sucede, ahora había que aplicarlo al hecho de volver a caminar, nada más ni nada menos, y la bici y la pileta fueron fundamentales para ello.
Durante mucho tiempo el correr y entrenar triatlón me dio mucha fuerza mental y mucha ayuda para superar dolores, trabajos duros e interminables, me hizo saber convivir con el esfuerzo y a veces con el dolor, algo que uno puede tomar y aplicar a todos los aspectos de la vida.
Después de vivir operaciones, de que me implantaran una prótesis, de que me tuviese que acostumbrar a que en mi pierna, que siempre me había dado solo satisfacciones, tuviese de por vida, diseminada por el musculo, la bala que rompió el hueso, ahora quería recuperar algo de mi vida y parte de mi vida es el triatlón.
Y finalmente quise hacerlo, estuviera o no preparado. Yo nunca pienso que lo estoy antes de una carrera, pero largo igual. Por eso decidí entonces aceptar la invitación de Javier del Castillo para participar en el triatlón distancia Sprint (750/20/5) que se iba a concretar en el Half de Concordia, esa carrera emblemática de la especialidad.

Un mensaje
Las sensaciones de la carrera fueron muchas y muy diversas.
La preparación previa fue inexistente. Hacía casi tres años que no corría, no un tria, ¡no corría ni el colectivo! Todo porque no terminaba de recuperarme o por algo que mi mente todavía no sabe discernir.
Así fue como me puse el traje de neoprene, que hacía muuucho tiempo que no usaba. ¡Y se notó!
Al momento de largar, que fue después que los corredores de distancia Half salieran del agua (no pude ni tocar el agua antes, ni entrar en calor), salí a nadar como si nada hubiese pasado, braseando, tratando de estar ahí adelante… Pero de repente empecé a ahogarme, a sentir que no avanzaba, que me agitaba y no podía nadar.
Me detuve en el agua para calmarme. Y me di cuenta que nada cambiaba. Esa sensación de ahogo perduraba aun estando quieto. Nunca en mis años de triatleta me había sentido tan mal, tan asustado. Así que levanté el brazo y le hice señas al kayak que nos cuidaba. Se me acercó y le dije que no podía nadar y amablemente me dijo: “¿querés salir o seguir?”
Hay momentos de revancha y este era uno de esos para mí, esos momentos de decirme “yo puedo“. Sentí un mensaje desde arriba, quien sabe, algo superior, algo que va más allá de nuestras mentes. ¿Dios? Tal vez. Y el mensaje era: no estás corriendo para ganarle a nadie, no salgas a matar, salí a vivir esto, ¡volvé a sentir que estás vivo y que superaste mil obstáculos!
Fue cuando pensé que esta carrera no la podía abandonar. No esta, donde quería vencer miedos, dolores, ansiedades, días de recuperación, de sacrificios.
Y así fue. Quise sacarme el traje en el agua. Imposible. Sentía calor, mucho calor. Lo único que pude hacer fue sacarme el gorro y ahí entendí que debía amigarme con el agua, sentirla de otra manera. Y así, suavemente, arranqué nuevamente a nadar y a terminar la primera etapa del tría.
Quienes corrieron esta carrera saben la distancia que tienen hasta el parque cerrado. A mí me pareció la peregrinación a Luján, más o menos interminable.

Manuelita
A continuación el ciclismo, la parte que más amena me resulta, donde más cómodo me siento, aunque no esté entrenado, y fue ahí donde recuperé el aliento, algo al menos.

El pedestrismo era mi gran incógnita. Debía correr después de tres años de no hacerlo y de pronto hacer cuatro kilómetros como si nada y después de haber hecho las otras dos etapas. Y así fue: ¡casi una tortura! Gracias a Dios ni la pierna ni la herida me dolieron, quizás porque sentía que por el resto del cuerpo me había caído una montaña… Así empecé a trotar. Le di despacito y traté de correr, pero era como Manuelita la de Pehuajó, un poquito caminando y otro poquitito a pie…
Fuera como fuese traté de terminar la carrera, sintiendo que iba dejando muchas cosas atrás y que me esperaban muchas alegrías por delante, sensaciones de desahogo y de impotencia superada, todas cosas que me ayudaron a cruzar la meta no sin lágrimas, no sin dolor y con un millón de indescriptibles sensaciones, que son las que te hacen dar gracias de estar vivo y más aun de disfrutar del deporte que uno ama.
En fin, el deporte te ayuda en lo que menos pensás. Si volvés después de algún trauma hacelo con cuidado, poniéndole garra. Y nunca abandones, ¡jamás!
Agradezco a todos los que me ayudaron (familia, amigos, afectos) a poder volver a ser casi normal (nunca lo fui del todo) ¡Gracias Turca por ese abrazo!

 


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Hablamos sobre: Reflexiones en dos ruedas, Triatlón y Duatlón

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