Desde hace 100 años que el espacio público venía siendo ocupado por los automóviles de manera creciente y abrumadora, primero subrepticiamente, luego de manera abusiva y aplastante, hasta que por iniciativas de algunos países del norte de Europa a partir de la década del 70, por el desarrollo de experiencias similares en los más diversos lugares del planeta y con la inestimable “ayuda” de la pandemia, una ola de resistencia a ese avance ha ido creciendo, poniendo en discusión el hecho de que el espacio público deba ser dedicado casi por entero al transito motorizado.
Sin embargo, aun perdura en nuestra cultura —moldeada durante décadas por la colonización automotriz— la mirada del espacio público desde atrás de un parabrisas.
Por ejemplo, cuando se utiliza una calle para un evento deportivo, decimos que esa calle esta “cortada” para el tránsito, cuando en realidad no lo está, ya que todas las personas pueden transitar libremente por ella, no así los coches.
Durante siglos, las calles, que son parte del espacio público, fueron utilizadas para múltiples actividades, incluyendo el tránsito dc personas, el comercio, el entretenimiento, el trabajo y solo en los últimos 100 años han sido invadidas y ocupadas por los automóviles, con el agravante de que esa invasión se impuso además como cultura dominante sobre toda la población, incluso la que no maneja automóviles. Resulta patético el pánico que genera en la mayoría de los peatones la proximidad de un automóvil al intentar cruzar una calle y la sumisión a los “derechos de paso absolutos” que la población en general le reconoce a los automovilistas. Solo ellos tienen derecho a estar apurados, los de a pie o los que nos trasladamos en cualquier otro medio de movilidad, debemos respetar su su prisa y su “poder de fuego”.
Otro ejemplo más patético aun. Cuando se habla de movilidad se habla de proteger a los “protagonistas más vulnerables” del tránsito como eje del nuevo diseño, sin hacer mención a que esa vulnerabilidad proviene de los derechos casi absolutos de los automovilistas. Mucho más lógico y eficiente sería tomar como eje y punto de partida de cualquier estudio sobre movilidad a los “protagonistas peligrosos”, con lo cual la ecuación volvería a ser razonable: habría que acotar —quitándole derechos— al peligroso y liberar de prohibiciones y accesorios de seguridad al “vulnerable”.
¿Por qué los que no somos automovilistas debemos desplazarnos por espacios segregados? ¿Por qué los peatones debemos caminar por veredas y por cebras y los que nos movilizamos en medios como la bicicleta o el monopatín por bicisendas y ciclovías? ¿Por qué no pensar que los que deben estar segregados y limitados en sus desplazamientos son los automovilistas, ya que son los únicos protagonistas peligrosos del tránsito?
¿Por qué hablamos de “accidentes de tránsito” cuando estamos ante un sistema de derechos y responsabilidades que permite que, por ejemplo, en Argentina mueran casi 7.000 personas por año en siniestros viales provocados casi en un 100% por automotores? Hemos naturalizado los derechos absolutos de los automóviles y con ello nuestra cultura y nuestro lenguaje mismo han sido desvirtuados.
¿Por qué las cebras peatonales tienen el nivel de la calle y no el de la vereda, cuando es para uso peatonal y es entonces el peatón el que debe bajar y subir a la vereda cuando al automovilista no le demanda esfuerzo alguno superar una cebra nivelada con la vereda?
¿Por qué, en el mismo sentido, para cruzar por la cebra la gente que se moviliza en silla de ruedas debe sortear el desnivel, mientras que el automóvil la sobrepasa lisa y llanamente?
¿Por qué los peatones deben interpretar la señal de los semáforos de manera antinatural (ya que en la mayor parte de los cruces semaforizados no hay semáforo para los petaones)?
¿Por qué los automóviles estacionan libremente en las veredas de los barrios sin que nadie los perturbe ni los multe ni los obligue a retirar?
Podríamos formular decenas de preguntas más que sirven como ejemplo para confirmar que la batalla por la movilidad sostenible es en primera instancia una batalle cultural. Esa es la batalla que debemos dar en todos los foros donde peatones y ciclistas podamos acercar nuestro punto de vista. No es considerándonos vulnerables, poniéndonos casco, luces y ropa fluo que resolveremos el problema. No es respetando los semáforos ni aceptando la segregación mansamente como resolveremos el diseño antihumano de la movilidad. No somos menos ni somos los debiluchos que deben respetar la ley del más fuerte. Somos más, tenemos la razón de nuestro lado y no debemos plantear los derechos de peatones y ciclistas inundados del miedo que en muchas ocasiones instintivamente sentimos cuando vamos a cruzar una calle (que es cuando se expresa físicamente la batalla cultural perdida).
Las calles son nuestras, no de los automóviles. (Y por si algún exégeta del auto nos está leyendo, agrego que tampoco lo es de las bicicletas.) Las calles son de la gente, de TODA la gente.
Sumate a la Bicicleteada «Marea Azul», que se realizará el próximo jueves 2 de abril de 2026 en conmemoración por el Día Mundial de la Concientización del Autismo.
Este evento, organizado por TGD Padres TEA Grupo Promotor y Empujando Límites, propone una jornada de visibilización y encuentro familiar sobre ruedas por las calles de la Ciudad de Buenos Aires.
Detalles del evento
La convocatoria es abierta, de carácter libre y gratuito, y no requiere inscripción previa. Los participantes pueden acercarse directamente al punto de encuentro o sumarse a lo largo del trayecto.
Fecha: Jueves 2 de Abril de 2026.
Punto de encuentro: El Planetario.
Horario de encuentro: 14:00 h.
Horario de salida: 14:30 h.
Recorrido: Av. Sarmiento – Av. del Libertador – Cerrito – Obelisco – Plaza del Vaticano (junto al Teatro Colón).
Llegada estimada: 15:45 h. (para el comienzo del acto central).
¿Cómo participar?
La consigna principal es conformar una verdadera «Marea Azul». Se invita a todos los asistentes a vestir una remera azul y, quienes lo deseen, pueden decorar sus bicicletas con globos o flecos del mismo color.
Para garantizar la seguridad de todos los asistentes, el uso del casco es estrictamente obligatorio.
Nota: El evento se suspenderá en caso de lluvia.
¡Agendá, invitá y difundí! Los esperamos para compartir una tarde de pedaleo, familia y concientización.
Contacto de los organizadores: Prensa y medios: info@tgd-padres.com.ar Web: www.tgd-padres.com.ar
30 Días en Bici es una iniciativa que promueve el uso diario y cotidiano de la bicicleta invitando cada mes de abril a probar sus ventajas durante 30 días para generar así el hábito de moverse en bici.
Es un evento de alcance global que ya se ha extendido a más de 70 ciudades del planeta y este año cumple 11 años en el mundo de habla hispana.
La idea de esta campaña es naturalizar la bicicleta como una vía de movilidad personal económica, funcional y amigable con el medio ambiente.
Para difundir la propuesta, 30 días en bici propone el desafío de desplazarse únicamente utilizando bicicletas durante los 30 días del mes de abril. Es decir, que cada persona involucrada en este reto global asimile esta forma de moverse como parte de su rutina diaria.
🚲CÓMO PARTICIPAR
Si quieres sumarte a la iniciativa que es tendencia en Internet, solo necesitás una bici y tener disposición para pedalear. Literalmente, basta comprometerse a usar únicamente la bicicleta para moverte durante todo el mes de abril.
No importa si solo la utilizarás para ir desde casa al trabajo, o emprenderás un viaje…, la idea es atreverse a un estilo de vida más consciente a través de la adopción de una movilidad sustentable.
Para que esta sea una actividad de ciudadanía, 30 días en bici te propone anotarte en el sitio oficial del evento y contagiar a tus amigos y contactos compartiendo fotos en tus redes. Incluso es posible anotarse como voluntario y colaborar con los diferentes proyectos promovidos durante 30 días en bici.
Compartí historias en tus perfiles usando las etiquetas #30díasenbici o #30DEB. 30 Días en Bici en 🇦🇷 👉 @30diasenbiciba y @psibahiablanca
Laureano Núñez es ciclista, organiza salidas en bici para principiantes y da clases para todos aquellos –adultos y niños a partir de los 12 años– que aun no saben pedalear y quieren aprender. Las clases son 100% personalizadas. Las clases se realizan en Puerto Madero, una vez por semana, acordando los horarios según los requerimientos de los alumnos, y duran una hora. La idea es tener nociones básicas de cómo pedalear en la ciudad, aprender la técnica, perder el miedo y practicar. También se enseñan nociones básicas de mecánica (como arreglar una pinchadura y cambiar una cámara) y teoría básica sobre seguridad vial para movernos de forma segura. Las clases finalizan cuando el alumno siente que alcanzó su meta y siente que puede seguir por si solo.
Desde 1984, mucha gente festeja cada 19 de abril como el día de la bicicleta, pero la mayoría absoluta desconoce cuál es el origen del festejo. El hecho es que en aquel año, 1984, alguien observó que el 19 de abril se cumplía un aniversario del día en que Albert Hofmann tomara accidentalmente LSD por primera vez.
Les contamos la historia.
Albert Hofmann (1906/2008) fue un afamado químico suizo que entre sus principales logros está el de haber descripto la estructura de la quitina, aunque es más conocido por ser el primero en haber sintetizado, ingerido y por lo tanto experimentado los efectos psicotrópicos del LSD, mientras estudiaba los alcaloides producidos por un hongo parásito del centeno llamado cornezuelo.
La sustancia que Hofmann describiría como “una de las dos o tres cosas más importantes que he hecho en mi vida”, fue sintetizada por él por primera vez en 1938, mientras estudiaba los derivados del ácido lisérgico. La dejó de lado, pero en 1943 volvió a interesarse en ella. Hofmann confiesa que tuvo “la sensación de que esta sustancia podría poseer otras propiedades además de las establecidas en las primeras investigaciones”. Ello lo condujo a sintetizar de nuevo LSD-25, para que el departamento farmacológico del laboratorio Sandoz (hoy Novartis) donde trabajaba llevara a cabo algunas pruebas.
El asunto es que mientras purificaba y cristalizaba LSD le irrumpieron una serie de extrañas sensaciones. Había absorbido accidentalmente una pequeña cantidad del producto a través de la punta de sus dedos. En un informe que le enviara a un colega poco después describiría las sensaciones que lo asaltaron: “Me vi forzado a interrumpir mi trabajo en el laboratorio a media tarde y a dirigirme a casa, encontrándome afectado por una notable inquietud, combinada con cierto mareo. En casa me tumbé y me hundí en una condición de intoxicación no desagradable, caracterizada por una imaginación extremadamente estimulada. En un estado parecido al del sueño, con los ojos cerrados (encontraba la luz del día desagradablemente deslumbrante), percibí un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos. Esta condición se desvaneció dos horas después.”
Inmediatamente dedujo que había ingerido LSD accidentalmente y que esta sustancia era la que le había provocado aquellas sensaciones, de modo que, como buen científico, decidió llegar al fondo del asunto y experimentar el tema en sí mismo.
Fue así que el 19 de abril de 1943 Hofmann ingirió intencionalmente lo que consideró por entonces una dosis mínimamente efectiva de LSD, 250 microgramos, dando pie a lo que ya es leyenda, quizás el más famoso de los paseos en bicicleta. Nos lo cuenta el propio Hofmann: “A esta altura ya estaba claro que el LSD era el que había causado la experiencia previa, ya que las percepciones alteradas eran del mismo tipo, sólo que ahora mucho más intensas. Tenía que esforzarme por hablar de manera inteligible. Le pedí a mi asistente, que estaba informado del experimento, que me acompañara a casa. Fuimos en bicicletas, ya que por las restricciones de la guerra no había automóviles disponibles. Camino a casa, mi estado comenzó a tomar formas amenazadoras. Todo en mi campo de visión ondulaba y se distorsionaba, tal como se ve en un espejo curvo. También tenía la sensación de no poder moverme, pese a lo cual mi asistente me contaría luego que habíamos viajado muy rápidamente.”
Hofmann, que no podía concebir el uso del LSD más allá de la medicina, sufrió años más tarde la prohibición del LSD por parte de los gobiernos, preocupados por los efectos que producía en ese momento la contracultura hippie, que había “secuestrado” a la sustancia. El estaba convencido del potencial curativo de la droga: “Si fuera posible detener su uso inapropiado, su mal uso, entonces pienso que sería posible dispensarla para su uso médico. Pero mientras siga siendo mal utilizada y mientras la gente siga sin entender realmente los psicodélicos, utilizándolos como drogas placenteras, errando a la hora de apreciar las muy profundas experiencias psíquicas que pueden inducir, su uso médico seguirá parado. Su consumo en las calles ha sido un problema durante más de treinta años. En las calles las drogas se entienden mal y ocurren accidentes. Esto hace muy difícil que las autoridades sanitarias cambien su política y permitan el uso médico. Y aunque podría ser posible convencer a las autoridades sanitarias de que los psicodélicos podrían ser utilizados con seguridad en manos responsables, su uso callejero sigue haciendo muy difícil que estas autoridades sanitarias estén de acuerdo.”
Hofmann murió el 11 de enero del 2008, a los 102 años de edad. Protagonizó en vida el más extraño viaje en bicicleta, drogándose sin intención ni de ganar una carrera ni de sentir placer sino con el único propósito de investigar curaciones para las enfermedades del hombre. Sólo por ello merece que prendamos una vela en su honor… y que demos un paseo en bicicleta en su homenaje.