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Cruce en bici por el Paso Mayer: un mundo que no existe

Fecha: 28.10.2018

Un cruce en bici desde Argentina a Chile por unos de los pasos más difíciles. Una aventura enmarcada en el proyecto Nación Salvaje, que llevó a sus protagonistas a correr los límites de lo imaginable.
Texto y fotos: Nación Salvaje*

Voy a hablarles de un lugar que no existe. Voy a contarles la historia de un paso donde el único camino posible es invisible al ojo humano porque se construye a medida que se lo recorre. Voy a tomarme libertades necesarias pero incoherentes, como la voz ronca y erudita de un bosque que genera opiniones o la picadura mortal de una araña que se volvió alacrán. Voy a tomarme el atrevimiento de pasearlos por un mundo que no existe. Y al terminar voy a buscar en el espacio en blanco su mirada incrédula, expectante o acusadora para asegurarles de frente y sin rodeos que una vez estuve ahí.

El camino invisible
Mientras hablaba, el carabinero de turno levantó la mano y apuntó hacia uno y otro lado, indiferente a nuestras miradas atentas desde el otro lado del escritorio. “El puesto de Gendarmería está justo del otro lado, por ahí, en línea recta, aunque yo nunca fui. La mayoría de los que vienen como ustedes intentan cruzar pero después se pierden y tienen que volver”, dijo. Nunca le preguntamos su nombre. La tarde en que llegamos al puesto chileno del Paso Mayer, su actitud desinteresada ante nuestras dudas sobre aquel camino nos hizo comprender que Mayer era un paso muy distinto a lo que estábamos acostumbrados. Aún no lográbamos deducir qué dificultad nos esperaba. Pero la sensación era clara e intensa: nos iba a correr los límites.
“¿Todavía seguís medio dormida, no?”, me preguntó Javi. Estábamos parados en la entrada del puesto de carabineros con las bicis cargadas y dos mochilas grandes sobre la espalda. Cuando me hizo esa pregunta pude volver a la realidad. Abrí grandes los ojos y miré por primera vez lo que nos esperaba más adelante: a lo ancho y largo de todo lo que nos rodeaba se extendía el colosal cauce de un río que no era uno, sino miles de pequeños y serpenteantes brazos suyos. Estábamos frente a un camino invisible trazado por ingenieros sencillos y anónimos que habían ganado sus títulos a costa de pieles curtidas y arreo de animales.
“Hay un puente de un baqueano. Van a tener que encontrarlo, el río está muy crecido y ese puente es la única forma que tienen de cruzar”, fue la última información que nos dio el carabinero antes de despedirnos. Aquellas palabras se reproducían en nuestras mentes mientras la vista buscaba algún indicio, una minúscula pista para descifrar la dirección de nuestros primeros pasos. Pero nada apareció. Nos quitamos las botas y avanzamos descalzos, guiados por una capacidad que había pasado inadvertida a lo largo de nuestras vidas pero que en ese momento se volvió vital: la intuición. El tacto frío del agua, las piedras hundiéndose en las plantas de los pies y la inquietante sensación de construir el camino en cada nueva huella que dejábamos nos volvían precavidos e indecisos.
“Por acá Sol, vamos por la izquierda, intentemos subir y agarrar por el bosque.” Javi me hablaba con el agua lodosa tapándole las piernas hasta las rodillas mientras avanzaba concentrado, analizando el terreno. Y así fue como de a poco dejamos atrás el lecho del río para encaminarnos. Pero la marcha se tornó aún más lenta y difícil. Tiramos las bicis donde pudimos y nos separamos en distintas direcciones con el objetivo de encontrar la manera de sortear el mallín y descubrir alguna otra alternativa de itinerario posible. En ese momento las líneas del mapa que íbamos trazando se detuvieron de golpe y enloquecieron, creando dibujos incomprensibles que daban vueltas sin sentido de un lado hacia otro. La cartografía de nuestro recorrido era un disparate de líneas hacia ningúna parte.
Después de varias idas y vueltas, trepé entre árboles por una lomada y encontré un rancho deshabitado del cual salía una senda que subía en dirección al bosque. Corrí muy fuerte por ella, con la mirada ansiosa e inquieta de haberlo encontrado y desee profundamente que siguiera, que se volviera la oportunidad que necesitábamos. Llegué agitada hasta toparme con el bosque donde la senda se volvía más fina y menos perceptible. Volví sobre mis pasos y corrí nuevamente, pero esta vez en dirección opuesta para buscar a Javi y mostrarle la posibilidad de que la líneas del mapa volvieran a retomar su rumbo.

El relato de un bosque
La ilusión que nos conquistó el cuerpo cuando encontramos el sendero se esfumó rápidamente apenas recorrimos los primeros metros de aquel bosque. Estábamos envueltos por una espesura verde y frondosa, la luz del día se había vuelto tenue y selectiva e iluminaba solo los sectores que esa inmensa arboleda le permitía, dejando el resto bajo sombra y humedad.
“Se terminó el camino, Sol”, dijo Javi. No fueron palabras dichas a la ligera. Antes de pronunciarlas habíamos realizado un rastrillaje exhaustivo del terreno, llegando una vez más a la premisa con la que habíamos partido: en Mayer no hay camino.
Miramos el bosque inquietos, era hermoso y agresivo; nos lo transmitían la forma de sus plantas silvestres, las ramas bajas tapando el paso, sus raíces deformes cubriendo el suelo. Era uno de esos bosques que inspiran respeto, un rebelde, un ermitaño, un salvaje. “Quizás nos ayude”, le dije a Javi con la mirada apuntando hacia la copa de un árbol. Un deseo ridículo se apoderaba de mis ideas. Me hubiese encantado saber de qué forma nos estaba viendo el árbol a nosotros en aquel momento. Imaginé que diría algo así como: “Se detuvieron y se pusieron a charlar. Parecían jóvenes pero algunas arrugas en su frente y al costado de los ojos no me dejaban definirlo con exactitud. Siempre me habían generado ese inevitable sentimiento de compasión, no debería ser cosa fácil tener la responsabilidad de una vida tan corta, 80 ó 90 años con suerte, por eso intentaba no juzgarlos, aunque no lograra entender la dualidad de sus actos, esa continua contradicción que los caracterizaba y los hacía llamarse humanos. Tenían miedo, un miedo atroz que los volvía vulnerables y tontos. Creo que le temían a la muerte, a sentirse débiles, por eso necesitaban gritarle al mundo de lo que eran capaces. Los veía como pequeños brotes con apenas unos cuantos siglos en el planeta, creciendo muy lentamente. Unos pequeños y complejos brotes a los que aún les faltaba experiencia para lograr entender el lugar que ocupan, a los que les quedaba un largo camino para llegar a sentirse en paz.”
La voz de Javi interrumpió mis ideas. “¿Y si seguimos por acá, parece que hay una huella marcada después del río? ¿Qué pensás vos?” Eran las tres de la tarde y habían pasado más de seis horas desde que habíamos salido del puesto de carabineros. El avance se hacía cada vez más complejo.
Apoyamos las bicis prestando mucha atención al lugar exacto donde las dejábamos y nos fuimos a buscar alguna opción que nos permitiera continuar. Llegamos hasta un nuevo río y mientras me sacaba las botas para cruzar, Javi dio tres saltos rápidos y llegó al otro lado.
“Voy a ver más adelante, ya vuelvo”, me gritó y se alejó corriendo. Apenas lo vi desaparecer empecé a desatarme los cordones con mayor prisa. No me gustaba la idea de separarnos demasiado. Perdernos en ese lugar era mucho más probable de lo que estábamos acostumbrados y no debíamos confiarnos más de la cuenta. Pero Javi no lo vio así. Terminé de cruzar el río, lo esperé un rato largo y no apareció. Intente calmarme, convencerme de que llegaría en cualquier momento y aguardé un rato más, pero después de 40 minutos seguía sin volver.
Me puse a gritar: “¡Javi, Javi!”. Nadie me respondió, solo se escuchaba el sonido del río, las ramas de los árboles sacudidas por el viento. Un escalofrío penetrante me recorrió el cuerpo erizándome la piel. Caminé hacia donde lo había visto alejarse y seguí la dirección más probable. Grité más alto. Tomé el silbato de la mochila y soplé con fuerza. El sonido del bosque me resultó aterrador. Mi cabeza no dejaba de sacar hipótesis: “Se perdió, está lastimado”. Tenía miedo, real y concreto. Estaba enojada con él, hablaba sola y en voz alta. Corría hacia ningún lugar.
“Sol, acá estoy”, escuché de pronto. Venía apurado y sonriente: “Encontré el puente”, dijo. No sabía si pegarle, abrazarlo o dejarme desvanecer para que comprendiera el susto. “Perdón, ¿estabas preocupada?, pero encontré el puente.”
Tomamos las bicis y retomamos el rumbo hacia el puente. Los pasos modificaron su actitud y se volvieron firmes y decididos, bajando y subiendo montañas por rocas y pedregales, atravesando bosques achaparrados, bajos e impenetrables. Íbamos movilizados por el motor más grande que puede darnos cualquier aventura, la posibilidad de alcanzar el objetivo. Javi iba por delante abriendo paso, hizo los últimos metros de bosque hasta llegar a un precipicio, paró de golpe y señaló hacia el río sin disimular el entusiasmo: “¿Lo ves? Ahí está, llegamos al puente.”
Con el cuerpo cubierto de pinches y moretones me acerqué ansiosa para mirarlo por primera vez. Estaba lejos y apenas lo llegaba a distinguir, tenía el aspecto de un hilo frágil y enclenque flotando en la inmensidad de la naturaleza. Era el único vestigio del hombre en el paso Mayer y resistía colgado, meciéndose de un lado al otro, los embates del viento.

La picadura
Fue justo en el momento de salir de la bolsa cuando sentí un dolor fuerte en el brazo, era agudo e intenso, parecía una picadura porque estaba roja y un poco hinchada, pero su tamaño me generaba dudas. No le di importancia, pensé que sería alguna araña, me bajé la manga de la camiseta y continué normalmente.
Desayunamos rápido, armamos el equipo y nos pusimos en camino. Una vez más nos quitamos las botas, arremangamos los pantalones impermeables y comenzamos a cruzar arroyos. Un dolor fuerte me recordó que algo en el brazo no estaba bien. Cuando lo miré nuevamente las cosas empezaron a tomar otra dimensión. Tenía el brazo muy hinchado, estaba caliente y colorado y una línea roja de una claridad estremecedora me subía hacia el hombro. Lo primero que pensé fue en Javi. Si a mí me pasaba algo, si tenía la terrible suerte de que algún bicho venenoso me hubiese picado, el que peor la iba pasar era él. Volví a bajarme la manga de la camiseta y decidí que no podía ser grave.
Después de atravesar más arroyos y caminar un rato largo, las opciones volvieron a dividirse. Un rastro parecía tomar en dirección al bosque y el otro continuaba orillando el río. Dejamos las bicis y nos dividimos para averiguar qué había más adelante. Yo continué por el río y Javi por el bosque. Iba concentrada investigando el terreno cuando de repente todo a mi alrededor empezó a girar. Fue un segundo en el que la peor posibilidad estaba a punto de suceder. Una tonta picadura, un detalle que no habíamos tenido en cuenta y el mundo que giraba sin detenerse… ¿Me iba a desvanecer? ¿Caería desplomada en aquel suelo de rocas hasta que me encontrara Javi?
Repetí en voz alta “No, esto no va a pasar.” Respiré tan profundo como me lo permitieron los pulmones mientras intentaba recuperar el equilibrio. El mareo se detuvo y volví a caminar rápido hacia donde habíamos dejado las bicis, con el miedo latente de que volviera.
Cuando llegué volví a respirar para tranquilizarme, estudié la situación. ¿Cómo estaba? ¿Qué sensaciones tenía? Era importante estar atenta a otros posibles síntomas que pudieran alarmarme. Pero cuando Javi volvió contento porque había encontrado el camino que nos llevaría hasta el puesto de gendarmería, yo no tuve nada que decir. Me sentía bien, el mareo no había vuelto y la noticia de tener por fin un rumbo definitivo me dejó tranquila. Varios días después, una médica de El Chaltén, al mirarme el brazo, me aseguraría que había sido solo una reacción alérgica por la picadura de un alacrán que no era venenoso.
Tras algunos metros de bosque el camino apareció perfectamente definido, no había dudas de que era el correcto. Las emociones hicieron erupción en un grito que no pude contener “¡Jujuuuuyyy!!”.
Más adelante el camino definido dio paso a un sendero ancho y bien marcado. Volvimos al bosque y a cruzar arroyos, hasta que apareció un campo enorme de pastos bajos rodeado de montañas y pudimos subirnos a nuestras bicis para pedalear. Entonces, a lo lejos, vimos el brillo de un cartel, atravesamos una tranquera y llegamos. Me acordé de mis amigas y de mi hermana que siempre me dicen: “Sol, no sabés la felicidad que trae tener un hijo”. Yo las miro y asiento con la cabeza, porque lo imagino como una experiencia única y transformadora. Pero a la vez pienso por dentro, sin decirles nada para que no crean que estoy minimizando sus emociones: “Chicas, no imaginan lo feliz que soy cada vez que puedo concretar un nuevo desafío.”

*Nación salvaje: Javier Rasetti y Marisol López tienen 35 años y están en pareja hace 15. Son fotógrafo y documentalista, respectivamente, amantes de la naturaleza, el deporte, la aventura y los viajes al aire libre. Actualmente hacen travesías en la Cordillera de los Andes y están por terminar su último proyecto: 43 cruces de los Andes en bici. Juntos crearon Nación Salvaje, un espacio donde combinan todo lo que aman y les apasiona en la vida, en el que buscan la forma de transmitir la libertad que se logra al reencontrarse con las cosas más simples.
www.nacionsalvaje.com


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