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Ecuador en bicicleta y la confianza en mí misma

Fecha: 11.07.2019


El día anterior a empezar el viaje estaba paralizada por el miedo. No podía sonreír, tenía la mente en blanco y con suerte lograba concentrarme en una conversación. Esa noche apenas dormí: la mezcla del miedo con la ansiedad y el frío nocturno de Quito me tuvieron toda la noche dando vueltas. Por mi cabeza daban vuelta las preocupaciones típicas que aparecen antes de empezar un viaje así —a sentirme sola, a que le pase algo a la bici y no saber solucionarlo, a no conseguir dónde dormir, al cansancio, a darme cuenta que me había metido en algo que era demasiado para mí, a arrepentirme—, pero ese mediodía en que empezaba mi viaje me di cuenta de que el miedo también es necesario: es el termostato del desafío, el indicador de que estamos a punto de hacer algo que nos moviliza.

En la casa ciclista de Tumbaco, desde donde comencé mi viaje en bicicleta por Ecuador, me recomendaron que ciertas partes las hiciera en bus o a dedo: me habían visto llegar tan agitada por una pequeña cuesta que no me creían capaz de pedalear 30 km en subida o de llegar a los 4000 msnm, y ambas cosas tenía que hacerlas en la primera semana.

El tercer día de pedaleo paré a almorzar en Machachi; me senté en un restaurante donde compré unos panes y mientras me hacía sándwiches con palta, al lado mío había una familia que comía sopa, arroz y carne y me observaba. Me preguntaron adónde iba y se ofrecieron a llevarme. Según la recomendación que me habían dado en Tumbaco, desde ahí debía hacer dedo, por lo que acepté. Subimos la bici al auto e hice así, en auto, los 30 kilómetros que ascienden hasta más de 3500 msnm. De ahí a Latacunga era fácil: una larga bajada y 20 kilómetros finales planos. Llegué feliz: era mi primera meta del viaje, significaba que me había animado y que mis ganas habían sido más fuertes que mis miedos.
En Latacunga me quedé tres noches antes de salir para La Maná, mi próximo objetivo. Para llegar allí debía cruzar un paso de montaña a 4000 msnm, el que me habían recomendado hacer —también— en vehículo.

Salí de Latacunga poco antes del mediodía y pedaleé hasta Pujilí, a unos diez kilómetros de la ciudad, en subida suave. Justo donde empezaba la subida constante y pronunciada había una panadería y paré. Se estacionó un señor y le pregunté si iba para Zumbahua y si podía llevarme. Cargamos la bici y empezamos a serpentear por una ruta que atravesaba campos, casas, montaña virgen, caminos de tierra que se perdían, montañas que se tapaban unas con otras, más campos y parcelas sembradas, más casas. En ese momento, mientras veía la ruta avanzar y el paisaje pasar, me imaginaba pedaleando: subiría lento, pediría agua en alguna casita, pararía a comer frente a las montañas, respiraría el aire fresco, sentiría el sol en la piel. Pero estaba adentro de un auto, mirando todo a través de un vidrio, y a 50 km/h. Ahí me di cuenta de lo que estaba haciendo: estaba viajando en bici pero, por una recomendación de alguien que no me conocía, había confiado en lo que otro creía (o no) que yo era capaz de hacer. Y no había confiado en mí.

Le pedí al señor que me bajase y en el primer pueblito que cruzamos —esos tan pequeños que apenas son un puñado de casas— me dejó en una casa de campesinos a los que les pidió que me recibieran. Esa noche conocí a Rosa, una mamá de 30 años que preparó arroz con papa y fideos, y a Sisa y María, las nenas que me pidieron que les lea la leyenda del cóndor enamorado en inglés. Dibujaron en mi cuaderno, me enseñaron palabras en quichua, me preguntaron si “allá en tu país se calientan las casas igual”, refiriéndose a la fogata que habían encendido con palos y paja en una esquina de la casa.

A la mañana siguiente llovía y hacía frío. Por delante me esperaban subidas, bajadas y más subidas, campos de cultivo, un pueblo objetivo donde llegar —Apahua—, y la sensación de libertad que no había tenido el día anterior.

Después de Zumbahua empezaba el tramo tan temido: 10 km continuos hasta los 4000 msnm. La subida fue de la única forma que me era posible: despacio, con paciencia, parando a tomar aire cada pocos minutos, haciendo caso omiso a mi cuerpo cuando comenzaba a decir que no podía más, pensando que “después de esa curva” estaba Apahua, luchando con el viento en contra ocasional, dándome cuenta que la única opción que tenía (con montaña a un lado, campo o roca o precipicio del otro, y una bolsa de dormir de primavera) era avanzar. Cuando, por fin, doblé la última curva y vi las casas, me emocioné: había llegado. Pedí un lugar para dormir en la primera casa que vi, cuatro paredes de cemento, techo de chapa, papá, mamá y tres hermanitos que no dudaron en recibirme, compartirme su cena y acomodarse para darme una cama.

Ese día pegué en mi bicicleta, bien a la vista, una calco que, para mí, es tanto un lema como un consejo: confiá. Confiá en los otros, sí, pero antes confía en tus propias capacidades y ganas. Me habían dicho que no llegaría. Pero haberlo intentado —aunque sea ese último tramo— me demostró lo contrario.

Por Nati Bainotti, quien recorrió sola en bicicleta Ecuador y Colombia, sumando más 4000 km en total. Cuenta sus historias de viaje en mividaenunamochila.com y en y @natibainotti. En abril comienza un nuevo viaje por la Patagonia argentina y chilena junto a Venzo Argentina.


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Nº 298 - Octubre 2019


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