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El arte de sobrevivir viajando

Fecha: 24.03.2012

Por Mariano Lorefice.

lorefice

En mis comienzos, siendo un atleta mediocre, demasiado idealista y sin respaldo económico, concretar mis objetivos dependía de algo más que de una cuestión física: también era un desafío económico. Actualmente, cuando recuerdo lo ingenuo y empecinado que era, no puedo más que sonreír.
Hace 20 años atrás correr el Ironman de Río de Janeiro, por ejemplo, era un gran desafío en el que participaban sólo unas 40 personas. No era un triatlón difundido, había muy pocos adeptos a la larga distancia y participar en esta prueba era casi una aventura. Pero las cosas han cambiado mucho y ahora centenares de argentinos se dan el gusto de correr estos triatlones.
También, viajar con la bici y las alforjas era una aventura en la que existía el misterio y había más espíritu romántico. En la actualidad, antes de hacer un viaje con la bici el ciclista virtual puede darse un paseito por Internet y encontrar toda la información detallada: lugares a donde ir, impresiones de colegas que han girado por el mundo y todo el material de viaje. Sobre la ruta también se podrá comprobar que es fácil encontrarse con otros ciclistas y que los aventureros del pedal ya han conquistado el mundo.
Sin embargo, estoy contento de haber podido saborear mis aventuras como un pionero y tengo nostalgia de esos viejos tiempos.
Algunas personas que recién se inician en el cicloturismo tienen la ilusión de que el viaje que van a realizar es un gran desafío, y por eso creen que alguien los tiene que bancar. Ingenuamente, no se dan cuenta de que lo que buscan son vacaciones pagas. Yo también he pecado de inocente en ese sentido, y en algún momento creí que ser un buen deportista y tener nobles ideales eran motivos suficientes para conseguir apoyo. En el relato que sigue hay una síntesis de algunas experiencias.

Al Ironman con 30 dólares
A los 19 años mi sueño era correr un ironman. El de Hawaii era inaccesible, pero cuando descubrí que se hacía uno en Río de Janeiro me puse a entrenar y ahorrar. En 1989 no hice otra cosa que entrenar y trabajar en ocasionales changas de pintura. No tendría muchas oportunidades, ya que cuando cumpliera 21 años tenía previsto entrar a la escuela de guardaparques. Como vivía con mi abuela, no pagaba alquiler y mis gastos eran mínimos, y no me iba a comprar nada que no sirviera para el deporte. No salía de noche ni saldría, soy abstemio y vegetariano, y lo único que deseaba era comer y entrenar bien, aunque muchas veces lo hacía mal por excederme en la distancia.
Todos los días pasaba por la bicicletería Italcicle con mi antigua Raleigh de media carrera y me fijaba si alguien se había llevado la superbicicleta que lucía en la vidriera. Era lindo soñar. Mi bici ya tenía palancas de aluminio y una computadora a la cual me encantaba sumarle kilómetros. Poco a poco se iba transformando en bicicleta de carrera. Los pedales con traba eran aun inaccesibles y el mantenimiento de la bici se hacía caro. Las coronas se iban gastando y pronto necesitaría cambiar el piñón. Algunos dientes saltaban, ¡pero lo terrible era el desgaste que sufrían los tubos! Había probado con pegarle cinta adhesiva alrededor de la banda de rodamiento, pero no había caso.
Un día tuve el coraje de entrar a la bicicletería y preguntar si no me querían auspiciar con un par de tubos. Me enorgullecía entrenar para un ironman, en aquel entonces no había casi nadie que lo hiciera, pero así y todo sentí vergüenza. El bicicletero se había enterado que a veces yo llegaba a pedalear 1500 kilómetros semanales, además del trote y la natación, y quizás sólo por eso no me dio un no rotundo. De todos modos, ni siquiera conseguí un descuento, así que para comprarlos habría que seguir buscando los mejores precios en Quilmes. Los tubos que usaba eran de los más resistentes que había (Álvarez Cross y Monti Reforzado.) Llegué a descoser y volver a coser dos tubos íntegros sacándole totalmente la cámara. El error lo cometí al coserlo con hilo de nylon y cuando lo inflé se estiró. De nuevo a descoserlo y coserlo con hilo que extraje de otros tubos. ¡Fueron siete horas de empecinada testarudez para rescatar un tubo! A partir de ese día me fui poniendo experto en reciclar. Ya no rompía tantas agujas y en los dedos me salieron callos.
Era cierto que la abuela me auspiciaba, pero no era un banco. Hasta Río tuve 40 horas de bus y cuando llegué a la ciudad me encontré solo y con 30 dólares para sobrevivir una semana. Gracias a Dyan Madruga, el organizador, tuve una buena semana de aclimatación, lógicamente con rebusques que me ayudaron a estirar mi escaso capital.
Estaba orgulloso de mi última adquisición, un piñón Regina Oro con 12 dientes en la corona más chica. Según creía, esa era mi arma mortal, pero los colegas brasileños me desilusionaron al decirme que el terreno era muy montañoso y no tendría relación para subir: 42 x 17 era poco. Parado en los pedales y haciendo fuerza a lo loco, sobreviví a la etapa de ciclismo y quedé quinto en la clasificación total del triatlón. No hice otra cosa que resistir y gracias a eso estuve entre los 11 sobrevivientes que completaron la prueba de los 35 que largaron.

Sandwiches de banana y calabozos
En ese primer ironman me enteré que había pruebas más largas. Quería probar cómo era eso, y a partir de ahí me propuse entrenar para el triatlón más largo de la historia. Nada más y nada menos que un quíntuple ironman (19 kilómetros de nado, 900 kilómetros de bici y 211 kilómetros de trote.) Creía que participar en esa prueba era algo heroico, así que me propuse demostrar que tenía las condiciones para hacerlo. Mis recursos eran limitados y debía encontrar a alguien que me auspiciara. Pero limitada también era mi capacidad de imaginar, y no sabía que sólo por hacer mérito deportivo no me iban a bancar.
Primero fueron 100 km pedestres en Salvador (Brasil), donde obtuve una mediocre novena posición. Pero a sólo 14 días de esa ultramaratón tuve la revancha en los 100 km de Uberaba (Minas Gerais), donde quedé en sexto lugar y primero en la categoría.
Colibro Livraria (Río de Janeiro) fue mi primer auspiciante. Me dieron 100 dólares, ¡no lo podía creer! Para mí fue más que un trofeo y ese billete significaba la esperanza de conseguir auspicio. Si me lo habían dado en Brasil, ¿cómo no lo conseguiría en mi país?
Seis días después de correr la segunda ultramaratón preparé la bici y las alforjas. La carta de recomendación de un amigo, policía militar de Río de Janeiro, me presentaba como un deportista que regresaba a su patria pedaleando. Ese fue mi pasaporte para ingresar en las comisarías del camino y obtener un seguro calabozo para descansar. Sin pedirlo, también recibía arroz y feijoada. Durante el día la formula era sándwich de banana, un combustible muy barato y efectivo.
De Río de Janeiro hasta La Plata fueron 3225 kilómetros, 18 días de pedaleo y menos de $20 de gasto. A partir de ese viaje empecé a tener la esperanza de viajar por el mundo.

Rifas y amigos para un ironman x 5
Allá por 1991, lo máximo que se había hecho era un ironman x 3. Pero esta vez la cita sería en Holanda y la distancia se multiplicaría x 5. Una prueba que haría historia.
Cinco meses antes de la carrera, que era en octubre, hice todo lo que podía hacer físicamente y demostré que estaba en condiciones de participar en la prueba de triatlón más larga del mundo. Sin embargo mi mérito deportivo no era para nada comparable a lo inútil que era comercialmente para vender lo que hacía. El idealismo no me alcanzaba para conseguir los pasajes aéreos para Holanda; apenas tenía una marca de ropa que me vestía (en realidad vendía la mayoría de las prendas y me arreglaba con un mínimo.)
La Asociación Platense de Triatlón hizo rifas y Federico Dillon me prestó 1500 pesos. Pero justamente por ese motivo viajé con mucha presión, no corrí tranquilo y completé la prueba con un noveno puesto, como quien cumple con una responsabilidad. Al regresar estaba eufórico, me excedí en el trabajo y en el entrenamiento y en un poco más de un mes cancelé las deudas. Ese fue un verdadero récord, la disciplina de ultratriatleta también la podía canalizar en el trabajo. Rasquetear, lijar paredes y cielorrasos durante 12 horas seguidas también podía resultar un desafío.

Pedalear es barato: Al decaironman en bici
Ya había completado el primer quíntuple y ahora quería participar en el primer ironman x 10 (38 kilómetros de natación, 1800 kilómetros de ciclismo y 422 kilómetros de pedestrismo.) El desafío de ir en bicicleta hasta Monterrey, México, me resultaba muy atractivo, quizás más que completar esta prueba, que se titulaba The Perfect Ten. Además, si iba en bicicleta me evitaría renegar con posibles patrocinantes tratando de obtener el pasaje aéreo.
La carrera de guardaparques la cambié por la de ultradistancista. Sin embargo, la vocación de servir al cuidado de la naturaleza estaba latente. Me decidí llamar la atención por la causa conservacionista y volcarme a un vehículo ecológico que me permitiese disfrutar y cuidar la naturaleza. En el camino pasaría por medios de prensa, escuelas y fundaciones ecológicas. Hice 240 medallones de cerámica, material muy económico (aunque bastante pesado) y les grabé un logo y una inscripción con el mensaje de la campaña. Eran para entregarlos en lugares específicos y aunque no tuviera un peso, jamás los vendería.
Unas semanas antes de viajar, una marca de ropa decidió auspiciarme. Yo me resistí a viajar en avión y quedamos en que le pagarían parte del pasaje aéreo a Saúl, un amigo que iba como asistente.
Para llegar a Monterrey pedaleé 87 dias, 10.500 kilómetros y pasé por 11 países. Fueron muy pocos días para muchas e interesantes experiencias que tardaría tiempo en asimilar. Increíblemente, en el decaironman completé más del 20% de mi viaje transcontinental en sólo 11 días, dando vueltas en un circuito de 1.6 kilómetros. La pregunta que más me hacía la gente era: “¿En que pensás?” Muchas veces pensaba en cómo conseguir auspicio.
En Monterrey me declararon ciudadano ilustre, me entregaron una placa y me consiguieron un pasaje para regresar a Argentina y luego volver a México. Tenía expectativas de completar lo que me faltaba desde Monterrey a Alaska, pero en Argentina la falta de auspicio y la mala situación económica frustró las posibilidades de regresar.

Sandwiches de Power Bar
¿Qué mejor que empezar una vuelta al mundo por el propio país? Siempre había querido unir la Quiaca con Ushuaia. La posibilidad de hacerlo en bici me resultaba muy interesante. Le podía dar continuidad a la campaña ecológica del año anterior y tendría la experiencia de vivenciar todas las geografías de un país tan amplio. Sería una buena misión, experiencia y entrenamiento.
La vuelta a la Argentina se tituló Pedaleando por la Vida. Durante el recorrido iría visitando escuelas y entregando material de fundaciones ecológicas y una propuesta de participación escolar. Hice afiches, calcomanías y remeras con los mensajes de la campaña para repartir gratuitamente. Pero todo ese material hubo que financiarlo, lo cual implicó un esfuerzo de producción y una lucha para conseguir sponsors. A veces terminaba teniendo que poner plata de mi bolsillo.
Establecí relación con un patrocinante (Specialized, Power Bar) que me planteó la posibilidad de financiar la vuelta. El plan sería hacer 500 remeras con diferentes motivos de la campaña ecológica, de las cuales 250 quedarían para repartir en escuelas y la otra mitad las tendría que vender para entregarle a mi sponsor el 50% de lo recaudado.
Mientras pedaleaba me iba reabasteciendo del material didáctico que entregaba en las escuelas y de las invalorables tabletas de Power Bar (me enviaban las que tenían fecha cercana de vencimiento.) Esta vez se me ocurrió implementar los sandwiches de Power Bar. En aquel entonces había sólo tres gustos de esas barras y los de nuez de malta quedaban muy bien con el pan. Ese fue mi combustible fundamental para completar los 11.900 kilómetros en 77 etapas de pedaleo. En total comí 374 barritas (sólo algunas en sandwiches), a un promedio de casi cinco por día. Ojo: a veces también me cocinaba y me daban algo de comer en las escuelas.
Si me quedaba en el campo dormía en carpa, pero por lo general para ir cumpliendo con la campaña era mejor dormir en los pueblos. Calabozos, escuelas y municipalidades eran buenos refugios para la noche.
Mis gastos se redujeron al mínimo y finalmente con el bajo costo de 130 pesos recorrí las 23 provincias de nuestro país, visite 14 parques nacionales y 116 escuelas.

Contrarreloj cinco estrellas
Por primera vez la historia era diferente. Tuve la suerte de conseguir el auspicio de Proyecto 21 (Vicegobernación de la Provincia de Buenos Aires) para recorrer nuevamente todas las provincias y continuar con la campaña del año anterior. Pero la gran diferencia quedó establecida en que no iría solo: lo haría con una camioneta de apoyo y un pequeño grupo que me asistiría. Ya que contaba con un servicio que jamás había tenido, me propuse hacerlo contrarreloj, con vistas a tomármelo como un entrenamiento para correr la Race Across America, una carrera que cruza los Estados Unidos de costa a costa.
A pesar del confort, estaba mejor preparado para viajar solo y terminé completando esta vuelta con alforjas. Sin embargo, tan solo no me quedé. Un yeso me acompañó durante los últimos 8500 km y estuvo en mi brazo, producto de una rotura de escafoides, por 93 días.

Aconcagua: “Quedate con la bici, pibe”
No sólo quería demostrarme que con la bicicleta -aunque sea a cuestas- podía llegar a cualquier lugar, sino que tenía muchas expectativas de que esa marca de bicicletas me apoyara en la vuelta al mundo.
Con experiencia casi nula en montañismo, encarar el desafío de ascender los 6969 msnm del techo de América era riesgoso y por eso hoy me doy cuenta de lo afortunado que fui de que algunas firmas (Broni, Fugate y Héctor Vieytes) me entregaran equipo y confiaran en mí.
En esa época trabajaba como guardavidas en la pileta del Club Banco Provincia de City Bell, donde para emprender el desafío me dieron permiso por 15 días. Cumplí con el tiempo establecido y a los 14 días regresé, orgulloso de haber hecho cumbre y con una foto en donde aparecía con un banderín del club en la cima del Aconcagua. ¡Pero me encontré con la triste noticia de que estaba despedido porque la autorización no me la había dado la persona que correspondía!
Como consuelo la gente de la firma que me había dado la bicicleta en préstamo, me dijo: “Quedate con la bici, pibe”.
Con esa misma máquina uniría Alaska con Ushuaia y daría la vuelta al mundo por el hemisferio norte.

¡Cha, cha, cha!
La preparación para la vuelta al mundo fue continua y progresiva durante un lapso de ocho años.
Después de haber realizado las pruebas que acabo de describir llegó el momento de largar. Trabajé, ahorré y conseguí ayuda de amigos de Argentina y España, pero ninguna firma que pusiera dinero. Sin embargo también desarrollé algo más valioso: la experiencia y la capacidad que me permitiría sobrevivir y llegar pedaleando a casi cualquier lugar.
Entre esos lugares remotos a los cuales llegué por mi propio esfuerzo se encuentra el desierto de Pakistán. Allí me encontré con un beduino que salió rápidamente de su ranchito mimetizado en el desierto y, corriendo a la par de mi bici con un entusiasmo sorprendente, me gritaba eufórico: “¡Cha, cha, cha!”, lo que significa “¡té, té, té!”. No me quería vender nada, simplemente quería halagarme y ser mi anfitrión. Supongo que la curiosidad habrá sido mutua. Él se preguntaría cómo había hecho yo para llegar ahí con una simple bicicleta, a la cual miraba con curiosidad para ver si no tenía algún cohete. Y yo me preguntaba cómo hacía este hijo de Alá para vivir ahí en semejante soledad, en un lugar donde por las tardes las tormentas de viento azotan como el peor castigo.
Esa situación me puso contento, porque en ese lugar los dólares de un sponsor de nada me hubieran servido… Había llegado ahí por mis propios medios y aun me quedaban fuerzas para seguir. Aunque pareciera medio muerto, el elixir de Mohamed me renovaba. ¡Benditos los patrocinantes del camino, aquellos que dan desinteresadamente!

La vuelta al mundo: Un producto
No hace mucho me encontré con un muchacho que realizó un corto viaje en bici y a partir de ahí se le ocurrió programar una vuelta al mundo. No me sorprendió esta decisión, ya que el cicloturismo es apasionante e invita a la aventura. Lo sorprendente fue cuando me dijo: “Quiero dar la vuelta al mundo porque lo veo como un buen producto.” Jamás lo había visto así, pero yo estaba ante un pequeño empresario, que tenía su parte de razón en lo que argumentaba. Convicción: así hay que moverse en el mundo de los negocios.



Nota publicada en revista Biciclub Nº 175 (julio 2009).

 

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4 Responses to “El arte de sobrevivir viajando”

  1. ester dice:

    quisiera poder contactarme con esta persona, por favor les ruego que puedan cumplir con este pedido

  2. biciclub dice:

    Hola Ester,
    Podés contactar a Mariano Lorefice a marianolorefice@yahoo.com
    Saludos.

  3. adrian dice:

    demasiado egocentrico cuanto hay de verdad……..

  4. Adolfo dice:

    Mariano sos un heroe…

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