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El camino de Santiago, una experiencia física y espiritual

Fecha: 13.09.2018

Por Elsa Rubio
En 2014 decidí hacer algo distinto, que me satisficiera espiritual y físicamente, y era un desafío hacerlo sola. Siempre había pensado en el Camino de Santiago de Compostela, pero hacerlo a pie me parecía pesado. Se me ocurrió entonces ir en bicicleta.
Me anoté en un grupo de entrenamiento y cuando comenté lo que haría, aparecieron grupos que me ofrecían este trayecto. Pero dije que no: no quería que nadie tirara de mí si no me daba el físico, ni tampoco tirar a nadie. Como no estaba convencida de mi estado, era un desafío personal.
Entrené durante un año. Programé el viaje, agarre el mapa y pensé en las paradas. Reservé posadas por Internet pensando en 50 kilómetros por etapa, aun corriendo el riesgo de no llegar si no pedaleaba esos kilómetros. No quería ir a paradores sino descansar en mi cuarto, mi cama, mi baño y tener todo bastante tranquilo, ya que era mi primera experiencia.
Alquilé también una bicicleta que me esperaba en Ponferrada. La verdad es que me equivoqué con ella, era una mountain bike bastante pesada. Creo que debería haber reservado una rutera porque el 90 por ciento es por ruta, hay muchos peregrinos caminando y no es fácil ir por ahí.


Salí entonces desde Ponferrada. El primer día fue muy tranquilo, con unos 35 kilómetros sin demasiadas elevaciones. Pero el segundo día fue el más complicado. Había que subir a O Cebreiro, que son unos 1.300 metros en 10 kilómetros. Empecé andando, hice eses y terminé bajando de la bicicleta y caminando porque no había otra alternativa. Cuando llegué, me senté a descansar y me puse a hablar con unos españoles. Estaba convencida de que había llegado al punto más alto. Pero ellos me dijeron que todavía me quedaban subir 300 metros más hasta el Alto do Poio. Así que subí lo que faltaba; fue muy difícil. Llegué y me encontré con una niebla terrible. Saqué la camarita, el GPS, todo lo que tenía. Después, la bajada fue súper empinada. Clavé los frenos y cuando llegué abajo, luego de unos 20 minutos, me estaban esperando los españoles con quienes había hablado antes. Me dijeron: “Estaba muy peligrosa la ruta y queríamos asegurarnos de que hubieses bajado bien”. Eran un amor. Almorzamos juntos y a mí todavía me faltaban 25 kilómetros más. Fue el día que calculé mal y en lugar de 50 kilómetros como tenía pautado hice 85. En la posada me esperaron con un guiso de lentejas espectacular.
Al otro día seguí hasta el siguiente pueblo. El camino, si bien tenía sus elevaciones, fue bastante más tranquilo. Hice una parada más y el último día me dejé solo los 40 kilómetros hasta Santiago.
Llegar a Santiago fue una emoción muy grande. Cuando pisé la plaza no podía dejar de llorar. Era el domingo de Corpus Cristi y había misa. Mandé un mensaje a mi hijo a las cinco de la mañana hora de Buenos Aires (en España eran las 10). Él recién llegaba de una fiesta. “Mamá, lo lograste, pero no llores”, me dijo.
Fue una satisfacción muy grande poder haber hecho eso a mis 53 años y sola. Es una experiencia de mucha meditación e introspección, de preguntarse mucho qué queremos de nuestra vida, dónde estamos, quiénes somos. Agradecí a Dios estar viva, darme las piernas para hacerlo y tener los medios económicos para concretarlo. Me gustaría ahora hacer el camino de Santiago completo, ya que hice una versión más corta.
Lo recomiendo para todo el mundo. Es la experiencia más grande y profunda que tuve en mi vida.

Nota publicada en revista Biciclub #282, junio de 2018


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Nº 285 - Septiembre 2018

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