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El gomero de Santa Rosa

Fecha: 01.02.2018

No hay mal que por bien no venga, una de cal y una de arena…, dichos que quieren convencernos de que siempre que pasa algo malo atrás viene una situación mejor. Esta historia de un pinchazo un día lunes lo revela. ¿A quién no le pasó? Un mal día, la rueda rota y la lluvia.

Por Magdalena Lunadei*

Ya no temo a las inclemencias climáticas para pedalear, sólo desisto en caso de lluvias fuertes. El invierno va dejando atrás los rosas intensos que me regala cada nuevo día el alba desde mi ventana. El frío y el viento no me atemorizan para arrancar la jornada. La sensación de independencia y de libertad no se cambia por los apretujones, los alientos matutinos, las toses y los malos humores de los viajeros de transporte público. A las pocas cuadras, con buen abrigo, música y la obligación de llegar al trabajo como una ciudadana más, las bajas temperaturas pasan a ser externas y el cuerpo ya supera esa etapa.
Los días anteriores habían sido emocionalmente muy complicados. Cada tanto sucede. Son rachas en las que todo se aleja de su cauce, aunque uno ponga lo mejor de sí. Sólo es cuestión de calmarse y esperar que pase la tormenta. Pero en el afán de dejar pasar esa tempestad y arrancar una nueva semana, Santa Rosa, la de todos los años hacia fines del mes de agosto a la misma hora y en el mismo lugar, la que maldecimos en la ciudad, la que esperan aunque precavidos en los campos para dar de beber a sus tierras, se haría presente una vez más.

¿No pensaron en nosotros?
Arranqué el lunes deseando recuperar la paz y el optimismo. Me cargué la bici al hombro bajándola por la escalera y en cuanto abrí la puerta del edificio se me tambaleó en las manos sacudida por la fuerza de la Santa. Besé a mis hijos que se iban al colegio con Nati, la niñera, prendí la radio en el celular y, poniéndome los auriculares y guantes, me subí firme a la Magoocleta.
El viento daba pelea de a ratos pero no afectaba el andar. El mismo camino de cada mañana me llevó instintivamente. De repente, sobre la bicisenda de la calle Padilla, la bicicleta se estancó mucho más que por el efecto del viento en contra y confirmé que había pinchado. Resignada a los gajes del oficio, la llevé hasta un estacionamiento. Para no amargarme y sin culpa, me tomé un taxi.
Salí del trabajo lo más temprano que pude, con la idea de recuperarla y emparcharla. Fui en subte para hacer rápido. El papá de mis hijos me cubrió y los retiró del colegio, así yo podía solucionar el percance.
Pero cuando el destino burlón conspira contra uno, no tiene sentido ir en contra de sus mañas. Busqué la bicicletería más cercana. Al llegar comenzó a llover. Eran las tres menos diez de la tarde. Un cartel de letras grandes manuscritas decía que abrían a las 15 hs. Debajo de un balcón ínfimo esperé el horario, mientras la tormenta se avivaba y la lluvia se tornaba cada vez más intensa. El pequeño balcón ya no servía de refugio y algunas prendas mías perdían su impermeabilidad momentánea. Con las manos heladas, el pelo mojado y casi temblando, entré al kiosco de al lado, en el que se veía una máquina de café. Compré una ficha, puse el vaso y cuando quise activar la expendedora mágica para tomar fuerte entre mis dedos la poción de la templanza…, resultaría que el hijito del kiosquero había metido algo en la ranura y había que desarmar todo con el técnico para arreglarla. Volví al lado de la bici, con las manos vacías y la garganta seca a esperar al bicicletero que jamás llegó. En ese momento vi, brillosa, una tachuela grande clavada en la cubierta trasera de la bici. Más de media hora perdida en vano. Sola, mojada y destemplada, me fui a otra bicicletería. Parecía que se habían puesto de acuerdo porque seguramente nadie saldría con ese día a andar en bici. O no pensaron en que los que ya estábamos en la calle podríamos necesitar de ellos más que nunca. Tras diez minutos más de mojadura sin que nadie apareciera, emprendí la caminata de regreso a casa rogando que todo pasase rápido. Vi una tercera bicicletería, pero al llegar y encontrarla con candado puesto aprendí la lección de ya no esperar.

Loreto
Mientras la tormenta frenaba el manubrio de la bici sobre la vereda, luego de algunas cuadras a pie por Avenida Juan B. Justo divisé entre la bruma el cartel de una gomería: “Autos, motos, bicicletas”. Sin dudarlo, crucé.
Era un lugar minúsculo, donde apenas entraba un auto en la fosa y algo más. Era como una cueva perdida en el tiempo, donde una “dama bien” nunca debería entrar, a menos que fuese la única posibilidad del mundo. Y en el mío, realmente lo era. El gomero parecía extraído de un cuento de suspenso urbano. Lo vi con una maza grande en la mano derecha golpeando una rueda de auto. Tenía el pelo por debajo de los hombros en varias tonalidades. Las raíces muy blancas, el medio entrecano y un caoba gastado en los veinte centímetros restantes que no quiso mantener. Con el envión en el brazo aún de la maza que acababa de golpear, sosteniendo fragmentos de dentadura postiza con sus labios, con una colita en un lado del cabello despeinado de años que nada sostenía, mugre acumulada y aspecto de loco, como si hubiese llegado de la guerra, con cara de muy pocos amigos se me acercó rengueando y me dijo:
– Doña… ¿en qué la ayudo?
– En cambiar mi mala suerte de hoy para poder volver a casa.
– Ahhh, pinchó la rueda trasera doña. Si me espera veinte minutos se la lleva.
Al lado de la gomería había una estación de servicio. Fui a hacer tiempo y pude por fin tomar el café que me debía, ahora con un alfajor de arroz. La infusión espumosa aclimató en parte el cuerpo y la golosina colaboró con bajar la ansiedad. Desde el teléfono hice un chiste en Facebook sobre lo sucedido y mientras me reía sola con las ocurrencias de los lectores, sabiendo que la Magoocleta estaba siendo arreglada, cambié de humor y fui a buscarla a la gomería del terror. Estuvo lista con puntualidad.
Cuando estaba por pagarle al hombre, el sonido de un ave se escuchó en el diminuto lugar. De repente, sentí un picotazo en la zapatilla mojada. Era un loro digno de su amo. Con colores indefinidos, porque la suciedad de sus plumas no permitía distinguirlos, intentaba desatar mis cordones con su pico aguileño. El gomero loco lo retaba diciéndole “Loreto, no molestes a la señora”, mientras me advertía no tocarlo por su mal carácter. Le pagué agregándole una propina por el favor y con una sonrisa ya más amigable me deseó un buen regreso a casa.
Pedaleando bajo el llanto enfurecido de Santa Rosa, sosteniendo firme la bici, siempre bien pegada al cordón por miedo a no poder maniobrarla con la fuerza del viento que golpeaba el cuadro de costado, fui acercándome al calor de hogar que anhelaba, con el agua que pegaba fuerte y rasposa como arena en la cara.
Al llegar a la torre, mis hijos me esperaban dentro del auto del papá. Con mis calzas frías adheridas a los muslos y empapada les sonreí haciendo sonar el timbre de metal en mi entrada triunfal al edificio. La vida da una de cal y una de arena, y el inconveniente del día fue solucionado con el sentimiento victorioso de haber vencido tras una dura batalla a la tormenta. Ubiqué al entrar a la bicicleta sucia y embarrada en su estacionamiento metálico en el living.
Prendí la computadora y después de mucho tiempo vi una publicación con mi foto, en la que me felicitaban por el relato “Ojos de Cielo”, que había sido publicado en la revista de ciclismo urbano La Guía BAiker y compartida en una página web de ciclismo. Tras disfrutar las palabras alentadoras de quienes lo habían leído y a quienes juro no conocer ni de referencia, el alma me volvió al cuerpo con la linda sorpresa de haber cumplido el sueño de poder publicar, por primera vez, un texto mío.
Nada importó: ni el frío, ni el viento, ni la lluvia, ni la tachuela que alguien tiró para hacer daño en una bicisenda. Seguramente el que actuó con saña no tuvo en cuenta que el pinche maldito se lo iba a llevar una loca a la que le apasiona convertir en literatura sus historias simples. Gracias a la pinchadura, a los desafíos climáticos y a ese artículo que me hizo sentir reconocida en uno de mis hobbies, hoy estoy firme, desvelada y entibiando el alma, a la una y media de la mañana, cerrando este relato, mientras tomo otro café bien caliente…

*Ciclista urbana y cicloturista. Escribe relatos de sus aventuras en bici que pronto formarán parte del libro “¿Pedaleamos? Relatos en Bicicleta.” Info: magoolunadei@hotmail.com

Nota publicada en revista Biciclub Nº 267, marzo 2017.

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Hablamos sobre: Ciclismo urbano

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Nº 281 - Mayo 2018

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