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El mundo será una fiesta

Fecha: 07.09.2018

Por Mario García

Días atrás tuve oportunidad de ver fotos urbanas de hace 100 años. Y escrutándolas me saltaron a la vista un puñado de detalles. Carros, bicicletas, caballos, algún que otro tranvía y gente por todos lados, en las veredas y en la misma calle, todos cruzándose, usando y compartiendo el espacio a sus anchas. Incluso en lugares con tránsito intenso podía verse ese uso ilimitado del espacio público.
Obviamente no había cruces de cebra para peatones. ¿Y por qué debía haberlos? En aquellas épocas, y antes de eso durante miles y decenas de miles de años, la gente cruzaba por donde su corazón le indicaba, a mitad de cuadra, en diagonal, o incluso caminaba por el medio de la acera, por donde se le antojara. Era espacio público, por lo tanto de todos, y no era de esperar que por atrás nuestro apareciera una máquina metálica de una tonelada para atropellarnos y mucho menos para reclamar que ese espacio le pertenecía en exclusiva.
La calle no era solo para trasladarse de un punto a otro. Era también el lugar para las celebraciones, para comprar y vender comida y todo tipo de utensilio, para que los chicos jugaran y ellos y sus familias se relacionaran, para ver y ser vistos. Era el lugar de todos, de pobres y de ricos.
Pocos años después todo esto comenzaría a cambiar con la aparición del automóvil y la mutilación que éste produjo de la vida en las calles. Los seres humanos fuimos expulsados del paraíso.
Pero en aquellos años la gente no se entregó mansamente a este avance del complejo automotriz sino que luchó. Las primeras fatalidades causadas por los automóviles fueron motivo de protestas y reclamos. En algunos pocos lugares, como Holanda, esas protestas dieron sus frutos y los automóviles fueron restringidos severamente, pero en la mayor parte del mundo el complejo automotriz, que compró poder y conciencias, triunfó ampliamente. Al punto que hoy en la Argentina mueren 15 personas por día en accidentes de tránsito y a nadie se le mueve un pelo. 15 muertos por día parece ser aceptable. Los automóviles, según nuestra actual conciencia ciudadana, tienen derecho a herir, a mutilar, a matar. Y a los peatones nos queda ocupar un mero lugar en la vereda y a los ciclistas ponernos casco y apartarnos del camino de las bestias del infierno que surcan calles y caminos. Los niños no pueden jugar en la calle. La gente no puede socializar. La calle es de los autos y de los ladrones.
Pero esto, vuelvo a las fotos, no pasó siempre. Durante miles y miles y miles de años las cosas no fueron así. Y hoy hay núcleos muy potentes en todo el mundo de gente consciente de que esto debe cambiar, que las máquinas que matan deben ser restringidas de manera extrema. Que debemos volver a lo que fue razonable y humano por siempre. De manera diferente, por supuesto, quizás sin carros ni caballos, pero reconstruyendo formas de convivencia en las que el hombre siga siendo hombre, dueño y señor de sus actos y del espacio que le corresponde. Y para eso hay que barrer la basura de la calle.
Admito que a veces pierdo las esperanzas, pero cuando me siento abatido recuerdo que esta plaga tiene tan solo cien años y el ser humano muchos muchos muchos más y recurro al lúcido aforismo del pensador de Sarandí: “Todo pasa.”

Intro de revista Biciclub #284, agosto de 2018.


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Nº 285 - Septiembre 2018

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