Ocultar Barra

“En la montaña hay que ser y estar ahí”

Fecha: 14.02.2018

Pamela Quintela es escaladora, triatleta y ciclista. Viajó por gran parte de Argentina con un proyecto de educación física itinerante y su libro Al Fin del Mundo en Bicicleta. Hoy se recupera de un fuerte accidente ocurrido en Uruguay cuando iba a comenzar un viaje en bicicleta por América, pero no se resigna a dejar de lado su proyecto.

Texto: Rocío Cortina | Fotos: Isabel García

Para vos que sos viajera en bici, esto es como pedalear viento en contra, no se puede”, le dijo un médico a Pamela mientras le hacían otro estudio más de los tantos que habían comenzado en marzo de 2017. En aquel momento iba a comenzar un viaje por América, pero la atropelló un automovilista en una ruta uruguaya en la localidad de Salinas. Estuvo un mes en coma. Cuando se despertó, no caminaba, no podía levantar los brazos ni hablar. Los pronósticos médicos afirmaban que no volvería a hacerlo.
Sin embargo, lo que aquellos médicos no sabían es que Pamela había tenido una vida anterior, una vida intensa que le había dejado enseñanzas. Le tocaba ponerlas en práctica, empezar de nuevo.

La verdadera inmensidad
Pamela Quintela (27) nació en Córdoba pero vivió en muchos lugares, entre ellos Chaco, Jujuy, Patagonia y el litoral. A los 8 años comenzó a practicar gimnasia deportiva y a bailar folklore. A los 17 corría triatlones. Le gustaba y, como había pocas mujeres compitiendo, siempre ganaba y se llevaba premios en efectivo que le servían para solventar sus estudios. Se recibió de profesora de educación física, pero en realidad quería ser guardaparque: “A los 17 me presenté para hacerlo, pero me dijeron que era muy joven y no tenía experiencia. Quedaba la opción de ser guía de montaña, pero había que estudiar en Mendoza y no podía trasladarme allá”, explica. Más adelante dio clases de maratón de montaña y ya a partir de los 21 años se dedicó a escalar.

Su primer viaje en bicicleta fue desde Córdoba hasta Montevideo. El equipaje estaba compuesto por unas alforjas de cuero que había cosido ella misma y la bici que tenía: “Era común, les dicen de supermercado, no esas mega archi bicis que hay ahora. La mía andaba bien, yo la sabía arreglar y punto.”
Una semana antes de partir supo que no iría sola sino acompañada por su perro Pichu: “Lo encontré en la calle y como no tenía donde dejarlo lo llevé. No existían personas que viajaran con perros y no había carritos como ahora. Era pequeño, así que lo puse en el bolsito de atrás de la bici”, recuerda.
Pichu estuvo junto a Pamela durante 6 años. Salía con ella a correr por la montaña y a escalar. A veces él la esperaba abajo, a veces subía con ella y después era una complicación bajarlo. Falleció en 2015 a poco de salir nuevamente a la ruta, rumbo a la Patagonia: “Mi concepto de familia estaba basado en el perro. Él iba a venir conmigo y Orión, mi otro perro, también. En febrero se fue uno y en noviembre el otro. De repente no estaban y no sabía cómo iba a sobrevivir en la Patagonia. Si no estaba bien física y mentalmente no iba a poder.”
Aun así, Pamela salió a pedalear. Quería conocer lugares, ir en busca de montañas que soñaba escalar. La bicicleta era ideal para eso: ella dice que le daba libertad. Entonces vendió todo lo que tenía en su casa y se separó de una pareja que no la acompañaba en su proyecto: “Le aconsejo a la gente que no se enamore de escaladores o montañistas porque pensamos en la montaña nomás”, confiesa entre risas.
Así fue que la cordobesa se subió a un micro que iría hasta Bariloche, pero decidió bajarse en La Pampa y pedalear para atravesar la Ruta del Desierto: “Hice 10 kilómetros —dice Pamela— y me di cuenta lo que era la inmensidad. Volví los 10 kilómetros hacia la terminal llorando de emoción. La gente me preguntaba: qué te pasó, qué te hicieron. Yo contestaba que había conocido la inmensidad, pero de verdad. Querían llamar a la policía. Compré otro pasaje hacia Choele Choel y seguí pedaleando.”
De esa forma Pamela recorrió toda la Patagonia y llegó hasta Ushuaia. En Bariloche, su primer destino, la esperaba un amigo que la acompañaría a escalar. Conoció el Valle Hermoso y Frey, donde por primera vez hizo escalada clásica y le encantó: “Yo solo había probado escalada deportiva, donde tenés un camino diagramado, pero en la clásica podés elegir la grieta por donde ir y qué fisura agarrar. Tienen que ver mucho la cabeza y el cuerpo, conocer la técnica y trabajar la cabeza. Pero eso solo se conoce cuando te probás.”

Coser un libro
Además de conocer lugares soñados y personas que se convirtieron en amigos y motivadores, durante su periplo por la Patagonia Pamela escribió un libro llamado Al Fin del Mundo en Bicicleta y llevó adelante un proyecto de educación física itinerante, bautizado El país del viento (ver columna aparte).
La primera edición de su libro se vendió de forma digital. Era una extensión de bitácoras que la viajera escribía en el camino y entregaba en distintas ciudades. Pero con la segunda edición fue diferente. Se trataba de un libro físico, en papel, que Pamela produjo luego del accidente, en plena recuperación: “Fue mi manera de rehabilitarme —explica. Cuando me dieron el alta volví a Córdoba, pero era como un cactus, no me podía mover. Con la fisioterapeuta teníamos que empezar a hacer motricidad fina. Como podía mover las manos, me propuso tejer al crochet, coser… Por qué no cosés un libro, me dijo. Hice 500 ejemplares con ayuda de amigos, mejoré la técnica de cosido y los vendí casi todos.”
Poco a poco Pamela recuperó la movilidad. Y como durante ese proceso no podía hablar, escribía: “Incluí 2 capítulos para la nueva edición, donde explico el proyecto que me llevaría a pedalear por América y sobre la importancia del respeto al ciclista. En ese tiempo supe que a una colega ciclista la había matado un auto en Chile. Yo estoy viva a pesar de todo, no me puedo callar. No es fácil contar lo que sucedió ni cómo sucedió, traté de ponerle un costado lúdico y humorístico.”
La cordobesa admite que en la actualidad se sustenta gracias a las ventas de su libro: “Piensan que soy una extraterrestre —bromea— pero hacer lo que te apasiona es muy lindo, entregás todo, con o sin plata lo hacés igual. No tengo sponsors, los patrocinadores son esas personas que encuentro en el camino y que saben lo que vivo. Es cierto que no hay una remuneración económica pero hay otras cosas. He tenido sponsors en mi vida deportiva, pero todo se guiaba según ganaba tal carrera, me daban tal cosa. Si hacía eso con el viaje, se condicionaba todo.”
A Pamela le preguntan seguido cuándo decidió ser escritora. Ella contesta que jamás se lo propuso: “La gente necesita encasillar. Desde que era chica me gustaba escribir, pero me daba terror expresarme. Hoy cuando doy charlas no lo puedo creer, la sociabilidad fue una práctica en mi vida. Mi mamá me decía que era medio autista. Por eso en la montaña el silencio es mi compañero, no es mi molestia, la gente no tolera mucho eso.”
Del mismo modo, ella afirma que nunca decidió ser cicloturista: “No creo entrar en ese concepto. Pedaleo porque me gusta transportarme en bicicleta, me da libertad y me permite llegar a esos lugares donde no me dejan el bus, el auto o el avión.”

Mujer montaña
Al momento de hacer esta entrevista, Pamela todavía está en rehabilitación y tiene prohibido pedalear. Sin embargo, dice que caminar y colgarse una mochila ya es como volver a la ruta. Las palabras de aquel médico de Uruguay hasta le causan un poco de gracia: “Yo estaba intubada, con cánulas, fracturas, inmovilizada y lo miré como diciendo: si vos supieras que así atravesé 5.000 kilómetros y llegué a Ushuaia con nieve. Así y todo, pensé que si sentía que movía los dedos y los brazos y creía, iba a volver a caminar.”
La viajera cordobesa agrega que esas enseñanzas las obtuvo de su vida como escaladora: “En la montaña hay que ser y estar ahí. Una puede creer en los de afuera pero si no cree en sí misma es difícil. Si depositaras tu autoridad o seguridad en una casa, un auto o una persona, en un momento eso se caería del pedestal.”
Y lejos de negar los miedos que se presentan ante la adversidad, Pamela afirma: “Está buenazo tener miedo. A mí me da miedo la gente que dice que no tiene miedo porque vas ciega, te creés una súper heroína y te tirás a lo que venga. Pero hay distintos tipos de miedo. Está el potenciador, que te impulsa a hacer algo y el miedo que te paraliza y te impide hacer lo que querés. Ese no sirve.”
Hoy Pamela elige verse como una “mujer montaña”. Toma ese concepto de una ciclista salteña y dice que no quiere desconfiar de aquellas cosas que le dan libertad: “Los médicos y quienes me conocen creen que ya está, que se me pasó esa idea de ser nómade en bicicleta. Pero no. Estoy en proceso de recuperación. Y a las mujeres como yo les digo que se animen a todo lo que quieran hacer. No hace falta que crucen América en bicicleta. Que empiecen por cambios simples, uno no puede cambiar la sociedad pero sí puede hacerlo con su vida.”

EDUCACIÓN FÍSICA ITINERANTE
Enseñar con la cotidianeidad

El país del viento es el proyecto de educación física Itinerante en bicicleta que Pamela diseñó durante su viaje por Argentina. Consiste en llevar la educación del movimiento a todos los pueblos por los que pasa a través de talleres autogestivos de danzas populares, acrobacias en tela, juegos tradicionales y recreación, iniciación a la montaña o charlas ambientales.
La raíz de este proyecto surgió cuando ella vivía en Córdoba: “Bajaba de la montaña, de escalar o correr y siempre iba a ver a la gente del pueblo, qué hacían ahí, qué necesitaban —recuerda Pamela— y me encontraba con los chicos de las escuelas. Me decían que no tenían educación física, no sabían qué era.” A partir de aquellas experiencias la cordobesa trabajó en 3 escuelas de Córdoba con proyectos que luego fueron imitados en su periplo por la Patagonia: “Llevé adelante actividades con lo que había, con la cotidianeidad. Por ejemplo, si teníamos un río, veíamos cómo aprender a cruzarlo, la longitud, estudiábamos cartografía. Es importante que los maestros tengan la cabeza abierta y ganas de aprender. En esas experiencias el maestro Alejandro, de la escuela de la base del Cerro Champaquí, fue mi inspiración. Él venía de Buenos Aires y quería enseñar en lugares de difícil acceso, vivía en la escuela, era director, maestro y celador a la vez. En esos casos te convertís en el referente de la comunidad, siempre hay algo para hacer con los padres y la gente del pueblo. Es una entrega plena.”

Nota publicada en revista Biciclub Nº 275, noviembre 2017.

Si te gustó, compartilo con:

Hablamos sobre: Viajes en bici

Dejá tu comentario

Eres humano o robot? * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

iCONSEGUILA EN LOS KIOSCOS!

Nº 278 - Febrero 2018

NOTA DE TAPA
Mecánica para cicloturistas: cómo evitar roturas en una travesía
CICLISMO URBANO: Marcha contra la violencia vial en Buenos Aires
ENTREVISTAS: “Chueco” Gili y Germán Dorhmann
CICLOTURISMO: Pablo García en Indonesia [+]

    vac

    canaglia

    fullrace

    orbea

    optitech

    newton

    bici Up

    silva

    half concordia

    adsgoogle

    mov responsable