Entrenamiento: La desinformación de la sobreinformación

La plaga de la sobreinformación en el deporte amateur, que por contraste es utilizada con mucha precaución por los auténticos deportistas de alto rendimiento. La importancia de la utilización de los recursos tecnológicos de manera selectiva en el deporte amateur. 

Quienes lean esto pensarán que probablemente voy a escribir sobre el coronavirus y el exceso de información contradictoria que abunda en los medios de comunicación. Lejos está el presente articulo de referirse a la pandemia o a esta cuarentena sin fin. Sin embargo no puedo dejar de hacer un paralelismo entre la sobreinformación que tenemos hoy sobre el tema del Covid 19 y la sobreinformación a la que podemos acceder cada día más en nuestras salidas a entrenar.

Sucede que permanentemente aparecen más y más dispositivos tecnológicos al alcance de los deportistas. Estos dispositivos, lejos de echar luz sobre nuestro rendimiento, nos nublan el panorama, llenándonos de datos y más datos que la mayoría de las veces no sabemos ni podemos interpretar.

Puedo recordar cuando hace unos 5 o 6 años un alumno vino a mostrarme su Garmin Edge 500 inalámbrico y con tantos campos de información que se lo pedí prestado para llevármelo a casa y estudiarlo con detenimiento.

Por aquel entonces no me hubiera imaginado que “semejante” ciclocomputadora iba a quedar tan desactualizada apenas unos 3 o 4 años después.

Como entrenadora soy una agradecida de los avances tecnológicos que permiten hacer mi trabajo de modo más preciso y eficaz.

Allá por el “siglo pasado” (1995, cuando había vuelto de mi especialización en Alto Rendimiento en Alemania) todos los lunes a las 7 AM me juntaba con mis alumnos en una YPF de Villa Allende (ciudad en la que vivo) para entregarles en mano la hoja con los planes semanales de cada uno.

Si quería hacer un seguimiento en vivo de algún entrenamiento no me quedaba otra que perseguirlos en mi auto (hasta Alta Gracia, Carlos Paz, Río Ceballos o Jesús María) y acercarme cada 3 a 5 kilómetros para preguntarles el pulso, la cadencia, la velocidad promedio, etcétera.

En contraposición con aquella película en blanco y negro hoy puedo desde mi escritorio hacer un seguimiento en vivo de las variables de entrenamiento de un alumno que vive en Jujuy, de otro de Neuquén o de otros tantos en cualquier punto del interior de Córdoba.

Y no solo eso, por las noches puedo ingresar a las páginas de las diferentes aplicaciones que ellos utilizan para analizar detalladamente los resultados que arrojan los trabajos de calidad. Comparar un segmento de hoy con el mismo segmento de tres meses atrás o bien hacer una correlación pulso/watts en un trabajo en Zona 5 cardíaca de su FTP (Functional Threshold Power = umbral funcional de potencia).

Pero dicho todo esto, me gustaría compartir con los lectores un análisis un poco más integral de la utilización de las herramientas tecnológicas en deportistas amateurs.

No sin antes aclarar que, lejos de ser una crítica estéril, pretendo más bien poner en claro qué, cuándo, porqué y para qué necesitamos saber/conocer los datos que nos arrojan los diferentes dispositivos.

Deporte amateur vs deporte de alto rendimiento

Cuando hablamos del deporte de alto rendimiento hacemos referencias a aquellos deportistas que entrenan entre 6 a 8 horas diarias todo el año y que buscan como objetivo participar y destacarse en campeonatos continentales, mundiales u olímpicos o batir récords internacionales.

Quiero aclarar de entrada que ganar Río Pinto no es alto rendimiento, por más que muchos de los que hacen podio allí entrenen de 4 a 6 horas por día…

En lo personal, solo en el alto rendimiento sí justifico al cien por ciento la utilización de absolutamente todas las herramientas tecnológicas, no solo las de medición de variables fisiológicas sino también las de análisis biomecánico, las de hidratación, nutrición, suplementación (permitida, claro) y todas aquellas a las que podamos echar mano para lograr que ese deportista dé su cien por ciento en el momento en que lo tiene que dar.

Ahora bien, un deportista de 30, 35 o 40 años que se dedica por ejemplo al triatlón y que entrena 30 horas semanales o más…, pero ni siquiera baja las 9 horas en un ironman o las 4 horas en un half o las 2 horas en un olímpico, por más que sea el más rápido del grupo, del pueblo, de la ciudad y de la Argentina, si no está en una fecha ITU o entre los 10 en un Ironman oficial, eso definitivamente no es alto rendimiento.

Aclarado esto, no soy partidaria de utilizar toda la parafernalia de información de rendimiento en un deportista amateur. O al menos no de entrada.

Tengo una alumna que debutó en un ironman con 11 horas 15 minutos y tres años más tarde clasificó a Hawaii con 10 horas 18 minutos. Recién ahí le pedí que se comprase un potenciómetro.

Otro alumno bajó las 3 horas en el Pinto el año pasado, entrenando 4 veces por semana bici y 2 veces por semana fuerza. Hizo el tiempo que hizo sólo con un pulsómetro de Garmin. Recién este año se compró el potenciómetro.

Fui testigo presencial durante siete años (siendo entrenadora ayudante) del proceso que hizo la nadadora Georgina Bardach, quien llegó a ser medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Con ella su entrenador sólo hizo dos veces test de lactato. Todo lo demás fueron horas y horas y metros y metros nadando y “escuchando” su cuerpo.

Pasando en limpio lo anterior, a lo que me refiero es que como entrenadora elijo no tirar toda la carne al asador de entrada. Un deportista amateur debe primero conocerse (física y psíquicamente), y esto le puede llevar entre dos y cuatro años, dependiendo de las horas que le dedique a su entrenamiento.

Es por ello que siempre le digo a mis alumnos que tanto la bici como los cascos, los anteojos, las computadoras, los pedales y las trabas deben de ir “evolucionando” con la mejora progresiva del deportista. Porque ver una bici con cambios electrónicos en un deportista con 10 kilos de sobrepeso es poner el carro por delante del caballo.

Primero entrenemos, después vayamos evolucionando y utilizando las herramientas tecnológicas de modo selectivo y no de modo compulsivo.

Evaluación y medición

Muchas veces me ha pasado que algún alumno viene a decirme que le ofrecieron hacer una evaluación de laboratorio… En primer lugar,debo confesar que no me gusta que un médico le diga a mis alumnos que necesitan hacerse una valoración del rendimiento. Es como si yo les dijera a sus pacientes que necesitan hacerse un análisis de sangre y orina o una tomografía de cerebro.

Es decir… ¿con qué criterio le dicen que se tiene que evaluar?

Lo que sucede es que muchos de esos médicos o profesores o pseudo profesores que tienen máquinas para evaluar, también pedalean y se encuentran a mis alumnos en ruta en alguna salida de sábado. Y claro está, tienen que vender sus servicios.

Es por ello que destaco acá en Córdoba a un único centro de evaluación de rendimiento cuyo director habló directamente conmigo para ofrecerme para mis alumnos (en caso de que yo lo considerase necesario) una batería de tests y evaluaciones de laboratorio.

A esto le llamo ética profesional.

Dicho esto, me detengo en este tema porque se están poniendo muy de moda las evaluaciones y tests de rendimiento en laboratorios  y gimnasios.

El sábado pasado escuchaba un vivo entre Javier Capitaine y Oscar Galíndez. Javier entrenó a Oscar por casi 10 años y con él Oscar consiguió el campeonato del mundo de duatlón en Cancún 95. Una frase que me quedó de Javier en esa charla fue la siguiente: “Lo importante no es saber cuál es tu VO2 o tu FTP, lo importante es ver qué podes hacer con eso.” Comparto cien por ciento esta afirmación.

Y a esto yo le agregaría que si tengo un deportista con 7 kilos de más, como entrenadora debo tomar decisiones. Entre estas decisiones está el elegir qué evaluar y para qué.

En un caso como éste elijo, en lugar de un test de Consumo Máximo (que me arroja un número de, por ejemplo, 46 ml/kg/min) hacer tres antropometrías en un semestre para ver cómo evoluciona la relación grasa/músculo. Ya que no tengo la menor duda de que si este deportista baja en cuatro meses de 23% de grasa a 20% y a la vez aumenta su masa muscular de 41 a 43%, indefectiblemente su valor de VO2 max también mejorará.

Y para esto no necesito pagar 3000 pesos ni someter a la persona a una evaluación de laboratorio.

Algo similar me sucede cuando un deportista que hace cuatro horas en el Pinto me pregunta si le serviría comprarse un potenciómetro, el “garmin cienmil con mapa tridimensional y en colores pastel”. Mi respuesta es simple: primero acércate a las tres horas y después cambiá el Garmin.

Lo que sucede es que los deportistas comienzan a marearse y a creer que es más importante bajar el entrenamiento a la página de Garmin que entrenarse. Es más importante saber si pedalearon de modo fluido y equilibrado con ambas piernas durante las tres horas que prestar atención a los pulsos, a la frecuencia respiratoria y a saber cuándo y con qué relación deben pararse en los pedales para una subida de 4 kilomtreos y 2% de inclinación.

Comienzan a perderse en un mundo de datos, números y valores y se olvidan de lo más importante: prestar atención a sus propias sensaciones, aprender a leer de dónde viene el viento, saber cuál es la fuga buena o elegir muy bien la rueda que lo lleve exigido pero sin explotarse.

Con casi 50 años de edad y 30 como entrenadora, tengo la sensación de que estamos perdiéndonos en un laberinto de información que lejos de informarnos  nos desinforma. Porque es verdaderamente imposible analizar de cada salida de 30, 40 o más deportistas una treintena de datos y sacar conclusiones para tomar las decisiones acertadas.

Un programa de una computadora es claramente superior a la mente humana para procesar datos. De eso no hay duda. Pero ninguna computadora ni ningún programa podrá jamás describir ni transmitir sensaciones.

Aquellas como las de una crono con viento a favor o de una trepada con viento en contra, o de una fuga en un pelotón que trabajó parejito, o de la rueda perfecta que me llevó por todo el perilago sin gastar un gramo de energía propia…

Las computadoras nos arrojan datos, sólo eso, números fríos y vacíos de contenido emocional. Y no tengo dudas de que tarde o temprano, cuando pase la emoción de lo nuevo, de saber que tengo 46 o 50 mililitros por kilogramo de peso por minuto (VO2), que mi FTP es de 360 watts o que mi Zona 5 cardíaca está a 172 pulsaciones, cuando pase el furor por el saber y el comparar números, volverá el placer de disfrutar de una salida en pelotón con un grupo de amigos, de una charla cómplice con una amiga trepando el Observatorio en una siesta de otoño, de una previa a una carrera durante un fin de semana de noviembre, haciendo noche en Mina Clavero y regresando al otro día, después del asado con fernet…

Cuando podamos levantar la cabeza y sacar la vista de tanta pantalla con luz artificial, miraremos al cielo nuevamente y nos dejaremos encandilar  por un sol primaveral. Y sólo allí nos daremos cuenta que después de todo tener un FTP de 360 watts no era tan importante. Lo verdaderamente importante era y serán los momentos compartidos arriba de la bici y debajo de ella.

Porque a esta altura de mi vida estoy convencida de que entre los deportistas amateurs el compartir buenos momentos será siempre el motor principal de esta pasión. ¡Todo lo demás son simples actores de reparto!


Por Elisa Lapenta: entrenadora de afamados deportistas de alto rendimiento | (0351)15-6225243 | elisalapentah3o@hotmail.com | h3o Sports