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La ansiedad antes de las carreras

Fecha: 19.09.2017

Quienes hemos competido o competimos actualmente hemos experimentado un estado general de nerviosismo durante los días previos a la carrera y hasta en la misma línea de largada. Tener dificultad para conciliar el sueño la noche anterior, tener que ir varias veces al baño o incluso sentir unas ganas incontrolables de desaparecer son algunas de las cosas que experimentamos antes de la carrera. Existen deportistas que controlan muy bien estos impulsos y otros a quienes estos niveles de nerviosismo les juegan una mala pasada y les hacen cometer errores impensados o producir una merma en su rendimiento en comparación con lo que sucede en los entrenamientos de apenas unos días antes.
La ansiedad es parte constitutiva de las carreras. Sin embargo no es patrimonio exclusivo de los deportistas en situación competitiva. Cualquier circunstancia humana puede verse impregnada por un nivel dado de ansiedad. Y claramente la personalidad de cada uno de nosotros marca una tendencia general de cómo reaccionamos ante dichas situaciones. Hay personas que en estados de estrés y ansiedad potencian sus capacidades resolutivas y otras que, por el contrario, se inhiben y cometen errores inusuales. En términos generales las dos reacciones psíquicas ante un estado de ansiedad son huir o pelear. De esto derivan las diferentes acciones positivas o negativas que tomamos en estas situaciones.
En la actividad deportiva, la ansiedad es particularmente amplia por el hecho de que aquí la persona posee un antecedente considerable de carga física y neuropsíquica en las sesiones de entrenamiento y competición, estando constantemente sometida a la actuación de las más variadas influencias interpersonales y ambientales (Straub, 1978).
La ansiedad es un fenómeno natural y esencial para la supervivencia. Ante una situación de peligro real o imaginado el organismo pone en marcha una reacción en cadena de respuestas fisiológicas que lo preparan para la lucha o la huida. Así pues se libera adrenalina al torrente sanguíneo, los músculos se tensan, la sangre es redireccionada principalmente a los músculos y el hígado rellena dicha sangre con azúcar (glucógeno) para que los músculos puedan actuar con más fuerza. La respiración es más profunda y los pulsos se aceleran. Todo esto sucede de un modo automático, sin que tengamos que hacer absolutamente nada para generar esta cadena de acontecimientos fisiológicos que nos dejan en un estado de alerta superior. Es en esa fracción de segundo en la que se percibe, ve u oye el peligro en que se disparan todos estos mecanismos. Y todos los mamíferos la tienen.
Sólo que los seres humanos tenemos una “dificultad” suplementaria: podemos pensar. Y en esos pensamientos hasta podemos imaginarnos en situaciones de riesgo que no son tales.
Entre mis alumnos tengo una triatleta -Natalia Margara- que cuando comenzó conmigo no sabía nadar. Aprendió de grande y cada vez que tenía que correr un triatlón la pasaba mal, muy mal, en el agua. Lograr que dominara esa ansiedad que la paralizaba en aguas abiertas fue un trabajo casi tan largo e intenso como el mismo entrenamiento físico.
Hubo dos factores que le ayudaron a superarla. Dice Natalia que mientras estaba en la largada de un ironman en el exterior nos mensajeamos. Ella me comentó que se sentía muy nerviosa porque el mar estaba bravo y que yo le contesté que “el que sabe nadar no se ahoga, puede que trague más agua pero no se ahoga. Y menos en una carrera con cientos de kayaks haciendo la asistencia”. Esa frase la tranquilizó. Pero si vamos a lo más profundo de los acontecimientos, yo creo que Natalia definitivamente le perdió el miedo al agua una tarde que fue al dique de Río Ceballos con su hija a nadar. Estaban ellas solas, con los torpedos salvavidas, como siempre les digo a mis alumnos, y hubo una situación con unos yuyos en que la hija se enredó una pierna y ella fue inmediatamente a ayudarla. Si bien no existió peligro de nada, estoy convencida de que esa tarde, al ser Natalia la responsable de la seguridad de su hija, “se olvidó” de los nervios que ella misma sentía al nadar.
Otro caso cercano fue el de un triatleta de San Francisco, Córdoba, a quien directamente se le cerraba el pecho en toda largada de tria, al punto de que debía volver a la costa a buscar el puf para abrirse los bronquios con un disparo. Este chico logró superar esa ansiedad con un psicólogo deportivo de Santa Fe. Así como en experimentos con animales se comprobó que hay algunos ejemplares más nerviosos que otros, en los humanos pasa exactamente lo mismo. Hay personas más propensas a experimentar estados de ansiedad más intensos que otras. La buena noticia es que se puede controlar con metodologías específicas de control de la ansiedad.

Texto: Elisa Lapenta
Lee la nota completa en nuestra edición de septiembre de Biciclub N° 273


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Hablamos sobre: Deporte, Elisa Lapenta

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