Conectá con nosotros

Cicloturismo

La increíble experiencia de cruzar el Sahara en bicicleta

Publicado

el

Dejar la ruta de Marruecos con sus pueblos abarrotados de mercados callejeros no fue nada fácil. Me había adueñado de esos bares donde el olor a tajine y verduras con especies saciaban cada día de esfuerzo. El tener las alforjas llenas de frutos secos como almendras, avellanas, duraznos o nueces me generaba tranquilidad, en especial cuando la civilización se alejaba durante varias horas.
Guelmin es considerada la puerta al Sáhara, esa porción de la tierra que pocos se animan a cruzar en bicicleta en verano, con 45ºC grados y en soledad. Sin embargo, el tiempo me enseñaría que la soledad es la mejor compañía y que el calor asfixiante tiene como extra quebrarte los labios por la sequedad y mantener las botellas de agua tan calientes que a veces es difícil beber.

Pero de eso iba este viaje que había empezado un año atrás cerca de Finlandia. Una mañana, mientras estaba desarmando la carpa detrás de una duna, fui testigo de una manada de camellos cruzando el desierto.

Me sorprendió su andar lento pero seguro al mismo tiempo, lo que me llevó a reflexionar acerca de como tenía que avanzar los próximos 3.500 kilómetros.
Las tierras saharauis, ese pedazo del mundo olvidado por la gran mayoría es uno de los sitios más sorprendentes para pedalear. Hay mañanas donde el sol te acompaña con luces suaves con el océano Atlántico al costado. Hay tardes donde una recta infinita se vuelve tan monótona que el esfuerzo es mas mental que físico. Hay días donde no pasa nada. Hay días donde el dorado de la arena se fusiona con una jaima, carpa beduina. Y hay días inolvidables: son cuando llega de Argelia el harmatan, la famosa tormenta de arena.

En una de ellas me encontraba a pocos kilómetros de llegar a la frontera con Mauritania. Cuando los ojos, orejas y nariz se cubren de polvo, arena y viento caliente a pesar de llevar turbante uno entiende que pedalear es inútil. Recuerdo que esas tres horas acostado en la arena esperando a que pasara la tormenta se hicieron eternas. Pero justamente son esos los momentos donde uno valora las cosas mas pequeñas y sencillas. Las cotidianas. Estar sentado con un café viendo el mar. Pedalear con viento a favor. Conversar con extraños y que te inviten a sus casas, etcétera.
Entrar a Mauritania, país #95 en esta vuelta al mundo, fue otra cachetada de la realidad. Si bien había vivenciado lo que es la pobreza de Afganistán, India, Haití o Uganda, el ver a una cabra comiendo cartón y a un grupo de chicos saltando descalzos en un basural no me pasó inadvertido. Bienvenidos al África negra, bienvenidos al África de verdad, pensé.

A pesar de las adversidades, el africano lleva una sonrisa pegada en la cara y siempre, sin importar el lugar o la hora, la hospitalidad pareciera ser su común denominador. Hay pocos destinos en el mundo donde la empatía está tan a flor de piel y el acampar en una comunidad o aldea es tan sencillo como acerarse a conversar unos minutos con el jefe y ser aceptado como uno más.

Es verdad que antes de empezar el viaje estaba lleno de miedos y dudas sobre este continente, en especial en cómo sería cruzar el desierto de Sahara. Sin embargo, a medida que me acercaba a Dakar, Senegal (e iba dejando la ruta con dunas), sentía una confusión de emociones. No solo por haberlo logrado sino porque esa paz tan abrumadora no estaría durante el resto del recorrido. Y así fue.
Si están pensando en vivir una experiencia única, épica, irrepetible y que les marque para el resto de sus vidas, les aseguro que cruzar un desierto en soledad es una de ellas. Porque tan solo se necesitan dos cosas: una bicicleta y confiar en que es posible.
La aventura tuvo una pausa cuando estaba cerca de la frontera con Ghana. Dejé Costa de Marfil a causa de la pandemia y enfermo de malaria cerebral. El regreso a Europa no fue el esperado, pero como dice la canción…: el show debe continuar.
Ahora estoy en Buenos Aires organizando paseos culturales en bicicleta junto a Mariela Cavallo, una guía de turismo experta en contar historias de esta hermosa ciudad. Organizamos paseos de dificultad baja (6 km) con paradas, donde ademas ofrecemos tips de fotografía y mecánica de bici. El paseo finaliza en el lago regatas de Palermo donde los invitamos con un pícnic saludable, un juego sorpresa y les contamos cómo organizar un viaje en bici por el mundo.
Además estoy dando cursos de fotografía de viajes en forma online (vía Zoom).

 

Por Esteban Mazzoncini | esteban.mazzoncini@gmail.com | unviajerocurioso.com | (+54911) 5125-6358 | Instagram/estebanmazzoncini

Continua leyendo
Publicidad
Click para comentar

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cicloturismo

Se llaman La Vida de Viaje y han logrado vivir para viajar y viajar para vivir

Publicado

el

En pareja desde hace 10 años, nacieron en la ciudad de Buenos Aires en 1987 con poco más de un mes de diferencia: Jime Sánchez el 7 de octubre y Andrés Calla el 25 de noviembre. Ambos estudiaron Comunicación Social y Publicidad, fruto de lo cual hoy se desempeñan como creadores de contenidos, ella como escritora y él como fotógrafo. Tienen el auspicio de Venzo Argentina y Spot Latinoamérica.
Desde muy chicos se treparon a la bici y ya en pareja, en el año 2013, comenzaron a viajar con un primer objetivo grande: unir la Argentina de punta a punta, desde Ushuaia hasta La Quiaca, cosa que concretaron, aunque no les bastó.

Fue así que en el 2015 recorrieron el Centro y Litoral de Argentina (2015), en 2017 hicieron la Carretera Austral chilena, en 2018 un bikerafting por el río Santa Cruz y un bikepacking por el sur de Mendoza y el norte neuquino, en 2019 la Isla de Tierra del Fuego, y ya en pandemia un bikepacking por el Parque Nacional Lanín y otro por Salta. Hoy tienen como objetivo publicar el libro de estos 10 años de viajes y seguir recorriendo las rutas escénicas de Argentina y sus Parques Nacionales.
Muchos de sus viajes los contaron en Biciclub, pero en esta ocasión les ofrecimos responder a un ping pong de preguntas y respuestas. He aquí el resultado.

¿Cuál es el origen de su proyecto?
Nuestro proyecto se llama La Vida de Viaje y nació cuando Andrés se preguntó, con cámara en mano y haciendo dedo en una banquina en Bolivia, después de su primer viaje como mochilero, qué podría hacer para vivir la vida de viaje.

¿Por qué viajan? ¿Qué están buscando?
Viajamos porque nos sentimos cómodos en la incertidumbre, porque estar en la naturaleza es volver al mundo real, porque viajando nos volvemos más conscientes. Viajamos para conocernos y para demostrarnos que otra vida es posible.

¿Preferían viajar solos o acompañados? ¿Por qué?
Desde que empezamos a viajar lo hacemos de a dos. Y si bien tenemos pendiente vivir la experiencia de hacer alguna travesía en soledad, nos gusta acompañarnos, conversar sobre lo que vamos sintiendo mientras avanzamos y seguir sumando figuritas en nuestro álbum de vida compartido.

¿Qué sentimientos afloran en el camino?
Mucha paz, satisfacción, alegría.

Su primera bici.
Tuvimos cada uno una bici con rueditas con las que solíamos pedalear por el barrio. Creemos que las mismas sensaciones que sentíamos de chicos aún hoy siguen latentes cuando pedaleamos en la naturaleza.

Su primer viaje.
Del 7 de enero al 7 de octubre de 2013 desde Ushuaia hasta La Quiaca, siguiendo la Ruta 40.

Su primera bici de viaje y primer equipamiento de viaje.
Dos Venzo Ahead rodado 26 de 24 velocidades y dos juegos de alforjas Ortlieb usadas que nos acompañaron los primeros cuatro años hasta que nos convertirnos en sus embajadores y pudimos renovar todo el equipo.

¿Hasta dónde llegan con la mecánica?
Hasta lo básico e indispensable para poder ir resolviendo los problemas más típicos que se pueden presentar en un viaje. Es decir, todo lo que se pueda resolver con una multiherramienta, sacacubiertas y parches.

¿Cómo financian sus viajes?
Trabajando con marcas, vendiendo servicios de escritura y fotografía, dictando talleres de escritura online.

Un momento de viaje en que peor se sintieron.
En el sur de Santa Cruz, en plena tormenta de viento de más de 80 km/h. Nos sentimos completamente superados por la situación y sin poder hacer nada más que refugiarnos en un pequeño puesto de estancia y esperar.

Un momento de viaje en que mejor se sintieron.
Cuando llegamos a la tan ansiada La Quiaca, después de más de 6 mil y pico de kilómetros. Ahí nos dimos cuenta que podíamos hacer cualquier cosa que nos propusiésemos.

Su destino o recorrido preferido.
Sin duda la Carretera Austral, porque en 1247 kilómetros hay una intensidad de paisajes y de mixtura de naturaleza increíble: bosque siempre verde, glaciares colgantes, estepa, montañas, ríos, lagos. Y puede que también sea el próximo recorrido que hagamos, porque por algo lo estamos pensando y planificando.

¿Hacer kilómetros o conocer?
Conocer, conocer y conocer. Hace rato que dejamos de hacer kilómetros para contarlos. Ahora pedaleamos para mantenernos en movimiento y, sobre todo, mantener viva la curiosidad.

Bicicletas actuales (marca y modelo).
Dos Venzo Zeth y dos Venzo Traveler.

Equipamiento actual para viajes.
Con el tiempo nos volvimos más minimalistas, por eso desde hace tres años viajamos a modo bikepacking, tratando de llevar lo justo y necesario en nuestras travesías.

Nuestra meta como viajeros es llegar a…
No queremos llegar a ningún lugar en particular. Lo que buscamos es ser lo más simples y libres posibles, y eso no depende de ninguna geografía sino de una sensación que se siente en cualquier lugar cerca de la naturaleza.

lavidadeviaje.com | @lavidadeviaje

Continua leyendo

Cicloturismo

La vida simple: un recorrido en bici por La Granja, Agua de Oro, Candonga y Ascochinga (Córdoba)

Publicado

el

Este es nuestro diario de viaje desde La Granja pasando por La Candonga, el viejo camino a La Cumbre y Ascochinga, en la provincia de Córdoba. O lo que nosotros llamamos: el regreso a una vida simple.

5 de marzo, 10:35 hs. Siento la bici liviana, a pesar de sus casi 20 kilos. Pedaleamos por una ruta de asfalto, y mientras los autos pasan rápido, yo voy más lento que lo normal como una manera de volver a conectar con el ritmo pausado de la bici. Le sonrío a quienes manejan y me devuelven el saludo con pulgares y brazos arriba. Frenamos a hacer compras: un salame, un queso de cabra, dos botellas de agua. La gente nos mira: siempre me da la sensación de que así vestidos y con las bicis cargadas parecemos dos extraterrestres. Doblamos por una calle de tierra y encaramos para el camino de Candonga.

14:30 hs. El calor es como el vaho de un sauna y las pocas brisas que soplan son un fuego. A pesar de eso (que poco importa después de un año de no movimiento), el camino zigzaguea entre las sierras chicas. El paisaje es tierra, piedras y monte. Vemos algunas casitas desparramadas por el valle y cuando doblamos hacia la izquierda, aparece un arroyo que larga un vientito frío que nos refresca entre tanto verano. Por la altura del sol hay muy poca sombra, y cuando la encontramos la aprovechamos para descansar y tomar agua. Aunque el camino baje, suba y vuelva a subir, nos sentimos a gusto.

Frenamos en Candonga, al lado de una capilla que es reliquia de la época colonial, y sacamos de los bolsos el pan casero, el queso de cabra y un tomate. En el árbol que está justo encima nuestro reconocemos una catita serrana chica y al lado, un nido de cuatro entradas hecho con ramitas y espinillos. Desde adentro otra catita, con su cabeza verde brillante, nos mira el almuerzo.

15:22 hs. Salimos de Candonga y el desafío es esquivar piedras. Subimos hasta estar a la misma altura que todas las sierras que están alrededor. Cuando mi cabeza deja de estar en las piernas, me pongo a pensar en cuánto naturalizamos el movimiento cuando pasamos mucho tiempo de viaje y en lo que pasa cuando parás por un tiempo y volvés: te das cuenta que el placer del movimiento es una necesidad. Escuchar pajaritos, mirar vacas porque sí, jugar con los nombres de los árboles y las flores. Yo lo llamo: el regreso a una vida simple.

[no sé el horario] El sol sigue siendo un fuego. Seguimos subiendo y las curvas y contracurvas son cada vez más sucesivas. El camino se vuelve cada vez más solitario y verde, hay nubes grandes y pomposas, aparecen más caballos y más vacas y más sierras onduladas y más altura. Las piernas ya no quieren ninguna cuesta más. Vamos 35 kilómetros y sabemos que después de esta subida constante de 6 kilómetros empieza la bajada hasta un río. Ahí mismo y al lado de un fogón, acampamos.

6 de marzo, no sé qué hora es. En el movimiento el tiempo se disuelve. Hoy me levanté de la carpa en sombra, todavía el sol no iluminaba ni el río ni la sierrita que tenemos en frente. Me gusta la lentitud de la mañana cuando ni siquiera los pájaros están despiertos. Aprovecho para sentarme en una piedra y leer “Mi Montaña” de Eider Elizegi y ella también, en su diario, repiensa al tiempo mientras pasa un verano en un refugio en el Mont Blanc. Escribe: “los días se suceden sin distintivos, se visten con la misma ropa, transcurren homogéneos aunque improvisen sobre la marcha los detalles mínimos que los caracterizan. Ayer fue un día igual a hoy, y mañana será otro día similar, que solo se diferenciará por la forma que adquieran las nubes y la nieve, y por la manera en la que se desenvuelvan sus sucesos cotidianos”.

Y eso es lo que siento cuando estamos en movimiento: los días pasan, el clima es lo único que cambia, y a veces, nuestras sensaciones. No sucede ningún hecho extraordinario más allá del paisaje y del asombro por la naturaleza que vamos descubriendo. Quizá por eso ya no digo “nos vamos de viaje” o “volvemos a viajar” si no “volvemos al movimiento” porque el viaje, como algo extraordinario, ya no lo es para nosotros. El movimiento forma parte de. Es un hecho que va sucediendo. ¿Acaso siempre tiene que pasar algo para escribirlo, para vivirlo? Porque si solo nos detenemos en las excepciones, ¿quién escribe la voz de las mañanas, los misterios de las sierras, la profundidad de los arroyos? Retratar la sutileza de las aves, conocer sus nombres, detenerme con el tiempo al costado del camino. Eider lo dejó todo para relatar montañas. Yo, naturaleza.
El movimiento también es esto: armar la carpa a las cinco de la tarde porque el lugar te gustó, tomar unos matecitos con pan con miel mirando el atardecer, detenerte en el medio del camino porque te llamó la atención un pájaro, frenar en una curva para escribir, cocinar fideos a la luz de una headlight, salir de la carpa solo para ver bichitos de luz, mirar el cielo y quedarte con una foto mental de la vía láctea, ver las fotos del día como una manera de revivirlas, descansar con la brisa del viento hasta el próximo amanecer.

Cerca de las 13:30 hs. Desde donde estamos no llegamos a ver por dónde sigue el camino. Se pierde entre pastos altos y árboles bajos. Pedaleo atenta para esquivar los bichitos que quieren cruzar el monte de lado a lado. Hoy el sol no sofoca tanto como ayer, si bien está fuerte, se camufla con el viento.

Veo tres caballos juntos tomando agua y un cuarto moviendo la cola y relinchándole a otro que no sé dónde está. Lo escucho, subo con los ojos por el cerro de enfrente y no lo veo. Al ratito se deja ver cuando camina abriéndose paso entre piedras enormes. Caballo gris entre piedras grises mimetizado con el paisaje. Vuelan mariposas blancas entre los plumeritos que escoltan el camino. Hasta ahora solo pasaron tres motos y tres ciclistas. El suelo sigue roto, por momentos la tierra es piedra lisa y surcada. A esta hora, suele nublarse. Y cuando levanto la vista, ya van llegando las primeras nubes.

Cerca de las 18:30 hs. El camino se agrieta cada vez más. Hay surcos y piedras de todos los tamaños que nos obligan a pedalear con cuidado. A pesar de esto (que no es más que una característica y no una complejidad) estamos fascinados con el paisaje. A medida que avanzamos se vuelve más verde, hay tramos de monte cerrado y túneles de árboles como pasadizos secretos.

También hay valles profundos y simétricos. Hoy vi grillos saltando de un lado a otro, una familia de langostas, mariposas amarillas y verdes y blancas, un pájaro de cola larga y un bichito de tres alas que hace el mismo sonido que un teléfono antiguo (de esos que había que poner el dedo en una ranurita para discar un número). La luz dorada sobre los cerros y la ciudad iluminada de lejos fueron el punto dulce de un día de 35 kilómetros. Respiro profundo y suspiro: es un acto inconsciente y espontáneo que me nace solo cuando me siento plena.

7 de marzo, casi las siete de la mañana. Me despierto con ganas de hacer pis y lo tomo como excusa para levantarme y ver el amanecer. Entre penumbras, veo claros de agua que ayer no se dejaban ver y algunas lucecitas encendidas de la ciudad de Córdoba muy muy lejos. Lo despierto a Andrés y aprovechamos para sacar algunas fotos. Aprovecho para recibir al sol con el pecho abierto, receptivo. Desayunamos pan con miel y frutas, y todo es tan simple, todo tan armonioso. Todo tan. Empezamos a pedalear con el sol bien alto y pegajoso, por suerte este último tramo es en bajada. Vemos autos estacionados y un cartel que dice “Reserva natural”.

Entramos. Llegamos a una playa de piedras y a un río con tres cascadas.
Es la primera vez en no sé cuántos años que me meto en un río cordobés y cumplo mi objetivo de terminar esta travesía con el cuerpo bajo el agua.

Al rato volvemos a pedalear y volvemos a frenar en otro río. Encuentro dos piedras, una al lado de la otra, y me siento. Hago la plancha, sumerjo la cabeza, me siento, me paro, me voy a la costa, me paro, vuelvo a las dos piedras, me siento. Me siento. Contemplo la calma de un día liviano. Todo, en este viaje, lo fue. Y así me siento: como el río ondulándose flexible sobre las piedras, como el monte cuando es sombra para los pájaros, como la brisa que corre debajo del puente y me suaviza la cara.

Ficha de ruta
Kilómetros: 82.
Lugar: Córdoba, Argentina.
Tipo de recorrido: circular.
Ruta: 80% ripio, 20% asfalto.
Itinerario: La Granja > Agua de Oro > Candonga > Ascochinga > La Granja.
Cuándo: todo el año.
Tiempo recomendado: 2 días / una noche (en el km 32.5 hay un excelente lugar para acampar).
Comida: antes de dejar el asfalto, las dos ciudades cabeceras, Agua de Oro o Ascochinga son las únicas opciones.
Agua: se cruzan varias vertientes/arroyos.

Textos: Jimena Sánchez | Fotos: Andrés Calla

lavidadeviaje.com | Instagram @lavidadeviaje

Continua leyendo

Cicloturismo

Viajeros: Galicia y Asturias en tiempos de pandemia

Publicado

el

Me habían hablado del norte de España, especialmente de las bellezas de Galicia y Asturias. También de lo difícil que sería recorrer esa geografía en bicicleta y con 60 kilos de equipaje. Sin embargo, después de atravesar los Pirineos, los Cárpatos y soportar varias tormentas de arena por el desierto de Sahara hacia Mauritania, los obstáculos no eran un problema sino un desafío, como bien dicen en África.
Durante la etapa anterior había recorrido el sur y centro de España y el objetivo de este viaje era visitar el norte para completar la vuelta. El calor de la región de Extremadura, con sus 41 grados, fue la primera sorpresa, a pesar de tener pocos kilómetros con grandes subidas. Por suerte, durante el verano las temperaturas son mucho más agradables en el norte.
Una de las cosas que me había propuesto era viajar a la velocidad del disfrute. Ya no estaba preocupado por cuántos kilómetros podría hacer en un día, sino ser consciente de que estaba pedaleando en tiempos de pandemia (COVID-19) y que por suerte España era uno de los pocos países que permitía viajar nuevamente.
En algunas ocasiones me detenía durante varias horas a la orilla de un río, en un lago o embalse, para refrescarme, sin importar en dónde me atraparía la noche. Bajo esa modalidad y un poco por los consejos de los lugareños llegué a la isla de Arosa, que así la llaman aunque en realidad esté conectada por un larguísimo puente.
La isla está dividida en dos partes. Una donde se ubica el pueblo de Arosa y la segunda enmarcada por el Parque Natural de Carreirón, una zona de bosques, innumerables playas y varios senderos para hacer cicloturismo.


La magia de los viajes hizo que cuando estaba por sacar el equipo de acampada me encontrara con Armando y Flor, una pareja de gallegos muy simpática pero sobre todo muy amable. La hospitalidad está a flor de piel en esta comunidad de España, por lo que es muy común que te inviten a comer o incluso a dormir unos días en su casa, como terminé experimentando. Eso me permitió no solo conocer más de cerca la cultura de Galicia, sino el islote Guidoiro Areoso, el cual se encuentra a solo 45 minutos de navegación en kayak. Es la síntesis del paraíso: agua calma y turquesa, contacto con la naturaleza y anidamiento de cientos de aves.
A una velocidad promedio de 12 km/h continué el recorrido atravesando destinos turísticos como Santiago de Compostela y La Coruña para llegar a los asombrosos acantilados de Loiba, donde se encuentra supuestamente el banco con la mejor vista del mundo (N. de la R.: se trata de bancos de madera al borde del acantilado).
Tanto me habían hablado de este lugar que temía que mis expectativas se derrumbaran al llegar. Pero increíblemente el paisaje hizo que me quedara con la boca abierta durante varios segundos. Era increíble ver cómo las enormes olas rompían contra las piedras, las formaciones rocosas dando lugar a cuevas y la inmensidad del mar Cantábrico perdiéndose en el horizonte. Se dice que en Galicia la llovizna de verano es tan común que es parte del viaje, pero un clima atípico me recibía con una seguidilla de días soleados y con temperaturas agradables.
El banco de Loiba existe y las vistas que desde allí se tienen son verdaderamente increíbles, pero fue más adelante donde encontré los mejores escenarios de toda Galicia. Durante mi recorrido atravesé la Ría da Foz, descubrí la playa de las Catedrales y me detuve varios días en Puerto de Vega para pedalear a la par del mar y en compañía de verdes praderas. La gran ventaja de viajar en bicicleta bordeando los pueblitos que dan al mar es que los desniveles son relativamente bajos.
Sin embargo, la etapa más dura llegaría en los famosos Picos de Europa, donde su parque nacional recibe a los majestuosos lagos de Covadonga, aventura que les contaré más adelante.


A tener en cuenta: es posible seguir la ruta de los peregrinos del Camino de Santiago, que por momentos es la Eurovelo Nº 3, aunque también es interesante salir de los caminos marcados y aventurarse por senderos secundarios. Lo mejor del viaje Sin embargo, la etapa más dura llegaría en los famosos Picos de Europa, donde su parque nacional recibe a los majestuosos lagos de Covadonga, aventura que les contaré más adelante.
A tener en cuenta: es posible seguir la ruta de los peregrinos del Camino de Santiago, que por momentos es la Eurovelo Nº 3, aunque también es interesante salir de los caminos marcados y aventurarse por senderos secundarios. Lo mejor del viaje fue hacer camping libre en los bosques que ofrece la región.
Otra ruta del camino de Santiago muy pintoresca es el camino del norte, o francés, que en agosto 2020 estaba muy tranquilo debido a la poca cantidad de turismo extranjero.

 

EN SÍNTESIS
Fecha: Primavera/verano 2020
Distancia: 273 kilómetros
Contacto: esteban.mazzoncini@gmail.com | unviajerocurioso.com | y @estebanmazzoncini


 

Un curso online para
sacar fotos de viaje

Esteban Mazzoncini es fotógrafo, escritor y Profesor de Educación Física. Vivir para viajar es lo que más le gusta hacer. Explorar nuevos destinos es su mejor manera de disfrutar de la vida, pero además da cursos de fotografía de viajes en forma online (vía Zoom)

estebanmazzoncini@gmail.com | (+54911) 5125-6358

Continua leyendo

Cicloturismo

Sudamérica entrañable IV: Colombia

Publicado

el

Ingresé a Colombia por Ipiales, desde donde la Cordillera de los Andes se ramifica en tres: la occidental, pegada al Océano Pacífico; la oriental, que llega hasta Venezuela y por la que me moví yo; y la cadena central.
Aunque los argentinos nos vanagloriemos de nuestra calidez y apertura social, debemos aceptar que tenemos el segundo puesto en ese partido. Colombia fue por lejos el país en el que más cerca de la gente me sentí, en donde en más casas de familia me alojé; todo esto sumado a que el ciclismo lo tienen casi al mismo nivel que el fútbol. Esto genera que, en cualquier pueblo y por más chico que sea, haya una tienda de bicis con todo tipo de repuestos y grupos de ciclismo. Me cruzaba con pelotones casi a diario y de la misma manera que a mí me sorprendía la velocidad que llegaban a desarrollar, ellos no podían creer que mi bici pesase 45 kilos frente a las maravillas de carbono de nueve kilos sobre las que pedaleaban. Esto siempre era motivo de risas y cargadas.
Los primeros días se sucedieron por montañas con un hermoso clima, entre frutales y cafetales. Luego otros transitando por el valle del Cauca para finalmente llegar a la capital de la salsa, Cali, donde por supuesto tomé clases (en vano).


Durante varios kilómetros me crucé con una situación muy triste, que parecía intensificarse cada vez más. Se trataba de caminantes, cientos de venezolanos en grupos de amigos, familias, niños, bebes en coches, caminando al lado de la ruta, llevando sólo lo puesto y durmiendo en plazas o en mitad de la nada. Para ellos el objetivo era salir de su país, pero como Colombia ya estaba saturada, se hacía cada vez más difícil conseguir algo para ganarse la vida, de modo que seguían bajando: Ecuador, Perú…
Desde hacía unas semanas, para ingresar a Ecuador les pedían 25 dólares de “visado”, así que había algunos que iban y otros que volvían de la frontera Colombia-Ecuador. Los que volvían sobre sus pasos era simplemente por no contar con ese dinero. Compartí charlas con muchos venezolanos: abogados, médicos, ingenieros, adolescentes, ancianos, todos emigrantes. Sobre cada situación se podría escribir innumerables páginas de resiliencia, pero por ahora sólo me quedo con el sabor de una realidad que cuesta asimilar.
Siguiendo al norte desvié de la Panamericana para entrar al eje cafetero, con pequeños poblados rodeados de cafetales y casitas de colores. Me entretenía en senderos de montaña solitarios, metidos en una cerrada vegetación, algo simplemente magnífico.
Seguí explorando caminos, a veces acertando, otras insultando. Por esos días se comentaba en todo el país que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) habían vuelto a levantarse, lo que finalmente terminó por confirmarse.


Éstas suelen hacer un control en medio de algún camino secundario durante algunos minutos y generalmente de noche. Si estás en el lugar equivocado y en el momento inoportuno podés terminar demorado o secuestrado y como supe de algunos casos recientes decidí no acampar libre y por supuesto evitar pedalear de noche.
Ya saliendo del eje cafetero llegué con las últimas luces a un camping abierto donde estaba de paso un escuadrón del ejercito nacional, de modo que dormí entre cajas de municiones y soldados adolescentes que no tenían mayor conocimiento de la lucha que perseguían.
Estuve hasta altas horas de la noche contándoles a estos chicos historias de viajes: Argentina, Messi, y explicándoles por qué anteponemos el “che” al comenzar una oración. Como siempre, la curiosidad termina por derribar las barreras.


Dejé atrás las armas lo más pronto que pude y me metí por un camino que dos días después me conduciría a Medellín, sin antes pasar la noche en un estadio que me fue abierto por orden del alcalde del pueblo, con quien luego intercambiaríamos camisetas de las respectivas selecciones.
Ya estaba entrando a la tierra de los parceros. Me pasé unos días en la Casa del Ciclista de Medellín haciendo algún ajuste a la bici, descansando y recorriendo la hermosa ciudad.
A partir de aquí le apuntaría derecho al Mar Caribe. Tenía dos opciones pavimentadas o una tercera de ripio. La zona por la que pasa este tercer camino es el antiguo territorio de los muchachos de las FARC, pero cuando al fin me enteré de eso era demasiado tarde para cambiar. Al día de hoy agradezco que así haya sucedido, porque fueron los paisajes más bonitos y autóctonos que vi, pero sobre todo donde recibí la mayor hospitalidad.
Por nombrar algunos casos:
s La familia en Yolombó que me invitó a su hogar y me llenaron de bendiciones.
s El playero de la estación de servicio en Zaragoza, que con la banda de amigos de su pequeño hijo salimos a pedalear por la ciudad y que terminé haciendo un service a cada una de sus bicicletas.
s El hombre que no me permitió armar la carpa en una plaza, pero llamó al pueblo siguiente y allí me estaba esperando el director de la escuela para darme el aula de cuarto grado.
s O la tienda de bicicletas en Planeta Rica, a la que llegué a las 15 hs para comprar un inflador y me fui a las 23 hs, después de compartir varias cervezas, además de que me tenían reservada una noche en un hotel.
Si cualquiera de estas actitudes no es la fidedigna prueba que las personas son buenas por naturaleza y que hay que confiar más en ellas, no sé qué será. Al fin de cuentas yo no era más que alguien pedaleando sobre una bicicleta cargada. Llevando la bandera de un sueño, viajando para conocer y conocerme.
Creo que eso genera una empatía casi automática; quizás ven que ayudándome están siendo parte de mi sueño. Por mi parte intentaba devolver esos gestos, invitando una comida, haciéndoles reparaciones en sus hogares, hablándole de lo que hay por estos lados. Lo cierto es que haga lo que haga nunca voy siquiera a nivelar la balanza.
¿Cómo se paga una botella de agua en el desierto o un “dale que ya lo tenés parcerito” en plena subida?
Dejando atrás varios días de barro, cruzando ríos y luchando con los mosquitos, llegaba al extremo norte de Sudamérica, concretamente metiendo los pies en el agua cálida y transparente del Mar Caribe. Ahora seguiría con el mar a mi izquierda, acampando en hermosas playas, pasando por Coveñas, Barú, Cartagena, Barranquillas y Santa Marta, donde dejaría descansar a la bici por un tiempo mientras voluntariaba en un hostel y un velero, pero mayormente yendo de la hamaca a la playa.
Esto era lo más al norte que iba a llegar. Luego emprendería la vuelta a Bogotá, unos mil kilómetros por la ruta del sol, y doy fe que tiene bien ganado su nombre.
Tenía que llegar a Bogotá en cierta fecha porque me recibirían unos ciclistas, pero además tenía el vuelo. De modo que le metí pata, pero al ser tan fuerte el sol, de 11 a 14 hs buscaba una sombra y me echaba a dormir, esperando que el sol amainase. Todo fantástico, hasta que en un día decidí que no pararía. Ese mismo día me agarró un golpe de calor que me tiró dos días en una cama, volando de fiebre y con suero.


Después, bastante débil para darle al pedal, me subí a un bus que completó los 200 kilómetros que me quedaban hasta la capital colombiana, donde después de disfrutarla me subiría a un avión que me dejaría bastante más al sur, en Asunción del Paraguay.

 

*En nuestra edición de octubre (Nº 310) el autor contó el primer tramo de su viaje, desde Tucumán a la frontera boliviana con Perú, en la edición del pasado noviembre (Nº 311) su travesía por Perú, en la edición de diciembre (Nº 312) el tramo ecuatoriano. En nuestra próxima edición: regreso a Argentina pasando por Paraguay.


 

EN SÍNTESIS

Fecha: 2019
Distancia: 2.993 kilómetros
Contacto: bernardogassmann@gmail.com

 

Continua leyendo

Más Leídas