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La mística del Trasmontaña

Fecha: 28.05.2019

Aun es de noche y el camino es sinuoso y angosto. Estamos subiendo el cerro San Javier. Somos una gran caravana de autos, la mayoría transportando bicicletas, nosotros cámaras y grabadores. En la base ya hay ciclistas de acá para allá entrando en calor, se respira la ansiedad de la largada, nos acompaña el sonido constante de los rodillos y asoman los primeros rayos del sol que pintan con dorados y ocres el cerro.
Luego de caminar una calle bien empinada, casi sin aliento, llegamos a la vertiginosa rampa de largada. A más de un ciclista he visto temblequear bajando por esa empinada rampita inicial que los llevará por el camino de esta carrera de la cual egresás como mountain biker. Así es, si eras solo ciclista de acá te llevás, además de una inigualable experiencia, ese título.
Los chirridos de los frenos a disco se hacen escuchar en la zigzagueante bajada que inicia el recorrido. Un espectáculo digno de observar. Una muchedumbre se agolpa a la vera del sendero y da su aliento a todos por igual. El Trasmontaña recién comienza.
Como fotógrafa y cronista no he podido llegar en auto más que a unos pocos puntos del circuito, que pareciera ser digno de ser desvelado solo para los valientes y aventureros que dejan hasta su alma en ese recorrido -alimentándose durante el viaje con imágenes únicas de selvas tucumanas y cerros que dibujan el horizonte- para recuperarla en la llegada a base de lágrimas y abrazos. Abrazos que no me canso de retratar durante horas y horas, aunque ya tenga como periodista varios Trasmontañas en mi haber.
Para los que no podemos vivir esos senderos únicos, el Trasmontaña nos regala un auténtico folklore. Las familias que esperan ansiosas lo que haga falta hasta que llegue su héroe en busca de una caramañola, el viejo y destartalado ómnibus, estacionado en La Sala, hecho cafetería, que regentea una señora mayor, un predio de llegada gigante, al que cuesta llegar no solo en bici sino también en auto, con carpas, mesas largas con mantelería y vajilla, mesas improvisadas con lo que se encuentre, bicis tiradas por el piso como nunca imaginé ver, camadería, felicidad de llegar y recibir y, sobre todo, asados por doquier que dan el perfume característico de la llegada del Trasmontaña.
Muchas veces escuché hablar sobre la mística del Trasmontaña y, aunque aun no la haya experimentado sobre una bicicleta, les puedo asegurar que la pude vivir con igual intensidad y que se lleva para siempre en el corazón.

Texto: Isabel García | Foto: Ariel Sabatella


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Hablamos sobre: MTB, Reflexiones en dos ruedas

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Nº 299 - Noviembre 2019


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