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Mi primera aventura en bicicleta allá por 1996

Fecha: 29.07.2020

El autor de esta nota se inició en la bici a principios de los 90, cuando optó por su primera mountain bike. Hizo kilómetros, participó en carreras y en decenas de actividades en dos ruedas, hasta que en el año 96, con su amigo Gustavo decidieron hacer un viaje iniciático en bici nada menos que por la isla de Tierra del Fuego, en aquel entonces (y quizás hoy también) un destino no apto para inexpertos.

Era un destino bastante extremo, pero como Anabella, la novia de Gustavo en ese momento, estaba trabajando en una estancia de la zona, era una buena excusa para viajar. Teníamos un contacto. Además habíamos conocido en el stand de Tierra del Fuego de una expo al Gato Curuchet, un personaje entrañable, super aventurero, que nos escuchó y nos dio gran apoyo para arrancar. No solo nos informó, sino que también nos invitó a pasar un tiempo en su refugio de montaña en Altos del Valle, ubicado a 26 kilómetros de Ushuaia.

Recuerdo que en esa época ir a Tierra del Fuego era sinónimo de ir al fin del mundo y creíamos que no íbamos a conseguir ciertas cosas para la travesía. Nuestra falta de experiencia hizo que enviáramos los víveres por encomienda a la casa de un conocido en Ushuaia. ¡Una locura!

Ya teníamos fecha para el viaje, el 1º de enero de 1996, y los pasajes comprados. A esa altura Gustavo había tenido una discusión con Anabella y se quería bajar de la travesía, pero por suerte pude convencerlo.

En la tierra del fuego… y el frío

¡Por fin llegó el gran día! Viajamos el 31 de diciembre a la noche y el año nuevo nos agarró haciendo escala en Comodoro Rivadavia. La noche siguiente la pasamos en Río Gallegos y a la mañana siguiente volamos a Ushuaia, el punto de partida de nuestro viaje en bici. Cuando abrieron la puerta del avión entendí el clima que iba a reinar durante la travesía: mucho frío y viento.

Armamos las bicicletas en el aeropuerto y aun con la mitad de la carga (el resto lo habíamos enviado por correo) comenzamos a pedalear hacia el pueblo. En mi caso nunca me había subido a una bici cargada con alforjas. Realmente se sentía raro, pero no tardé en acostumbrarme. Siempre digo que no hay bici más adecuada que la de todo terreno para este tipo de travesías.

Ya saliendo del aeropuerto comencé a darme cuenta que me iba a gustar mucho lo que estaba por comenzar. Luego de ubicar la casa donde recibieron nuestros víveres, confirmamos que habríamos podido abastecernos de todo directamente en el lugar…

Cuando agregamos la comida y terminamos de ordenar todo el equipaje, notamos que era casi imposible mantener el equilibrio con la bici tan cargada. Una locura. Con el paso del tiempo fuimos aprendiendo a cargar menos cosas.

La improvisación

Al día siguiente comenzamos la travesía rumbo al Parque Nacional Tierra del Fuego. El camino era hermoso y los paisajes imponentes. Recuerdo que en ese momento sentí la mayor sensación de libertad de mi vida. Habíamos acampado en el Lago Roca y nuestra idea era estar solo un par de días y luego rumbear para otros lados. Cuando llegaba la noche nos juntábamos a charlar con otros acampantes en torno a un fuego. Incluso había unas chicas que no dormían de noche, ya que no tenían equipamiento para tanto frío.

En esa época yo llevaba un walkman con unos pequeños parlantes. Unos rosarinos me dieron una cinta para reproducir que aun hoy conservo: sonaban The Police y Billy Joel.

Nos la pasábamos el día recorriendo el parque en bici y en ocasiones caminando por las picadas para trekking. No teníamos ganas de irnos, pero si no lo hacíamos se nos iba a pasar todo el tiempo ahí. Finalmente, luego de cinco días, una mañana arrancamos hacia Ushuaia nuevamente y una vez en la ciudad fuimos a comer a El Turco, un bodegón de esos en los que se come bueno, bonito y barato. No recuerdo haber comido tanto como en ese almuerzo.

Una vez que dejamos el restaurante no sabíamos bien qué iba a ser de nosotros. En ese momento entendí una de las características esenciales de los viajes en bici, la improvisación. Uno sale a la ruta con una idea de recorrido y sobre la marcha lo va corrigiendo.

Esa tarde se había puesto muy feo el clima, la temperatura había bajado mucho y caía aguanieve. No teníamos ni idea adónde íbamos a pasar la noche. Fue cuando a Gustavo se le ocurrió hablar con la tía de Anabella, que vivía en el pueblo y que nos ofreció dormir en una prefabricada que tenía montada sobre trineos en el parque de su casa. Estaba sin terminar, hasta los vidrios de las ventanas faltaban, pero allí nos refugiamos para pasar la noche. Soplaba tanto viento que realmente parecía que se volaba la casa.

Con el Gato

A la mañana siguiente encaramos la ruta 3 rumbo al refugio de montaña del Gato Curuchet. En esa época ese camino era todo de ripio. El Valle de Lobos estaba a 26 kilómetros de la ciudad. La travesía se hizo bastante larga. Los vehículos pasaban muy cerca nuestro, incluso un camión estuvo a punto de atropellarme. Pero finalmente llegamos al encuentro con el Gato ¡Qué recibimiento! ¡Qué bien la pasamos esos días que nos quedamos en su cabaña!

En aquella época el lugar se dedicaba a criar perros Husky Siberianos y Alaskan Husky. Su actividad se basaba en los trineos tirados por los perros, para competición y para las travesías por la zona. Uno de esos días hicimos un trekking hasta la Laguna Esmeralda. Todas las vivencias que veníamos capitalizando durante el viaje eran inolvidables y al igual que cuando nos fuimos del Parque Nacional, al irnos de Akeaata, la cabaña donde dormíamos durante la estadía con el Gato, se nos caían las lágrimas.

La tormenta que no cesa

Ese día el objetivo era llegar a la Estancia Harberton. Nos esperaban condiciones extremas en el camino. Durante la travesía, de aproximadamente 65 kilómetros, llovió, nos pegó el sol y tuvimos aguanieve. También nos castigó el viento y durante un pequeño trayecto por la ruta 3 se nos pegó por todos lados el polvo que levantaban los camiones.

Durante la primera parte del día avanzamos bastante rápido, pero lo que no sabíamos era que los últimos 19 kilómetros iban a estar plagados de calamina (camino con serrucho). Recuerdo que se hizo interminable, pero los paisajes eran increíbles.

Finalmente llegamos al casco de la estancia a las 10 de la noche. Ya no podíamos más del cansancio y no veíamos la hora de tirar la carpa y comer algo caliente. Fue cuando nos sorprendieron con la noticia de que no nos dejaban pernoctar en los alrededores de la casa. Nos indicaron que para acampar debíamos seguir 5 kilómetros más por la misma ruta. No lo podíamos creer, y ni siquiera funcionó decirles que éramos conocidos de Anabella, que estaba trabajando para ellos.

Con la cabeza gacha retomamos el pedaleo. Llegamos al lugar autorizado y en poco tiempo estábamos calentándonos la comida.

A la mañana siguiente no paraba de llover, el clima era fatal. Nos enteramos que esa noche había soplado el viento a más de 100 km/h. Hacía tanto frío que no nos alcanzaba ponernos toda la ropa y quedarnos dentro de la carpa. No nos animábamos a salir y hasta prendimos el calentador dentro del vestíbulo de la tienda, cosa extremadamente peligrosa.

La lluvia no paró nunca. Teníamos todo mojado y como el clima no parecía mejorar, decidimos levantar campamento. Regresamos entonces al casco de la estancia, donde una estufa salamandra nos esperaba para darnos calor. No había nada que no tuviéramos mojado y para colmo hacía como 10 días que no nos pegábamos un baño. Recién entonces nos dimos cuenta que la gente nos hablaba de lejos…

Una noche marítima

Poco a poco nos fuimos secando y entrando en calor. La casa estaba situada en una entrada que se conectaba con el Canal de Beagle a la que llegaban embarcaciones. En un momento arribó un barco de prácticos, La Fueguina. Recuerdo que lo tripulaban dos personajes, Daniel y Silvio. Pegamos muy buena onda con ambos y nos invitaron a navegar y a acompañarlos en sus tareas durante la noche, con la idea de que a la mañana siguiente nos llevarían hasta el puerto de Ushuaia.

Y así fue como a medianoche nos embarcamos en una nueva e inesperada aventura. Pasamos la noche navegando por el Canal del Beagle, recorriendo la Isla de los Estados y contactando barcos para proporcionarles diversos servicios. Recuerdo que a un buque de guerra le llevamos repuestos y de un pesquero, El Centurión del Atlántico, buscamos a un marinero que había sufrido un accidente. Fue una experiencia inolvidable y además los muchachos nos contaron infinidad de historias de su trabajo en el mar.

Al día siguiente, cerca del mediodía, estábamos de regreso en el punto inicial del viaje.

Hasta nuestro regreso a casa seguimos recorriendo los alrededores de Ushuaia y visitando gente que habíamos conocido durante la travesía.

Antes de salir de Buenos Aires teníamos un bosquejo del viaje, bosquejo que al final terminó siendo lo que fue. Y de eso tratan los viajes en bici, de ir improvisando sobre la marcha. Sentía que en dos semanas habíamos tenido más aventuras que en el resto de nuestras vidas hasta ese momento. Sabía con claridad que solo era el comienzo y que luego vendrían innumerables viajes. Es el día de hoy que seguimos haciéndolo y siempre entre amigos. Un año viví la experiencia de hacerlo solo y gracias a eso conocí a uno de mis mejores amigos, Federico López. Pero si les puedo dar un consejo, los viajes en bicicleta son para compartirlos con amigos, se disfrutan mucho más de esa manera.


Por Federico Araujo: creador del grupo de Viajando en bicicleta (traveling by bicycle) y del travellingbybicycle


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