Conectá con nosotros

Cicloturismo

Nati Bainotti, viajera solitaria: sin miedo al miedo

Nació hace 31 años en Santa Fe, Argentina, y estudió Relaciones Públicas. En febrero del 2008, con apenas 18 años, aprovechó sus vacaciones en la universidad para viajar con mochila. Tuvieron que pasar cuatro años más para que se decidiera, ya con 23 años, a hacer su primer viaje en bici. Por aquel entonces Nati vivía en Santiago de Chile, de donde, el mismo día de Navidad inició con un amigo un viaje de cinco días al sur, en el cual pedalearon desde Panguipulli hasta un poco más allá de la frontera argentina.
Dos años después, en agosto del 2014, cambió la mochila por la bicicleta. Había llegado a dedo hasta Quito y desde ahí siguió recorriendo Ecuador, cruzando el país a lo largo y a lo ancho durante siete meses (ver Biciclub Nº 292, abril 2019). Luego, de octubre del 2015 a marzo del 2017 viajó por Colombia, en mayo del 2019 pedaleó desde Bariloche hasta el Parque Conguillío (Chile) y en diciembre del 2019 partió desde desde Santiago de Chile rumbo a San Juan.
Viajera incansable, nuestra entrevistada pedaleó, publicó un libro, da cursos junto a otra viajera, Jime Sánchez (lavidadeviaje.com), para alentar a otras mujeres a viajar. Y hoy respondió a algunas de nuestras inquietudes, permitiendo que de su galera volara parte de su magia.

¿Cómo te animaste a viajar sola por primera vez? ¿Cuáles eran tus miedos y cómo los derribaste?
Al terminar mi primer viaje en bici allá en Chile me di cuenta que quería hacer un viaje más largo. Que si en cinco días había sentido tanto, no podía imaginarme lo que sería durante más tiempo. Tenía proyectado viajar por Sudamérica al año siguiente, de mochilera, y así lo hice. En Bolivia terminé de tomar la decisión y en Ecuador cambié finalmente la mochila por la bici.
El día anterior a salir no registraba nada en mí, tenía tanto miedo que estaba paralizada. Miedo a no poder, miedo a que se parta el marco de la bici, miedo a cansarme, miedo a darme cuenta de que era demasiado para mí, miedo a haberme creído capaz de algo de lo que no era, miedo a no encontrar dónde dormir, miedo a arrepentirme en medio de la montaña. Quise quedarme una noche más en la Casa Ciclista de Tumbaco, en la que estaba, y Santiago, el dueño, me dijo que no: era su forma de darme un empujón. A la mañana siguiente, todavía endurecida por el miedo, leí el mensaje de una amiga de mi familia: me decía que no le tuviese miedo al miedo, que el miedo es movilizador, que lo usase como fuerza motora. Esa idea me siguió acompañando a través de los años y los viajes, porque aunque siga viajando los miedos no desaparecen, se transforman. Cada vez que estoy por salir de viaje y siento miedo, una parte de mí se siente feliz, porque sentir nuevos miedos significa que me estoy exponiendo a experiencias que me sacan de mi zona de confort. Y la experiencia me tranquiliza: sé que apenas pise la ruta, los nervios producto del miedo se vuelven chiquitos y se disuelven.

Luego de esa primera experiencia ¿Cuál fue el mayor aprendizaje que tuviste para animarte a seguir viajando?
Dos: confiar en mí misma, algo que tiene muchas implicancias, como tenerme paciencia, darme permiso, confiar en mi intuición, creer en que soy capaz de hacerlo, y desarrollar la empatía. Esto último, más que animarme a viajar, me motiva. Me mueve profundamente conocer cómo viven otras personas, compartir un pedacito del cotidiano de otros.

¿Cómo te las arreglaste económicamente durante los viajes? Este es un gran impedimento para muchos viajeros que no se terminan de animar a hacerlo
Ha ido variando y varía según el viaje. En viajes largos -de meses o años- trabajo en el camino: he escrito para diarios, revistas y blogs, autopubliqué mi libro y lo vendía en el camino, hice voluntariados (que, si bien no me generan un ingreso, me evitan gastar dinero porque intercambio horas de trabajo por alojamiento y comida), he dado charlas y talleres haciendo trueque.
Hoy en día genero contenido, dicto talleres de escritura y de viaje y vendo mi libro.
Hay muchas formas de sustentar un viaje. La clave, creo, está en pensar qué nos gusta hacer, qué nos gustaría aprender y darnos la oportunidad de probar. También tener en cuenta algo: viajando, por lo menos viajando en bici, con carpa y preparando nuestra propia comida, los gastos, salvo excepciones, se reducen a lo esencial.

¿Qué beneficios y qué desventajas sentís que tiene viajar en solitario como mujer respecto de hacerlo acompañada?
Viajar sola me permite manejar mis tiempos, mis ritmos y mis decisiones. No tengo que consultar con nadie, hago lo que tengo ganas, fluyo. Eso mismo, sin embargo, a veces es una carga, sobre todo para tomar decisiones: no tener otro punto de vista o alguien con quien pensar qué hacer puede ser agotador. Por otro lado, viajar sola me vuelve más abierta y receptiva con la gente, porque tengo más ganas, justamente, de compartir. Sin duda, son dos experiencias diferentes, ninguna para mí mejor que la otra, sino distintas.
Pero en viajar sola hay, también, un beneficio indiscutible: la gente está mucho más predispuesta a ayudar, a abrir su hogar, a compartir. Tal vez por ésta -lamentablemente- sensación de desprotección, hay mucha empatía de parte de familias y sobre todo de otras mujeres por querer cuidarnos. Eso es súper lindo.

¿Como alentarías a otras mujeres a que lo hagan?
Les diría que piensen en lo que quieren hacer ellas, más allá de lo que les diga la familia, los amigos o esa voz interna que suele boicotearnos. Que se aferren a esas ganas, a ese anhelo. Que todas tenemos miedo, que es normal. Que los listen, que anoten todos esos miedos que tienen y piensen cómo pueden resolverlos. Investiguen, lean blogs, aprovechen la virtualidad para conectar con mujeres que ya hayan viajado. Esas son las personas que pueden ayudarlas. Las redes sociales hoy nos ponen a un click de distancia de personas que, aunque estén lejos, pueden darnos la inspiración, la motivación y la información que estamos necesitando.
Ponerse pequeños pasos también ayuda a avanzar: investigar qué vamos a necesitar y planificar cómo podemos ir consiguiéndolo poco a poco.
También pueden sumarse a la próxima edición de Salí a la Ruta, el taller que doy junto con Jime Sánchez para motivar y ayudar a planificar viajes en bicicleta.

En base a tu experiencia ¿Cuál podría ser un viaje iniciático para una mujer que no se anima pero que sueña con viajar en bici sola? ¿Qué consejos o claves le darías para hacerlo con éxito?
En Argentina Siete Lagos es sin dudas el lugar ideal. No solo es una ruta bellísima y accesible sino que en verano hay mucha gente viajando, por lo que es muy probable que nos sintamos acompañadas. Además, si querés hacer un viaje un poco más largo, hay muchas opciones para estirar el recorrido.
En cuanto a claves, quizás me repito, pero aunque suene cliché creo que es eso: confiar en una misma, en que somos capaces. Creernos posibles. Sacarle un poco de peso al hecho de que vamos solas. Eso no significa dejar de tener nuestras precauciones y cuidados, claro, pero son los mismos que tenemos, lamentablemente, todavía hoy, en nuestro día a día. Planificar lo que se puede planificar: ruta, posible lugar/pueblo donde dormir, lugares de abastecimiento, etcétera, y confiar en una, en el camino, en los otros, en el viaje.

Instagram @natibainotti | mividaenunamochila.com

Continua leyendo
Publicidad
Click para comentar

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cicloturismo

Una expedición en bici al corazón del Karakoram

En esta nota, que nos envía Martín Bissig, fotógrafo de algunos de los viajes de Hans Rey, tres mountain bikers de raza se proponen recorrer en bici uno de los trayectos más arduos de esa región de las más grandes montañas. Una experiencia brutalmente agotadora, con mucho más tiempo con las bicis sobre ellos que con ellos sobre sus bicis. (más…)

Continua leyendo

Cicloturismo

Cicloturismo en Chascomús: un clásico con amenities


En un impasse de tareas docentes que la virtualidad hizo el milagro de multiplicar, cierro los ojos y siento el aire fresco de la laguna…
Chascomús es una ciudad distinguida. Ganadera, cuna de dirigentes políticos, cuenta además con varias figuras del ciclismo: de acá son Juan Carlos Haedo y sus hijos. Hay muchas actividades deportivas y culturales que evidencian el crecimiento de los últimos años. A pesar de ser un destino clásico para ciclistas, solo vine una vez, hace mucho, en grupo. Un recorrido interminable por caminos de tierra en el que las pinchaduras y la caída del sol nos obligaron a retomar la Ruta 2 cuando ya nadie disimulaba el cansancio. Recuerdo la entrada a la ciudad y la cena con pizza y empanadas en una plaza céntrica como algo liberador.
Esta vez vine con mi compañera en un plan relajado. Nos movemos en bicicleta porque reservamos lejos del centro. Y qué suerte. Las cabañas de la Avenida Costanera España ya fueron alquiladas, y muchos tuvieron que armar la carpa en el jardín de alguna casa, señal de que los campings no dan abasto. A pocos metros, en la laguna, centenares de pescadores amateurs le confían la caña al hijo y destapan una cerveza, mirando siempre hacia la otra orilla.
Una vez acomodados en la cabaña, pasamos la tarde en la pileta y tomando mate en el jardín, mientras planeamos una vuelta nocturna por la laguna. ¿Lo esencial?: hidratación, buenas luces y bananas. Contra los mosquitos, repelente y resignación.

La vuelta a la laguna
Para salir del complejo atravesamos varias cuadras por un camino de piedras sin alumbrado. Apenas cruzamos las vías y llegamos a Intendente Martino, un grupo de competidores nos pasa a gran velocidad, los saludamos y alcanzamos a escuchar su respuesta. La música llega desde los autos, por lo general trap o reggaetón. En la feria de artesanos, donde todavía quedan algunos puestos abiertos, se escucha a Jorge Cafrune. Varios restaurantes y bares están casi llenos a pesar de que ya es la una. Pedaleamos un rato envueltos en músicas, luces y olor a carne asada hasta que de poco el aire se siente más frío, los comercios se van dispersando y ya no hay tantos autos. Algunos caserones abandonados, no tan viejos pero espectrales, nos ven acelerar. Cuando atravesamos el puente sobre el Arroyo Vitel me acuerdo de historias de aparecidos que escuché de chico en fogones en Monte Hermoso. Tengo ganas de contar alguna, pero mi compañera quedó atrás. La espero y cuando está lo bastante cerca como para escucharme sentimos las primeras nubes de mosquitos en la cara.
Al principio es como si nos arrojaran cenizas. Entrecerramos los ojos y aceleramos. ¿Cuántos mosquitos hay en el mundo? Imagino que la orilla de la laguna debe estar cubierta por millones y millones de mosquitos que se mantienen casi en el mismo lugar, a centímetros del agua, en una vibración perfecta y continua.
Cada tanto las luces de algún auto nos ilumina la entrada de un camping. Aprovechamos esos momentos en que los mosquitos parecen diseminarse y bajamos a sacar alguna foto. Todo un error: siguen ahí, y ahora se ensañan con aquellas partes de nuestros cuerpos al descubierto de calzas, zapatillas y guantes, aunque también nos pican a través de la ropa. Sacamos fotos desenfocadas, subimos a las bicicletas y pedaleamos como si participáramos del Trasmontaña.
Pasamos el ACA y escuchamos risas y voces animadas. En la pileta de una casa unos jóvenes le hacen frente a la noche del verano, que no es tan calurosa. Algunas cabañas de piedra y madera interrumpen las zonas boscosas. Me gusta mucho más esta parte de Chascomús que la otra, sobrepoblada, ruidosa e inquieta. Al llegar al Club San Huberto doblamos a la derecha y cruzamos las vías hacia nuestro complejo. A elongar y descansar, esto continúa.

Gándara es Gándara
Son las ocho de la mañana, ya desayunamos y nos aplicamos el protector. El sol aun no pica y la idea es estar de regreso cerca del mediodía. Modo paseo: algunas paradas, fotos y visita a la fábrica abandonada. La tarde será dedicada enteramente a la pileta: esto es cicloturismo pequeñoburgués sin culpa.
Pedaleamos por la costanera hasta un camino de tierra que nos lleva a la ruta 20. Cuando doblamos a la derecha y tomamos el camino viejo a Gándara nos recibe el viento en contra: una ráfaga de aire seco y cálido que de ahora en adelante va a ir en aumento. Según el mapa estamos muy cerca del aeródromo, pero no vemos ni escuchamos ninguna avioneta. Todo es aridez con intervalos de hierbas pampeanas y algunos árboles. Muy de tanto en tanto, alguna estancia. El sol se mueve y nos azota desde un cielo con pocas nubes.
Una huella serrucho me sacude y me olvido de lo que estoy pensando. Es muy fácil distraerse, el paisaje no cambia y solo vimos pasar dos autos. Si alguien va a Gándara, lo hace por ruta. Aunque a esta hora, lo dudo.
Pasamos otra estancia, abandonada. Hago zoom con el celular para distinguir el nombre: María Llavaneras… Avanzo unos pasos sobre un colchón de yuyos y cardos: Haras Llavaneras… El nombre no me dice mucho. Horas más tarde consultaré internet y encontraré la página de una estancia mucho más cuidada que la que tengo enfrente. La estancia, dice la página, fue pensada para el desarrollo del caballo de salto de alta competición, y su fundador es un español que bautizó el lugar en homenaje a un pueblo de Barcelona, San Andrés de Llavaneras. No tengo idea de dónde estarán esos caballos; desde que nos metimos en este camino solo vimos algunas vacas. El sol nos obliga a reponer el protector y a hidratarnos. Ahora sí, derecho a la fábrica.
El camino se bifurca y volvemos a doblar a la derecha. Al rato, un cartel oxidado anuncia: “Gandara”, así, sin tilde. Trato de recordar cómo aparecía el nombre en las publicidades del yogurt hasta que me doy por vencido.
Hace un rato que no hablamos, el viento en contra nos fatiga. No debe faltarnos más de un kilómetro, pero ya vengo sintiendo el hambre. Los metros finales son los más duros porque miramos hacia adelante y la fábrica no aparece.


Hasta que la encontramos, después de otra curva. Resulta un poco más chica de lo que esperaba. Al principio seguimos de largo, avanzamos 500 o 600 metros. Vemos el cartel de la estación de ferrocarril con el pasto crecido, unas pocas casas de ex empleados, un colegio agrícola y el camino asfaltado que lleva a la Ruta 2. Luego volvemos a descansar bajo unos árboles, frente a la fábrica. Pasa un rato y llegan dos autos desde el camino asfaltado. Luego, una moto. Los ocupantes, en su mayoría parejas, se bajan, miran, se sacan algunas fotos en la entrada y permanecen un rato más, para sentir que el viaje valió la pena. Hacemos lo propio y nos retratamos buscando un ángulo que esquive al sol y la trompa de uno de los autos que estacionó demasiado cerca del portón. Luego sacamos otra foto con las bicicletas solas, apoyadas contra la pared. Comemos alguna fruta y nos preparamos para la vuelta. Son las diez y media y el sol pega más fuerte pero ahora el viento juega para nosotros. Unos minutos después dejamos atrás el cartel oxidado.


Antes de venir a Chascomús leí que habían abierto una fábrica Gándara con sede en Pilar. Al parecer se trata de una pequeña planta de inversores chinos. La nota señalaba que se había generado una falsa expectativa en los pocos habitantes aledaños a la planta original, sin la infraestructura necesaria para volver a producir. Pienso en esas cosas durante el regreso, hasta que me doy cuenta y trato de conectarme con el paisaje, los árboles, las pocas estancias. Tomo un trago de agua fresca y miro el cielo. Por momentos parece que habrá una pausa de sol, pero las nubes son muy chicas y no hay tregua. De golpe: ¡dos paracaidistas! El descenso de las figuras recortadas, suspendidas contra el cielo puro del aeródromo. Ahora sí: pedaleamos sin detenernos hasta el asfalto y el ruido. La pileta es nuestra zanahoria invisible, unos kilómetros más allá.
¡Hasta una salida más sacrificada, amigos!

 

SÍNTESIS DEL VIAJE
Fechas: del 22 al 25 de febrero 2019
Distancia: 82 km


Por Mariano Favier: marianofavier@gmail.com

 

Continua leyendo

Cicloturismo

Viajeros: Tierra del Moncayo y Tierras Altas (España)

Cuando exploro nuevos senderos siempre tengo la misma sensación, ese nudo en el estomago que crece con la incertidumbre de lo desconocido. ¿Qué descubriré? Es algo que me hace salir una vez tras otra de viaje para conocer nuevas regiones, países y zonas remotas. Pero lo que no esperaba es que muy cerca del lugar donde vivo se encontraba una aventura que me llevaría a conocer pueblos con un gran patrimonio histórico-artístico heredado de su pasado cristiano e islámico. Montañas como el Moncayo, cargadas de leyendas y fantasías: desde los celtíberos hasta Bécquer, pasando por la mitología romana, los milagros cristianos y la fantasía popular, que juntos anidan y crecen en cuevas y pozas de la zona.
Una reciente red de senderos creada en la región de Soria nos permiten practicar nuestro deporte favorito de forma divertida y al mismo tiempo conocer gran parte de la historia y patrimonio de sus pueblos y localidades más remotas. Para esta ocasión he elegido una de las montañas que llevo apreciando y admirando desde mi niñez, El Moncayo. La provincia de Soria nos propone un camino de línea ascendente que parte desde Ágreda hasta Vozmediano. Allí aflora el río Queiles a borbotones de mil quinientos litros de agua por segundo en su mismo nacimiento, en un recorrido de pino, roble, hayedo y frescuras que conducirá hasta el Pico San Miguel, a 2.300 metros de altitud.


Para mantener este alto nivel decidí completar mi viaje desplazándome hasta las Tierras Altas de Soria. Tierras Altas o La Sierra, como la conocen popularmente sus habitantes, es una comarca de la provincia de Soria, que está situada en el norte de la provincia. Una belleza sin igual que esconde pueblos de piedra y gentes de monte. Un paisaje prehistórico que esconde bellos pueblos despoblados que nos hacen imaginar e intuir como fueron en el pasado.
Si buscas más información acerca de la provincia de Soria y todo lo que tiene para ofrecerte puedes visitar su pagina web: www.sorianitelaimaginas.com

Texto: David Cachón | Fotos: Fernando Marmolejo

Continua leyendo

Cicloturismo

Una mujer, dos ruedas y tres mil kilómetros

La mujer, la libertad y la bicicleta no comparten solamente el artículo femenino que las define. Hay una relación entre estos tres elementos que se va construyendo poco a poco: la primera alcanza a la segunda mediante la tercera. Esta es la historia de una mujer, sobre dos ruedas, viajando tres mil kilómetros. (más…)

Continua leyendo

Más Leídas