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Ni sorda, ni ciega

Fecha: 17.09.2019

Estoy pedaleando por una calle concurrida, algo así como una mini avenida barrial pero de escasa anchura. Un tremendo bocinazo me sorprende. Sobresaltada, solo atino a tirarme a mi derecha para dejar más paso al conductor, mientras lanzo a viva voz una colección de insultos. Está apurado, como casi todos los automovilistas. Yo también, por eso decido dejar el auto estacionado y usar la bici para moverme por esta atestada ciudad de Buenos Aires.
Paso ahora del sobresalto a la furia. Odio que me disparen bocinazos. Debería ser un recurso de emergencia, no el reclamo caprichoso del automovilista: “Corransé, quiero pasar”, convertido en sonido insoportable.
A los 120 metros la barrera del ferrocarril obliga al automovilista a detenerse. Aprovecho para acercarme por si desde su cápsula no me escuchó bien todo lo que tenía para decirle cuando me adelantó. Me acerco, lo miro y le digo de todo: que por qué me tocó bocina, qué yo también tengo derecho a circular por la calle, qué soy madre y mi hija me espera y que puso en riesgo mi vida, etcétera. El automovilista me replica al mismo tiempo desde el interior de su auto, pero evidentemente con las ventanas cerradas parecemos dos sordos vociferando a la vez. Decide bajar el vidrio y adelantarse, ahora estamos casi frente a frente. Le pregunto:
—¿Por qué me tocaste bocina?
—Porque te iba a adelantar y vi que no tenías espejitos para verme —me responde.
—Pero te escucho —le digo—, la bocina no es necesaria y es muy violenta cuando uno va en bicicleta.
—No era mi intención asustarte, era solo para supieras que debías seguir en línea recta porque iba a adelantarte —me responde amablemente.
—Pero yo escucho, los autos hacen mucho ruido -insisto. Y muchas veces la bocina significa un: “Correte que quiero pasar”, y si uno no se corre le hacen un fino que puede dejarte en segundos tirado en la calle. La bocina no hace falta.
—Disculpame, no era mi intención.
—Claro, te pido disculpas yo también, malinterpreté tu bocinazo, pero no hace falta -le respondo, ya calmada.
Nos despedimos amablemente con una sonrisa. Yo sigo pedaleando, contenta porque siento que pasó algo inédito, pudimos charlar y resolver la disputa sin pelearnos. Y me voy pensando en lo raro que es que algunos automovilistas piensen que en la bici sea necesario tener espejitos retrovisores, cuando uno tiene oídos y vista completa del entorno. Cuando hace unos años empecé a conducir automóviles me desesperaba, sentía que tres espejos no me alcanzaban, que iba ciega y sorda, moviendo un arma de destrucción masiva por un espacio lleno de obstáculos. Exactamente lo contrario de lo que te pasa conduciendo una bici.

Por Isabel García

Intro de la revista Biciclub Nº297, septiembre 2019.


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Hablamos sobre: Ciclismo urbano

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