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Recorriendo América Latina en bicis de bambú

Fecha: 26.02.2018


Samanta Palavicino y Federico Camargo integran una pareja que comenzó a recorrer América Latina en bicis de bambú. Qué los llevó a tomar la decisión. Las particularidades de sus rodados de caña. El sustento en el viaje. Los planes a futuro, camino a Uruguay y Brasil.

Texto: Rocío Cortina
Fotos: Locos al Pedal

El camino siempre es hacia el norte. Y aunque reconocen que no se guían por un destino fijo, Samanta Palavicino (31) y Federico Camargo (29) dicen que quieren llegar a Alaska: “Queremos abarcar el continente americano, pero vamos de a poco, porque aprendimos que el viaje varía. Vamos fluyendo.”
Locos al Pedal, el nombre que le dieron a su travesía en bicicleta, se inició en diciembre de 2015. La idea era recorrer Argentina de sur a norte, pero enseguida las cosas comenzaron a cambiar: “Fuimos en avión hasta Ushuaia, luego hicimos Tierra del Fuego, cruzamos a Chile y solo salimos para hacer Calafate y Chaltén. Seguimos por la isla de Chiloé y volvimos a Argentina a la altura de Esquel para seguir por Ruta 40 hasta San Luis”, explica Samanta.
En ese momento de la aventura, que ya llevaba un año y medio, los ciclistas decidieron hacer una parada y volver a Buenos Aires, donde estaban sus familias. Extrañaban a los seres queridos y a la vez necesitaban reparar el equipo de viaje, porque una gran tormenta había destruido su carpa, y también poner a punto las bicis de bambú con las que viajaron (ver columna aparte).
Al momento de hacer esta nota, la pareja viajera se encontraba en San Nicolás, donde vive, y planeaba comenzar a rodar nuevamente hacia Uruguay y Brasil, para huir del frío que habían enfrentado previamente en la Patagonia. Algo del rumbo desconocido y del nomadismo resuena en las palabras de Samanta cuando nos habla de sus planes y recorridos posibles: “No viajamos para conocer América o Europa y luego volver y recuperar un trabajo, sino que elegimos el viaje como modo de vida alternativo”, aclara, y nos cuenta que cuando tomó la decisión de salir a la ruta junto a su pareja dejó un trabajo como acompañante terapéutica y sus estudios en psicología, que ya llevaban seis años de cursada. Así lo explica: “Decidí no recibirme, había algo que me bloqueaba y me di cuenta que estaba en desacuerdo con la carrera, con el trabajo, con la forma de vida en general, tuve muchas crisis. Sentía a mi entorno cada vez más frío, veía competencia, egoísmo, valores perdidos, consumismo. Lo que hacía no me llenaba. Estaba bastante triste. Y esa tristeza creo que me llevó a tomar una decisión, independizarme de mandatos familiares, sociales. Tardé mucho, pero un día pensé que no importaba qué me dijeran los demás, quería viajar.”
El caso de Federico fue similar. Su último trabajo antes de salir a rodar fue en una fábrica de San Nicolás: “Estudiaba música, pero me sentía infeliz. Luego de experimentar ese malestar me empecé a cuestionar todo. Me encontraba viviendo una vida que no había elegido.”
Una vez que la decisión de viajar estuvo tomada, uno de los puntos conflictivos que esta pareja encontró fue el modo de financiarse. Tenían algunos ahorros pero tenían en claro que no les alcanzarían. “Pensaba cómo podía tener un rédito económico con la actividad a la que me dedicaba. Llevé mi guitarra al viaje, pero nunca había hecho música para otros, solo tocaba para mí”, recuerda Federico, a la vez que menciona un punto de inflexión: “Una de las cosas que hacíamos para tener un poco de dinero en Chile era hacer tortas fritas. Yo estaba cansado de eso. Entonces me puse a tocar para la gente, era algo que me gustaba, a pesar de que me costó y me cuesta mostrarlo, pero al final lo disfruto mucho. Quiero la música para mi vida y siento que se puede vivir de eso en el camino.”
Samanta admite que su proceso fue un poco más difícil porque advirtió que su formación en psicología y su ocupación como acompañante terapéutica no la ayudaban a subsistir en este camino nómade: “Sentí que no estaba preparada para la vida real. Pero quería aportar mi parte al viaje. Entonces empecé a hacer artesanías, algo que nunca había hecho, encontré la forma de venderlas, llegaba a la gente con las bicicletas al lado y contaba de qué se trataba el proceso. Me costó muchísimo, nunca me había imaginado hacer eso, me costaba hasta poner el paño en una plaza para mostrar mis cosas, tuve que sacarme muchos prejuicios de encima y la mirada social para hacer lo que hago hoy.”
En Chile, Federico y Samanta trabajaron de camareros, aunque sabían que no era lo que querían. También hicieron un voluntariado en el camino: “Para ese momento Fede era más coherente, porque él se sustentaba con la música, era lo que le gustaba, pero en mi caso la artesanía no me gustaba. Ahí surgió el tema de la escritura, me conecté con esa niña que siempre escribió pero nunca lo imaginó como forma de poder vivir materialmente. Busco autosustentarme de ese modo y estoy empezando”, explica Samanta, quien actualiza casi a diario la página de Facebook Locos al Pedal con crónicas y reflexiones del viaje.
Rumbo a la segunda parte del periplo que los llevará a Uruguay y Brasil con sus bicis puestas a punto y la energía renovada, la pareja de Locos al Pedal afirma que lo mejor que les sucedió en el camino fue la gente que conocieron: “Los lagos y las montañas siempre van a estar ahí, pero toparnos con las personas que nos teníamos que encontrar es una experiencia irrepetible”, dice Samanta, quien además habla de la peculiaridad del pedaleo: “La bici nos obliga a ir lento y nos da tiempo para pensar y hablar con nosotros mismos. Eso nos permitió conectar con muchas cosas olvidadas. Ese es el efecto de viajar en bici, un viaje interior, y por eso lo seguimos haciendo.”

Facebook: Locos al Pedal

BICIS PARA RATO
El noble bambú
Antes de comenzar esta travesía, ni Federico ni Samanta eran ciclistas habituales. Poco tiempo antes ella había comprado una bici inglesa para ir y venir de su trabajo. Él la imitó y se hizo de una bici de caña de bambú con freno contrapedal fabricada por Malón, de Rosario. “Nos gustaba porque era muy cómoda. Esa bici un tiempo después se la quedó Sami y yo conseguí otra de paseo de caña de los mismos fabricantes”, explica él. Tanto amor le tomaron al bambú que cuando decidieron salir de viaje, encargaron a Malón dos bicis adecuadas para cicloturismo. Mientras tanto los chicos de Locos al Pedal se informaban sobre el equipo que debían llevar y los componentes adecuados para la bicicleta. Cuando estuvo listo el cuadro, la fueron armando de forma conjunta. La caña con la que se construyeron las bicis es tacuara y las uniones son de fibra de vidrio y de resina de epoxi. Los guardabarros son de tela arpillera.
Nos cuenta Samanta: “La gente nos suele preguntar si las bicis son más livianas que las comunes y si se pueden romper. La realidad es que no son más livianas, pesan entre 14 y 15 kilos. Actualmente los fabricantes hacen mejoras constantes para alivianarlas, pero por el momento pesan similar al resto. Pero no hay posibilidad de que se rompan. Algo que las caracteriza es la resistencia.” Sin embargo, Samanta admite que al atravesar el duro invierno en la Patagonia las bicicletas sí sufrieron algunas grietas propias del clima. Por eso, antes de salir a este segundo tramo del viaje las pusieron a punto: «La caña trabajó mucho en el sur con el frío y el viento, también les dio el sol durante el día, la laca se salió y ahora en Malón nos enseñaron cómo hacer el mantenimiento en el camino para no llegar al estado en que llegaron. Pero no se afectaron en su estructura, tenemos bicis para rato, para muchos años más.”


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