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Cicloturismo

Recorriendo América Latina en bicis de bambú


Samanta Palavicino y Federico Camargo integran una pareja que comenzó a recorrer América Latina en bicis de bambú. Qué los llevó a tomar la decisión. Las particularidades de sus rodados de caña. El sustento en el viaje. Los planes a futuro, camino a Uruguay y Brasil.

Texto: Rocío Cortina
Fotos: Locos al Pedal

El camino siempre es hacia el norte. Y aunque reconocen que no se guían por un destino fijo, Samanta Palavicino (31) y Federico Camargo (29) dicen que quieren llegar a Alaska: “Queremos abarcar el continente americano, pero vamos de a poco, porque aprendimos que el viaje varía. Vamos fluyendo.”
Locos al Pedal, el nombre que le dieron a su travesía en bicicleta, se inició en diciembre de 2015. La idea era recorrer Argentina de sur a norte, pero enseguida las cosas comenzaron a cambiar: “Fuimos en avión hasta Ushuaia, luego hicimos Tierra del Fuego, cruzamos a Chile y solo salimos para hacer Calafate y Chaltén. Seguimos por la isla de Chiloé y volvimos a Argentina a la altura de Esquel para seguir por Ruta 40 hasta San Luis”, explica Samanta.
En ese momento de la aventura, que ya llevaba un año y medio, los ciclistas decidieron hacer una parada y volver a Buenos Aires, donde estaban sus familias. Extrañaban a los seres queridos y a la vez necesitaban reparar el equipo de viaje, porque una gran tormenta había destruido su carpa, y también poner a punto las bicis de bambú con las que viajaron (ver columna aparte).
Al momento de hacer esta nota, la pareja viajera se encontraba en San Nicolás, donde vive, y planeaba comenzar a rodar nuevamente hacia Uruguay y Brasil, para huir del frío que habían enfrentado previamente en la Patagonia. Algo del rumbo desconocido y del nomadismo resuena en las palabras de Samanta cuando nos habla de sus planes y recorridos posibles: “No viajamos para conocer América o Europa y luego volver y recuperar un trabajo, sino que elegimos el viaje como modo de vida alternativo”, aclara, y nos cuenta que cuando tomó la decisión de salir a la ruta junto a su pareja dejó un trabajo como acompañante terapéutica y sus estudios en psicología, que ya llevaban seis años de cursada. Así lo explica: “Decidí no recibirme, había algo que me bloqueaba y me di cuenta que estaba en desacuerdo con la carrera, con el trabajo, con la forma de vida en general, tuve muchas crisis. Sentía a mi entorno cada vez más frío, veía competencia, egoísmo, valores perdidos, consumismo. Lo que hacía no me llenaba. Estaba bastante triste. Y esa tristeza creo que me llevó a tomar una decisión, independizarme de mandatos familiares, sociales. Tardé mucho, pero un día pensé que no importaba qué me dijeran los demás, quería viajar.”
El caso de Federico fue similar. Su último trabajo antes de salir a rodar fue en una fábrica de San Nicolás: “Estudiaba música, pero me sentía infeliz. Luego de experimentar ese malestar me empecé a cuestionar todo. Me encontraba viviendo una vida que no había elegido.”
Una vez que la decisión de viajar estuvo tomada, uno de los puntos conflictivos que esta pareja encontró fue el modo de financiarse. Tenían algunos ahorros pero tenían en claro que no les alcanzarían. “Pensaba cómo podía tener un rédito económico con la actividad a la que me dedicaba. Llevé mi guitarra al viaje, pero nunca había hecho música para otros, solo tocaba para mí”, recuerda Federico, a la vez que menciona un punto de inflexión: “Una de las cosas que hacíamos para tener un poco de dinero en Chile era hacer tortas fritas. Yo estaba cansado de eso. Entonces me puse a tocar para la gente, era algo que me gustaba, a pesar de que me costó y me cuesta mostrarlo, pero al final lo disfruto mucho. Quiero la música para mi vida y siento que se puede vivir de eso en el camino.”
Samanta admite que su proceso fue un poco más difícil porque advirtió que su formación en psicología y su ocupación como acompañante terapéutica no la ayudaban a subsistir en este camino nómade: “Sentí que no estaba preparada para la vida real. Pero quería aportar mi parte al viaje. Entonces empecé a hacer artesanías, algo que nunca había hecho, encontré la forma de venderlas, llegaba a la gente con las bicicletas al lado y contaba de qué se trataba el proceso. Me costó muchísimo, nunca me había imaginado hacer eso, me costaba hasta poner el paño en una plaza para mostrar mis cosas, tuve que sacarme muchos prejuicios de encima y la mirada social para hacer lo que hago hoy.”
En Chile, Federico y Samanta trabajaron de camareros, aunque sabían que no era lo que querían. También hicieron un voluntariado en el camino: “Para ese momento Fede era más coherente, porque él se sustentaba con la música, era lo que le gustaba, pero en mi caso la artesanía no me gustaba. Ahí surgió el tema de la escritura, me conecté con esa niña que siempre escribió pero nunca lo imaginó como forma de poder vivir materialmente. Busco autosustentarme de ese modo y estoy empezando”, explica Samanta, quien actualiza casi a diario la página de Facebook Locos al Pedal con crónicas y reflexiones del viaje.
Rumbo a la segunda parte del periplo que los llevará a Uruguay y Brasil con sus bicis puestas a punto y la energía renovada, la pareja de Locos al Pedal afirma que lo mejor que les sucedió en el camino fue la gente que conocieron: “Los lagos y las montañas siempre van a estar ahí, pero toparnos con las personas que nos teníamos que encontrar es una experiencia irrepetible”, dice Samanta, quien además habla de la peculiaridad del pedaleo: “La bici nos obliga a ir lento y nos da tiempo para pensar y hablar con nosotros mismos. Eso nos permitió conectar con muchas cosas olvidadas. Ese es el efecto de viajar en bici, un viaje interior, y por eso lo seguimos haciendo.”

Facebook: Locos al Pedal

BICIS PARA RATO
El noble bambú
Antes de comenzar esta travesía, ni Federico ni Samanta eran ciclistas habituales. Poco tiempo antes ella había comprado una bici inglesa para ir y venir de su trabajo. Él la imitó y se hizo de una bici de caña de bambú con freno contrapedal fabricada por Malón, de Rosario. “Nos gustaba porque era muy cómoda. Esa bici un tiempo después se la quedó Sami y yo conseguí otra de paseo de caña de los mismos fabricantes”, explica él. Tanto amor le tomaron al bambú que cuando decidieron salir de viaje, encargaron a Malón dos bicis adecuadas para cicloturismo. Mientras tanto los chicos de Locos al Pedal se informaban sobre el equipo que debían llevar y los componentes adecuados para la bicicleta. Cuando estuvo listo el cuadro, la fueron armando de forma conjunta. La caña con la que se construyeron las bicis es tacuara y las uniones son de fibra de vidrio y de resina de epoxi. Los guardabarros son de tela arpillera.
Nos cuenta Samanta: “La gente nos suele preguntar si las bicis son más livianas que las comunes y si se pueden romper. La realidad es que no son más livianas, pesan entre 14 y 15 kilos. Actualmente los fabricantes hacen mejoras constantes para alivianarlas, pero por el momento pesan similar al resto. Pero no hay posibilidad de que se rompan. Algo que las caracteriza es la resistencia.” Sin embargo, Samanta admite que al atravesar el duro invierno en la Patagonia las bicicletas sí sufrieron algunas grietas propias del clima. Por eso, antes de salir a este segundo tramo del viaje las pusieron a punto: «La caña trabajó mucho en el sur con el frío y el viento, también les dio el sol durante el día, la laca se salió y ahora en Malón nos enseñaron cómo hacer el mantenimiento en el camino para no llegar al estado en que llegaron. Pero no se afectaron en su estructura, tenemos bicis para rato, para muchos años más.”

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Bicicletas de bambú

    25 abril, 2020 a las 10:02 pm

    Que interesante, en mi caso me encanta viajar, me gustaría hacer el mismo viaje pero aún no me animo y la situación económica tampoco está para hacerlo. Los admiro hay que tener una valentía bárbara.

    Saludos.

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Cicloturismo

Irán en bici: hospitalidad y belleza

Irán, ese país tan lejano y desconocido para mí, con tan diferente cultura, religión e historia, fue uno de los destinos más esperados en mi viaje. Es uno de esos países que no se visitan todos los días, así que intenté aprovecharlo al máximo.

Pasé allí exactamente dos meses, desde mayo a julio de 2019, pedaleando casi 2300 kilómetros. Las rutas fueron siempre bastante seguras para pedalear, con banquinas. Abundaban también los parques públicos, donde estaba permitido acampar, y la comida en restaurantes en general era extremadamente barata. Así que gastaba poco; comía bien y rico; conocía mucho la vida de los locales; y disfrutaba de un clima de calor en la mejor época del año, justo antes del calor agobiante del verano (julio/agosto). Se daban así todas las condiciones para un viaje ideal.

Algunas cosas llamaron mi atención, y es que por aquel entonces, ingresé al país durante ramadán (el mes de ayuno de los musulmanes), por lo que debía cuidarme de no comer ni tomar agua en espacios públicos durante el día. Era interesante ver cómo su religión estaba así tan presente en su día a día, aunque también descubrí a muchos no-musulmanes que (como yo) se escondían a comer y romper el ayuno. Claro que en la ruta la regla no era tan estricta: podía hidratarme y comer sin problemas. Otra regla (de vestimenta) era vestir siempre de pantalón largo. Intenté cumplirla, pero luego supe que al hacer deporte podía ir de cortos, por lo que así lo hacía cuando pedaleaba. Eso sí, estando sin la bici debía usar los largos aunque hicieran 35°C de temperatura…

Mis expectativas en cuanto a la famosa hospitalidad iraní eran altas, fruto de tantos comentarios positivos recibidos por otros viajeros que la habían experimentado previamente. Y aún así, dicha hospitalidad superó largamente tales expectativas.

Era una incógnita constante saber con quien almorzaría, o donde pasaría la noche, pues eran tantísimas las invitaciones de la gente, día tras día, lo que hacía al viaje aun más interesante e intenso a la vez. Y siempre esas ayudas llegaban de forma desinteresada, contentos de colaborar con el viajero.

Por otra parte, llegar en bicicleta a ciudades con tanta historia como Isfahan, Hamedan, o Shiraz, eran satisfacciones enormes. Visitar sus enormes mezquitas, de una arquitectura y belleza difícil de describir, o pasear entre grandes bazares repletos de comidas, artesanías o alfombras persas, son hoy recuerdos preciosos. O bien acampar a escasos 200 metros de Persépolis, los restos de la antigua ciudad capital del imperio persa, construida hace más de 2500 años, o pedalear en botes acuáticos en las cuevas de Ali Sadr, al noroeste del país, las cuevas acuáticas más grandes del mundo.

Creo sin dudar que Irán fue uno de los puntos altos en mi viaje. Un país al que siempre querría volver, con mucho más para explorar y conocer. Y que, en mi opinión, reúne todas las características para quien planea hacer un viaje en un destino exótico pero a la vez seguro, barato, y con una riqueza humana y una histórica difíciles de superar.


Por Maximiliano Buss: en nuestra edición 305, del pasado mes de abril, publicamos en página 62 una síntesis del viaje de Maximiliano Buss entre Barcelona y Bangkok. Este relato corresponde a su paso por Irán.

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En vivo, el jueves 19/11 a las 20 hs de Argentina, hablamos de cómo armar tu viaje soñado

Sabemos que te gusta andar en bicicleta y que te apasionan los viajes y las aventuras. También sabemos que estás extrañando todo eso, y mucho.
Por eso desde Biciclub y Trans Sierras te ofrecemos de manera gratuita una serie de charlas online de 30 a 45 minutos sobre viajes en bicicleta (o, por qué no, también sumando trekking o remo). Hablaremos de viajes muy cerquita y otros de muy, muy lejos, porque en definitiva sólo se trata de buscar una excusa para conocer y pedalear.
En la primera charla, a realizarse el jueves 19 de noviembre a las 20 hs, compartiremos todo lo referido a un viaje por Cuba, realizado hace cuatro años. Te contaremos detalles y tips para que descubras este destino, tengas herramientas para armar tu viaje, sugerencias sobre qué hacer y que no. Todo esto en base a experiencias vividas y compartiendo mapas, diseños de recorridos, distancias, aciertos y errores, entre otras cosas.
Al finalizar la exposición tendrás un espacio abierto a preguntas.
La idea es compartir esta pasión que tenemos en común porque, sin dudas, pronto volveremos a armar alforjas y salir a descubrir nuevos destinos.

Toda la info e inscripciones haciendo click acá

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Vacaciones en bicicleta en Mendoza

La idea surgió a fines del año 2018. Ir a pedalear por los caminos de Mendoza. Ripio, asfalto, bodegas, desierto, montañas y cielo azul. En un principio estaba pensada para un grupo de ciclistas que ya había hecho otros viajes similares en los últimos años: Salta, Bariloche, Tandil y hasta el Cruce de los Andes. Pero esta vez las cosas resultaron distintas.

Como sucede a menudo, las buenas ideas van creciendo por contagio y lo que parecía ser una salida más de ese grupo de 10 o 12 compañeros de trabajo fue rápidamente ganando adeptos, hasta llegar a convocar nada menos que a 31.

La tarea para Sergio, nuestro organizador, no era fácil, no solo por la cantidad de anotados, sino también por los desafíos logísticos. El cronograma de vuelos era un rompecabezas. Además, algunos llevaban sus propias bicis y otros las debíamos alquilar. Buscar alojamiento único tampoco era fácil.

Lo primero fue encontrar la empresa justa para organizarnos el tour y nos decidimos por Rodado 26. No nos arrepentimos.

Y así partimos hacia la aventura el jueves 21 de marzo del 2019. En distintos vuelos fuimos llegando al Aeropuerto de Mendoza y desde allí nos trasladamos en combi hasta el hotel Casa La Galeana, en Chacras de Coria, un hotel pequeño pero muy cómodo, en el que ocupamos todas las habitaciones.

Antes de la cena, Ariel de Rodado 26 nos dio la bienvenida en una reunión grupal. Allí seteó las expectativas del viaje con una frase que tituló con precisión lo que sucedería: “Gente, los próximos cuatro días son vacaciones en bicicleta. Vamos a disfrutar de los paisajes, de pedalear juntos, de compartir buenos momentos.” Cena en el hotel y a dormir para juntar fuerzas para el día siguiente.

De Tupungato a Potrerillos

El viernes, luego de un desayuno liviano, a las nueve en punto partimos en dos combis hacia Tupungato. Allí, tomamos la ruta 89 y en la entrada de la Estancia Los Coirones las combis se detuvieron. Descargamos las bicis de los trailers y comenzamos a poner todo a punto.

Cuando todo estuvo listo, comenzó el pedaleo. Continuamos por la 89, un camino de ripio con muchas piedras. En el primer tramo de 15 kilómetros, entre muchas subidas y pocas y pequeñas bajadas, ascendimos 700 metros en medio de un paisaje espectacular, con el Cordón del Plata de fondo. Llegamos así hasta el punto más alto de la ruta 89, donde los muchachos de Rodado 26 habían armado un gazebo para almorzar. Sandwiches, frutas frescas y secas y mucho líquido. Todo perfecto para descansar un poco y retomar fuerzas.

Luego del almuerzo emprendimos la bajada. Siempre en ripio, la primera parte en forma de caracoles, muy divertida pero con la necesidad de prestar mucha atención al camino. Luego, al llegar a la zona del valle, el camino se hizo más recto, aunque continuaba descendiendo. Al llegar al pueblo de Las Vegas, el ripio de la ruta se hizo asfalto y la bajada continuó hasta el dique de Potrerillos. En total, 22 kilómetros de descenso muy rápido, donde algunos intrépidos alcanzaron casi 70 kilómetros por hora en algún tramo.    

Manzano histórico y Salentein

Nuevamente a las nueve en punto partimos en las combis, esta vez con rumbo a Tunuyán. A partir de allí, tomamos la ruta 94 hasta la intersección con el camino de La Quebrada, donde comenzó el pedaleo del día.

Los primeros cinco kilómetros fueron en ascenso, hasta llegar al Monumento al Manzano Histórico, lugar donde se dice que San Martín se detuvo cuando volvía de su campaña a Chile. Un poco decepcionados al enterarnos de que el famoso manzano ya no existe, y luego de socorrer a un ciclista solitario que había sufrido una caída en un sendero detrás del monumento, seguimos ascendiendo por la 94, ahora de ripio, dos kilómetros más hasta el Campamento de los Maristas. En ese lugar hicimos una parada técnica para comer algo de queso, dulce de batata y frutas secas.

En ese punto el grupo se dividió. Los más entrenados siguieron subiendo por la 94 algunos kilómetros más hasta llegar a las ruinas del hotel Samai Huasi. Los demás volvimos sobre nuestros pasos hasta la intersección con la ruta 89, justo donde está emplazado el Cristo de la Hermandad.

Tomamos un camino asfaltado en dirección a Tupungato. Luego de 20 kilómetros de descenso llegamos todos juntos al acceso a la Bodega Salentein, donde compartimos una muy buena degustación de empanadas y vinos de la casa. Por la tarde realizamos una visita a esta particular bodega.

De Uspallata a Villavicencio

Ya se había hecho costumbre la salida puntual a las nueve. Las combis con sus trailers nos llevaron por los increíbles paisajes de la ruta 7 hasta la ciudad de Uspallata. Saliendo de esa ciudad por la Ruta 52 abandonamos el asfalto y nos internamos en la Reserva Natural de Villavicencio.

En un punto de esa ruta nos detuvimos y comenzó el pedaleo. Fue el tramo más desafiante de todo el viaje, 12 kilómetros durísimos en ascenso casi constante en los que ganamos 1000 metros de altitud. Luego de casi dos horas llegamos a la Cruz del Paramillo, a 3000 metros de altitud, donde disfrutamos de un hermosa vista del Cerro Aconcagua. A partir de allí, cuatro kilómetros más con algunos repechos exigentes hasta llegar al Mirador del Balcón, donde nos esperaba la deseada bajada, los famosos caracoles de Villavicencio, 23 kilómetros de puro camino de cornisa, con más de 300 curvas, según los conocedores. Los picos de adrenalina nos acompañaron todo el trayecto, hasta el final del camino donde el famoso hotel inmortalizado en las botellas de agua mineral nos recibió para dar por finalizado el día de pedaleo.

Por la noche, de vuelta en Casa La Galeana, el Chino y Gaby, los asadores expertos del grupo, se mandaron un asado impresionante para todos.

Entre viñedos y senderos del pedemonte

El último día de pedealeo lo arrancamos montados en las bicis desde el hotel. Hicimos diez kilómetros hacia el sur y luego hacia el oeste con algo de pendiente ascendente hasta el dique Cipolletti, en Luján de Cuyo. A partir de allí nos internamos a pedalear por los viñedos de la bodega Luigi Bosca y luego por caminos internos, siempre rodeados de viñas y pequeñas bodegas.

Al mediodía llegamos a la bodega Nieto Senetiner, con su casco de estilo colonial excelentemente mantenido. Nos recibieron con una cata de vinos, visita a las instalaciones y un estupendo asado. Por la tarde los más fanáticos hicieron una pasada por los Senderos del Pedemonte, llenos de caminos angostos, más exigentes desde lo técnico pero muy divertidos.

Finalizado el último día, fuimos partiendo desde el hotel hacia al aeropuerto, organizados de acuerdo con nuestros cronogramas de vuelos de vuelta. La organización de Rodado 26 fue impecable de inicio a fin.

Hermosa visita a Mendoza. Un viaje inolvidable de cuatro días donde descubrimos lugares increíbles para recorrer en bici, rodeados de paisajes majestuosos. Un ambiente relajado para compartir momentos distintos a los habituales del trabajo y conocernos de una forma más cercana. Para algunos fue además el reencuentro con la bici después de años. Para todos una hermosa experiencia que nos dejó con las ganas de seguir haciendo viajes grupales en bicicleta.

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Cicloturismo

Un recorrido récord de la ruta 40


¿Por qué lo haré?

Soy nacido en Cuba, donde me formé como deportista profesional en balonmano. A la edad de 17 años me tomó por obligación el servicio militar y todos mis sueños de adolescente se paralizaron por dos años.
Durante esa etapa experimenté lo que para mí es mi mayor miedo. Mi hermana, con 18 meses de nacida, fue diagnosticada con un tumor maligno que la tuvo por un año y medio en un hospital. Hoy está bien pero arrastró muchas secuelas, por no tener una educación nutricional, saboteando su salud. Por eso es que de alguna manera quiero regalar mi conocimiento de Nutrición mediante un récord mundial y educar a toda aquella persona a que con un pequeño cambio a diario pueda hacer una gran diferencia. Si yo pedaleando cada día 200 km y comiendo lo básico puedo lograr mantener mi salud y rendimiento, no dudo que estando en la comodidad de casa podemos lograr cosas increíbles.
A su vez quiero motivar a toda aquella persona migrante cuyos sueños no hayan encontrado su camino. Recién a los 31 años logré el mío y por ello quiero motivarlos a que hagan cosas extraordinarias y descubran su camino, a que no sigan con miedo de tener el éxito y persigan el porqué de su vida.

¿Qué haré?
Llevaré a cabo un récord mundial en bicicleta por toda la Ruta 40, una distancia de 5200 km en menos de 25 días.

¿Cómo lo haré?
Partiendo desde La Quiaca solamente con mi bicicleta y un equipaje no mayor a 20 kg de peso. La idea es recorrer entre 180 y 220 km por día.
Esta vez iré con más experiencia y sobre todo con menos fantasmas, ya que el año pasado logré ganar experiencia en la ruta y sobre todo como afrontar el viento que te tira de la bicicleta.
Viajaré con un compañero que se encargará de filmar. Cada día haremos un video resumen sobre lo que comemos, cómo fue la etapa y sobre todo qué enseñanza nos dejó el día.
Tengo como estrategia en la alimentación un método que llamo 30×60, que significa que
cada 30 minutos me tengo que hidratar aunque no tenga sed y cada hora comer, en su mayoría carbohidratos de buenas fuentes.
Una vez terminado el récord presentaremos el documental en público, incluyendo una charla.

Por Toni Bringuier | tonibringuier@gmail.com

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Edición Digital

Nº 311

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