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San Juan y La Rioja

Fecha: 29.07.2013

Un viaje que propone diferentes recorridos desde un mismo punto cercano a la Villa San Agustín del Valle Fértil, en San Juan. El Valle de la Luna y el Parque Nacional Talampaya, lugares de gran valor paleontológico, y otros tantos pueblitos caracterizados por sus casas de adobe y piedra y la amabilidad de los lugareños.

Por Raúl Fernández

Recorrer el Parque Provincial Ischigualasto, también conocido como Valle de la Luna, fue el objetivo principal de este viaje que hicimos con mi mujer, Patricia. Sin embargo, en el aspecto ciclístico –y sólo en ese punto- este lugar, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO, resultaría una frustración. No así el resto del viaje.
Ir pedaleando desde Bahía Blanca, nuestra ciudad de origen, nos resultaba imposible porque no contábamos con el tiempo suficiente. Los mismo pasaba si queríamos hacer todos los recorridos zonales en bici, de modo que elegimos combinar automóvil y bicicleta, modalidad que se ajustaba a nuestras posibilidades.


Nos instalamos en las cabañas Don Antonio, ubicadas sobre la Ruta Provincial 510, a siete kilómetros de la Villa San Agustín del Valle Fértil, muy cerca de Usno, en San Juan. El Valle de la Luna dista a 75 kilómetros de allí y el Parque Nacional Talampaya, en La Rioja, a 125 kilómetros.
Desde ese lugar salíamos cada mañana hacia diferentes destinos, para regresar a la noche. El plan era llevar solamente el bolsito trasero sobre el portaequipaje, agua —hace mucho calor durante el día— y algún abrigo porque a la noche refresca. También llevábamos algo de comida por si no podíamos aprovisionarnos en el viaje. Teniendo en cuenta que se transita por zonas de monte espinoso, es recomendable colocar en las ruedas una banda de Kevlar y/o líquido antipinchaduras, además de cargar cámaras de repuesto.
Para los que quieran hacer el viaje con alforjas y carpa, hay camping en San Agustín del Valle Fértil y en Usno. También se puede acampar en Ischigualasto y Talampaya, pero en forma más agreste, con servicios básicos y poca sombra.

Los picapiedras
El primer día pedaleamos para el lado de Usno, para entrar en calor. Nos salimos de la ruta hacia la izquierda y encaramos las sierras por una red de caminos de tierra sin señalización, donde perderse parecía fácil. Preguntando a la gente del lugar supimos que por allí, pasando por la casa de La Ermitaña, se llegaba a las minas de feldespato, un mineral que se usa para la fabricación de vidrios, pisos cerámicos, azulejos, inodoros, piletas, etcétera.
Vadeamos más de 10 arroyos y entre cardones, rebaños y corrales llegamos hasta el pie de la sierra, donde encontramos un asentamiento. Alejada hacia la derecha, la chimenea de la casa humeaba con olor a tortas fritas. Hacia el otro lado, un grupo de obreros descargaba piedras de buen tamaño de un carro tirado por un tractor, apilándolas en el suelo. Otros dos, a mazazos, las reducían.
Eran trabajadores muy sencillos y amables. El que manejaba el tractor señaló hacia arriba y dijo: “¿Por qué no van hasta arriba, donde están trabajando en la mina?” Miré hacia la cima y por más indicaciones que me daba el hombre, no distinguía nada. Estaba meditando el desafío y esperando la opinión de mi mujer, cuando, antes de que nosotros contestáramos, agregó: “Si quieren yo los subo con el tractor y después se tiran”. Aceptamos.
El viejo y quejumbroso tractor trepó cansino con nosotros parados en los estribos y las bicis en el carro. Arriba, en la cantera, había más “picapiedras”, con sus mazas enfrentadas a rocas aun más grandes. Charlamos con los mineros un rato, comprobé el peso de la herramienta que usan para romper las rocas y nos despedimos.


Soltamos las bicis al descenso vertiginoso, una curva tras otra. Fue tan fantástico como lo habíamos imaginado al subir. De regreso, con el sereno atardecer sanjuanino, pasamos por Usno y ya casi de noche hicimos escala en el Museo Piedras del Mundo, un maravilloso emprendimiento de los hermanos Osvaldo y Gabriel Merenda, quienes también ofician de guías. Allí se pueden ver miles de piezas de minerales comunes, piedras preciosas, cristales, minerales raros, insectos, flora y fauna de la zona, taxidermia, piezas arqueológicas, malacología (estudio de los moluscos) y galerías de fotos. Además, en el predio de más de 100 hectáreas con características de reserva se organizan caminatas con observación de aves. Además se pueden comprar artesanías en piedras.
Con mi mujer Patricia quedamos impresionados por la belleza y las variantes cicloturísticas del lugar, pero también conmovidos por las duras condiciones en que trabajan los mineros.

Crónicas Marcianas
Ya en el Valle de la Luna, nos dijeron que no había guías suficientes para llevarnos a hacer el recorrido principal en bicicleta por el Parque Provincial Ischigualasto. Como alternativa ciclística nos ofrecieron hacer otro sendero más corto por la tarde, de 10 kilómetros aproximadamente. Pero siempre y cuando hubiera algún guía disponible.
Finalmente recorrimos el circuito principal con las bicis cargadas en el auto. Es un trayecto de aproximadamente 40 kilómetros que comprende cinco estaciones: El Gusano, Valle Pintado, Cancha de Bochas, El Submarino y El Hongo. También se pasa por las ruinas de una casa de baqueanos del año 1953. Concretar el paseo lleva cerca de tres horas.
Transitar el Valle de la Luna es como meterse en las historietas y series televisivas de ciencia ficción, o como formar parte por unas horas de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury. Hay que conocerlo y andarlo, como sea. Y si es en bici, mejor. No hay foto o video que pueda transmitir la magia de estar en medio de una secuencia casi completa de sedimentos del período Triásico (era Mesozoica). Estamos hablando de más de 150 millones de años. Más antiguo que el período Jurásico popularizado por la película Jurassic Park de Steven Spielberg.
Por ahí corrió el hoy llamado Herrerasaurus Ischigualastiensis, uno de los dinosaurios más antiguos del mundo. Su nombre recuerda al descubridor del fósil, el baquiano lugareño Victorino Herrera. El profesor Osvaldo A. Reig, que encabezó el equipo paleontológico de la Universidad Nacional de Tucumán, denominó así al fósil. Por algún sortilegio de este misterioso valle, al día siguiente nos encontraríamos con un Herrera, pariente de aquel baqueano (ver columna “Don Victorino Herrera”)

Paradojas del Talampaya
El Parque Nacional Talampaya está en la provincia de La Rioja, en el límite con San Juan, y también fue declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO.
Allí hicimos el recorrido en bicicleta. Éramos tres ciclistas: Jorge, el guardaparque, Patricia y yo. Por momentos, sólo estaba el deslumbrante paisaje y el silencioso transcurrir en medio de la monumental naturaleza. La paz sólo era alterada muy de vez en cuando por aparición de alguna camioneta cargada de turistas.
Además de su valor geológico, paleontológico y arqueológico, Talampaya es una muestra del característico monte argentino: se ven gigantescos paredones, profundos cañadones y sorprendentes diseños labrados por el agua y el viento, además de petroglifos con enigmáticos mensajes dejados hace miles de años, morteros y algún cóndor planeando en lo más alto de las cornisas. Todo eso se puede ver y sentir en este Parque Nacional.
Cerramos la excursión con una caminata a la Quebrada Don Eduardo. Pasamos por cauces de ríos secos y subimos a través de extrañas formas en donde Jorge, el guía, confesó que sufría de vértigo. Vaya paradoja.

Cosas de baldero
Conocimos otros parajes, todos formados por construcciones levantadas con materiales y técnicas tradicionales de la zona: paredes de adobe o piedra, techos de caña o ramas y torta de barro, con el agregado —en algunos casos— de mica como impermeabilizante. Cerca de las casas había siempre un horno y en los alrededores corrales y ramadas típicas. Y por supuesto la amabilidad pareja de los habitantes.
En Los Rincones, Don Oscar Ontivero y su hijo Nahuel nos prestaron una mula para dar una vuelta. La habían bautizado Gacha, porque tenía una oreja caída -agachada—.
En Baldes de Rosario conocimos a Don Pascual Ontivero, de 72 años, quien vive con su hermano en lo que alguna vez fue la Escuela 160, construida a principios del siglo XX, de la que él mismo fue alumno. Recuerda que su maestro se llamaba Rufino y vivía con su esposa —también docente— en el mismo establecimiento. Todavía se ven los restos de un banco original con la sigla de la escuela. Nos contó que la luz eléctrica les había llegado recién este año. La iglesia del pueblo se llama San Isidro Labrador, construida en la década del 40.
En el paraje San Antonio nos detuvimos en la casa de Prudencio y Juan Ontivero, que tiene más de 100 años de antigüedad. Un pastor que estaba en lo más alto de la sierra nos gritó y señaló dónde estaba el pozo de balde. Porque según nos contaron, la mayoría de estos poblados se formaron alrededor de algún pozo de balde, que es la perforación que se hace para sacar agua de las napas subterráneas con un cubo, vasija o —justamente— un balde. También se cuenta por esos pagos que los “balderos”, trabajadores que se ocupan de hacer los pozos, tienen una habilidad especial para ubicar el lugar justo donde hay que cavar para encontrar el agua.

La Majadita
El circuito de La Majadita, que empieza en la Villa San Agustín del Valle Fértil, en San Juan, está recomendado en los mapas turísticos para transitarlo en vehículos 4×4. Sin embargo, también debería destacarse como un camino de singular belleza muy apto para el cicloturismo, ya que tiene todos los ingredientes necesarios para disfrutar de la bicicleta.
Se transita por una senda rodeada de cardones y sierras, serpenteando por subidas y bajadas. Los numerosos arroyos que se vadean son verdaderos oasis en donde reaparece el verde. Se hace necesario detenerse allí a discernir los colores, tocar el agua que corre con su acompasado sonido y respirar los aromas de la naturaleza en estado puro.
Además, es un encuentro con los pobladores originarios que dejaron sus enigmáticos mensajes en los petroglifos y nos cuentan de sus costumbres a través de los morteros de piedra visibles al costado del sendero. También se puede cruzar uno con los actuales habitantes, montados en sus mulas, usando guardamontes para protegerse de las espinas.
En La Majadita acumulamos 65 kilómetros. Fue un perfecto final para cerrar este viaje por una pequeña parte de la gran Argentina profunda. Al otro día emprendimos el regreso hacia Bahía Blanca, en la planicie pampeana.

EN SÍNTESIS
San Juan y La Rioja

Punto de llegada y partida: Complejo Don Antonio, en la Villa San Agustín del Valle Fértil (San Juan), desde donde se iniciaron todos los recorridos. A 75 km de allí se encuentra el Valle de la Luna, y a 125 km, el Parque Nacional Talampaya (La Rioja).
Época: Septiembre. El clima fue perfecto, no llovió y no sufrimos ni calor ni frío extremo.
Duración: cinco días.
Distancias: dentro del Parque Nacional Talampaya pedaleamos aproximadamente 15 km (dos horas y media), con varias paradas. Es un recorrido corto pero impresionante. Para quienes no lleven bicis, ahí alquilan unas Zenith. En La Majadita, Patricia anotó que hicimos 65,1 km. Del resto del recorrido sólo tenemos distancias aproximadas. En la vuelta por las minas hicimos cerca de 40 km, pero en esta zona el circuito se puede alargar o acortar a gusto del ciclista, ya que hay muchos senderos. Recomiendo ir dibujando el camino y anotando distancias para saber cómo volver e ir preguntando, porque no hay señalización y es fácil perderse. De ida y vuelta a Los Rincones acumulamos unos 80 km, pasando por Baldes de Rosario y Paraje San Antonio.
Características del viaje: para quien disponga de muchos días, es una zona fantástica para recorrerla con alforjas y carpa. Es algo totalmente diferente a los populares y publicitados recorridos por el sur argentino, igual de recomendable para el cicloturista, y eso que nosotros conocimos sólo una muy pequeña parte de San Juan.
Equipaje: los dos usamos bolso trasero Halawa sobre el portaequipaje, con varios tensores para acomodar los abrigos.
Indumentaria: calzas con badana protectora, casaca con bolsillos traseros, casco, anteojos con filtro UV y guantes.
Alimentación: fue muy variada. Algunas veces llevamos lo que sobraba de la noche (pollo o chivito asado), otras sándwiches y siempre frutas. No faltó la ocasión en la que compramos algún salamín.
Por un error de información un día nos alimentamos sólo con torta -que era la merienda— barritas de cereal y pasas, porque el lugar donde se suponía que íbamos a almorzar estaba cerrado y no había otro. Tengan en cuenta que son parajes pequeños y aislados. Inseparable de nosotros es el equipo de mate.
Información:
– Departamento de Promoción y Turismo, ente autárquico Parque Provincial Ischigualasto: (0264)6491100 / (0264)4227372, ischigualasto@sanjuan.gov.ar, www.ischigualasto.org.
– Intendencia del Parque Nacional Talampaya, Calle San Martín s/n, Villa Unión, La Rioja, (03825) 470356, talampaya@apn.gov.ar, www.talampaya.gov.ar.
Alojamiento: Complejo Turístico Don Antonio: Ruta Provincial 510, km 7, Usno, Departamento de Valle Fértil, San Juan. Info: (0264) 156400202 / 155103047, info@complejodonantonio.com.ar, www.complejodonantnio.com.ar.
Bicicletas: Zenith Sala 2008, Raleigh M-60 2005.
Viajeros: Raúl Fernández y su mujer, Patricia. Integrantes del grupo de ciclismo Bicitantes, de Bahía Blanca.
Info: ruleigh@hotmail.com.

Nota publicada en Biciclub Nº 182, febrero 2010.

 

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