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Cicloturismo

Sin rumbo y a pedal

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Nicolás González (31), de Berisso, y María Leticia “Lechu” Villalba (26), de Tres Arroyos, están en pareja hace poco más de tres años y hace algunos meses se lanzaron a la ruta a viajar en bici. “Es nuestro primer viaje en bicicleta (no de vacaciones o placer). Emprendimos el camino de vivir viajando. Nuestra idea es conocer lo más posible de América Latina. Viajamos lento y no tenemos ningún límite de tiempo”, nos contó la pareja acerca de su aventura.

¡Verdaderamente sin rumbo!
El recorrido del viaje lo van armando en el camino y por eso no tienen una ruta fija. La idea es conocer el país y lo que más puedan de América Latina.
El punto de partida fue Buenos Aires, desde donde salieron en tren hasta Bahía Blanca. Ahí empezaron a pedalear hasta Viedma, en donde abordaron el tren Patagónico hasta Bariloche.
Una vez arribados, la aventura continuó por el mítico Camino de los Siete Lagos hasta San Martín de los Andes. Fue allí entonces cuando empezó la primera etapa internacional cruzando a Chile por el paso Hua Hum (685 msnm) y recorriendo el sur del país trasandino. Luego siguieron en micro hasta Santiago, para retomar el pedaleo por la costa (desde San Antonio hasta Algarrobo, Valparaíso, Viña del Mar, Reñaca, Concón).
A continuación regresaron a la Argentina por la provincia de Mendoza. Y desde entonces vienen “subiendo” en el mapa, pasando por distintos pueblitos de San Juan, La Rioja y, al momento de charlar con Biciclub, estaban en Catamarca. “Tenemos ganas de llegar hasta Humahuaca, Jujuy, y después veremos por dónde seguimos”, adelantó Lechu.

La querencia
Lo que está claro es que la lejanía con la familia y los amigos es una de las cuestiones más complicadas al estar viajando por tiempo indefinido. La pareja está pensando en volver uno o dos meses para sus respectivas ciudades y así visitar a sus seres queridos. Además, desde ahí comenzarían una nueva etapa de esta aventura, ahora por Uruguay y Brasil.

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Por qué en bici
La idea de viajar en bicicleta surgió porque era el sueño de Nico desde hacía ya muchos años. Cuando ambos se conocieron él tenía la idea a futuro de hacer un viaje en bici sin límite de tiempo y ella casualmente también quería salir a conocer otros lugares sin preocuparse por el calendario. Pero a Lechu nunca se le había pasado por la cabeza la posibilidad de hacerlo pedaleando. Bastó con que Nico se lo propusiera para que ella inmediatamente agarrase viaje: “Me compré la bici y comenzamos a planificarlo con Nico. Después de unos meses ya era yo la que insistía en salir. Tuvimos que acomodar un par de cosas y la partida se demoró casi tres años. En enero de 2015 comenzamos el viaje. Hoy, luego de seis meses, no nos imaginamos en otro vehículo. Creemos que la bici te da algo que de otra manera es más difícil lograr. Estamos obligados a viajar pedaleando de pueblito en pueblito y creemos que eso es una de las cosas más lindas que tiene la bici. Además es una forma muy económica de viajar y es independiente. No dependés más que de tu cuerpo y de tus ganas de pedalear. Cuando salimos a la ruta nos sentimos libres. Nos encanta llegar a un nuevo lugar y saber que lo hicimos gracias a nuestras ganas de estar ahí.”

Lo que se deja y lo que se gana
Hay muchas cosas que se tienen que dejar de lado, al menos temporalmente, para poder encarar un viaje de este estilo. La familia, los amigos, la comodidad de un techo asegurado y esa cierta previsibilidad que otorga una rutina.
“Ya hace seis meses que estamos viajando con muy pocas cosas, las necesarias y suficientes para vivir en el medio de la nada (siempre que tengamos agua y comida), y no depender de nada más que de nosotros. Aprendimos de a poco a despojarnos de las cosas materiales y a estar bien sin ellas. Tenemos cosas de valor, sí, pero no tanto por lo que valen sino más bien por lo que significan para nosotros; las bicis y la cámara de fotos son esas cosas. Las bicis son mucho más que nuestro vehículo, son las que nos están permitiendo hacer este tipo de viaje que no quisiéramos hacer de otra forma. La cámara es una compañera capturadora de instantes y nuestra herramienta de trabajo. Nos encanta la fotografía y la utilizamos como recurso para poder seguir viajando. Sacamos fotos de los lugares donde vamos conociendo y las armamos en postales con frases de diferentes autores. Luego las vendemos en las ciudades o pueblos y hasta el momento estamos viajando con eso”, cuenta Lechu.

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Proyecto Crear, Jugar y Cuidar
Además de viajar, Lechu y Nico decidieron encarar un proyecto educativo llamado “Crear, Jugar y Cuidar”. Se trata de talleres lúdicos para las escuelas primarias, en los que enseñan maneras sencillas de cuidar el medio ambiente. A través de juegos y actividades creativas los chicos aprenden la importancia de relacionarse de forma sustentable con el mundo.
De esta manera, no solo ellos dos van enriqueciendo su vida a través del viaje, sino que buscan transmitir un mensaje ecológico y de respeto por la naturaleza entre los más pequeños de algunos de los lugares que visitan.

Lo que viene
Para seguir paso a paso el viaje que está haciendo esta pareja (¡y sorprenderse con los nuevos rumbos que vayan eligiendo!), se puede ingresar a su sitio web www.sinrumboyapedal.com o seguirlos a través de su página de Facebook: facebook.com/sinrumboyapedal.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Lechu

    17 octubre, 2015 a las 11:37 pm

    Muchas gracias por la nota! Quedó muy linda!!!

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Cicloturismo

Una expedición en bici al corazón del Karakoram

En esta nota, que nos envía Martín Bissig, fotógrafo de algunos de los viajes de Hans Rey, tres mountain bikers de raza se proponen recorrer en bici uno de los trayectos más arduos de esa región de las más grandes montañas. Una experiencia brutalmente agotadora, con mucho más tiempo con las bicis sobre ellos que con ellos sobre sus bicis. (más…)

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Cicloturismo

Cicloturismo en Chascomús: un clásico con amenities


En un impasse de tareas docentes que la virtualidad hizo el milagro de multiplicar, cierro los ojos y siento el aire fresco de la laguna…
Chascomús es una ciudad distinguida. Ganadera, cuna de dirigentes políticos, cuenta además con varias figuras del ciclismo: de acá son Juan Carlos Haedo y sus hijos. Hay muchas actividades deportivas y culturales que evidencian el crecimiento de los últimos años. A pesar de ser un destino clásico para ciclistas, solo vine una vez, hace mucho, en grupo. Un recorrido interminable por caminos de tierra en el que las pinchaduras y la caída del sol nos obligaron a retomar la Ruta 2 cuando ya nadie disimulaba el cansancio. Recuerdo la entrada a la ciudad y la cena con pizza y empanadas en una plaza céntrica como algo liberador.
Esta vez vine con mi compañera en un plan relajado. Nos movemos en bicicleta porque reservamos lejos del centro. Y qué suerte. Las cabañas de la Avenida Costanera España ya fueron alquiladas, y muchos tuvieron que armar la carpa en el jardín de alguna casa, señal de que los campings no dan abasto. A pocos metros, en la laguna, centenares de pescadores amateurs le confían la caña al hijo y destapan una cerveza, mirando siempre hacia la otra orilla.
Una vez acomodados en la cabaña, pasamos la tarde en la pileta y tomando mate en el jardín, mientras planeamos una vuelta nocturna por la laguna. ¿Lo esencial?: hidratación, buenas luces y bananas. Contra los mosquitos, repelente y resignación.

La vuelta a la laguna
Para salir del complejo atravesamos varias cuadras por un camino de piedras sin alumbrado. Apenas cruzamos las vías y llegamos a Intendente Martino, un grupo de competidores nos pasa a gran velocidad, los saludamos y alcanzamos a escuchar su respuesta. La música llega desde los autos, por lo general trap o reggaetón. En la feria de artesanos, donde todavía quedan algunos puestos abiertos, se escucha a Jorge Cafrune. Varios restaurantes y bares están casi llenos a pesar de que ya es la una. Pedaleamos un rato envueltos en músicas, luces y olor a carne asada hasta que de poco el aire se siente más frío, los comercios se van dispersando y ya no hay tantos autos. Algunos caserones abandonados, no tan viejos pero espectrales, nos ven acelerar. Cuando atravesamos el puente sobre el Arroyo Vitel me acuerdo de historias de aparecidos que escuché de chico en fogones en Monte Hermoso. Tengo ganas de contar alguna, pero mi compañera quedó atrás. La espero y cuando está lo bastante cerca como para escucharme sentimos las primeras nubes de mosquitos en la cara.
Al principio es como si nos arrojaran cenizas. Entrecerramos los ojos y aceleramos. ¿Cuántos mosquitos hay en el mundo? Imagino que la orilla de la laguna debe estar cubierta por millones y millones de mosquitos que se mantienen casi en el mismo lugar, a centímetros del agua, en una vibración perfecta y continua.
Cada tanto las luces de algún auto nos ilumina la entrada de un camping. Aprovechamos esos momentos en que los mosquitos parecen diseminarse y bajamos a sacar alguna foto. Todo un error: siguen ahí, y ahora se ensañan con aquellas partes de nuestros cuerpos al descubierto de calzas, zapatillas y guantes, aunque también nos pican a través de la ropa. Sacamos fotos desenfocadas, subimos a las bicicletas y pedaleamos como si participáramos del Trasmontaña.
Pasamos el ACA y escuchamos risas y voces animadas. En la pileta de una casa unos jóvenes le hacen frente a la noche del verano, que no es tan calurosa. Algunas cabañas de piedra y madera interrumpen las zonas boscosas. Me gusta mucho más esta parte de Chascomús que la otra, sobrepoblada, ruidosa e inquieta. Al llegar al Club San Huberto doblamos a la derecha y cruzamos las vías hacia nuestro complejo. A elongar y descansar, esto continúa.

Gándara es Gándara
Son las ocho de la mañana, ya desayunamos y nos aplicamos el protector. El sol aun no pica y la idea es estar de regreso cerca del mediodía. Modo paseo: algunas paradas, fotos y visita a la fábrica abandonada. La tarde será dedicada enteramente a la pileta: esto es cicloturismo pequeñoburgués sin culpa.
Pedaleamos por la costanera hasta un camino de tierra que nos lleva a la ruta 20. Cuando doblamos a la derecha y tomamos el camino viejo a Gándara nos recibe el viento en contra: una ráfaga de aire seco y cálido que de ahora en adelante va a ir en aumento. Según el mapa estamos muy cerca del aeródromo, pero no vemos ni escuchamos ninguna avioneta. Todo es aridez con intervalos de hierbas pampeanas y algunos árboles. Muy de tanto en tanto, alguna estancia. El sol se mueve y nos azota desde un cielo con pocas nubes.
Una huella serrucho me sacude y me olvido de lo que estoy pensando. Es muy fácil distraerse, el paisaje no cambia y solo vimos pasar dos autos. Si alguien va a Gándara, lo hace por ruta. Aunque a esta hora, lo dudo.
Pasamos otra estancia, abandonada. Hago zoom con el celular para distinguir el nombre: María Llavaneras… Avanzo unos pasos sobre un colchón de yuyos y cardos: Haras Llavaneras… El nombre no me dice mucho. Horas más tarde consultaré internet y encontraré la página de una estancia mucho más cuidada que la que tengo enfrente. La estancia, dice la página, fue pensada para el desarrollo del caballo de salto de alta competición, y su fundador es un español que bautizó el lugar en homenaje a un pueblo de Barcelona, San Andrés de Llavaneras. No tengo idea de dónde estarán esos caballos; desde que nos metimos en este camino solo vimos algunas vacas. El sol nos obliga a reponer el protector y a hidratarnos. Ahora sí, derecho a la fábrica.
El camino se bifurca y volvemos a doblar a la derecha. Al rato, un cartel oxidado anuncia: “Gandara”, así, sin tilde. Trato de recordar cómo aparecía el nombre en las publicidades del yogurt hasta que me doy por vencido.
Hace un rato que no hablamos, el viento en contra nos fatiga. No debe faltarnos más de un kilómetro, pero ya vengo sintiendo el hambre. Los metros finales son los más duros porque miramos hacia adelante y la fábrica no aparece.


Hasta que la encontramos, después de otra curva. Resulta un poco más chica de lo que esperaba. Al principio seguimos de largo, avanzamos 500 o 600 metros. Vemos el cartel de la estación de ferrocarril con el pasto crecido, unas pocas casas de ex empleados, un colegio agrícola y el camino asfaltado que lleva a la Ruta 2. Luego volvemos a descansar bajo unos árboles, frente a la fábrica. Pasa un rato y llegan dos autos desde el camino asfaltado. Luego, una moto. Los ocupantes, en su mayoría parejas, se bajan, miran, se sacan algunas fotos en la entrada y permanecen un rato más, para sentir que el viaje valió la pena. Hacemos lo propio y nos retratamos buscando un ángulo que esquive al sol y la trompa de uno de los autos que estacionó demasiado cerca del portón. Luego sacamos otra foto con las bicicletas solas, apoyadas contra la pared. Comemos alguna fruta y nos preparamos para la vuelta. Son las diez y media y el sol pega más fuerte pero ahora el viento juega para nosotros. Unos minutos después dejamos atrás el cartel oxidado.


Antes de venir a Chascomús leí que habían abierto una fábrica Gándara con sede en Pilar. Al parecer se trata de una pequeña planta de inversores chinos. La nota señalaba que se había generado una falsa expectativa en los pocos habitantes aledaños a la planta original, sin la infraestructura necesaria para volver a producir. Pienso en esas cosas durante el regreso, hasta que me doy cuenta y trato de conectarme con el paisaje, los árboles, las pocas estancias. Tomo un trago de agua fresca y miro el cielo. Por momentos parece que habrá una pausa de sol, pero las nubes son muy chicas y no hay tregua. De golpe: ¡dos paracaidistas! El descenso de las figuras recortadas, suspendidas contra el cielo puro del aeródromo. Ahora sí: pedaleamos sin detenernos hasta el asfalto y el ruido. La pileta es nuestra zanahoria invisible, unos kilómetros más allá.
¡Hasta una salida más sacrificada, amigos!

 

SÍNTESIS DEL VIAJE
Fechas: del 22 al 25 de febrero 2019
Distancia: 82 km


Por Mariano Favier: marianofavier@gmail.com

 

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Cicloturismo

Viajeros: Tierra del Moncayo y Tierras Altas (España)

Cuando exploro nuevos senderos siempre tengo la misma sensación, ese nudo en el estomago que crece con la incertidumbre de lo desconocido. ¿Qué descubriré? Es algo que me hace salir una vez tras otra de viaje para conocer nuevas regiones, países y zonas remotas. Pero lo que no esperaba es que muy cerca del lugar donde vivo se encontraba una aventura que me llevaría a conocer pueblos con un gran patrimonio histórico-artístico heredado de su pasado cristiano e islámico. Montañas como el Moncayo, cargadas de leyendas y fantasías: desde los celtíberos hasta Bécquer, pasando por la mitología romana, los milagros cristianos y la fantasía popular, que juntos anidan y crecen en cuevas y pozas de la zona.
Una reciente red de senderos creada en la región de Soria nos permiten practicar nuestro deporte favorito de forma divertida y al mismo tiempo conocer gran parte de la historia y patrimonio de sus pueblos y localidades más remotas. Para esta ocasión he elegido una de las montañas que llevo apreciando y admirando desde mi niñez, El Moncayo. La provincia de Soria nos propone un camino de línea ascendente que parte desde Ágreda hasta Vozmediano. Allí aflora el río Queiles a borbotones de mil quinientos litros de agua por segundo en su mismo nacimiento, en un recorrido de pino, roble, hayedo y frescuras que conducirá hasta el Pico San Miguel, a 2.300 metros de altitud.


Para mantener este alto nivel decidí completar mi viaje desplazándome hasta las Tierras Altas de Soria. Tierras Altas o La Sierra, como la conocen popularmente sus habitantes, es una comarca de la provincia de Soria, que está situada en el norte de la provincia. Una belleza sin igual que esconde pueblos de piedra y gentes de monte. Un paisaje prehistórico que esconde bellos pueblos despoblados que nos hacen imaginar e intuir como fueron en el pasado.
Si buscas más información acerca de la provincia de Soria y todo lo que tiene para ofrecerte puedes visitar su pagina web: www.sorianitelaimaginas.com

Texto: David Cachón | Fotos: Fernando Marmolejo

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Cicloturismo

Una mujer, dos ruedas y tres mil kilómetros

La mujer, la libertad y la bicicleta no comparten solamente el artículo femenino que las define. Hay una relación entre estos tres elementos que se va construyendo poco a poco: la primera alcanza a la segunda mediante la tercera. Esta es la historia de una mujer, sobre dos ruedas, viajando tres mil kilómetros. (más…)

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