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Cicloturismo

Sudamérica entrañable II: Perú

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El acto de retrasar otra vez más el reloj y recibir un sello en un papel puede ser lo único que indique el cruce de Bolivia a Perú. Nuevamente queda en evidencia que las fronteras no son más que abstracciones de los hombres.
Por muchos kilómetros, de un lado y otro de las fronteras, las costumbres; colores y paisajes se mantienen indiferentes.
Ingresé a Perú por Puno, siempre con el Titicaca a mi derecha. Aun cargaba una bolsa de dormir que ya pedía a gritos la jubilación. Fue en esta zona donde pasé los mayores fríos de todo el viaje. Recuerdo una noche acampando al reparo de unos pinos, quedarme sin más ropa que ponerme y terminar metiendo las piernas dentro de las alforjas. Esa noche fue el rock and roll del tiriteo.


Por la mañana lo de siempre: un plato de avena caliente; algún saludo al tan esperado sol; recoger todo y a la ruta de nuevo. Pocos días después crucé por el punto más alto pedaleado hasta el momento, el Abra La Raya, a 4400 msnm, pasando de la región de Puno a la de Cusco y días después a la ciudad del mismo nombre, donde estuve 3 semanas en un hostel haciendo las veces de constructor y carpintero a cambio de una cama y algo de comida caliente.
Cusco es una ciudad imponente, la gran capital del imperio Inca. Aunque de ellos quede poco, sólo las colosales construcciones de piedra perfectamente talladas que evidentemente costaba demasiado hacer desaparecer. En su lugar quedan testimonios de quienes llegaron para “civilizarnos”, estos, claro, en excelente estado de conservación.

En el patio trasero de Cusco se desarrolla un valle extremadamente fértil, bastante más cálido, y transitado por el río Urubamba en toda su longitud. Éste era el lugar donde los Incas cosechaban sus alimentos, el Valle Sagrado, sitio cargado de misticismo y con los paisajes más increíbles que jamás imaginé ver.
Templos enriscados en laderas de montañas en Ollantaytambo, a los que hoy mismo cuesta llegar y donde se cultiva el mejor maíz del mundo.
Moray, con sus círculos concéntricos, que se cree era un laboratorio de agricultura donde aclimataban los cultivos traídos de distintas zonas.
Maras, con sus 3000 piletas de sal curativa.
Si se sigue este valle al norte, hay que pasar un par de montañas más y se llega a una zona selvática, impenetrable en su último tramo de no ser por las vías del lujoso Perú Rail, aunque en mi caso lo vi mientras caminaba.
Perfectamente integrado a la naturaleza, de no ser por la parafernalia turística que lo decora, se encuentra nada menos que la Universidad de los Incas, el Machu Pichu. Creo que de más estaría agregar cualquier descripción.
Hace ya 3 meses que vengo moviéndome en el altiplano, subiendo y bajando montañas, siempre sobre los 3000 msnm, de modo que decido apuntarle derecho al Oeste y cruzar la parte que me queda de los Andes peruanos para rodar un tiempo por la costa.
No fue una decisión muy sabia, ya que me agarré de frente todas las subidas. Por ejemplo, cerca de Caraybamba, sobre el final de la jornada, decido hacer el último esfuerzo y subir una cuesta con un desnivel de 1000 metros en 12 km de recorrido, que luego en teoría, bajaba abruptamente.
Mis cálculos no pudieron estar más errados, no solo en el tiempo que me llevaría subir, sino que al final de esta subida eterna no me esperaba ninguna bajada, más bien me dejaba en un altiplano a 4200 msnm que tardaría un tiempo en dejar atrás.
Sólo encontré una tapera de adobe abandonada que me resguardó del viento y el frío.
Por fin y varios kilómetros después me vi frente a frente con un bajadón de 70 kilómetros limpios. Me esperaba un tramo por el desierto de Nazca y cruzar por sus líneas, para chocarme en última instancia con el Océano Pacífico, en Paracas.


Ahora todos los días pedaleados en la altura daban frutos en la costa. ¡Volaba! Avanzaba de a 150 kilómetros como si nada.
La entrada a Lima, como era de esperar, fue caótica, sumado a que se jugaba ese día la Copa América, partido en el que Perú dejaría afuera a Chile, mientras yo me abría paso entre la fiesta.
Si bien las grandes ciudades son interesantes para conocerlas, yo intentaba evitarlas en su mayoría. No es la opción más representativa para conocer realmente un país.
A los pocos días estaba nuevamente en la ruta, pero si tengo que ser realmente franco, la verdad es que ya extrañaba las montañas nuevamente. La costa resultó ser bastante insegura, sumado a una llovizna constante, la bruma marina y sobre todo el intenso tráfico de la Panamericana.
Duré solo unos 400 kilómetros y, como el perro que vuelve a su casa llamado por el hambre, volví a las alturas. Extrañaba preguntarme ¿por qué no vine en moto? mientras subía y responderme ¡por esto! en las bajadas; amanecer con el horizonte recortado por los cerros; respirar ese aire frío y puro y sobre todo encontrarme acompañado por la soledad de los caminos.
Aquí anduve por la cordillera blanca, que seria como el Disney Word para los montañistas. Una cordillera cubierta de glaciares entre cerros de 4000, 5000 y 6000 metros. Aquí paré en una zona de campesinos, muy humilde. Armé mi carpa al lado de la casa de Doña Andrea, una sabia mujer que vivía entre 4 chapas de 5 x 5, rodeada de gallinas, sembradíos de cebada, trigo y maíz.


A pesar de tener muy poco, siempre estaba dispuesta a compartir. Aquí me sentí como en casa. Iba caminando por los cerros hasta la ciudad de Huaraz, a unos 13 kilómetros, donde trabajé unos días en una agencia de guías reparando equipo de montaña a cambio de material de escalada para hacer mis salidas a las alturas.
Luego, al caer la noche, tomaba una trafic repleta de gente para volver a mi carpa, al lado de doña Andrea. Así pasaron unos 20 días donde era, o al menos me sentía, uno más entre sus paisanos.
Debo decir que de toda la gente que me recibió en sus hogares en estos meses, la gran mayoría era gente sumamente humilde. Muchas no cenaban de noche por el simple hecho de no tener qué; donde la carne era un lujo que se daban una vez al mes; el baño, un pozo, y el agua potable algo que solamente les había contado un candidato. A pesar de estas carencias tan marcadas, siempre me recibieron con los brazos abiertos y el corazón dispuesto.
Al día de hoy es que sigo en contacto con muchos de ellos.
Desde Huaraz seguí avanzado hacia el Norte, por el Cañón del Pato, un laberinto de piedra y túneles que va perdiendo y ganando altura con frecuencia.
Aquí tuve que desviar mi trayecto original por las sierras debido a una lesión en la rodilla izquierda. Me vi obligado a bajar nuevamente a la costa para no forzar de más. Lo cierto es que la inflamación era tal que ni siquiera podía sostener el pedaleo en la bajada. No quedó mas que subir a un camión que me dejo 80 kilómetros más adelante, en Chimbote, donde estuve en reposo durante una semana en el patio de una iglesia.


Recuerdo los primeros días pedaleando en Argentina, preocupándome todo el día por si encontraría un sitio donde dormir. Hoy, varias noches después sé que de alguna manera todo sucede. Siempre aparece un lugar fantástico para armar la carpa o alguien que se acerca. Es algo que sería interesante aplicar en la vida diaria: no anticiparse a los problemas sino vivir más el aquí y el ahora, que al fin de cuentas es lo único que tenemos.
Siempre con el océano a mi izquierda y las dunas a la derecha sigo otros 800 km por un terreno prácticamente plano, pasando por Trujillo, Chiclayo, Piura y entrado finalmente a Ecuador por Macará.

 

Por Bernardo Gassmann

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Salta y Jujuy: una travesía de 1200 kilómetros protagonizada por 5 experimentados viajeros

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Hector “Cachi” Gestido (57), German Yannielli (59), Carlos Teicheira (57), Claudio Nicala (58) y Ricardo Pereyra (56) integran un grupo de profesores de educación física que desarrollaron su vida y su profesión en la ciudad de Río Grande, Provincia de Tierra del Fuego, trabajando desde el nivel inicial hasta nivel superior y que al día de hoy, en razón del especial régimen jubilatorio de esa provincia, se han acogido al retiro.

El asunto es que hace unos 10 años, cuando aun estaban en funciones, comenzaron a viajar en bicicleta, haciendo dos o tres viajes anuales de alrededor de un mes de duración, entre otros el de la Carretera Austral, el de El Calafate a Ushuaia, el Camino de Santiago de Compostela portugués y francés, gran parte de Italia, la provincia de Buenos Aires y la Mesopotamia completa.

Naturalmente, la integración del grupo en los viajes ha ido cambiando según las posibilidades de cada uno al momento de realizarlo. Pero en la ocasión que nos ocupa, los 5 nombrados fueron los que planearon y concretaron un viaje en bicicleta por las provincias de Salta y Jujuy.

El viaje

Para concretarlo viajaron en avión desde Tierra del Fuego a Buenos Aires y desde allí a Jujuy, llevando como equipaje deportivo las bicicletas y alforjas en cajas que respetaban las medidas permitidas por la línea aérea.

Llegados a San Salvador de Jujuy el primer día de septiembre, armaron sus bicicletas para emprender a la mañana siguiente una travesía de 1200 kilómetros de pedaleo por sus propios medios, sin ningún tipo de apoyo. 

De San Salvador de Jujuy, por la ruta 9, pusieron rumbo a La Quiaca, adaptándose progresivamente a la altura. Al llegar a La Quiaca se tomaron un día de descanso, cruzaron a Bolivia y regresaron en el día, con el objetivo de prepararse para encarar la ruta 40, sabiendo que ahí comenzaba la parte más dura del recorrido, ya que no dudaban que el suelo y el clima jugarían en su contra.

De ahí en más completaron distancias diarias de aproximadamente 40 kilómetros entre los 3600 y 4200 metros sobre el nivel del mar. 

Para llegar a San Antonio de los Cobres pasaron por Cienaguillas, Timón Cruz, Paicone, Liviara, Coyaguaima, Tanques y Susque, todos pueblos son conexión wifi pero sin muchos servicios ni negocios ni alojamietos. 

Al caer el sol la temperatura bajaba considerablemente y por la noche rondaba los 8 a 12ºC bajo cero. En algunos casos durmieron en carpas y en otros en pequeñas piezas o galpones que les prestaban. 

Al llegar a San Antonio de los Cobres se prepararon para cruzar la ya antológica meta cicloturista del Abra el Acay, a 4895 msnm (el paso carretero más alto de América). “¡Muy complicado —nos recuerda Cachi Gestido—, pero el paisaje al bajar hacia el lado de la Poma y Cachi es realmente increíble …”

Desde el Abra bajaron hacia Salta por la Cuesta del Obispo y desde ahí regresaron a Jujuy por el Camino de Cornisa, entre la yunga, “otro lugar magnifico”.

Sobre un total de 26 días de travesía, los viajeros pedalearon 23.

Lo mejor y lo peor

Cachi Gestido, nuestro interlocutor del grupo, nos contó que no tuvieron mayores problemas con el tema de altura y que antes de viajar se habían hecho los estudios cardiológicos correspondientes. “En cuanto a la seguridad —afirma Cachi—, no tuvimos ningún drama, pero quiero destacar que la ruta 40 es muy complicada: nos encontramos con mucho ripio suelto, arenales, ríos congelados y viento —normal en la zona—, además de las bellezas del lugar.”

Con respecto a la mecánica, el grupo no sufrió mayores inconvenientes, salvo pinchaduras, alguna rotura de portaequipaje y, quizás un poco más problemática, la revisión y rellenado de líquido de freno, lo cual fue subsanado en San Antonio de los Cobres.

“Nos asombró —recuerda Gestido— la diferencia de temperatura entre el día y la noche. Con la caída del sol la temperatura descendía bruscamente llegando a temperaturas de hasta 10 grados bajo cero. Así también las características culturales de los habitantes de los pequeños pueblos que nos recibieron a nuestro paso, y esos paisajes únicos que poca gente tiene la posibilidad de contemplar, ya que no se encuentran en un circuito turístico desarrollado.”

Según Gestido, los mejores momentos del viaje fueron los encuentros grupales al finalizar cada jornada de pedaleo, encuentros en los que se compartió la experiencia de cada uno durante el día entre mates, cafés y cenas. Y los peores momentos nos los resumió en dos episodios. “Por un lado, la noche que pernoctamos en carpa en un lugar llamado Tanques, la temperatura fue tan baja que al despertarnos no teníamos agua para el desayuno, ya que se había congelado dentro de los termos de acero que estaban en la carpa, al lado de las bolsas de dormir, lo que nos obligó a ir a romper el hielo de un chorrillo para obtener agua. El segundo episodio fue el trayecto de 152 kilómetros entre Cachi y Salta, que nos demandó 11 horas, debido al viento en contra y las características de la ruta, descendiendo por la Cuesta del Obispo. Llegamos a Salta totalmente extenuados.”

Y concluye con una afirmación categórica: “¡Ahora comenzamos a pensar nuestro futuro viaje!”

Info adicional: https://www.facebook.com/hector.gestido | rubenviviano@hotmail.com 

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Llegaron a Qatar los cordobeses que recorrieron 10.000 kilómetros en bicicleta para alentar a la selección en el Mundial

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Finalmente, los tres argentinos que se habían propuesto llegar a Qatar en bicicleta, recorriendo África de punta a punta y parte de Medio Oriente, cumplieron su objetivo, completando más de 10.000 kilómetros sobre sus bicicletas Venzo para llegar a tiempo para alentar a la selección en el Mundial de Fútbol Qatar 2022.
El viaje en bici les demandó 177 días. Partieron de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, y llegaron a Qatar luego de recorrer 15 países. Los aventureros: Lucas Ledezma (34), Leandro Blanco Pighi (32) y Silvio Gatti (32), que zarparon en sus bicicletas en mayo de este año.

El proyecto Todo a Pedal nació en el 2014, creado por el cordobés Lucas Ledezma con el objetivo de seguir a la selección de fútbol por el mundo. Antes de este viaje Ledezma llevaba recorridos más de 30.000 kilómetros en bicicleta por más de 25 países, en viajes que lo llevaron a Brasil 2014, a la Copa América de Chile 2015, al mundial de Rusia 2018 y a la Copa América Brasil 2019, en la que Argentina se coronó campeona.

¡Esperemos que la cábala se repita en Qatar!

https://www.instagram.com/todoapedal/

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Cómo cargar la bici en formato bikepacking por Diego Andrich

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Diego Andrich es un viajero de gran experiencia y dueño de la tienda Tierra de Biciviajeros.

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Bici Salvaje: de la Selva Maya a la Amazonia para defender la selva

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El primer día de mayo del 2022, dos españoles residentes en Madrid, Isabel (27) y Pablo (32), iniciaron un viaje documental en bicicleta con propósitos medioambientales desde la Selva Maya mexicana hasta la selva amazónica ecuatoriana al que nombraron con el aguerrido nombre de Un viaje para defender la selva, una expedición que estiman que les demandará algo menos de dos años. La pareja se muestra muy activamente en redes como Bici Salvaje.

En nuestro contacto con ellos nos contaron que antes de conocerse ambos habían viajado como mochileros. Después de una vuelta por América, Pablo, de profesión fotógrafo, volvió a España queriendo saber qué es viajar en bicicleta y tras varias vacaciones de verano sobre los pedales, la idea terminó conquistándolo. Por su parte, Isabel es higienista bucodental y amante de la naturaleza en todas sus formas, también viajera y aventurera desde pequeña. “Siempre le gustó ayudar a los demás”, asegura Pablo. “A Pablo —añade Isabel— le mueve la aventura y el cuidado de la naturaleza. Sueña grandes expediciones como la de Bici Salvaje.”
Así fue que la suma de todas sus pasiones dio como resultado un gran sueño de pareja. “Algo más que un viaje”, afirman.

Para la expedición cuentan con el apoyo de la marca de bicicletas española Conor Bikes (@conorbikes_oficial), que les ha aportado un par de mountain bikes para afrontar la aventura. Las bicicletas estás adaptadas para cargar alforjas y otros equipajes que aseguran con amarres de la marca dinamarquesa Fixplus (@myfixplus). Entre otros enseres, llevan carpa, calentador, un par de sillas desmontables y un filtro de The Social Water para potabilizar el agua (@thesocialwater).
Y la pregunta del millón: ¿Cómo solventan su viaje?. Nos cuentan que manejan algunos ahorros de sus trabajos en España, “pero los guardamos como para cualquier emergencia. Nuestro principal ingreso viene del apoyo de la gente que sigue nuestro viaje a través de la plataforma buymeacoffee. Nos invitan a un café con lo que aquí pagamos un almuerzo. Gracias a esta ayuda podremos seguir con nuestro documental. Además, usamos la cámara para intercambiar con hoteles en los que poder descansar con comodidad. También viajamos con un equipo de tatuaje con el que trabajar.”
Pero vamos al grano. Y para ello nada mejor que su testimonio textual luego de los primeros tres meses de viaje. Helo aquí.

Bici Salvaje
Bici Salvaje es un viaje documental en bicicleta comprometido con el medioambiente, con esencia exploradora. Un viaje a través de Centroamérica y Sudamérica, conectando las dos selvas más importantes del continente. Esta aventura está marcada por un objetivo: conservar un ecosistema vital para la lucha contra el cambio climático y el hogar de la mitad de la biodiversidad del planeta, los bosques tropicales.

Empezamos en México con las bicicletas cargadas de ilusión y buenas intenciones, lanzándonos al desafío de recorrer pedaleando los miles de kilómetros que separan la Selva Maya en México de la Amazonia ecuatoriana.
En Bici Salvaje ponemos la energía de dos almas viajeras con ganas de vivir experiencias inolvidables cada día. Se suma el propósito de documentar nuestra aventura y no sólo eso, sino además de contar las historias de quienes defienden las selvas que agonizan ante la deforestación. Solo entre 2004 y 2017, más de 43 millones de hectáreas de bosque han sido arrasadas. Un dato que estremece, pero que en realidad no nos hacía falta conocer para ponernos en marcha.
En muchas ocasiones, en el camino nos hemos encontrado con proyectos y personas que han servido de puente y aprendizaje para poder dar voz y visibilizar los problemas que viven con respecto a la depredación de sus selvas. Una buena razón para subirnos a esta Bici Salvaje y recorrer México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia y Ecuador.

Después de tres meses de viaje podemos contar los diferentes problemas nos han ocurrido en el camino, incluyendo desde situaciones mecánicas de la bici hasta problemas de salud. Cosas que acaban siendo normales en este tipo de aventuras. Por suerte, la amabilidad y hospitalidad de la gente con la comunidad cicloviajera ya es algo conocido.
Además de ser un medio de transporte limpio con el planeta, pedalear nos acerca a las comunidades. Este precisamente fue uno de los motivos por el que nos decantamos a viajar en bici. Sentimos más al pueblo, damos más y recibimos más.

Ponemos en el centro de Bici Salvaje a todas las personas que viven cómo desaparece la riqueza natural que les vio crecer. Las comunidades indígenas, sometidas a una gran presión, representan solo el 6,2% de la población mundial, pero protegen el 80% de la biodiversidad del planeta. Una parte de este proyecto busca poner el micrófono a las comunidades que están defendiendo su hogar.
“Hemos aprendido de otros proyectos locales que ponen en el centro de sus valores a su comunidad y a la naturaleza endémica. No se trata solo de nuestro relato, sino de relatos ajenos que nos aporten. Queremos acercarnos a otros proyectos que tengan una visión diferente acerca de la conservación.” Es casi más importante conservar lo que ya conocemos que lo que se está por conocer.

Aún nos queda mucha travesía por delante. Y estamos abiertos a quienes quieran colaborar en la aventura. Todos podemos contribuir cambiando nuestros hábitos de consumo. Si algún amigo nos quiere ayudar, lo primero que tiene que hacer es respetar el entorno, limpiar el parque cerca de su casa, darle un poquito de conciencia medioambiental a sus viajes y sobre todo, disfrutar.
A través de las redes sociales puedes formar parte de la comunidad de Bici Salvaje. Cada día somos más. En los días de calor sienta bien un mensaje refrescante. También se nos puede invitar a un cafecito, descansos en los que aprovechamos para editar nuestros próximos capítulos del canal de YouTube.

Mientras tanto seguimos en esta aventura sobre ruedas, disfrutando de lo que la vida en bicicleta nos regala, agradeciendo el calor de la gente y poniendo nuestras piernas bien fuertes.
¡Pedalea con nosotros en Bici Salvaje y únete a esta aventura!

 

Facebook e Instagram: @bicisalvaje.

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