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Cicloturismo

Sudamérica entrañable IV: Colombia

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Ingresé a Colombia por Ipiales, desde donde la Cordillera de los Andes se ramifica en tres: la occidental, pegada al Océano Pacífico; la oriental, que llega hasta Venezuela y por la que me moví yo; y la cadena central.
Aunque los argentinos nos vanagloriemos de nuestra calidez y apertura social, debemos aceptar que tenemos el segundo puesto en ese partido. Colombia fue por lejos el país en el que más cerca de la gente me sentí, en donde en más casas de familia me alojé; todo esto sumado a que el ciclismo lo tienen casi al mismo nivel que el fútbol. Esto genera que, en cualquier pueblo y por más chico que sea, haya una tienda de bicis con todo tipo de repuestos y grupos de ciclismo. Me cruzaba con pelotones casi a diario y de la misma manera que a mí me sorprendía la velocidad que llegaban a desarrollar, ellos no podían creer que mi bici pesase 45 kilos frente a las maravillas de carbono de nueve kilos sobre las que pedaleaban. Esto siempre era motivo de risas y cargadas.
Los primeros días se sucedieron por montañas con un hermoso clima, entre frutales y cafetales. Luego otros transitando por el valle del Cauca para finalmente llegar a la capital de la salsa, Cali, donde por supuesto tomé clases (en vano).


Durante varios kilómetros me crucé con una situación muy triste, que parecía intensificarse cada vez más. Se trataba de caminantes, cientos de venezolanos en grupos de amigos, familias, niños, bebes en coches, caminando al lado de la ruta, llevando sólo lo puesto y durmiendo en plazas o en mitad de la nada. Para ellos el objetivo era salir de su país, pero como Colombia ya estaba saturada, se hacía cada vez más difícil conseguir algo para ganarse la vida, de modo que seguían bajando: Ecuador, Perú…
Desde hacía unas semanas, para ingresar a Ecuador les pedían 25 dólares de “visado”, así que había algunos que iban y otros que volvían de la frontera Colombia-Ecuador. Los que volvían sobre sus pasos era simplemente por no contar con ese dinero. Compartí charlas con muchos venezolanos: abogados, médicos, ingenieros, adolescentes, ancianos, todos emigrantes. Sobre cada situación se podría escribir innumerables páginas de resiliencia, pero por ahora sólo me quedo con el sabor de una realidad que cuesta asimilar.
Siguiendo al norte desvié de la Panamericana para entrar al eje cafetero, con pequeños poblados rodeados de cafetales y casitas de colores. Me entretenía en senderos de montaña solitarios, metidos en una cerrada vegetación, algo simplemente magnífico.
Seguí explorando caminos, a veces acertando, otras insultando. Por esos días se comentaba en todo el país que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) habían vuelto a levantarse, lo que finalmente terminó por confirmarse.


Éstas suelen hacer un control en medio de algún camino secundario durante algunos minutos y generalmente de noche. Si estás en el lugar equivocado y en el momento inoportuno podés terminar demorado o secuestrado y como supe de algunos casos recientes decidí no acampar libre y por supuesto evitar pedalear de noche.
Ya saliendo del eje cafetero llegué con las últimas luces a un camping abierto donde estaba de paso un escuadrón del ejercito nacional, de modo que dormí entre cajas de municiones y soldados adolescentes que no tenían mayor conocimiento de la lucha que perseguían.
Estuve hasta altas horas de la noche contándoles a estos chicos historias de viajes: Argentina, Messi, y explicándoles por qué anteponemos el “che” al comenzar una oración. Como siempre, la curiosidad termina por derribar las barreras.


Dejé atrás las armas lo más pronto que pude y me metí por un camino que dos días después me conduciría a Medellín, sin antes pasar la noche en un estadio que me fue abierto por orden del alcalde del pueblo, con quien luego intercambiaríamos camisetas de las respectivas selecciones.
Ya estaba entrando a la tierra de los parceros. Me pasé unos días en la Casa del Ciclista de Medellín haciendo algún ajuste a la bici, descansando y recorriendo la hermosa ciudad.
A partir de aquí le apuntaría derecho al Mar Caribe. Tenía dos opciones pavimentadas o una tercera de ripio. La zona por la que pasa este tercer camino es el antiguo territorio de los muchachos de las FARC, pero cuando al fin me enteré de eso era demasiado tarde para cambiar. Al día de hoy agradezco que así haya sucedido, porque fueron los paisajes más bonitos y autóctonos que vi, pero sobre todo donde recibí la mayor hospitalidad.
Por nombrar algunos casos:
s La familia en Yolombó que me invitó a su hogar y me llenaron de bendiciones.
s El playero de la estación de servicio en Zaragoza, que con la banda de amigos de su pequeño hijo salimos a pedalear por la ciudad y que terminé haciendo un service a cada una de sus bicicletas.
s El hombre que no me permitió armar la carpa en una plaza, pero llamó al pueblo siguiente y allí me estaba esperando el director de la escuela para darme el aula de cuarto grado.
s O la tienda de bicicletas en Planeta Rica, a la que llegué a las 15 hs para comprar un inflador y me fui a las 23 hs, después de compartir varias cervezas, además de que me tenían reservada una noche en un hotel.
Si cualquiera de estas actitudes no es la fidedigna prueba que las personas son buenas por naturaleza y que hay que confiar más en ellas, no sé qué será. Al fin de cuentas yo no era más que alguien pedaleando sobre una bicicleta cargada. Llevando la bandera de un sueño, viajando para conocer y conocerme.
Creo que eso genera una empatía casi automática; quizás ven que ayudándome están siendo parte de mi sueño. Por mi parte intentaba devolver esos gestos, invitando una comida, haciéndoles reparaciones en sus hogares, hablándole de lo que hay por estos lados. Lo cierto es que haga lo que haga nunca voy siquiera a nivelar la balanza.
¿Cómo se paga una botella de agua en el desierto o un “dale que ya lo tenés parcerito” en plena subida?
Dejando atrás varios días de barro, cruzando ríos y luchando con los mosquitos, llegaba al extremo norte de Sudamérica, concretamente metiendo los pies en el agua cálida y transparente del Mar Caribe. Ahora seguiría con el mar a mi izquierda, acampando en hermosas playas, pasando por Coveñas, Barú, Cartagena, Barranquillas y Santa Marta, donde dejaría descansar a la bici por un tiempo mientras voluntariaba en un hostel y un velero, pero mayormente yendo de la hamaca a la playa.
Esto era lo más al norte que iba a llegar. Luego emprendería la vuelta a Bogotá, unos mil kilómetros por la ruta del sol, y doy fe que tiene bien ganado su nombre.
Tenía que llegar a Bogotá en cierta fecha porque me recibirían unos ciclistas, pero además tenía el vuelo. De modo que le metí pata, pero al ser tan fuerte el sol, de 11 a 14 hs buscaba una sombra y me echaba a dormir, esperando que el sol amainase. Todo fantástico, hasta que en un día decidí que no pararía. Ese mismo día me agarró un golpe de calor que me tiró dos días en una cama, volando de fiebre y con suero.


Después, bastante débil para darle al pedal, me subí a un bus que completó los 200 kilómetros que me quedaban hasta la capital colombiana, donde después de disfrutarla me subiría a un avión que me dejaría bastante más al sur, en Asunción del Paraguay.

 

*En nuestra edición de octubre (Nº 310) el autor contó el primer tramo de su viaje, desde Tucumán a la frontera boliviana con Perú, en la edición del pasado noviembre (Nº 311) su travesía por Perú, en la edición de diciembre (Nº 312) el tramo ecuatoriano. En nuestra próxima edición: regreso a Argentina pasando por Paraguay.


 

EN SÍNTESIS

Fecha: 2019
Distancia: 2.993 kilómetros
Contacto: bernardogassmann@gmail.com

 

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Cicloturismo

En bicicleta entre los ríos de Entre Ríos

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Este fue un viaje impulsado por una larga cuarentena que hizo mella en nuestros cuerpos (in)quietos; por la incertidumbre de una pandemia que socavó las coordenadas del mundo; por la necesidad de sumergirnos en el monte y en el río para respirar horizontes menos viciados de humos, de urgencias, de impotencias; por el deseo de conocer, de comunicarnos, de compartir, de (con)movernos; para transmitir y al mismo tiempo (des)aprender algo más en el viaje mayor, transitorio y frágil, que es la vida.

Brotó de un puñado de días disponibles, de un comentario remado en el Paraná, de un recorrido solapado entre otros mapas, de una vuelta de manubrio/realidad/humildad que viró el rumbo desde el oeste hacia el este. De repente –como toda certeza–, la idea de rodar hasta el Parque Nacional El Palmar como destino principal. Esta vez saliendo desde y volviendo a casa, atalaya de nuestros días, como quienes sencillamente salen a dar una vuelta por el centro de Entre Ríos, uniendo la provincia de costa a costa, pedaleando incógnitas en su corazón.

Priorizamos caminos rurales, de tierras y de ripios cambiantes, que conectan parajes, almacenes, montes, estancias, cuencas y poblaciones a veces invisibilizadas por la concentración de recursos y de actividades sobre las costas de los ríos Paraná y Uruguay. Entre Ríos, en su versión dominante, es una provincia que continúa desarrollándose fuertemente sobre sus márgenes ribereñas (donde hay agua, hay vida) pero, a veces, parece olvidarse del “entre” que le da soporte a su nombre compuesto. Su identidad reposa sobre sus ríos pero, desde las costas, en estos 6 años de vida paranaense, rara vez me han podido contar con detalles de la vida en el centro de la provincia. Dudas latentes que con el tiempo despertaron la curiosidad y despabilaron las piernas.

Nos propusimos disfrutar del PN El Palmar (Sitio Ramsar)* en un contexto en donde los humedales nos duelen por su destrucción sistemática, pero también quisimos saber qué es lo que queda de la selva de Montiel y cómo se vive la entrerrianía del centro. Entonces, tratamos de amar la trama hasta su desenlace, a pesar de las olas y los golpes de calor, del viento en contra, de las tormentas, de una pandemia que –aunque minimizada en diferentes lugares– sigue vigente y que, sorpresivamente, nos vinculó con más personas de las que imaginamos antes de salir. De hecho, nuestro andar desplegó una red de personas de toda la provincia (gracias infinitas) que, baqueanas de sus respectivos lugares, brindaron sus saberes sobre recorridos, estados de los caminos y puntos de aprovisionamiento, entre otras yerbas.

El segundo día de travesía fue, sin dudas, el más aventurero. Luego de una noche pura en el almacén Francese de Crucesitas Séptima, amanecimos rodando el mismo ripio maltrecho y transitado del primer día, hasta sus divisiones en el Almacén Iglesias. La conexión entre este conocido almacén de campo y Estación Raíces recorre el reducto más austral de la región biogeográfica conocida como Selva de Montiel. En su porfía y múltiples bifurcaciones, el camino de tierra compacta se angosta y se hunde en una vegetación profusa, que crece junto con el canto estridular de las chicharras y de otros insectos que se regodean en la siesta de verano. A medida que nos acercamos al arroyo Durazno, el paisaje se hizo más inhóspito y bello. En su recorrido, los caballos y los pájaros huían de estos seres multicolores montados sobre corceles de caucho y aluminio. Mientras que las jaurías, siempre comandadas por el perro de menor porte, se desactivaban rápidamente una vez que superábamos su portal. Las mariposas –en todos sus tamaños y colores– insistían en volar a nuestra par, aleteando buenos augurios. La paisanada nos orientó gentil y animosamente, en un vocabulario de leguas y ademanes que hizo honor a la mezcla de olvido, magia y confusión que aún nombra a esta región como “selva”.

Durante los kilómetros más agrestes y calurosos descubrimos el verde que habita el corazón entrerriano: ecos de coplas que cantan los misterios de la vida matrera, que brota alborotada, que pervive en un imaginario espinoso de la Entre Ríos profunda, aún cuando sobresalen las taperas y las hectáreas sembradas al compás del «desarrollo».

El broche de oro fue el cruce del río Gualeguay –el más importante del centro de Entre Ríos– por la balsa ubicada al sudoeste de la ciudad de Villaguay –la de mayor relevancia en el centro de la provincia. La fuerte bajante mantenía en silencio a nuestro nexo flotante entre costas. Para lograr nuestro cometido, con alegría y alivio, mojamos las piernas para mantener secos nuestros equipajes y bicis. Aunque, sin la advertencia de una niña, podríamos haber terminado en un pozo del descuidado artefacto: una escena que no hubiese sido digna de celebración en las antípodas de Kossakovsky**. Parece ser que los buenos augurios a veces son sutiles y frágiles protecciones. Esa noche acampamos en el balneario de Villaguay, en un entorno muy agradable, que favoreció el descanso reparador sobre el final de una jornada a pura vida sobre ruedas.

Sin dudas, la pandemia nos marcó una suerte de retorno hacia el mundo más próximo e íntimo: percepción, atención, disfrute y cuidado de nuestras realidades más cercanas. En lo personal fue un aprendizaje potente: a veces no hace falta atravesar regiones o países para aventurarse, para descubrirse rodando la vida. Creo que es una remembranza de un aprendizaje tan infantil como el de andar en bicicleta. Las buenas preguntas, un puñado de emociones y de certezas elementales, pueden brotar en una vuelta a la manzana, en el patio de casa, en el club del barrio o en la plaza, en el camino al río, en la noche de verano que se resiste a dormir mientras la vía láctea siga encendida.
Ciertamente, “no se puede amar lo que no se conoce, ni defender lo que no se ama” (anónimo, por ende universal). Y yo, con cada kilómetro, quiero a Entre Ríos cada día un poquito más.

Datos

Cicloviajeros: Emmanuel Ferretty y María Kendziur.
Recorrido: Paraná > Viale > Crucesitas Séptima > Estación Raíces > Villaguay > Jubileo > PN El Palmar (ida) > Ubajay > Villa Clara > Villaguay > Paso de la Laguna > María Grande > Paraná.
Kilómetros: 600.
Duración: 10 días (7 de pedaleo y 3 de descanso).
Fecha: fines de enero de 2021.
Contacto: eferretty@gmail.com

 

*Un sitio Ramsar es un humedal designado como de importancia internacional bajo la Convención sobre Humedales, conocida como la Convención de Ramsar. Es un tratado ambiental intergubernamental establecido en 1971 por la UNESCO, que entró en vigor en 1975. Proporciona la base para la acción nacional y cooperación internacional con respecto a la conservación de humedales y el uso racional y sostenible de sus recursos.

**Víctor Kossakovsky es un cineasta ruso.

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Cicloturismo

Olavarría: la reinvención de un prestador de cicloturismo

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Matías “Bachi” Castañares, Técnico Superior en Turismo y Guía de Turismo Rural, lleva adelante desde hace seis años un proyecto de salidas cicloturísticas recreativas llamado Bici Tours Olavarría.

“La finalidad -afirma- es redescubir los atractivos turísticos de nuestra ciudad y que la ciudadanía pueda acceder a ellos a través de un medio de movilidad como la bicicleta, que no contamina, fortalece nuestra salud física y psíquica, mejora nuestra circulación y, como siempre digo: la mejor píldora para el estrés es montar una bici.”

 

Los tesoros de Olavarría

Según Bachi, el impulso para crear este proyecto fue su convencimiento de que Olavarría es una ciudad netamente turística: “Rica en atractivos, tales como estancias, lagunas, pueblos colonos, canteras activas e inactivas, fábricas abandonadas, cuevas, cerros, vistas panorámicas únicas, y no sólo en las afueras de la ciudad sino también en el mismo casco urbano. Con puentes colgantes únicos en la provincia y el arroyo Tapalqué, que atraviesa y divide la ciudad en dos. Los parques Norte y Sur, llenos de árboles de antaño, y mucho más.”


En “la cuidad más linda del mundo”, como asegura Bachi, el fuerte es la piedra y el cemento, la industria metalmecánica, la agricultura y la ganadería, pero también el turismo, la industria sin chimeneas, la que impulsa millones de puestos de trabajo en el mundo entero. A este panorama se suma que Olavarría se encuentra en el centro de la provincia de Buenos Aires, atravesada por la ruta nacionales 226 y la provincial 51.

 

Bici Tours Olavarría

Bachí nos contaba que el proyecto nació en un momento gris de su vida y que le ayudó a salir adelante, a conocer mucha gente y muchos nuevos lugares. A él le dedica mucho tiempo, planificando, buscando lugares nuevos para visitar.
Durante los primeros cinco años de vida de Bici Tours Olavarría las salidas fueron gratuitas para la comunidad, los últimos dos años de ese quinquenio sustentadas por un sponsor y ahora cobrando un valor mínimo. Por su parte el municipio facilita una camioneta de apoyo, profesores de educación física, hidratación y hasta un seguro de accidentes personales para los participantes.


“Durante la pandemia, el sector turístico está siendo uno de los más golpeados, sin poder trabajar durante casi ocho meses. Nos vimos muy afectados, sin ingresos -rememora. El mes pasado recibimos un fondo de Nación y otro de Provincia para los prestadores turísticos monotributistas que en su mayoría no pudimos trabajar. Eso nos ayudó a pagar muchos gastos acumulados de estos meses sin poder brindar servicios.”


Cuando se liberaron las actividades deportivas al aire libre y después del knock out de no saber para dónde salir, ya que este era su único ingreso, les habilitaron para salir en grupos de 10 personas, cuando estaba acostumbrado a trabajar con 100 y más también: “Me dije: voy a seguir haciendo lo que me gusta, lo que me hace rico, pero rico del alma. Lo que me despeja la mente, lo que me da libertad. Porque como siempre digo, las únicas cadenas que te dan libertad son las de la bicicleta.”

 

La nueva realidad

Fue así que Bachi volvió a armar las salidas, aunque ahora con menos gente, lo que asegura que le permite estar más en contacto con todo el grupo y disfrutar más de las salidas, tanto a él como a sus asistentes. En paralelo empezó a realizar entrenamientos personalizados para principiantes, ya que veía que mucha gente quería sumarse a las salidas, pero hacía mucho que no andaban en bici o no hacían kilómetros o no sabían cómo pasar un cambio en pendientes o como lograr una postura correcta en la bicicleta. O bien gente que no se animaba a salir en soledad. “También está bueno eso -asegura-, pasar mi aprendizaje personal durante estos años a otras personas. Para que disfruten a pleno esta hermosa actividad llamada cicloturismo.”


El proyecto Bici Tours es muy ambicioso. Abarca lo social, lo deportivo, lo cultural, lo solidario, lo turístico, la importancia del ocio en nuestra vida cotidiana. Bachi reconoce que muchas personas necesitan dejar atrás su rutina semanal, tanto en lo laboral como en su casa “y este es un buen cable a tierra para recargar energías, ya que andamos por lugares que te producen precisamente esa sensación de paz, de tranquilidad, de calma”.

Olavarría nos espera

“Ahora, para que esto sea completo, faltaría traer turistas de otras ciudades o países a que prueben la experiencia de una salida grupal de cicloturismo y que conozcan nuestros hermosos paisajes -propone. Me sentiría realizado con este proyecto, viendo a Olavarría como una ciudad de turismo receptivo, explotando al máximo sus atractivos y su potencial turístico. Porque no sólo tenemos para ofrecer cicloturismo sino también actividades como trekking, cabalgatas, canotaje, pesca deportiva, rapel, parapente y hasta tirarse en paracaídas. O bien alojarse en una estancia o en una cabaña y disfrutar del aire de campo.”
Hace poco Bachi y su gente armó la página web www.bicitours.com.ar y están presentes en Instagram y Facebook como Bici Tours Olavarría. La idea es llegar a más personas y lograr que visiten la imponente ciudad de Olavarría.
El proyecto tiene también su parte solidaria, que Bachi asegura que le enseñó a ver más allá de su entorno, recolectando donaciones y ayudando a merenderos y comedores barriales, organizaciones sociales y casos puntuales de familias particulares de muy bajos recursos económicos.

“Hemos recibido pedidos de camas, frazadas, garrafas, alimentos, ropa, bicicletas, medicamentos y los hemos conseguido publicando en nuestro grupo de WhatsApp o en las redes sociales. También hemos entregado juguetes para el día del niño, navidad o reyes. Si cada persona pudiera aportar un granito de arena, el mundo sería más simple y habría más amor -afirma. Podemos lograrlo o no, pero al menos lo habríamos intentado.” Y culmina: “Nos encontramos en la bici.”

 

www.bicitours.com.ar | Instagram y Facebook: Bici Tours Olavarría | matiase.castanares@gmail.com

Fotos: Margarita Pellegrini

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Cicloturismo

Viajero y dueño de una tienda de cicloturismo, Diego Andrich nos abre sus alforjas…

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Diego Andrich (49), o simplemente Barba para algunos, nació y vive en la ciudad de Buenos Aires, donde regentea Tierra de Biciviajeros, una tienda especializada en cicloturismo (¡y mucho más!) ubicada en el corazón de la ciudad, Caballito. Con María Luján “Luly” López son padres de Selene (24) y Brisa (22).

La vida del Barba siempre estuvo ligada a las dos ruedas, tanto que al preguntarle cuándo empezó solo atina a un “¡Uff, de chiquito, calculo que a los 6 o siete años!” Pero de lo que sí se acuerda con precisión es que en 1992 se largó a viajar, “gracias a entender que se podía solo y que era una manera de poder seguir pedaleando”. Tanto es así que desde aquel entonces hasta hoy sigue convencido que su viaje más importante es “el que vendrá”, siguiendo la senda que viene transitando: “Buscar lugares cada vez más fríos para pedalear.”

El Barba es así y te aseguramos que vale la pena que lo conozcas, visitando su tienda. Pero mientras tanto, a modo de aperitivo, te recomendamos que leas sus respuestas a nuestro ping pong.

 

¿Cuál es el origen de tu sobrenombre?

Jajajaja, las pocas ganas de afeitarme.

¿Por qué viajás? ¿Qué estás buscando?

Para seguir juntando anécdotas para cuando tenga nietos.

¿Preferís viajar solo/a o acompañado? 

Depende de los destinos. Hay algunos que están buenos para compartir, como fue el Camino de Santiago, que hicimos con mi mujer y lo pasamos genial.

Tu primera bici.

Una rodado 20 plegable que supimos soldar para que pareciese una BMX de los 80.

Tu primer viaje

La ruta 40.

Tu primera bici de viaje y tu primer equipamiento de viaje.

Una Giant Sedona con alforjas hechas por la madre de un conocido.

¿Hasta dónde llegás con la mecánica?

¡¡¡Me llevo bien!!!

¿Cómo financiás tus viajes?

Trabajando antes. Desde hace bastante se trata de viajes de tiempo acotado, pero sigo buscando nuevos caminos.

Un momento de viaje en que peor te sentiste

Jajajaja, más allá de las veces que se te aparece la famosa frase ”qué hago acá”,  nunca. Los viajes son una suma de sensaciones y el balance siempre es positivo.

Un momento de viaje en que mejor te sentiste

Todos.

Tu destino o recorrido preferido

Los que están en mi cabeza y aun no hice.

¿Hacer kilómetros o conocer?

¡¡¡Conocer!!! Pero está bueno poder hacer kilómetros. El destino es el que da la respuesta.

Bicicletas actuales (marca y modelo).

Una Zentih Alpes de acero, una Aurora Fat X1 de aluminio, una de acero estilo panadero (viejita) y otra estilo chopera, también de acero.

Equipamiento actual para viajes

Alforjas o bikepacking, a elegir según el destino.

¿Cuadro de aluminio o cromoly?

Indistinto. Si la bici me gusta, es de mi talla y sirve para lo que quiero hacer el material no me afecta.

¿Un sueño cicloturista cumplido?

Haber comprobado que solo la costa norte de la Península Mitre (Tierra del Fuego) se puede pedalear.

Mi meta como viajero es llegar a…

¡Lugares cada vez más fríos!

 

www.tierradebiciviajero.com.ar | Instagram @tierradebiciviajeros | Facebook Tierra de Biciviajeros -Tienda https://www.facebook.com/tierradebiciviajeros

Fotos: Ariel Sabatella

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Cicloturismo

Efectos colaterales de la cuarentena: de mochileros a cicloviajeros

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Siempre nos ha gustado viajar. ¿A quién no? Ya teníamos algunos viajes encima, pero hace algunos años tomamos la decisión de dejarlo todo y salir a conocer el mundo con mochilas. Hoy llevamos recorridos 17 países del continente americano. Lo recorrimos de sur a norte y de norte a sur, dando algunas vueltas en S en el medio.
Nos gusta recorrer y conocer cada lugar al que vamos; no solo lo turístico, también su gastronomía, su gente, sus costumbres, su peculiaridad. Es por eso que nos gusta tomarnos el tiempo necesario en cada zona que queremos conocer.
Somos Meli, de Lima, Perú, y Matu, de Mar del Plata, Argentina, dos lugares a los que siempre vamos a volver.

Cuarentena en Bariloche
El año pasado, recorriendo la Patagonia como mochileros, luego de hacer temporada en Chile y con la intención de volver a casa en Lima, cruzamos la frontera con Argentina para conocer Esquel, volver y continuar hacia el norte por Chile. La idea original era que esto nos llevara 4 días, pero al segundo día después de cruzar, se cerraron las fronteras de Argentina y se anunció la dichosa cuarentena. La estrella del 2020 nos dejaba encerrados.


Logramos llegar a Bariloche, donde planeábamos esperar allí los presuntos “15 días” que duraría el confinamiento, “quincena” que luego se extendería por meses y meses. Nos mudamos unas cuantas veces y se nos fue terminado el dinero. Comenzamos a hacer tapabocas a mano y probando algunas otras cosas para sobrevivir, hasta que finalmente creamos nuestro pequeño negocio y así fue como la gente local nos comenzó a conocer como «los chicos de los budines».
Pasamos por todas las estaciones. El crudo invierno nos agarró sin abrigos, ya que habíamos regalado los nuestros justo antes de entrar al país, pensando que ya no los íbamos a necesitar, por lo que tuvimos que hacernos de todo nuevamente. Pasado el invierno, continuamos esperando que abriesen las fronteras sin éxito, y así fue como poco a poco ideamos un nuevo proyecto: ¡Volver a casa en bici! Algo nuevo e inexperimentado para nosotros.

Para viajar en bici solo nos faltaban las bicis…
Siempre que podemos nos gusta recibir viajeros en casa, así como también en ocasiones nos reciben a nosotros. En los últimos años hospedamos y conocimos a varios cicloviajeros y eso comenzó a gestar en nosotros las ganas de pedalear, hasta que finalmente las circunstancias nos llevaron a hacerlo (!!).
Al principio comenzamos a imaginarnos hacer el Camino de los Siete Lagos por la ruta 40, pero después pensamos: ¿Y si hacemos un poco más? Quizás desde Bariloche hasta Junín de los Andes… Y así, poco a poco, nos fuimos ilusionando, hasta que decidimos hacer… ¡todo en bici!
Eso sí, nos faltaban nada menos que las bicicletas…


Buscamos por mucho tiempo, hasta que por fin las encontramos, primero una y un tiempo después la segunda. Dos bicicletas usadas. Nos costó mucho decidir el rodado. Queríamos 27.5, pero terminamos optando por tener dos rodado 26, por la simplicidad y rapidez de conseguir repuestos en cualquier pueblo del recorrido.
Comenzamos a repararlas, armarlas y equiparlas con bastante amor e ingenio. Hicimos muchas cosas, incluyendo portabotellas y botellas grandes, alforjas caseras, grips artesanales para el manubrio y otras cosas más. (Queremos aprovechar esta parte del relato para enviarle un gran saludo a Iozzer: sus parrillas son excelentes y él nos dio una mano grande.)

De Bariloche a Mar del Plata
Nos encariñamos mucho con Bariloche y se ve que él también con nosotros, porque no nos soltó fácil: tuvimos muchos inconvenientes antes de salir y terminamos saliendo después de lo planeado.
Finalmente partimos con las bicis cargadas para 3 o 4 meses de viaje…, desde la Cordillera hasta el Océano Atlántico.
El primer destino fue Villa La Angostura. Desde ahí recorrimos los 7 lagos, surcamos caminos de montaña intransitables, senderos junto a manadas de ciervos y otros animales que nos sorprendieron, rutas abandonadas, el valle en Neuquén y Río Negro, rectas de asfalto infinitas en la zona pampeana, campos bonaerenses y llegamos a la costa atlántica. Cerca de 1.800 kilómetros en nuestra primera travesía en bici…


Viajar en bicicleta es muy distinto a viajar con mochilas. Disfrutar en la ruta de la brisa en el rostro, llegar a cada lugar con la satisfacción de saber que llegaste por tí mismo, cargando todo tu equipaje, no tiene precio. Es una recompensa única. Luchar y calcular los fuertes vientos, acampar en lugares mágicos, conocer cada uno de los pueblos diminutos que antes no registrábamos, aprender de cada uno de ellos. Parar a almorzar o por unos mates al costado de un arroyo perdido o del único árbol que encontramos en kilómetros. Sentir los sonidos de la naturaleza. Y ni hablar de llegar a un lugar y que la gente se asombre y se acerque a entrevistarnos sin poder creerlo, que te inviten agua, una comida o hasta compartir su techo.
Toda esa experiencia se une en algo mágico.


Llegamos hace unos días a Mardel justo con las nuevas medidas de confinamiento. El camino sigue, la travesía aún continúa. Vamos a esperar a que se alivie la pandemia un poco y luego seguiremos por muchos pueblos y ciudades nuevas y quién sabe qué nuevas sorpresas nos estén esperando por ahí…

Si quieres seguir nuestro viaje y aventuras, iremos actualizando y subiendo nuestros caminos en Instagram: @matusyd  https://www.instagram.com/matusyd/

 

Por Melissa Andrea Toscano y Matías Otero

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