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Curiosidades

Tecnologías a pedal


Desde Madrid, España, CiclaLab crea instalaciones en distintos eventos a través de un sistema de bici generadores impulsados por el pedaleo de ciclistas voluntarios. La energía humana se convierte en vatios de potencia y CiclaLab promueve cultura ambiental a través del ciclismo urbano y del desarrollo de tecnologías a pedal.

Si no hay pedaleo, no hay electricidad. Este es el concepto con el que trabaja CiclaLab, un laboratorio instalado en Madrid (España) que crea instalaciones a través de un sistema de bicigeneradores movidos por el pedaleo de ciclistas voluntarios. Así, la energía humana se convierte en vatios de potencia y CiclaLab promueve cultura ambiental a través del ciclismo urbano y del desarrollo de tecnologías a pedal.
La iniciativa surgió en 2011, mientras España vivía una importante crisis económica. “Nos quedamos sin trabajo y no teníamos ganas de buscar empleos donde entregar nuestra fuerza creativa a otros; necesitamos repensarnos al calor de lo que realmente nos gusta en la vida, las bicis”, explica Natalia Maya, iniciadora del proyecto. Los integrantes de CiclaLab vienen de diferentes movimientos sociales de Madrid relacionados con la cultura, la música y el medio ambiente: “Empezamos a experimentar en nuestras casas, con nuestras bicis y en medio del salón o del baño guardábamos una sinfonía de cables y ruedas, hasta que logramos encender la primera bombilla incandescente con energía a pedales”, continúa Maya.
Para desarrollar la técnica, en CiclaLab tuvieron como referencia a la ONG guatemalteca Maya Pedal, que construye bicimáquinas para la economía básica familiar de comunidades mayormente rurales con dificultad de acceso a la energía eléctrica. “Pero también nos inspiramos en todas nuestras experiencias previas de activismo para convertir nuestro proyecto en una herramienta de difusión del ciclismo urbano, el medio ambiente y la cultura”, enfatiza Maya.
La primera acción que CiclaLab llevó adelante fue en la inauguración del FestiBal con B de Bici de Madrid. Maya Recuerda: “Ahí nos plantamos con una bici bastante trajinada y unas lamparitas caseras que la organización del festival tenía comiendo polvo en un desván. Fue la bomba ver cómo la gente se subía a pedalear tan ilusionada para conseguir encenderlas todas.” Después de eso protagonizaron conciertos de pequeño formato para movimientos sociales, cuya amplificación alimentaban sólo con un par de bicis, y trabajaron en huertos urbanos. Al poco tiempo invirtieron todo sus ahorros en mejorar la parte técnica y difundir el proyecto. Así fue como llegaron al Encuentro Internacional de Arquitectura Sostenible, donde montaron el primer “cicloescenario”, sumaron placas solares y llevaron adelante toda la programación cultural del evento únicamente con la energía del público pedalero.
Pero si tienen que hablar de un proyecto que recuerdan especialmente, en CiclaLab eligen el Pelotón Fugaz. Allí, junto a un grupo de 300 niños y niñas hicieron talleres para fabricar cascos luminosos y recorrieron a toda luz y pedal la ciudad en una gran celebración nocturna. “Los que más nos gustan son los proyectos colaborativos, que involucran la participación de la gente desde la producción”, aclara Maya, quien también menciona Calle Abierta, otro desafío donde el Ayuntamiento de Madrid delegó a CiclaLab el comisariado cultural de la ciclovía dominical, cuyo pulmón eran los conciertos a pedales y al que invitaron a un abanico de músicos callejeros por la gran avenida del Paseo del Prado.
Para estos próximos meses de verano en Madrid, CiclaLab tiene prevista su participación en diferentes festivales de la ciudad, donde montarán su cicloescenario y también harán acciones con sus bicilicuadoras para refrescar la temporada estival. “En el actual gobierno le dan relevancia a la bici, teniendo en cuenta la opinión de los movimientos ciclistas, reconociendo no sólo su utilidad en la movilidad urbana sino también su papel como herramienta cultural,” comenta Maya.

www.ciclalab.org

Nota publicada en revista Biciclub N 269, mayo 2017.

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Pasó en el taller: una «emergencia»

—¡Hola qué tal, buenas tardes! —el hombre estira el brazo para darme la mano.
—Hola, bien, decime —contesto y sigo trabajando.
—Yo alguna vez vine a pedirte un parche, ¿me podés prestar 50 pesos?
Entrecierro los ojos, miro a un amigo que presenciaba la situación.
—¿Me estás preguntando en serio o me estás cargando?
—Es en serio, es una emergencia.
—Disculpá, pero no, no te conozco, no sé quién sos y no sé la emergencia —no noto en él signos de preocupación ni nada parecido.
—Bueno, gracias —sonríe medio riéndose y se va.
Para su extraña “emergencia” este muchacho no pidió vaquita, no lo vi pedir ni antes ni después a ningún local vecino, su actitud era despreocupada… ¿Por qué a mí?

Por Damián Raggetti: propietario de la bicicletería Rashe.

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Pasó en el taller: ¡que clientela!


Conocido grandote del barrio, de unos 150 kilos, ingresa al taller.
—Buenas, che, viste los rayos de bici…, ¿se venden sueltos?
—Sí, me tenés que decir la medida.
—¿Tenés uno para mostrarme? Te digo para qué es: quiero hacerle un “manguito” a un hueso de pescado para que quede una punta. Le das con eso a alguien y lo arruinas.
—Ajam….
—Sí, viste que está todo re complicado. Es para una amiga. Le hago un manguito de cuero y queda re disimulado. Al primero que se mande una…
(El hombre hace un gesto como que apuñala a alguien)
—Claro, emm, yo creo que si lo hacés así y así, te va a quedar con mejor agarre y con un alma de acero en el hueso.
—Gracias amigo, después te lo traigo.
No sé quién fue peor: el que vino con la idea o el que le cerró la idea…

Por Damián Raggetti: propietario de la bicicletería Rashe.

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Pasó en el taller: «Me apretaste de más las tuercas»

Una mujer de unos veintitantos ingresa al taller.
—Hace dos semanas te traje esta bici para cambiarle la rueda y al par de días se trabó. Mi amiga me dijo que es porque le apretaste mucho las tuercas.
(Miro la rueda, es contrapedal, conos recontra flojos, cubierta nueva. Tengo la idea que le había hecho un parche aparte de cambiarle la cubierta).
—Sí, pero esto no es por apretar mucho. Está re flojo y el sistema de adentro o se te desarmó y clavó o se te venía rompiendo y se terminó de romper.
—Pero el otro día la puse nueva.
—Sí, pero lo que pusiste nueva fue la cubierta, no la maza.
—Pero yo ya te pagué.
—Sí, pero cambiamos cubierta. La llanta y la maza son viejas y por lo que veo ya no daba más esa rueda.
(Veo óxido, algún golpe).
—Yo no la veo rota.
—Claro, pero se te jodió de adentro.
—Arreglámela, yo ya te pagué.
—Te repito, la maza está detonada. A la maza no le hice nada, lo que cambié fue la cubierta.
—Mi amiga me dijo que apretaste de más las tuercas…
—Mirá, ponele que apreté las tuercas a morir. Si así fuera, esto que te pasó no pasaría. Se te desarmó de adentro, eso es por usarla floja, no por apretarla.
—Pero mi amiga me dijo que las apretaste mucho. Aflojalas, ella me dijo que apretaste de más las tuercas.
(Le muevo la rueda para todos lados)
—Si estuviesen apretadas no se moverían así. Esto es de usarla floja y que se te terminó de joder o ya venía en las últimas y detonó. Si querés te hago un dibujo de qué te pasó. No sé más cómo explicarte.
—No te voy a volver a pagar, arreglamelá. Yo no la veo rota, ¿sabés qué? ya se cómo laburas acá, a este lugar no vengo más.
(Portazo y puteadas de fondo. Se fue sin entender el problema de su rueda, con un diagnóstico erróneo).

Por Damián Raggetti: propietario de la bicicletería Rashe.

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Pasó en el taller: «No uses la bici así que te vas a matar»

Una chica de unos 25 años entra al taller.
—Hola, ¿Te puedo pedir un favor? ¿Me podrás apretar el manubrio?
Miro la bicicleta, es una playera con manubrio chopero. Miro desde abajo el stem.
—Aunque te lo apriete se te va a seguir moviendo. ¿Ves que acá abajo se te partió? Yo que vos lo cambiaría o no la usaría, porque se te va a salir el manubrio.
—Dejá, no importa, ando así, voy despacito.
—Pero no la uses, posta, se te va a salir.
—Después cuando pueda lo cambio.
Al otro día, veo venir a la chica con el manubrio en la mano.
—Hola, cambiale esa pieza.
—Ufff, hola ¡Te raspaste todo el brazo!
La chica se levanta un poco la manga del pantalón. Tiene toda la pierna afrutillada.
—Uhhh, te hiciste mierda. Dejámela un rato que termino unas cosas y te la hago.
—Dale, hasta luego.
Esto pasa seguido. No sé qué piensan cuando les digo “No uses la bici así que te vas a matar” y la usan igual. A veces no es por falta de plata, es de colgados. Pasa hasta con cuadros partidos y ruedas que se abren al medio.

Por Damián Raggetti: propietario de la bicicletería Rashe.

 

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