Conectá con nosotros

Cicloturismo

Travesías extremas: Los lugares más cálidos del mundo

Sequoiab

Así como la supervivencia en las regiones heladas depende de la habilidad para conservar el calor, en zonas de temperaturas altas nos debemos a nuestra capacidad de adaptación y de hidratación. La experiencia de Mariano Lorefice en los desiertos de Atacama, Sahara, Namib, Kavir y Gobi.

Por Mariano Lorefice*

En los últimos 25 años crucé la mayoría de los desiertos (y otros lugares) donde el calor alcanza condiciones extremas, como Atacama, Sahara, Namib, Kavir, Gobi, Australia y Mojave. En ocasiones, en países de clima tropical y húmedo, sufrí más los efectos del calor que en los secos desiertos. Pero en ambos casos la experiencia fue interesante y me sirvió para aprender la importancia de mantenerme hidratado y adaptarme a diferentes condiciones, en las cuales es difícil obtener agua y es necesario aprender a sobrevivir.
Así como la supervivencia en las regiones heladas depende de la habilidad para conservar el calor, en las zonas cálidas la vida depende de nuestra capacidad de adaptación y de mantenernos hidratados.
El agua es vida, es fundamental tanto para el calor como para el frío, infaltable en cualquier experiencia extrema y en la cotidianeidad. Jamás se la puede obviar. El agua cubre más del 75% de la superficie terrestre. Sólo una quinta parte del planeta está comprendida por desiertos. Pero en la actualidad, por el descontrol ecológico, éstos se expanden de manera muy acelerada.
Los seres humanos no tenemos la capacidad de almacenar líquido como los camellos o las plantas xerófilas (cactus). No podemos acumular reservas de agua en nuestro cuerpo; cualquier exceso de líquido es eliminado. A la vez, nuestra capacidad de transporte en la bicicleta se limita a unos 15 ó 20 litros de agua como máximo (aunque podría ser más). Entonces, si transitamos por el desierto tenemos que recurrir a algunas de las mil millones de personas que habitan las regiones áridas del planeta ¡aunque a veces sea muy difícil encontrar a alguna de esas personas!
Lo fundamental para sobrevivir, aparte de transportar agua, es ser prudente, tener conocimiento de nuestro propio cuerpo -sus posibilidades y limitaciones físicas- y haber estudiado bien la zona.

El cruce de los desiertos
La sola mención del término desierto nos trae a la mente la imagen de un sol abrazador sobre un ilimitado horizonte de arena donde no nos cabría la posibilidad de pedalear. Sin embargo casi todos los desiertos están habitados en ocasionales y apartados parajes, donde los pobladores pueden dedicarse a la extracción y explotación de minerales y crianza de animales. El único desierto que puede considerarse inaccesible es el de Takla Makan, ubicado en el interior de China y protegido por altísimas cordilleras.
Al viajar en bici es interesante observar las adaptaciones y cambios que sufren las personas de los diferentes lugares. En las zonas más calientes, tal vez duerman la siesta en las horas más pesadas del día, se trasladen con movimientos lentos y usen ropa holgada de mangas largas, turbantes y túnicas que brindan comodidad, refrescan y protegen la piel de los rayos solares y de las fuertes tormentas de arena. En Irán, por ejemplo, la costumbre religiosa me obligó a usar pantalones largos para pedalear con temperaturas que superaban los 45º.
Los camellos y dromedarios son un excelente ejemplo de cómo los animales se adaptan a todo tipo de condiciones y también me sirvieron como demostración de dominio y autocontrol. Traté de mentalizarme para imitar el tranquilo, sonriente y despreocupado andar de los camellos por caminos que no sólo eran un infierno por el calor sino también por el tránsito endemoniado de todo tipo de vehículos.
La falta de pastillas potabilizadoras para el agua me hacía tentar cada vez que un beduino, en Irán o Pakistán, corría al camino para invitarme con un té. El agua tenía un sabor desagradable, casi intomable, y al beber el té en cierta manera disminuía el riesgo de contaminación e ingería una bebida previamente hervida que al estar endulzada también me aportaba energía.
Al no tener forma eficiente y rápida de potabilizar el agua, corremos peligro de contraer alguna enfermedad o descomponernos en lugares donde una simple diarrea puede resultar muy grave. Las circunstancias hicieron que adorara a los hospitalarios beduinos y sus humildes ranchitos, no sólo porque representaban para mí necesarias casas de té, sino por ser también estaciones donde recibía buena onda y calidez humana, además de un refugio para las fuertes tormentas de arena del desierto.
En Marruecos, cuando crucé el desierto del Sahara, adopté la costumbre de beber te dulce con menta, que la gente me ofrecía con fervor. Igualmente en el desierto del Gobi, en India y en Tibet, el te con sus diferentes agregados fue una bebida hidratante, revitalizadora y que siempre sirvió para confraternizar con la gente.

Desierto-de-Atacamab

Atacama
El desierto de Atacama tiene la misma superficie que Uruguay y está lejos de tener la del Sahara, que es casi tres veces tan grande como la Argentina pero se lo considera el más seco del mundo. ¡Estuvo 401 años sin llover! Con Rocinante —mi bici— tuvimos la posibilidad de atravesarlo en una semana del mes de noviembre de 1995 (viniendo de Alaska). La experiencia fue alucinante. La tranquilidad sólo se interrumpía por poblados alejados 160 kilómetros uno del otro y con ocasionales minas (les dicen “oficinas”) abandonadas y pueblos fantasmas.
Durante el día la temperatura podía llegar a 50º y a la noche bajaba a -10º. Por la mañana cuando el calor ascendía se podía escuchar resquebrajarse la salitrosa tierra. Durante la noche el cielo me brindaba uno de los mayores espectáculos del mundo.
Durante esos días, diez a quince litros de agua eran mi medida. La mayor dificultad era mantenerla a una temperatura aceptable. Para eso envolvía mis caramañolas en buzos mojados y las guardaba en el interior de las alforjas. En un termo de litro almacenaba agua fría para deleitarme con ocasionales sorbitos. Como una ironía, antes de llegar a San Pedro de Atacama me sorprendió un tamarugal en medio de la nada con un cartel que decía “Dame agua por favor”.

El Amazonas
En el Amazonas, como en otros países de clima cálido y húmedo, el calor se siente todo el tiempo y se puede llegar sufrir tanto a la sombra como por la noche. En esa ocasión llevaba una carpa muy chica que durante la noche condensaba el calor y lo aumentaba. Mi consumo de agua se incrementó. Conseguir líquido se transformó en una imperiosa necesidad.
Desde Santa Elena de Uairen, en la frontera venezolana, hasta Guajara Mirim, en la frontera con Bolivia, fueron 2300 kilómetros de pedaleo por el territorio de la Amazonia brasilera. Esta región de selvas y bosques tropicales cubre más superficie que la de una Argentina y media.
De la frontera de Venezuela a Manaus, gran capital del Amazonas, hay 1037 kilómetros y entre ambas sólo dos ciudades: Boa Vista (kilómetro 233) y Presidente Figueredo (kilómetro 906). Luego de Manaus se cruza el río Amazonas y se desembarca en Careiro, desde donde restan 690 kilómetros a Humaita, 910 kilómetros a Porto Velho y 1246 kilómetros hasta la frontera con Bolivia. La distancia entre uno y otro poblado y las altas temperaturas y humedad, transformaron el tramo de Manaus a Bolivia en un gran desafío. La supervivencia se basó en mi capacidad para mantenerme hidratado. Los pocos lugares donde podía conseguir agua eran insuficientes para proveerme del elemento vital, pero por fortuna a lo largo del desértico trayecto pude encontrar gran cantidad de ríos. Al principio traté de potabilizar agua usando un pequeño potabilizador, pero el esfuerzo de bombear no me resultó práctico. ¡Sudaba cerca de medio litro para potabilizar menos de 2 litros! Opté por acercarme a los ríos en donde el agua era menos turbia y cargarla en las caramañolas, agregándole varias gotitas de Iodo como solución potabilizadora. Las pastillas de Micropur me habían dado buen resultado en la primera parte del viaje, pero se me agotaron antes de llegar a Manaus. Eran muy eficaces, prácticas y no dejaban el desagradable sabor del iodo, que se sumaba al sabor selvático del agua (que probablemente lo aportasen los vegetales en descomposición) y al calor que la transformaba en un caldo imbebible. Agregándole un poco de azúcar y leche en polvo conseguí cambiar el sabor de mi “caldo de supervivencia” para que no me resultara tan desagradable.

Arbol-de-Jhosua.-Desierto-de-Mojaveb

Desierto de Mojave
En el verano del 2011 realicé una de las travesías más espectaculares y extremas. Comencé en el Sur de California, en el desierto de Mojave, y finalicé al Norte de San Francisco, en el Monte Tamalpais, cuna y origen del mountain bike. Fueron alrededor de 1500 kilómetros de pedaleo desde los curiosos árboles de Jhosua hasta las impresionantes y gigantescas Sequoias –árboles muy longevos, considerados las coníferas más altas que existen–.
La mayor dificultad de este viaje fue cruzar el Desierto de Mojave, donde se encuentra el valle más cálido del planeta, pasando por la Reserva Nacional Mojave y los Parques Nacionales Joshua Tree y Death Valley.
Viajé de manera autónoma, solo con mi bici. Evité las ciudades y transité por caminos secundarios, en silencio y soledad. Disfruté de un paisaje sin confines; con mi vista podía llegar a lejanas colinas al final de interminables rectas, que luego de algunas horas y con satisfacción, alcanzaba con mi bici.
En la mayoría de los casos acampaba en pequeños pueblitos o parajes deshabitados, calculando una provisión de alimentos y agua. A veces algún auto se detenía y las personas me preguntaban cómo estaba o si necesitaba algo. La gente siempre fue hospitalaria, pero debo destacar que en Death Valley nunca se detuvo nadie.

El Valle de la Muerte
Inicié el recorrido en Shoshone antes del amanecer para aprovechar y pedalear algunas horas sin el calor sofocante. A poco de comenzar llegó el primer esfuerzo del día hacia el Salsberry Pass, a 1010 msnm. Desde allí inicié un largo descenso y alcancé el punto más bajo de América: Bad Water, ubicado a 86 metros debajo del nivel del mar. Es éste el lugar más caliente y seco del mundo, con un récord de 58,1 °C. Le presté mucha atención a beber metódicamente y cada tanto comía algo. Así pude mantener mis niveles de hidratación y energía en óptimas condiciones.
En el kilómetro 116 llegué a Furnace Creek, el primer paraje habitado en donde pude cargar agua y empecé a pedalear las horas más cálidas del día por el bien llamado Valle de la Muerte. Los siguientes 45 kilómetros hasta Stovepipe Wellss los hice en un estado de atención máxima. Trataba de no “evaporarme” y me concentraba en no desvanecerme. Mientras luchaba con una extraña sensación de ir al límite, bebía el agua, con la cual podría haber hecho mate. El desplazamiento de la bici me brindaba una brisa justa y necesaria para refrescarme. Si me detenía, me cocinaba entre el ardiente asfalto del camino y el implacable sol.
Luego de Stovepipe Wellss, con 161 kilómetros pedaleados y más de 8 litros de agua bebidos, inicié el escape del infierno del modo más caliente: ¡Ascendiendo! La velocidad de la bici se redujo igual que la ventilación que ella me producía. El esfuerzo aumentó y el calor corporal superó límites que parecían imposibles. Me imaginé ser un globo de aire caliente que se elevaba gracias a las pedaleadas que generaban calor y aumentaban la temperatura de ese mismo globo, haciéndolo más sutil y volátil. Probablemente fuese un divague producto de la insolación.
Los 25 kilómetros de ascenso hasta el paso de Towne Pass, a 1550 msnm, quedaron en mi memoria como una experiencia inolvidable, un triunfo personal en el cual tuve la satisfacción de vencer el calor del desierto más cálido del mundo y la gravedad. Claro que tuve a mi favor el “peso” de la bici, en gran parte constituido por el agua que llevaba y la propia voluntad.
*Cicloviajero desde 1986. Ha completando múltiples vueltas a la Argentina y dos vueltas al mundo. Recorrió con alforjas más de 70 países. Es el creador de www.patagonia-biking.com y como guía profesional lleva realizadas más de 110 travesías por 14 países diferentes: marianolorefice@yahoo.com.

El-lgar-mas-bajo-(-86mts)-y-caliente-del-continente-56-C°b

TIPS
Sobrevivir en el desierto
Mantener una correcta hidratación. Para deshidratarse no hace falta ir a lugares muy calientes, con temperaturas inferiores a 0º y el olvido y descuido de no beber agua nos podemos deshidratar y sufrir las mismas consecuencias que en el desierto más cálido.
El 60% del peso corporal es agua. Un hombre de 75 kilos contiene 45 litros de agua y la pérdida de solamente un 11/2 produce fatiga y disminución del rendimiento.
Según la humedad y la intensidad con que se pedalee varía la pérdida de líquido, que puede llegar hasta dos litros por hora. Al atravesar zonas calientes el sudor funciona como sistema de refrigeración.
En ocasiones normales de pedaleo se aconseja reponer 800 ml de agua por hora. En etapas exigentes de 150 a 200 kilómetros se recomiendan 6 litros o más. La hidratación deber ser gradual. Beber gran cantidad de agua junta propicia la deshidratación, así como también beber soluciones caseras que contengan azúcar o sales en exceso. He probado las marcas comerciales de bebidas de rehidratación y no me resultan buenas a menos que las diluya con un 20% de agua. Creo que lo más recomendable es beber agua a temperaturas templadas.
La fórmula básica para sobrevivir en terrenos difíciles:
Voluntad = motor
Alimentación = combustible
Hidratación = vida
Autoconocimiento y prudencia = supervivencia y conservación

*Cicloviajero desde 1986. Ha completando múltiples vueltas a la Argentina y dos vueltas al mundo. Recorrió con alforjas más de 70 países. Es el creador de patagonia-biking.com y como guía profesional lleva realizadas más de 110 travesías por 14 países diferentes: marianolorefice@yahoo.com.

Nota publicada en revista Biciclub Nº 244, abril 2015.

Un-refrescante-baño-en-Indiab

Sahara.-Marruecosb

Continua leyendo
Publicidad
Click para comentar

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

ABC

Cómo planificar un viaje en bicicleta

Estamos en tiempos de pandemia, sí. Pero eso no nos impide soñar con viajes y —por qué no— planificar uno en bicicleta. En esta nota, Jimena Sánchez, de La Vida de Viaje, nos da respuesta a las preguntas más frecuentes.

¿Cómo sé si me va a dar el estado físico?
Esta pregunta es la que se lleva el podio cuando hablamos sobre cicloturismo. Y el punto está en que asociamos a los viajes en bicicleta con “esfuerzo físico” y no con “placer físico”. Pongamos un ejemplo: toda subida tiene su recompensa cuando lográs llegar hasta su punto más alto. Después siempre hay una bajada y es ahí donde lográs el balance y te recuperás. (Menciono lo de las subidas porque también es un trending topic y porque siempre nos olvidamos de que las rutas tienen llanos y bajadas hermosas que nos hacen sentir en otro planeta.)
¿Siempre se pedalea en un viaje? No. Citando el mismo ejemplo, si una subida te cansa porque es muy empinada o notás que se te resbala o se te traba la bicicleta (esto pasa mucho sobre el ripio), te podés bajar de la bici y caminar. “Uy, pero eso te cansa también.” (Sí, te leí la mente, pero son otros músculos y otra manera de hacer fuerza. Se puede ver como otra manera de “descansar” sin dejar de avanzar.) A ver: obvio que vas a cansarte. Pero el cuerpo, con los días en ruta, se entrena. Y el primer día te vas a cansar, el segundo no tanto, y así. Podés parar las veces que necesites para descansar y podés viajar al ritmo que quieras porque es TU viaje. No existen los manuales de cómo deberías viajar. Los viajes en bicicleta no son viajes para súper atletas, sino para todas aquellas personas que estén dispuestas a conocer y conectar con su cuerpo, quieran salir de su zona cómoda y busquen disfrutar del placer de sentirse vivas haciendo deporte.
Obviamente, cuanto más hayas entrenado antes de viajar, más rápida va a ser la adaptación para pasar del “esfuerzo físico” al “placer físico” que dijimos al principio y poder disfrutar del día a día.

¿Por dónde empiezo a planificar un viaje?
Agarrá un papel y un lápiz y respondé:
– ¿A dónde te gustaría viajar? vs. ¿A dónde podés viajar? Si las dos respuestas coinciden, genial. Ahora bien, si por cuestiones económicas, laborales, de tiempos, o lo que sea, el “a dónde puedo viajar” pesa más que el “a dónde te gustaría viajar” no lo tomes como un problema. Lo real siempre es más alcanzable que lo ideal.

– ¿Cuándo?
– ¿Cuánto tiempo tenés disponible?
– ¿Va a ser un viaje en solitario o con alguien?
Una vez que tenés esta información sobre la mesa, viene la etapa de investigación, que es la más larga y tediosa, pero la más importante y necesaria. Acá tenés que ver rutas, leer blogs, foros, revistas especializadas y bajarte aplicaciones útiles de mapas. Y lo que tenés que analizar con lupa es:
– Cómo es el clima del lugar al que querés viajar. Este punto influye en el equipo de camping y en la indumentaria que necesites llevar, ya que no es lo mismo viajar en verano que en invierno.


– En qué época del año conviene ir a ese lugar: más allá del clima, los lugares y las rutas pueden verse alterados por vacaciones, fiestas regionales, feriados, etcétera. Esta es una variable muy importante si buscás tranquilidad y sobre todo seguridad a la hora de viajar.
– Cómo llegar y cómo volver puede ser el punto más estresante, pero resulta indispensable. Hay que analizar todas las opciones y tomar la mejor decisión posible. Muy raras veces salimos a un viaje en bicicleta pedaleando desde casa y no queda otra que tomarnos un avión, un micro o un tren. Esto implica siempre desarmar la bici, embalarla bien, cruzar los dedos para que nada se rompa en el viaje, llegar al destino, armar todo y recién ahí empezar a pedalear. Una vez finalizado el viaje hay que hacer los mismos pasos para emprender la vuelta. Sí: es todo un tema pero lo vivido en un viaje justifica una y mil veces la logística para llegar y volver a casa.
– Y cuáles son las rutas, caminos o senderos posibles para armar un buen itinerario de viaje teniendo en cuenta todos los puntos anteriores

¿Cómo elijo una ruta?
Esto depende del tipo de viaje que quieras y puedas hacer, además de tu disponibilidad de tiempo. Podés elegir una ruta según el destino que quieras recorrer o según la experiencia que quieras vivir. Por ejemplo nosotros en el 2013 nos propusimos unir Ushuaia-La Quiaca tomando como eje la Ruta 40. No quisimos pedalear ninguna otra ruta ni desviarnos porque la 40 era nuestro objetivo. En cambio, en el 2019 quisimos hacer lo opuesto y vivir una experiencia distinta: darle la vuelta a la isla de Tierra del Fuego por senderos y caminos alternativos.
La recomendación para un primer viaje es que elijas rutas que te transmitan confianza y seguridad (como la ruta de los Siete Lagos en la provincia de Neuquén, que tiene campings y proveedurías a lo largo del camino, por ejemplo).
Si no es tu primer viaje y querés hacer algo más jugado, hay aplicaciones que te van a ayudar un montón a elegir caminos alternativos. Una de ellas es Wikiloc, una plataforma en la que viajeras y viajeros de todo el mundo suben sus rutas y comparten sus experiencias, información del camino, puntos donde parar, etcétera.

¿Qué bici elijo? ¿Qué debe tener para hacer un viaje?
Antes de responder esta pregunta es necesario que sepas esto: lo fundamental no es la bici, sino tu cabeza y las ganas que tengas de viajar. No es indispensable contar con lo mejor del mercado ni con la última tecnología. Para viajar en bicicleta hay que ir a lo simple: que sea fácil y económico a la hora de arreglarla, sin importar si estás en un pueblo o en una gran ciudad.

Texto y fotos: La vida de viaje

Continua leyendo

Cicloturismo

Una expedición en bici al corazón del Karakoram

En esta nota, que nos envía Martín Bissig, fotógrafo de algunos de los viajes de Hans Rey, tres mountain bikers de raza se proponen recorrer en bici uno de los trayectos más arduos de esa región de las más grandes montañas. Una experiencia brutalmente agotadora, con mucho más tiempo con las bicis sobre ellos que con ellos sobre sus bicis. (más…)

Continua leyendo

Cicloturismo

Cicloturismo en Chascomús: un clásico con amenities


En un impasse de tareas docentes que la virtualidad hizo el milagro de multiplicar, cierro los ojos y siento el aire fresco de la laguna…
Chascomús es una ciudad distinguida. Ganadera, cuna de dirigentes políticos, cuenta además con varias figuras del ciclismo: de acá son Juan Carlos Haedo y sus hijos. Hay muchas actividades deportivas y culturales que evidencian el crecimiento de los últimos años. A pesar de ser un destino clásico para ciclistas, solo vine una vez, hace mucho, en grupo. Un recorrido interminable por caminos de tierra en el que las pinchaduras y la caída del sol nos obligaron a retomar la Ruta 2 cuando ya nadie disimulaba el cansancio. Recuerdo la entrada a la ciudad y la cena con pizza y empanadas en una plaza céntrica como algo liberador.
Esta vez vine con mi compañera en un plan relajado. Nos movemos en bicicleta porque reservamos lejos del centro. Y qué suerte. Las cabañas de la Avenida Costanera España ya fueron alquiladas, y muchos tuvieron que armar la carpa en el jardín de alguna casa, señal de que los campings no dan abasto. A pocos metros, en la laguna, centenares de pescadores amateurs le confían la caña al hijo y destapan una cerveza, mirando siempre hacia la otra orilla.
Una vez acomodados en la cabaña, pasamos la tarde en la pileta y tomando mate en el jardín, mientras planeamos una vuelta nocturna por la laguna. ¿Lo esencial?: hidratación, buenas luces y bananas. Contra los mosquitos, repelente y resignación.

La vuelta a la laguna
Para salir del complejo atravesamos varias cuadras por un camino de piedras sin alumbrado. Apenas cruzamos las vías y llegamos a Intendente Martino, un grupo de competidores nos pasa a gran velocidad, los saludamos y alcanzamos a escuchar su respuesta. La música llega desde los autos, por lo general trap o reggaetón. En la feria de artesanos, donde todavía quedan algunos puestos abiertos, se escucha a Jorge Cafrune. Varios restaurantes y bares están casi llenos a pesar de que ya es la una. Pedaleamos un rato envueltos en músicas, luces y olor a carne asada hasta que de poco el aire se siente más frío, los comercios se van dispersando y ya no hay tantos autos. Algunos caserones abandonados, no tan viejos pero espectrales, nos ven acelerar. Cuando atravesamos el puente sobre el Arroyo Vitel me acuerdo de historias de aparecidos que escuché de chico en fogones en Monte Hermoso. Tengo ganas de contar alguna, pero mi compañera quedó atrás. La espero y cuando está lo bastante cerca como para escucharme sentimos las primeras nubes de mosquitos en la cara.
Al principio es como si nos arrojaran cenizas. Entrecerramos los ojos y aceleramos. ¿Cuántos mosquitos hay en el mundo? Imagino que la orilla de la laguna debe estar cubierta por millones y millones de mosquitos que se mantienen casi en el mismo lugar, a centímetros del agua, en una vibración perfecta y continua.
Cada tanto las luces de algún auto nos ilumina la entrada de un camping. Aprovechamos esos momentos en que los mosquitos parecen diseminarse y bajamos a sacar alguna foto. Todo un error: siguen ahí, y ahora se ensañan con aquellas partes de nuestros cuerpos al descubierto de calzas, zapatillas y guantes, aunque también nos pican a través de la ropa. Sacamos fotos desenfocadas, subimos a las bicicletas y pedaleamos como si participáramos del Trasmontaña.
Pasamos el ACA y escuchamos risas y voces animadas. En la pileta de una casa unos jóvenes le hacen frente a la noche del verano, que no es tan calurosa. Algunas cabañas de piedra y madera interrumpen las zonas boscosas. Me gusta mucho más esta parte de Chascomús que la otra, sobrepoblada, ruidosa e inquieta. Al llegar al Club San Huberto doblamos a la derecha y cruzamos las vías hacia nuestro complejo. A elongar y descansar, esto continúa.

Gándara es Gándara
Son las ocho de la mañana, ya desayunamos y nos aplicamos el protector. El sol aun no pica y la idea es estar de regreso cerca del mediodía. Modo paseo: algunas paradas, fotos y visita a la fábrica abandonada. La tarde será dedicada enteramente a la pileta: esto es cicloturismo pequeñoburgués sin culpa.
Pedaleamos por la costanera hasta un camino de tierra que nos lleva a la ruta 20. Cuando doblamos a la derecha y tomamos el camino viejo a Gándara nos recibe el viento en contra: una ráfaga de aire seco y cálido que de ahora en adelante va a ir en aumento. Según el mapa estamos muy cerca del aeródromo, pero no vemos ni escuchamos ninguna avioneta. Todo es aridez con intervalos de hierbas pampeanas y algunos árboles. Muy de tanto en tanto, alguna estancia. El sol se mueve y nos azota desde un cielo con pocas nubes.
Una huella serrucho me sacude y me olvido de lo que estoy pensando. Es muy fácil distraerse, el paisaje no cambia y solo vimos pasar dos autos. Si alguien va a Gándara, lo hace por ruta. Aunque a esta hora, lo dudo.
Pasamos otra estancia, abandonada. Hago zoom con el celular para distinguir el nombre: María Llavaneras… Avanzo unos pasos sobre un colchón de yuyos y cardos: Haras Llavaneras… El nombre no me dice mucho. Horas más tarde consultaré internet y encontraré la página de una estancia mucho más cuidada que la que tengo enfrente. La estancia, dice la página, fue pensada para el desarrollo del caballo de salto de alta competición, y su fundador es un español que bautizó el lugar en homenaje a un pueblo de Barcelona, San Andrés de Llavaneras. No tengo idea de dónde estarán esos caballos; desde que nos metimos en este camino solo vimos algunas vacas. El sol nos obliga a reponer el protector y a hidratarnos. Ahora sí, derecho a la fábrica.
El camino se bifurca y volvemos a doblar a la derecha. Al rato, un cartel oxidado anuncia: “Gandara”, así, sin tilde. Trato de recordar cómo aparecía el nombre en las publicidades del yogurt hasta que me doy por vencido.
Hace un rato que no hablamos, el viento en contra nos fatiga. No debe faltarnos más de un kilómetro, pero ya vengo sintiendo el hambre. Los metros finales son los más duros porque miramos hacia adelante y la fábrica no aparece.


Hasta que la encontramos, después de otra curva. Resulta un poco más chica de lo que esperaba. Al principio seguimos de largo, avanzamos 500 o 600 metros. Vemos el cartel de la estación de ferrocarril con el pasto crecido, unas pocas casas de ex empleados, un colegio agrícola y el camino asfaltado que lleva a la Ruta 2. Luego volvemos a descansar bajo unos árboles, frente a la fábrica. Pasa un rato y llegan dos autos desde el camino asfaltado. Luego, una moto. Los ocupantes, en su mayoría parejas, se bajan, miran, se sacan algunas fotos en la entrada y permanecen un rato más, para sentir que el viaje valió la pena. Hacemos lo propio y nos retratamos buscando un ángulo que esquive al sol y la trompa de uno de los autos que estacionó demasiado cerca del portón. Luego sacamos otra foto con las bicicletas solas, apoyadas contra la pared. Comemos alguna fruta y nos preparamos para la vuelta. Son las diez y media y el sol pega más fuerte pero ahora el viento juega para nosotros. Unos minutos después dejamos atrás el cartel oxidado.


Antes de venir a Chascomús leí que habían abierto una fábrica Gándara con sede en Pilar. Al parecer se trata de una pequeña planta de inversores chinos. La nota señalaba que se había generado una falsa expectativa en los pocos habitantes aledaños a la planta original, sin la infraestructura necesaria para volver a producir. Pienso en esas cosas durante el regreso, hasta que me doy cuenta y trato de conectarme con el paisaje, los árboles, las pocas estancias. Tomo un trago de agua fresca y miro el cielo. Por momentos parece que habrá una pausa de sol, pero las nubes son muy chicas y no hay tregua. De golpe: ¡dos paracaidistas! El descenso de las figuras recortadas, suspendidas contra el cielo puro del aeródromo. Ahora sí: pedaleamos sin detenernos hasta el asfalto y el ruido. La pileta es nuestra zanahoria invisible, unos kilómetros más allá.
¡Hasta una salida más sacrificada, amigos!

 

SÍNTESIS DEL VIAJE
Fechas: del 22 al 25 de febrero 2019
Distancia: 82 km


Por Mariano Favier: marianofavier@gmail.com

 

Continua leyendo

Cicloturismo

Viajeros: Tierra del Moncayo y Tierras Altas (España)

Cuando exploro nuevos senderos siempre tengo la misma sensación, ese nudo en el estomago que crece con la incertidumbre de lo desconocido. ¿Qué descubriré? Es algo que me hace salir una vez tras otra de viaje para conocer nuevas regiones, países y zonas remotas. Pero lo que no esperaba es que muy cerca del lugar donde vivo se encontraba una aventura que me llevaría a conocer pueblos con un gran patrimonio histórico-artístico heredado de su pasado cristiano e islámico. Montañas como el Moncayo, cargadas de leyendas y fantasías: desde los celtíberos hasta Bécquer, pasando por la mitología romana, los milagros cristianos y la fantasía popular, que juntos anidan y crecen en cuevas y pozas de la zona.
Una reciente red de senderos creada en la región de Soria nos permiten practicar nuestro deporte favorito de forma divertida y al mismo tiempo conocer gran parte de la historia y patrimonio de sus pueblos y localidades más remotas. Para esta ocasión he elegido una de las montañas que llevo apreciando y admirando desde mi niñez, El Moncayo. La provincia de Soria nos propone un camino de línea ascendente que parte desde Ágreda hasta Vozmediano. Allí aflora el río Queiles a borbotones de mil quinientos litros de agua por segundo en su mismo nacimiento, en un recorrido de pino, roble, hayedo y frescuras que conducirá hasta el Pico San Miguel, a 2.300 metros de altitud.


Para mantener este alto nivel decidí completar mi viaje desplazándome hasta las Tierras Altas de Soria. Tierras Altas o La Sierra, como la conocen popularmente sus habitantes, es una comarca de la provincia de Soria, que está situada en el norte de la provincia. Una belleza sin igual que esconde pueblos de piedra y gentes de monte. Un paisaje prehistórico que esconde bellos pueblos despoblados que nos hacen imaginar e intuir como fueron en el pasado.
Si buscas más información acerca de la provincia de Soria y todo lo que tiene para ofrecerte puedes visitar su pagina web: www.sorianitelaimaginas.com

Texto: David Cachón | Fotos: Fernando Marmolejo

Continua leyendo

Más Leídas