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Un oso en Navidad

Fecha: 21.12.2018

Recuerdo de niño un verano en particular. Mientras todos dormían, solía escaparme a medianoche en una bicicleta rosa de mi hermana. Yo no tenía bici, así que el color rosa no era un problema.
El escape sucedía en extremo silencio y con una coordinación de movimientos muy estudiados, para no despertar a nadie. El destino: la plaza. ¡Qué maravilla de lugar! Ver esos gigantescos árboles moviéndose lentamente, el ruido del agua de la fuente, los mosquitos y esa brisa en mi cara acariciándome con cada pedaleada. La sensación de paz y libertad era para mí la gloria.
Nunca tuve bici propia ¿Cómo un chico no tenía bici? Lamentablemente era así. Siempre usaba la de mis amigos del barrio, y de noche esa rosa salvaje. Pero con el tiempo, por alguna causa o razón que no logro precisar, mi vida se alejó de ellas y mis pies dejaron de pedalear.
Años después volvieron esos recuerdos. Ese olor a pasto o asfalto húmedo resultaban imborrables. Necesitaba sentir esa sensación nuevamente. Creo que la bici, para mí, representa el inicio de la infancia, junto al dibujo.
Suena cursi lo del niño interior, pero las personas somos cursis y no está mal, hasta creo que deberíamos serlo más seguido. Entonces ese niño interior y yo decidimos armar una bicicleta. Compré a mi gusto todas las partes y hasta pinté el cuadro de color negro mate. ¡Qué lujo! La bicicleta que estaba armando era una pequeña plegable de paseo rodado 20, cosa que no tiene nada de malo, excepto cuando medís 1.80 y pesás 102 kilos… Trabajé en ella hasta el último detalle para dejarla increíble, para recuperar esos largos años sin bici. Que fuera perfecta. Me lo merecía.
Era una noche de un 24 de diciembre y mi negra salvaje estaba lista. Yo estaba listo. Iba a pasar esa Navidad con unos amigos y pensaba ir en dos ruedas. Estaba preparando todo para salir y entonces lo noté. Algo familiar. Mis movimientos sucedían en extremo silencio y con una coordinación que me recordaban algo. Claro…, eran los movimientos de mis escapadas nocturnas a la plaza. Una sonrisa se dibujó en mi cara. Apenas toqué la calle todo volvió rápidamente. La brisa, ese aroma, los mosquitos. Pedaleé aún mas fuerte. Hice cinco cuadras y me enfrenté a una loma de burro. Estaba frenético y nada podía pararme, al punto que decidí hacer un willie en esa loma. Gran idea ¿no? Déjenme iluminarlos con esta imagen: un tipo de 1.80 con 102 kilos en una bici plegable de paseo, rodado 20. Era como ver a uno de esos osos del circo de Moscú pedaleando sobre una de esas bicicletas en miniatura. Y este enorme oso iba directo a saltar una loma de burro en una sola rueda. Allí voy, hago el willie perfecto, pero al bajar tuve la sensación de que mi asiento bajaba también. Freno, reviso y mi asiento estaba bien. Subo, pongo pie en el pedal, pero nada, estaba como trabada, no avanzaba. Vuelvo a revisar y allí estaba: mi bici doblada al medio y a punto de partirse.
Mi máquina del tiempo había durado sólo cinco cuadras y cinco minutos mi arsenal de insultos al aire, que competían contra algunos tempranos fuegos pirotécnicos. Acompañé a mi bici a casa y fui caminando hacia lo de mis amigos, tal vez con la idea de que Santa pusiera en su lista a este enorme niño que sólo quería una bicicleta ¿O eso es muy cursi?

Texto e ilustración: Diego Mills


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Hablamos sobre: Reflexiones en dos ruedas

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