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Reflexiones en dos ruedas

Un oso en Navidad

Recuerdo de niño un verano en particular. Mientras todos dormían, solía escaparme a medianoche en una bicicleta rosa de mi hermana. Yo no tenía bici, así que el color rosa no era un problema.
El escape sucedía en extremo silencio y con una coordinación de movimientos muy estudiados, para no despertar a nadie. El destino: la plaza. ¡Qué maravilla de lugar! Ver esos gigantescos árboles moviéndose lentamente, el ruido del agua de la fuente, los mosquitos y esa brisa en mi cara acariciándome con cada pedaleada. La sensación de paz y libertad era para mí la gloria.
Nunca tuve bici propia ¿Cómo un chico no tenía bici? Lamentablemente era así. Siempre usaba la de mis amigos del barrio, y de noche esa rosa salvaje. Pero con el tiempo, por alguna causa o razón que no logro precisar, mi vida se alejó de ellas y mis pies dejaron de pedalear.
Años después volvieron esos recuerdos. Ese olor a pasto o asfalto húmedo resultaban imborrables. Necesitaba sentir esa sensación nuevamente. Creo que la bici, para mí, representa el inicio de la infancia, junto al dibujo.
Suena cursi lo del niño interior, pero las personas somos cursis y no está mal, hasta creo que deberíamos serlo más seguido. Entonces ese niño interior y yo decidimos armar una bicicleta. Compré a mi gusto todas las partes y hasta pinté el cuadro de color negro mate. ¡Qué lujo! La bicicleta que estaba armando era una pequeña plegable de paseo rodado 20, cosa que no tiene nada de malo, excepto cuando medís 1.80 y pesás 102 kilos… Trabajé en ella hasta el último detalle para dejarla increíble, para recuperar esos largos años sin bici. Que fuera perfecta. Me lo merecía.
Era una noche de un 24 de diciembre y mi negra salvaje estaba lista. Yo estaba listo. Iba a pasar esa Navidad con unos amigos y pensaba ir en dos ruedas. Estaba preparando todo para salir y entonces lo noté. Algo familiar. Mis movimientos sucedían en extremo silencio y con una coordinación que me recordaban algo. Claro…, eran los movimientos de mis escapadas nocturnas a la plaza. Una sonrisa se dibujó en mi cara. Apenas toqué la calle todo volvió rápidamente. La brisa, ese aroma, los mosquitos. Pedaleé aún mas fuerte. Hice cinco cuadras y me enfrenté a una loma de burro. Estaba frenético y nada podía pararme, al punto que decidí hacer un willie en esa loma. Gran idea ¿no? Déjenme iluminarlos con esta imagen: un tipo de 1.80 con 102 kilos en una bici plegable de paseo, rodado 20. Era como ver a uno de esos osos del circo de Moscú pedaleando sobre una de esas bicicletas en miniatura. Y este enorme oso iba directo a saltar una loma de burro en una sola rueda. Allí voy, hago el willie perfecto, pero al bajar tuve la sensación de que mi asiento bajaba también. Freno, reviso y mi asiento estaba bien. Subo, pongo pie en el pedal, pero nada, estaba como trabada, no avanzaba. Vuelvo a revisar y allí estaba: mi bici doblada al medio y a punto de partirse.
Mi máquina del tiempo había durado sólo cinco cuadras y cinco minutos mi arsenal de insultos al aire, que competían contra algunos tempranos fuegos pirotécnicos. Acompañé a mi bici a casa y fui caminando hacia lo de mis amigos, tal vez con la idea de que Santa pusiera en su lista a este enorme niño que sólo quería una bicicleta ¿O eso es muy cursi?

Texto e ilustración: Diego Mills

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Ciclismo urbano

Calles salvajes: “Hoy quisieron matarme”

Tengo 21 años, desde hace más de 10 que me manejo con bastante autonomía por la ciudad. A los 9 o 10 años empecé a ir a la escuela en bicicleta, vivía en Baigorria. Cuando empecé la secundaria me empecé a mover en colectivo por un tema de distancia y tuve a la bici bastante abandonada, hasta que me mudé a Rosario.
Al poco tiempo de mudarme la bici se hizo una parte fundamental de mí, no sólo para trasladarme sino para trabajar. Recorrí diversas “plataformas” de envíos a domicilio y después empecé a hacer bicimensajería por mi cuenta. El último gran cambio que hice fue meterme en la mecánica de bicicletas, que es mi trabajo actual.
Moverse en bicicleta en la ciudad es algo que puede ser fantástico, y este año, entre la pandemia y los meses donde no hubo transporte urbano, esto se evidenció fuertemente. Rápidamente la municipalidad de Rosario dispuso nuevas bicisendas en las principales avenidas de la ciudad (un reclamo que se venía haciendo desde hace mucho).
Pero pese a todos los avances que hubo (principal y casi únicamente más bicisendas), andar en bici por la ciudad sigue siendo un desafío. Podría nombrar de memoria diversos lugares específicos donde por un diseño mediocre y hasta diría negligente, la nueva infraestructura ciclística genera más problemas que soluciones. Desde la esquina de Entre Ríos y Córdoba, donde por culpa de taxis, patrulleros y autos particulares mal estacionados, los colectivos siempre se terminan subiendo a la bicisenda, o la bicisenda de Avenida Pellegrini, por donde constantemente las motos circulan a alta velocidad.
Hoy me tocó vivir un par de situaciones de riesgo. Venía por la bicisenda de Avenida Ovidio Lagos al 4000, una camioneta dobló a la izquierda sin el guiño y sin mirar y estuve a centímetros de terminar abajo. Un par de cuadras más al norte, otra camioneta, esperando para doblar a la izquierda, nuevamente sin el guiño y completamente cruzada sobre la bicisenda. La pude esquivar por la derecha y al pasar golpeé en la parte trasera de la chata para hacerle saber que estaba haciendo todo mal. Avancé unos metros, miré para atrás, la camioneta puso reversa en el medio de la avenida y encaró para mi lado. Seguí avanzando y para poder tomar más distancia pasé un semáforo en rojo. La camioneta hizo lo mismo, pasó el semáforo en rojo, adelantando a los demás autos por la derecha. Me alcanzó. La tenía a centímetros atrás mío. Sentía como aceleraba y clavaba los frenos justo antes de tocarme. No sabía si la contaba. El escenario de ser atropellado cada vez era más real y cercano. Doblé en contramano a la derecha. La camioneta también dobló en contramano. Ya estaba, no le importaba nada. Vi un garaje abierto, un taller mecánico, me metí. No había nadie, pegue unos gritos, no salía nadie. Por suerte aparecieron unos vecinos que habían visto toda la secuencia y se quedaron un rato conmigo. Nunca me temblaron tanto las piernas.
No sé cuál es la solución pero tengo en claro cual es el principal problema. Ningún ciclista puede estar seguro en la calle mientras haya gente arriba de un auto con este tipo de actitudes negligentes y en algunos casos criminales. Y al estado parece no importarle. ¿Cuándo fue la última vez que escucharon de una multa por no usar el guiño? ¿Alguna vez vieron cómo multaban a una moto por ir por la bicisenda?
Es incontable la cantidad de veces que sufrí en carne propia la negligencia, impunidad y violencia por parte de automovilistas. Ya me cansé. Me cansé de pedir las cosas bien, me cansé de decir amablemente (o no tanto) “poné el guiño”, me cansé de que me manden a la mierda después de eso, que me amenacen de muerte o que me digan que en la esquina se bajan y me cagan a piñas. Si vas a poner en riesgo mi vida por no usar el guiño o no mirar los espejos y encima ni siquiera vas a pedir disculpas o aceptar tu error, si creés que no merezco circular en la misma calle por la que lo haces vos, no esperes que reaccione amablemente, se acabó, podes despedirte del guiño o del espejito que no usás. No te preocupes, eso se puede volver a comprar, y si existiera una multa debería ser bastante más cara.
¿Los ciclistas a veces hacemos cosas incorrectas? Solo puedo hablar desde mi lugar, y sí, paso semáforos en rojo a diario entre otras cosas, pero con la certeza de que jamás puse en riesgo la vida de nadie, ni siquiera la mía, y muchísimo menos a propósito.
Si un día me muero en un “accidente” probablemente sea abajo de una Hilux último modelo con todos los papeles al día.

Julian Casiello: juliancasiello@gmail.com

Foto: @bicipaladin

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Reflexiones en dos ruedas

Enfermedad y deporte: “Mi debilidad se transformó en mi fortaleza“

Una enfermedad discapacitante ayudó al protagonista de esta nota a convertirse en un deportista full time de las dos ruedas, a las que llegó luego de tener que abandonar el béisbol, su deporte de origen, como consecuencia de su enfermedad. (más…)

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Reflexiones en dos ruedas

Según las Naciones Unidas hoy es el Día de la Bicicleta

Durante el mes de abril del año 2018 la Organización de las Naciones Unidas decidió proclamar al 3 de junio como el Día Mundial de la Bicicleta, reconociendo en sus considerandos los múltiples beneficios que trae la bicicleta a la humanidad y en particular “la singularidad, la longevidad y la versatilidad de la bicicleta, que lleva en uso dos siglos y que constituye un medio de transporte sostenible, sencillo, asequible, fiable, limpio y ecológico que contribuye a la gestión ambiental y beneficia la salud”.
La Organización de las Naciones Unidas asigna días internacionales con la intención de “sensibilizar al público en general sobre temas de gran interés, tales como los derechos humanos, el desarrollo sostenible o la salud. Al mismo tiempo, pretenden llamar la atención de los medios de comunicación y los gobiernos para dar a conocer problemas sin resolver que precisan la puesta en marcha de medidas políticas concretas”.
En fin, ya había un día mundial de la bici, cuya fecha, el 19 de abril, fue elegida por los propios ciclistas hace décadas, cosa que a la ONU parece no importarle. Igualmente, en buena hora, gracias por la gentileza y ¡chin chin por la bici, hermosa!

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Ciclismo urbano

Sí, digámoslo, en Argentina el coronavirus le salva la vida a 20 personas por día

Cambiar el paisaje urbano, con más gente en bici y caminando que en auto, ya no hay que imaginarlo, lo hemos constatado. Todos nosotros hemos cruzado durante estos días una calle o avenida por cualquier lugar, todo nosotros hemos visto en algún momento arterias desiertas, semáforos inútiles, pasos de cebra en desuso.
Y también hemos podido constatar que en Argentina la fatídica cifra de unos 20 muertos por día en accidentes de tránsito ha descendido prácticamente a cero. El coronavirus ha matado a mucha gente, pero “gracias a él”, al haber tan pocos autos en las calles, en este mes que lleva la pandemia, unas 600 vidas se han salvado y unas miles de personas no han quedado lisiadas de por vida tras ser parte de un “accidente de tránsito”.
Puede que el dato parezca banal y que el razonamiento capcioso, pero no lo es. Los muertos por coronavirus en este mes no llegan a 100, mientras que los que han salvado su vida por que el coronavirus ha restringido la presencia de automóviles en las calles son cerca de 600 y miles los que se han salvado de quedar con secuelas.
¿Nos quedará como saldo algún aprendizaje social, cultural y político de esto? ¿Aprenderemos ahora que los miles de muertos por año por causa del tránsito automotor son por causa de una pandemia? ¿No será que hay que restringir drásticamente y para siempre la circulación de automóviles en las ciudades? ¿No será esta la gran oportunidad? ¿O los 100 muertos por coronavirus de este mes son más importantes que los 600 que hubieran muerto por “accidentes”?
En fin, para reflexionar.

Por Mario García

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