Aventura patagónica: Un viaje extraordinario con una bici ordinaria

La neuquina Carla Saralegui se largó a un viaje improvisado en bicicleta que la llevó hasta Tierra del Fuego, donde la sorprendió la cuarentena. En estas páginas nos relata su fantástico viaje en una bici que su padre había comprado en un supermercado.

Mi aventura comenzó en el 2019 con la idea de animarme a cumplir un sueño, conocer El Chaltén. Siempre me resultaba caro poder ir y la verdad que, sin saber bien cómo, surgió la idea de elegir a la bici como un medio de transporte barato para poder hacerlo.
Ya desde que comencé a investigar y charlar con gente sobre el tema, varios me aseguraron que no necesitaba una bici especial, simplemente que lo hiciera con la que tenía, de mi papá, que debe tener más de 15 años, una bicicleta pseudo urbana de las que se compraban en el supermercado.
La verdad que hacía rato que no la usábamos para nada, así que primero decidí ponerla en condiciones. La llevé a la bicicletería y le hice un service, pero no mucho más.
Mis amigos me ayudaron mucho. Me prestaron cosas, me regalaron otras. El que más me equipó fue Leandro, que ya había viajado en bici, prestándome las alforjas y el bolso para el manubrio. Luego una amiga me regaló una parrilla portapaquetes para adelante de la bici.
Mis viajes siempre fueron de mochila y ésta iba a ser mi primera experiencia en bicicleta. Algo que nunca imaginé que iba a hacer, aunque a la hora de armarme con lo necesario para llevar ya tenía algo de experiencia. Me compré una buena bolsa de dormir para protegerme del frío y me prestaron una carpa.
Así fue que comencé los preparativos. Ahorré un poco de plata (que realmente no era mucho) y le puse fecha al viaje.

Inexperiencia y buena suerte
El 22 de diciembre viajé rumbo a El Bolsón y el 6 de enero salimos con mi amiga Nadia, sin experiencia ni entrenamiento, solo con nuestras ganas de viajar. Las dos veníamos con más ganas de largarnos y movernos que de otra cosa. Yo solo sabía lo básico: arreglar algún pinchazo, cambiar la cubierta, pero nada más. Tampoco tuvimos entrenamiento previo, al punto que mi amiga se compró la bici unas semanas antes de salir y yo a veces la usaba para moverme por la ciudad.
De hecho en los primeros días ya tuvimos problemas, ella con su transmisión y yo con el eje trasero. Por suerte logramos conseguir ayuda y fuimos aprendiendo, todo sobre la marcha. Recuerdo que en el tramo que viajé sola, una sola vez tuve que parar al lado de la ruta a cambiar la cubierta, que se me había roto, y por suerte me las arreglé bien. Mi problema mayor siempre fue, y lo tuve hasta llegar a Tierra del Fuego, el eje trasero, al que lo afectaba el peso, pero más que nada porque las rueda ya era muy vieja. La realidad es que a esa rueda había que cambiarle todo…

De El Bolsón a Esquel
Ahora sí, el 6 de enero comenzó el viaje con mi amiga, que, como dije, se había sumado unos meses antes, cuando le conté lo que iba a hacer. Salimos de El Bolsón, Río Negro, y ya en Chubut pasamos por El Hoyo, Epuyén y Cholila, recorrimos El Parque Los Alerces y llegamos a Esquel. Esos hermosos lugares nos deslumbraron con sus paisajes y la calidez de la gente. Nos manejamos en carpa y usamos aplicaciones de viajes para encontrar dónde acampar.
En Esquel nos separamos, ya que a mi amiga se le terminaban las vacaciones. Desde ahí comenzó mi aventura en soledad.


Había salido de Neuquén pensando en cómo hacer ahorros durante el viaje y complementarlos con la venta de fotos, así que le había pedido a otra amiga, Gabriela, diseñadora gráfica, que me ayudara a hacer postales y unos anotadores con unas frases.
Gracias a eso conocí a mucha gente linda en la calle que se interesaba por mi historia, me ayudaba colaborando con mis postales y me invitaba a quedarme en su casa a comer, entre otras atenciones.

Una mujer que viaja sola
De Esquel encaré por la Ruta 40, pasé por Tecka, Gobernador Costa, Río Mayo (todo en Chubut), Perito Moreno y Los Antiguos (en Santa Cruz).
Allí mi viaje se hizo más solitario. La Patagonia es hermosa y viajar en bici te permite sentirte libre en lo que hacés, en lo que ves y en cómo sentir todo lo que te rodea. Además para mí fue un viaje de puro autodescubrimiento y de aprender a disfrutar cada pedaleada y cada momento. Aprendí muchísimo a valorar esas cosas.
Me pasaron todas cosas hermosas en la ruta. Paró gente a sacarme fotos, a convidarme mate y a ayudarme con comida y agua. Realmente eso fue lo más hermoso, porque son lugares muy solitarios, por los que no pasan muchos ciclistas. Y no saben lo que soñaba algunos de esos días con que alguien me diera un mate, cosa que se cumplió, fue muy loco.


Para mí la gente que conocés es la que te hace los viajes. En ese sentido fueron geniales todas las experiencias que tuve y agradezco haber tenido la oportunidad de conocer lo bella que es realmente la gente.
Lo más emocionante fue crecer mucho y charlar con los que me cruzaba sobre el hecho de ser mujer viajando sola. Eso fue súper alentador, ya que sentí que pude motivar a mucha más gente a hacerlo, pero sobre todo a otras mujeres. Sacándonos los miedos y prejuicios y creyendo en la gente.
Hubo tramos en los que me sentí muy cansada y donde el clima (sobre todo el viento) no me acompañaban, y ahí es donde también aprendí a pedir ayuda, a que me pudieran acercar a algún lado. Y esas situaciones me sorprendieron mucho también, ya que nunca había hecho dedo y no tenía mucha fe de que me levantaran con la bici. Pero por suerte no tuve mucho tiempo de espera, ya que son zonas que pasan muchas camionetas y camiones.


Sueños que se suman a los sueños

Llegar a El Chaltén fue super emocionante y la forma de hacerlo fue mágica y hermosa. Sentí que me había conectado con el viaje y la ruta. Saber que todo ese esfuerzo y ese camino valió la pena. No pude más que relajar varios días, sólo pensando en todo lo que había logrado.
Y como los sueños evolucionan, más todo lo que había vivido y la forma en que lo había hecho, fue que me decidí a seguir viajando así, a vivir de esa manera. Así que sin más, desde allí encaré a Ushuaia.
Pasé unos días en Calafate, aprovechando a vender. Allí, una chica que me vio en la calle me invitó a dormir en la casa. Esas invitaciones fueron impagables, tanto ahí como en Esquel y Perito Moreno; simplemente me veían y charlando me invitaban a pasar por sus casas. Realmente nuestra sociedad es súper bondadosa y solidaria y creo que eso es lo que más tenemos que mostrar cuando viajamos.


Seguí bajando hasta Río Turbio, donde me alojé con unos chicos que había conocido en el Parque Los Alerces haciendo cicloturismo. A continuación crucé a Chile y bajé por allí, cruzando a Tierra del Fuego por Punta Arenas. Los días no me acompañaron mucho, por lo que esos tramos los hice bastante más rápido.
Descanse unos días en Río Grande y arranqué la última parte.
Por loca que es la vida, llegando a Tolhuin, 100 kilómetros antes de Ushuaia, durante el mes de marzo, tuve que volver a Río Grande y decidir qué hacer, porque ya se veía que se venía una cuarentena y se estaban cerrando las rutas.
Fue por eso que muy a mi pesar y gracias a la ayuda de mis papás decidí volver el 19 de marzo, en avión, a Neuquén, dejando la bicicleta allá, y con el sueño pendiente de conocer la ciudad del fin del mundo en otro momento.
Mi idea es poder seguir viajando de esta forma en cuanto se pueda. Conseguir auspiciantes o encarar otros laburos freelance para salir a recorrer lo que pueda de mi provincia Neuquén y del país. Para luego salir rumbo a Colombia, que es otro lugar que sueño mucho con conocer.
Ahora trabajo en mis redes sociales y mi página, para que pueda crecer un poco más y así mostrar las bellezas que tenemos y motivar a más gente a que se anime a hacerlo.
Como síntesis de lo recorrido, completé unos 2.555 kilómetros, con algún tramo a dedo e incluyendo un ferry (de Punta Arenas a Porvenir, Tierra del Fuego chilena).


 

PROTAGONISTAS
La multitareas Carla

La protagonista de este viaje, Carla Saralegui (29), vive en Neuquén capital, donde, según ella misma, es “estudiante eterna de la carrera de Comunicación Social y actualmente me sostengo vendiendo productos y haciendo trabajos freelance de manejo de redes sociales y paginas web”. Antes de la cuarentena Carla tenía su emprendimiento y daba clases de zumba, actividades que abandonó cuando se decidió a emprender este viaje. Además, tiene sus hobbies: la fotografía, el baile, la escritura, salir a disfrutar del aire libre y viajar.

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