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Cicloturismo

Un viajero argentino varado en Georgia por la pandemia

Durante su viaje en bicicleta desde Italia a India, el argentino Sebastián Saladino fue sorprendido por la pandemia en Georgia, un país ubicado al sur de Rusia. En esta entrega te contamos quién es Seba, su plan de viaje y algunas pequeñas historias de su estadía en Georgia durante la pandemia de coronavirus.


Al momento de hacer este reportaje por medios digitales Sebastián Saladino (28), protagonista de un largo viaje al que ha bautizado como Bicicleta Infinita, estaba en Georgia, viviendo la pandemia de una manera muy particular.
Hasta ese momento, partiendo de Italia, había pasado por Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Albania, Macedonia del norte, Grecia, Turquía y obviamente parte de Georgia, desde donde, en cuanto pueda, partirá rumbo a India, la meta de este viaje.

Bicicleta Infinita
Seba Saladino nació en Río Cuarto, Córdoba, a los 18 años se mudó a la capital provincial para estudiar ingeniería industrial y durante los últimos dos años de la carrera trabajó en Fiat. Pero mientras tanto acariciaba un sueño que iba tomando forma con experiencias aisladas: “Mi actividad preferida siempre fue viajar -nos cuenta- y si podía hacerlo en bicicleta mucho mejor. También usaba la bici como medio de transporte en la ciudad y de forma recreativa por las sierras, aunque nunca de manera competitiva.”
Hasta que en el verano del año 2015 desarrolló, junto a un amigo, un primer ensayo de lo que sería luego su periplo actual: “Pedaleamos toda la costa de Uruguay durante un mes, lo que fue una primera e increíble experiencia de cicloviaje.”
Solo una semana después de exponer su tesis de grado Seba dio un salto hacia sus sueños, volando con destino a Europa, adonde viajó durante algunas semanas como mochilero, para finalmente instalarse en Italia durante seis meses con el propósito de realizar su trámite de ciudadanía. Y ahí se produjo el parto de un gran proyecto: “Logrado ese objetivo, yo sabía que quería ir hasta Turquía por tierra y recorrer los Balcanes por la costa del Mar Adriático, pero el hecho de hacerlo en bicicleta me parecía mucho más lindo, aventurero, económico, saludable, único y de pura libertad. Por eso, mientras hacía mi ciudadanía en el norte de Italia comencé a preparar esta gran aventura que llamé Bicicleta Infinita.”
Naturalmente, el primer problema que tuvo que resolver fue el del equipamiento: “Comencé buscando sponsors que me apoyaran para equiparme con lo necesario -recuerda. Toqué muchas puertas, hasta que finalmente una pequeña fábrica de bicicletas se vio reflejada en mis objetivos y mi proyecto desafiante y me ofreció una bicicleta. El resto del equipamiento, en parte lo compré yo y en parte lo tenía. De hecho, utilizo mis mochilas como alforjas.”

El equipo y el dinero
Seba lleva en su viaje equipamiento básico de camping (carpa, bolsa de dormir, colchoneta inflable, elementos para cocinar, etcétera), un kit para la bicicleta (algunos repuestos y herramientas básicas), un kit de primeros auxilios, ropa básica de verano e invierno, tablet, cámara deportiva, mate y bandera Argentina. “El viaje en bicicleta es muy económico -afirma. Partiendo de que el combustible son tus piernas, haciendo acampada libre y cocinándose uno mismo, el presupuesto es realmente bajo. Mi viaje se financia, en gran parte, con mis ahorros, trabajos voluntarios y algunas veces con la venta de postales y merchandising en la calle. También he incorporado la opción de donaciones en mi página web.”

Rusia
Después de recorrer varios países, la mayoría de ellos exóticos para nosotros los latinoamericanos, Seba intenta resumirnos las grandes sensaciones de este tramo: “Este viaje está repleto de buenas experiencias, desde paisajes y atardeceres soñados hasta experimentar la hospitalidad de la gente. Nunca olvidaré la cantidad de té çay que me han invitado a tomar en Turquía o las veces que los albaneses me han invitado a dormir en sus casas. Y experiencias negativas no había tenido nunca, hasta que llegué a Georgia y comenzó la pandemia. Cuando me dirigía hacia la capital del país comenzaron a cerrar alojamientos, restaurantes y todos los lugares de posible concentración de gente, la policía llegaba a mi campamento para controlarme la temperatura, la gente local prefería mantener distancia con el turista y hasta incluso me cerraron la puerta en la cara en una estación policial cuando quise hacer una consulta.”
Sumado a estos acontecimientos, nuestro viajero se encontró entre otras incomodidades con tormentas de nieve, temperaturas bajo cero y una ruta con gran cantidad de camiones, motivo por el cual decidió tomar un tren para llegar a Tiflis, la capital de Georgia, donde al momento de hacer esta nota (mediados de abril) se encontraba haciendo la cuarentena en un departamento junto a otros cuatro cicloviajeros. “Honestamente -confiesa-, estar acá bloqueados no es tan malo, ya que es una linda ciudad, en un hermoso país, con buena y cálida gente, precios económicos y accesibles, visa de un año, sabrosa gastronomía y, detalle no menor, ricos vinos, ya que es en Georgia donde esta bebida se originó. La cuarentena no es obligatoria aún, entonces podemos salir a visitar la ciudad, aunque todos los comercios están cerrados y se recomienda quedarse siempre en casa. Estoy a la espera que la situación sea mejor y se pueda circular nuevamente en bicicleta y poder cruzar las fronteras que me separan de mi nuevo gran destino: la India.”


CRÓNICAS
Mis días en Georgia

29 de febrero
¡En la frontera se tomaron como cinco minutos para revisar mi pasaporte! Antes, al salir de Turquía, un policía turco me había dicho que no mencionara que había estado en Grecia: “Están muy estrictos con todo el tema del coronavirus”, me advirtió.
Finalmente pasé y me dirigí a Batumi. una hermosa ciudad sobre el Mar Negro. Súper moderna, edificios extravagantes, casinos, costanera, parques hermosos. La verdad, muy, muy linda. Allí me encontré con otros cinco cicloviajeros. ¡Ahora éramos un grupo de seis! Una mañana salimos todos juntos pedaleando rumbo al norte, con destino a Mestia. Si ya éramos muchos, esa primera tarde encontramos a otros dos españoles. Por la tarde éramos ocho cicloviajeros acampando juntos al lado del río, donde hicimos un lindo fogón y hubo mucha charla.
A la mañana siguiente salimos en pelotón. Fue raro estar pedaleando en un grupo tan grande y al mismo tiempo una experiencia única estar así acompañado. La gente nos observaba y saludaba. Esa noche acampamos en unas termas naturales. No eran increíbles pero el río estaba muy lindo.

A mitad del día siguiente, después del almuerzo, la policía nos comenzó a seguir a cierta distancia, hasta que nos frenaron y nos preguntaron de dónde éramos. Continuaron siguiéndonos por unos 15 kilómetros. Llegamos a un lugar donde queríamos acampar, le preguntamos si podíamos y nos dijeron que sí, pero cuando empezábamos a armar las carpas apareció de nuevo la camioneta de la policía y nos dijo que no podíamos, que debíamos acampar en la estación de policía. Insistimos en que nos dejasen acampar ahí, al lado del río y finalmente nos lo permitieron.
Minutos más tarde el mismo policía volvió a aparecer en un auto blanco y se estacionó a unos metros de nosotros, para custodiarnos durante toda la noche. Cuando preguntamos a qué se debía esto, nos dijo que era por seguridad, algo de Rusia… Más tarde averiguamos con más detalle en internet: nos encontrábamos cerca de la región de Abjasia, que pretende ser independiente de Georgia (o al menos que intenta serlo) con apoyo de Rusia aunque con nulo reconocimiento internacional. Pero la cuestión era que donde estábamos parecía seguro y más aún con la policía en nuestras nucas.
A la mañana del día siguiente la policía nos siguió unos 5 kilómetros en una gran subida hacia el dique Enguri. Fueron en definitiva casi 24 horas de marcha custodiados por la policía georgiana. Por un lado puede estar bueno tener esa compañía y sentirte seguro, pero por otro es un poco molesto sentir que nunca se está solo y que hay alguien pendiente de lo que hagas.

12 de marzo
Días mas tarde, después de haber vivido una hermosa experiencia con una familia local, seguimos camino hacia el centro de Georgia. En una noche de acampada libre vivimos una increíble situación, pero esta vez no tan agradable. Mientras acampábamos, poco después de cenar, vino una policía y una ambulancia para hacernos un chequeo por coronavirus. Se ve que algún vecino avisó que había extranjeros y vinieron a controlar. Lo gracioso era como estaban vestidos: mameluco blanco, barbijos, antifaz, cofia, guantes, el cuerpo totalmente cubierto, como si fueran a trabajar con un espécimen desconocido y peligroso. Nos tomaron la temperatura y nos pidieron algunos datos. Estábamos ok, nos pidieron disculpas por las molestias y nos explicaron la situación. Pero lo raro fue que nuevamente la policía no se fue, se quedó toda la noche vigilándonos, con las luces de la camioneta apuntando hacia nosotros. Y a las 7:30 sonó la sirena, nos hablaron en georgiano por el parlante del auto y nos hicieron señas para que nos fuéramos del lugar. Fue una situación muy molesta, porque no podíamos desayunar tranquilos que ya estaban a los bocinazos para que nos moviésemos, ya que tenían la orden de escoltarnos hasta el límite con la otra región/provincia, ubicado a unos 3 kilómetros.
Cuando dejaron de seguirnos nuestro enojo fue disminuyendo, pero el sabor amargo de toda la situación perduró. Fue notorio que en situaciones como estas el trato con las personas no es el normal, toman distancia, te miran raro, como que algunos piensan que estas infectado con el Covid-19 solo por ser un turista o por venir de Italia (hasta las banderas italianas de nuestras bicis tuvimos que sacar).
A todos estos sucesos extraños se sumaba que casi todos los cicloviajeros que habíamos conocido estaban pensando en volver a sus casas, sobre todo porque Azerbaiyán había cerrado sus visas por 45 días y cada vez se complicaba más cruzar el Mar Caspio en ferry.

17 de marzo
A medida que pasaban los días la situación se ponía más dura y difícil de lo pensado. Pase un día pedaleando bajo la lluvia, esperando encontrar un alojamiento para la noche. En cada hotel donde preguntaba me decían que estaba cerrado y cuando preguntaba a qué se debía no me respondían. Finalmente, a eso de las 16 horas entré en un pueblito donde había un hotel y la señora me dijo que debido al Covid-19 no podían aceptar gente y ni siquiera me permitirían armar la carpa en el jardín. La gente ya estaba espantada con el tema. Me dijeron que podía acampar cerca del río, que fue lo que finalmente hice.
Al despertar al otro día y abrir la carpa me llevé la sorpresa de que estaba nevando. Con mucho frío en las manos armé todo y partí. Cada vez nevaba más fuerte y la ruta me ofrecía subidas y cientos de camiones. Sumado a esta inclemencia climática, ya ni siquiera los restaurantes me recibían. Fui a uno solo para pedirles internet y me dijeron que no tenían y que estaba cerrado, mientras mantenían la distancia y se tapaban la boca. La gente entró en pánico.
Cansado de la situación, del frío, mojado y bajo una intensa e interminable nevada empecé a buscar una ciudad con estación de tren para tomar uno que me llevase a la capital del país. Pero cuando me detuve en la estación de policía para hacer una pregunta me cerraron la puerta en la cara, indicándome que me alejase y repitiendo con tono de alarma: “¡Coronavirus! ¡Coronavirus!”. Intenté informarme y me dijo que no hablaba inglés, mientras me hacía señas para que me fuese. Esto ya me provocó indignación, enojo e impotencia. Con gran esfuerzo pedaleé hasta Khashuri, donde finalmente logré tomar un tren hasta la capital georgina, Tbilisi (o Tiflis), donde estaban mis amigos. Necesitaba llegar a esta gran ciudad antes que la situación empeorase.

9 de abril
Ya llevamos mas de tres semanas en la ciudad. Georgia declaró estado de emergencia, con lo cual todos los comercios cerraron excepto supermercados y farmacias. Se puede circular por la calle y salir a pasear, pero obviamente no es lo recomendado y por ende tratamos de evitarlo. La gente y el gobierno han tomado buenas medidas de prevención, la gente usa barbijos y guantes, respetan la distancia recomendada en las colas, se usa alcohol en gel, etcétera. Dado esto el numero de casos en Georgia es bajo y de momento no hay muertos por Covid-19. Somos cinco cicloviajeros conviviendo y esperando que la situación mejore para que al menos podamos viajar en bici dentro del país. Intentamos aprovechar el tiempo trabajando en nuestros blogs y redes sociales, videos y fotos, escritura y lectura, entre otras actividades. Tenemos la esperanza y el pensamiento positivo que cuando la emergencia termine, podamos volver a circular, aunque respecto a la reapertura de las fronteras de los países limítrofes tenemos poca información y por lo tanto pocas decisiones podemos tomar respecto a nuestros futuros itinerarios.
Por el momento, solo queda esperar.


DATA
En bici a India

Partida: desde Italia el 9 de agosto del 2019.
Kilómetros recorridos hasta Tiflis: 4541.
Países visitados: Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Albania, Macedonia del Norte, Grecia, Turquía y Georgia.


Contacto: bicicletainfinita | bicicletainfinita.com

   

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Cicloturismo

Una expedición en bici al corazón del Karakoram

En esta nota, que nos envía Martín Bissig, fotógrafo de algunos de los viajes de Hans Rey, tres mountain bikers de raza se proponen recorrer en bici uno de los trayectos más arduos de esa región de las más grandes montañas. Una experiencia brutalmente agotadora, con mucho más tiempo con las bicis sobre ellos que con ellos sobre sus bicis. (más…)

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Cicloturismo

Cicloturismo en Chascomús: un clásico con amenities


En un impasse de tareas docentes que la virtualidad hizo el milagro de multiplicar, cierro los ojos y siento el aire fresco de la laguna…
Chascomús es una ciudad distinguida. Ganadera, cuna de dirigentes políticos, cuenta además con varias figuras del ciclismo: de acá son Juan Carlos Haedo y sus hijos. Hay muchas actividades deportivas y culturales que evidencian el crecimiento de los últimos años. A pesar de ser un destino clásico para ciclistas, solo vine una vez, hace mucho, en grupo. Un recorrido interminable por caminos de tierra en el que las pinchaduras y la caída del sol nos obligaron a retomar la Ruta 2 cuando ya nadie disimulaba el cansancio. Recuerdo la entrada a la ciudad y la cena con pizza y empanadas en una plaza céntrica como algo liberador.
Esta vez vine con mi compañera en un plan relajado. Nos movemos en bicicleta porque reservamos lejos del centro. Y qué suerte. Las cabañas de la Avenida Costanera España ya fueron alquiladas, y muchos tuvieron que armar la carpa en el jardín de alguna casa, señal de que los campings no dan abasto. A pocos metros, en la laguna, centenares de pescadores amateurs le confían la caña al hijo y destapan una cerveza, mirando siempre hacia la otra orilla.
Una vez acomodados en la cabaña, pasamos la tarde en la pileta y tomando mate en el jardín, mientras planeamos una vuelta nocturna por la laguna. ¿Lo esencial?: hidratación, buenas luces y bananas. Contra los mosquitos, repelente y resignación.

La vuelta a la laguna
Para salir del complejo atravesamos varias cuadras por un camino de piedras sin alumbrado. Apenas cruzamos las vías y llegamos a Intendente Martino, un grupo de competidores nos pasa a gran velocidad, los saludamos y alcanzamos a escuchar su respuesta. La música llega desde los autos, por lo general trap o reggaetón. En la feria de artesanos, donde todavía quedan algunos puestos abiertos, se escucha a Jorge Cafrune. Varios restaurantes y bares están casi llenos a pesar de que ya es la una. Pedaleamos un rato envueltos en músicas, luces y olor a carne asada hasta que de poco el aire se siente más frío, los comercios se van dispersando y ya no hay tantos autos. Algunos caserones abandonados, no tan viejos pero espectrales, nos ven acelerar. Cuando atravesamos el puente sobre el Arroyo Vitel me acuerdo de historias de aparecidos que escuché de chico en fogones en Monte Hermoso. Tengo ganas de contar alguna, pero mi compañera quedó atrás. La espero y cuando está lo bastante cerca como para escucharme sentimos las primeras nubes de mosquitos en la cara.
Al principio es como si nos arrojaran cenizas. Entrecerramos los ojos y aceleramos. ¿Cuántos mosquitos hay en el mundo? Imagino que la orilla de la laguna debe estar cubierta por millones y millones de mosquitos que se mantienen casi en el mismo lugar, a centímetros del agua, en una vibración perfecta y continua.
Cada tanto las luces de algún auto nos ilumina la entrada de un camping. Aprovechamos esos momentos en que los mosquitos parecen diseminarse y bajamos a sacar alguna foto. Todo un error: siguen ahí, y ahora se ensañan con aquellas partes de nuestros cuerpos al descubierto de calzas, zapatillas y guantes, aunque también nos pican a través de la ropa. Sacamos fotos desenfocadas, subimos a las bicicletas y pedaleamos como si participáramos del Trasmontaña.
Pasamos el ACA y escuchamos risas y voces animadas. En la pileta de una casa unos jóvenes le hacen frente a la noche del verano, que no es tan calurosa. Algunas cabañas de piedra y madera interrumpen las zonas boscosas. Me gusta mucho más esta parte de Chascomús que la otra, sobrepoblada, ruidosa e inquieta. Al llegar al Club San Huberto doblamos a la derecha y cruzamos las vías hacia nuestro complejo. A elongar y descansar, esto continúa.

Gándara es Gándara
Son las ocho de la mañana, ya desayunamos y nos aplicamos el protector. El sol aun no pica y la idea es estar de regreso cerca del mediodía. Modo paseo: algunas paradas, fotos y visita a la fábrica abandonada. La tarde será dedicada enteramente a la pileta: esto es cicloturismo pequeñoburgués sin culpa.
Pedaleamos por la costanera hasta un camino de tierra que nos lleva a la ruta 20. Cuando doblamos a la derecha y tomamos el camino viejo a Gándara nos recibe el viento en contra: una ráfaga de aire seco y cálido que de ahora en adelante va a ir en aumento. Según el mapa estamos muy cerca del aeródromo, pero no vemos ni escuchamos ninguna avioneta. Todo es aridez con intervalos de hierbas pampeanas y algunos árboles. Muy de tanto en tanto, alguna estancia. El sol se mueve y nos azota desde un cielo con pocas nubes.
Una huella serrucho me sacude y me olvido de lo que estoy pensando. Es muy fácil distraerse, el paisaje no cambia y solo vimos pasar dos autos. Si alguien va a Gándara, lo hace por ruta. Aunque a esta hora, lo dudo.
Pasamos otra estancia, abandonada. Hago zoom con el celular para distinguir el nombre: María Llavaneras… Avanzo unos pasos sobre un colchón de yuyos y cardos: Haras Llavaneras… El nombre no me dice mucho. Horas más tarde consultaré internet y encontraré la página de una estancia mucho más cuidada que la que tengo enfrente. La estancia, dice la página, fue pensada para el desarrollo del caballo de salto de alta competición, y su fundador es un español que bautizó el lugar en homenaje a un pueblo de Barcelona, San Andrés de Llavaneras. No tengo idea de dónde estarán esos caballos; desde que nos metimos en este camino solo vimos algunas vacas. El sol nos obliga a reponer el protector y a hidratarnos. Ahora sí, derecho a la fábrica.
El camino se bifurca y volvemos a doblar a la derecha. Al rato, un cartel oxidado anuncia: “Gandara”, así, sin tilde. Trato de recordar cómo aparecía el nombre en las publicidades del yogurt hasta que me doy por vencido.
Hace un rato que no hablamos, el viento en contra nos fatiga. No debe faltarnos más de un kilómetro, pero ya vengo sintiendo el hambre. Los metros finales son los más duros porque miramos hacia adelante y la fábrica no aparece.


Hasta que la encontramos, después de otra curva. Resulta un poco más chica de lo que esperaba. Al principio seguimos de largo, avanzamos 500 o 600 metros. Vemos el cartel de la estación de ferrocarril con el pasto crecido, unas pocas casas de ex empleados, un colegio agrícola y el camino asfaltado que lleva a la Ruta 2. Luego volvemos a descansar bajo unos árboles, frente a la fábrica. Pasa un rato y llegan dos autos desde el camino asfaltado. Luego, una moto. Los ocupantes, en su mayoría parejas, se bajan, miran, se sacan algunas fotos en la entrada y permanecen un rato más, para sentir que el viaje valió la pena. Hacemos lo propio y nos retratamos buscando un ángulo que esquive al sol y la trompa de uno de los autos que estacionó demasiado cerca del portón. Luego sacamos otra foto con las bicicletas solas, apoyadas contra la pared. Comemos alguna fruta y nos preparamos para la vuelta. Son las diez y media y el sol pega más fuerte pero ahora el viento juega para nosotros. Unos minutos después dejamos atrás el cartel oxidado.


Antes de venir a Chascomús leí que habían abierto una fábrica Gándara con sede en Pilar. Al parecer se trata de una pequeña planta de inversores chinos. La nota señalaba que se había generado una falsa expectativa en los pocos habitantes aledaños a la planta original, sin la infraestructura necesaria para volver a producir. Pienso en esas cosas durante el regreso, hasta que me doy cuenta y trato de conectarme con el paisaje, los árboles, las pocas estancias. Tomo un trago de agua fresca y miro el cielo. Por momentos parece que habrá una pausa de sol, pero las nubes son muy chicas y no hay tregua. De golpe: ¡dos paracaidistas! El descenso de las figuras recortadas, suspendidas contra el cielo puro del aeródromo. Ahora sí: pedaleamos sin detenernos hasta el asfalto y el ruido. La pileta es nuestra zanahoria invisible, unos kilómetros más allá.
¡Hasta una salida más sacrificada, amigos!

 

SÍNTESIS DEL VIAJE
Fechas: del 22 al 25 de febrero 2019
Distancia: 82 km


Por Mariano Favier: marianofavier@gmail.com

 

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Cicloturismo

Viajeros: Tierra del Moncayo y Tierras Altas (España)

Cuando exploro nuevos senderos siempre tengo la misma sensación, ese nudo en el estomago que crece con la incertidumbre de lo desconocido. ¿Qué descubriré? Es algo que me hace salir una vez tras otra de viaje para conocer nuevas regiones, países y zonas remotas. Pero lo que no esperaba es que muy cerca del lugar donde vivo se encontraba una aventura que me llevaría a conocer pueblos con un gran patrimonio histórico-artístico heredado de su pasado cristiano e islámico. Montañas como el Moncayo, cargadas de leyendas y fantasías: desde los celtíberos hasta Bécquer, pasando por la mitología romana, los milagros cristianos y la fantasía popular, que juntos anidan y crecen en cuevas y pozas de la zona.
Una reciente red de senderos creada en la región de Soria nos permiten practicar nuestro deporte favorito de forma divertida y al mismo tiempo conocer gran parte de la historia y patrimonio de sus pueblos y localidades más remotas. Para esta ocasión he elegido una de las montañas que llevo apreciando y admirando desde mi niñez, El Moncayo. La provincia de Soria nos propone un camino de línea ascendente que parte desde Ágreda hasta Vozmediano. Allí aflora el río Queiles a borbotones de mil quinientos litros de agua por segundo en su mismo nacimiento, en un recorrido de pino, roble, hayedo y frescuras que conducirá hasta el Pico San Miguel, a 2.300 metros de altitud.


Para mantener este alto nivel decidí completar mi viaje desplazándome hasta las Tierras Altas de Soria. Tierras Altas o La Sierra, como la conocen popularmente sus habitantes, es una comarca de la provincia de Soria, que está situada en el norte de la provincia. Una belleza sin igual que esconde pueblos de piedra y gentes de monte. Un paisaje prehistórico que esconde bellos pueblos despoblados que nos hacen imaginar e intuir como fueron en el pasado.
Si buscas más información acerca de la provincia de Soria y todo lo que tiene para ofrecerte puedes visitar su pagina web: www.sorianitelaimaginas.com

Texto: David Cachón | Fotos: Fernando Marmolejo

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Cicloturismo

Una mujer, dos ruedas y tres mil kilómetros

La mujer, la libertad y la bicicleta no comparten solamente el artículo femenino que las define. Hay una relación entre estos tres elementos que se va construyendo poco a poco: la primera alcanza a la segunda mediante la tercera. Esta es la historia de una mujer, sobre dos ruedas, viajando tres mil kilómetros. (más…)

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