Venezuela en bici: la Gran Sabana

La Gran Sabana es uno de los espacios más espectaculares que he conocido en mi vida viajera.

Esta ruta se puede iniciar en Las Claritas, poblado para acceder al Parque Nacional Canaima. Es el hito de inicio de la Gran Sabana. A partir del kilómetro 88 ascendemos 1300 metros durante 30 kilómetros. Esta subida, conocida como La Escalera, hay que tomarla con calma. El ambiente, inmerso en un bosque nuboso cargado de bruma y árboles, ayuda. Cinco kilómetros más y llegamos a la Piedra de la Virgen, que los lugareños atribuyen milagrosa, ya que, cuando dinamitaron para construir la carretera no se dejó partir. Las vistas mejoran a cada metro y el agua que chorrea las laderas del camino constituye una de las menos contaminadas del planeta.

Nos vamos deteniendo en algunos puntos claves como el Salto del Danto. A mayor altura y a medida que avanzamos el bosque se vuelve ralo, hasta que la Sabana lo consume. La  planicie desnuda deja al descubierto protuberancias carcomidas por el tiempo. Le llaman relieve invertido. Son mesetas que parecen nacer del aire y anclarse en el suelo. Las superficies están rasgadas por todas las tempestades, todos los fríos y calores extremos de millones de años. Esta tierra ha sido pisada por todo lo que ha existido en el planeta y ha permanecido inconmovible a la extinción y advenimiento de las especies.

Subimos la sierra de Lema y dejamos atrás el poblado de Luepa. 27 kilómetros más adelante encontramos los Rápidos de Kamoirán donde hay dos restaurantes y una proveeduría, y tras cruzar un puente hay un área de acampe debajo de churuatas de palma junto al río.

La Gran Sabana está custodiada por tres tribus pemones: kamarakotos, taurepanes y arakunas. Es Patrimonio de la Humanidad y no puede ser habitada por otras personas. Los pemones llegaron aquí hace 300 años, navegando en cuariaras, canoas talladas en los troncos que aún siguen utilizando. Fue aquí donde encontramos a los sabios.

A primera hora del amanecer llegó Tito, de la comunidad. Ellos se encargan de recomendar el cuidado y la higiene de los alrededores. Tito nos contó de la abuela Kueka, la piedra preciosa robada y llevada a Europa, arrancada de esta tierra milenaria, el lugar más antiguo del planeta, la zona geológica más vieja.

Salimos de Kamoirán y tras pedalear 20 km paramos en una panadería. Conversamos con Tomás, que nos habló del saber pemón y de los conflictos actuales del planeta, las crisis del mundo, la indiferencia ante el saber profético, la intuición. Nada es de nadie, nada nos pertenece, la Tierra no nos pertenece, nosotros le pertenecemos a ella.

Un poco más adelante visitamos Golondrinas, salto concurrido por excursionistas, y buscando la sagrada paz llegamos a Kawi, a 30 km de Kamoirán. Acampamos en lo de Rafael y Mercedes. Alrededor de su casa y a la vera del río tienen un hermoso jardín, mesas, bancos y churuatas. Dormir en este paraíso, el privilegio de escucharlos y aprender de ellos, es impagable. Nos contaron de sus vidas, de su medicina. “Huevos de cangrejo aplastados en los tobillos sirven para que al pasar cerca de una serpiente la piel se caliente y te avise… Si entramos al bosque nos ponemos un brazalete de corteza de este árbol; por más que demos vueltas y vueltas, cuando queremos salir no nos perdemos… Algunas personas pueden orientarse con una nariz de jabalí, es una brújula.”

Rafael, de la etnia Arauca, se juntó con Mercedes, que es de una familia de Kawi. “Ella era una flor que me obsequiaba el mundo. Yo vi en sueños a esa flor que meditaba junto a estas cascadas. Yo no era de aquí y tuve que encontrar este lugar.”

Rafael dice que el creador no está en el cielo sino dentro de nosotros, dice que los siete tepuyes son los chakras y que estar arriba del Roraima es pasar a otra dimensión. Los siete tepuyes de la Gran Sabana son Ilú, Tramén, Karaurín, Wadaka-Piapó, Yuruaní, Kukanán, Roraima. “Las piedras no son mudas -agrega Mercedes- sólo guardan silencio. Toda la memoria está en estas piedras.

Durante el tercer día las planicies verdes se mezclan pintando infinitas colinas recostadas unas sobre otras, descansan sobre la faz de la Tierra, donde sólo los tepuyes se mantienen erguidos como torres de control de la antigüedad.

Pasamos por el Kamá Merú. Altísimo. Impresionante asomarse desde el borde del barranco donde el río Aponwao se precipita en un acantilado de 100 metros. Tras 49 kilómetros acampamos en Quebrada Pacheco. Hay varios saltos de agua, el mayor, de 30 metros, cascaditas que se enlazan de roca en roca y forman un desfiladero apodado “el tobogán”, con pozos donde tomar un placentero baño.

Al día siguiente pedaleamos desde Quebrada Pacheco a Quebrada de Jaspe. La carretera se inicia con una bajada abrupta. San Francisco Yuruní será el único punto con resabios de civilización y comida en estos 38 kilómetros. En Quebrada de Jaspe la piedra es preciosa. El agua se desliza sobre lajas de cuarzo cristalino y sílice rojo y dorado con manchas negras. Parece el lomo de un tigre. De aquí fue arrancada la piedra Kueka. El abuelo Kucha quedó solo y espera. “La ausencia de nuestra abuela Kueka perturba la armonía, es una catástrofe para la secuencia natural, la energía se confunde, hay un desequilibrio que se desencuentra del orden universal.”

Dormimos en la quebrada. No hay nadie más que nosotros. Un sendero misterioso, entre árboles de más de 20 metros de altura y matas selváticas, baja hasta la cascada. El cielo por la noche es alucinante. Lo único molesto son los puri-puri, mosquitas negras apenas más grandes que la cabeza de un alfiler que dejan la piel llena de piquetes con una comezón insoportable.

A 44 kilómetros de Quebrada de Jaspe está Santa Elena de Uairén, adonde llegamos al quinto día. En el trayecto no existe ningún puesto de comida ni de nada. Llegamos como no queriendo despertar de un sueño. Santa Elena es una ciudad de frontera, ruidosa, comercial, desde donde podremos subirnos al transporte o seguir pedaleando al sur, donde otras montañas y otras reservas nos esperan.


Por María Taurizano