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Viajeros: de Lisboa a Santiago de Compostela

Fecha: 15.05.2020

Después de haber realizado en 2016 el denominado Camino Francés hacia Santiago de Compostela, en esta ocasión decidimos partir desde Lisboa hacia el mismo destino.
Partimos desde la catedral un día domingo, para salir con menos tránsito. Desde ahí el río Tajo ofrece un paseo totalmente apto para la bici. Por más de 100 kilómetros todo parece transitar por zonas llanas hasta abandonar el valle del río, donde comienzan los desafíos: empinadas cuestas por senderos dentro de plantaciones de pinos y eucaliptus, pero sin tránsito y en soledad.
Muchos peregrinos antiguos destacan de este sector las chacras con plantaciones de tomate, pimientos, zapallos, maíz y todo tipo de frutales. Las aldeas son muy pequeñas y alternan cuadros de colores según lo que cultivan, siendo el común denominador los olivares.
Un largo devenir urbano luego de cruzar un enorme acueducto romano nos descargó en Coimbra, ciudad dividida por el río Mondego, donde se destacan el casco medieval y el paseo costero.
Las empinadas colinas donde se ubica Coimbra no la hacen muy transitable para las bicis, pero esto es compensado por la belleza del paisaje urbano y el respeto de los conductores hacia los ciclistas.
Los días sucesivos alternaron placer y displacer: polígonos industriales y cientos de hectáreas de viñedos con intensos desniveles. Estos se fueron haciendo muy intensos, acumulando más de 1000 metros positivos para las jornadas de 60 km.
Nuevamente quedamos extasiados al transitar la calzada romana Vía XVI, perfectamente adoquinada, nivelada y conservada. Los lugareños se abocaban a la tarea de extraer la corteza a los alcornoques, con el cual fabrican artesanías, carteras y corchos, dejando como desvestidos a los árboles.
En Águeda recorrimos el paseo ribereño del río homónimo, bien preparado para las bicis y el descanso. Esta ciudad presenta la particularidad de una peatonal cubierta de paraguas de colores.
Luego de Águeda nos engulló el área metropolitana de Oporto, la segunda ciudad del país, hasta darnos la frente con el puente de hierro Don Luis I, colosal obra de un discípulo de Eiffel que cruza el río Douro ingresando a Oporto, una impresionante ciudad con joyas de diversos momentos de la historia de la arquitectura.
Al día siguiente no fue fácil salir del enjambre urbano, pero lo logramos. Poco a poco el ambiente natural va cambiando, ante la creciente humedad. Comienza a predominar el olor a frutos fermentados, sobre todo manzanas, las ruedas pisan higos, damascos y moras.
Entre viñedos de los típicos vinos verdes transcurren las jornadas hasta Ponte de Lima. Para cruzar el río rodamos sobre un puente romano de diez arcos, todo en piedra. Las culturas nativas decían que aquel que osara cruzar el curso de agua perdería para siempre la memoria, la patria y familia.
Entre muros de piedra se desarrolla una senda montañosa de fuerte relieve ascendente, donde el río va quedando abajo. Cruzamos el reto más importante del camino, la sierra de Labruja. Una nueva ruta romana, esta vez la Vía XIX, de piedra, transcurre entre acequias y pequeños arroyos de inigualable belleza casi hasta la entrada a Valença do Minho, ciudad fronteriza con Galicia.
Esta ciudad posee una fortaleza con tres ciudadelas, con pequeñas calles empedradas, edificios históricos y un puñado de pintorescos bares donde confluyen las distintas lenguas.


Para entrar a Galicia, España, superamos el río Miño por un puente de hierro de 400 metros de largo hecho en 1881.
Una senda nos conduce por la ribera hasta dar con un empedrado que toma altura y se introduce en el casco de histórico de Tuy, ciudad que conoció la visita de romanos, suevos, visigodos y vikingos y que en la actualidad es punto de salida de miles de peregrinos que realizan los últimos 100 km del Camino. Desde allí comenzamos a cruzarnos con más caminantes y a tener dificultades para alojarnos en albergues públicos, donde se prioriza al que recorre el camino a pie por sobre los ciclistas.
Galicia tiene muy organizado el tránsito para las bicis, buena señalización de las rutas, sendas para ciclistas con poco o nulo tránsito y paseos exclusivos.
Las rías son los nuevos elementos naturales que nos acompañan. Nuevamente otra vía romana nos permite adentrarnos en un bosque, en esta ocasión la XIX, del 43 AC.
Llegamos a Pontevedra, importante ciudad del camino. En sus astilleros fue construida la carabela Santa María, utilizada por Colón.
En este punto comenzamos a enfrentarnos a los problemas derivados de la masividad, no encontrando albergues accesibles a nuestro presupuesto, lo que nos obligó a seguir la ruta hasta dar con uno en medio de la montaña.
La última jornada transcurre con la emoción de estar con la meta al alcance, ya por sendas específicas para bicis en bosques que por el clima lluvioso se encontraban entre neblinas, un escenario muy emotivo. Desde un balcón del camino divisamos las torres de la catedral de Santiago, meta de nuestro viaje.


Al ingreso a la ciudad un muro consignaba la frase: “No hay gloria sin dolor”.
La plaza del Obradorio en Santiago se colma de emociones, de nacionalidades, de personajes que conviven con la meta. Haber llegado es la gloria de cada uno.

Por Gustavo Rebord


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