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Cicloturismo

Viajeros: Un cruce de los Andes por Paso Vergara

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Nuestro primer cruce de Los Andes había sido en 2013. Un desafío enorme, que una vez cumplido obligaba a buscar un paso más.

En marzo del 2019, el grupo ampliado de compañeros de trabajo había completado otra travesía (“Mendoza por los caminos del vino”), que ya compartimos en Biciclub. En ella, Miguel, impulsado por el deseo de Dani, empezó a delinear la idea de volver a cruzar los Andes, pero esta vez por el desafiante Paso Vergara.

Casi 7 años después, con varios trayectos y aventuras en el medio (Salta, Bariloche, Tandil, Siete Lagos) nuevamente se planteaba el reto de cruzar en bicicleta la imponente cordillera.

La altura, la complejidad del recorrido y la perspectiva de dos noches en carpa con bajas temperaturas hacían prever que esta vez el grupo se reduciría. Sin embargo, de una primera camada de 8, las ganas y el entrenamiento ampliaron el grupo a 17, incluyendo dos uruguayos: Omar y Oscar.

Fueron meses intensos de preparación y coordinación logística y para ello contamos, una vez más, con la invalorable ayuda de Rodado 26.

Ya lanzados, llegamos a Mendoza y de allí en combi hasta Malargüe, donde haríamos noche antes de la partida. En la cena, Ariel y Sergio, los guías de Rodado 26, nos explicaron el plan para los siguientes días, como siempre bajo la consigna de disfrutar del trayecto como prioridad.

Día 1: Las Loicas-Doña Angela                 

El viernes llegó el momento esperado. El punto de partida fue Las Loicas, donde nos esperaban las bicicletas y casi 52 kilómetros hasta llegar al campamento al final del día.

Comenzaba así un periplo de tres días, sin ningún tipo de comunicación con el mundo exterior.

Con casi 35ºC y fuertes rachas de viento, se dificultaban aún más las condiciones del terreno. Además, una doble pinchadura de cámaras de Miguel presagiaba un día más complicado de lo esperado.

Camino áspero, con largos trechos de ceniza volcánica y otros de arena en subidas difíciles, que iban dejando sus secuelas en los ciclistas. Pero la belleza de ese entorno natural nos daba fuerza para seguir pedaleando.

Las primeras tres etapas del día, con reagrupamientos para hidratación, incluyendo el almuerzo a la vera del Río Grande, se cumplieron con sacrificio pero sin mayores sobresaltos. Terminada todas las etapas, habíamos subido hasta casi 2000 metros, dónde entre repechos y bajadas pequeñas alcanzamos un ascenso neto de 600 metros.

El cansancio desapareció de golpe cuando vimos el conjunto de carpas preparadas por el equipo de Rodado 26. Más aún cuando divisamos el humo de los chivitos asándose. Era el final esperado del día ciclístico y el comienzo del reparador descanso bajo el silencio ensordecedor de la noche en los Andes.

Para los intrépidos hubo baño en las heladas aguas del Río Grande, baño que ayudó a recuperar músculos y articulaciones.

Día 2: Paso Vergara                    

Con la salida del sol el equipo estaba listo para la jornada que se presentaba como la más desafiante. Una subida constante hasta los 2.500 metros, pasando la frontera con Chile.

Llegando el mediodía alcanzamos el puesto de Gendarmería. Realizamos los correspondientes trámites aduaneros y almorzamos en un valle de ensueño rodeados por las montañas.

Pero debido a la intensidad de los vientos en la zona del hito limítrofe (punto divisorio de aguas), no era posible armar el campamento. Eso nos obligaba a adelantar la bajada de los Caracoles para acampar directamente junto al puesto de Carabineros en Chile.

Esto no impidió que con la llegada al hito limítrofe el grupo se fundiera en un gran abrazo, reflejo de la alegría producida por la meta alcanzada.

Luego vino la anhelada bajada, en la que los ciclistas pudieron demostrar sus habilidades técnicas en un descenso muy pronunciado, de altas velocidades (algunos tramos a más de 60 km/h), con numerosas piedras, curvas y contracurvas y el precipicio amenazante. Pero con destreza y precaución se completó el recorrido sin sobresaltos.

Hacia el final de la tarde llegamos al puesto de Carabineros y nos dirigimos al campamento que estaba hacia abajo, a la vera del Río Grande, donde el riguroso baño helado ayudó a reponerse a los ciclistas del cansancio y fue el preludio de la cena.

Unas ricas pastas (mérito de los guías para cocinar con las condiciones de viento que había) y la infaltable caminata a la luz de la luna hasta las termas de San Pedro fueron el cierre espectacular del día.

Día 3: Los Quenes   

Amanecer y desarme del campamento para iniciar la etapa final.

Unos 25 kilómetros de bajadas, con tramos complejos por el tipo de suelo, la pendiente y el alto tránsito del lado chileno, en un paisaje mucho más verde y florecido que el que nos habíamos encontrado en los días anteriores.

El final del viaje nos esperaba con todo el grupo llegando junto, para que quedara registrada en la imagen final la satisfacción de haber completado un viaje exigente y difícil.

Día 4: La despedida        

El fin del viaje había llegado, pero del grupo ya empezaban a surgir nuevas ideas para próximas aventuras. Ya veremos cuál será el próximo viaje que emprenderá este grupo de amigos.

Un párrafo aparte para Ariel, Sergio y todo el grupo logístico de Rodado 26 (Daniel, Fabián, Pipi, Antonio y Hugo) por guiarnos, alentarnos y asistirnos en este viaje. Sin ellos esto hubiera sido realmente imposible para nosotros.

Por Gabriel Perrone, Sebastián Azagra, Sergio Cravero y Miguel Urus
Fotografía: Roberto Sánchez

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Cicloturismo

Tres aventureros recorren la ruta 40 de punta a punta en solo 30 días

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Se hacen llamar Experimentados R40 y su objetivo es recorrer la Ruta 40 en bicicleta de punta a punta en 30 días, completando 5150 kilómetros y pasando por 11 provincias argentinas. El recorrido se inició en la ciudad jujeña de La Quiaca el 6 de febrero pasado y finalizará en Cabo Vírgenes, extremo su de la Ruta 40. Actualmente, los raidistas ya han superado la ciudad de El Calafate, y siguen por la ruta 40 con su mirada puesta en Cabo Vírgenes.


Los integrantes del grupo son: Francisco Luna (33 años, de Villas las Rosas, Córdoba), Leandro Usqueda (31 años, de Ituzaingó, Buenos Aires) y Gabriel Mardones (29 años, chubutense), los tres con experiencia en travesías de largo aliento. El desafío, según cuenta Luna, tiene como objetivo “instalar la idea de que la bici es un medio de transporte, promover la idea de unidad entre los límites del país, mostrar las bellezas naturales de norte sur a norte difundir una idea de base que nos trajo hasta este punto, la idea de que todos podemos hacer todo”.


A los tres que pedalean se suman otros tres viajeros: uno que conduce una camioneta de apoyo y cumple las funciones de cocinero, un motociclista que atiende alguna posible emergencia y una tercera persona que realiza la cobertura audiovisual.

Instagram www.instagram.com/experimentadosr40/    | Facebook @Experimentados

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Cicloturismo

De Buenos Aires a Misiones en bici: “Un camino de vuelta a lo natural”

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Una viaje iniciático de 1400 kilómetros de tres pedalistas y un perro, Rocko, desde Buenos Aires hasta las Cataratas del Iguazú. Los daños que producen los agrotóxicos en las poblaciones. La creciente producción agroecológica.

Tomar la decisión de viajar a la provincia de Misiones desde la ciudad de Buenos Aires en bicicleta fue una idea casi (o  totalmente) improvisada, llena de un gran deseo por la aventura y por poner a prueba nuestras capacidades físicas y mentales. Se trata de un viaje de 1400 kilómetros que realizamos en 16 días para conocer una realidad que azota al norte litoral argentino y en general a todo un país: la alimentación y los transgénicos. Lo que sigue es un compendio de lo que significó ser no solo un viaje deportivo sino un viaje con un profundo sentido de exploración y autodescubrimiento.

La idea apareció también de forma inocente: “¿Y sí buscamos semillas naturales en bicicleta?”. Luego de nuestras habituales prácticas de tai chi chuan en la costa de Vicente López nos sentamos a reflexionar sobre los problemas de la sociedad, entre ellos la actual emergencia alimentaria, y no sólo por la falta de alimentos en los hogares sino por la calidad de los que colocamos en nuestra mesa. Quisimos diseñar un viaje en bicicleta fundamentado en un proyecto de interés social.

¿Pero cómo? La respuesta era una sola: entrenar. Guillermo Federico Aimar (@ShenKungTao en instagram y creador del Proyecto Ushuaia-Alaska) se puso en marcha y elaboró un plan de entrenamiento intensivo. Él ya había experimentado lo que era viajar en bicicleta y sería quien nos ayudaría a encarar nuestro viaje y en especial a entrenar para tal desafío. Al final el equipo terminó compuesto por dos hombres (Guillermo Aimar y Marvin Ocupa), una mujer (quien suscribe) y nuestra mascota Rocko, un perro adulto rescatado.

El perro viajero

Por distintas circunstancias terminamos decidiendo que la fecha propicia para el viaje sería diciembre (sí, pleno verano), lo que representó el reto más significativo del viaje. En Misiones el pico alto de calor sería entre las 11 AM y las 5 PM, llegando a unos 45ºC o más de temperatura y de sensación térmica. Pedalear bajo tales condiciones no es lo ideal, pero dentro de esa misión teníamos un cronograma de visitas y compromisos que no nos permitirían flaquear ni un segundo.

Ya estaba todo programado, solo debíamos poner el cuerpo, la mente y nuestra voluntad. Sé que se preguntarán cómo hizo Rockito para soportar el clima. Muchos se preocuparon por ello, pero les cuento que viajó en un carro anclado a la bicicleta y sobre él una capa para que el sol no lo lastimara. Posiblemente de los tres fue el más cómodo, aún cuando en ruta nos preguntaban por él en las redes. Una vez en Misiones ya Rocko había sido bautizado como el “perro viajero”.

Vale destacar que nuestro cronograma tenía un fin; documentar para luego difundir las actividades de organizaciones agroecológicas de la región mesopotámica, mostrando sus valores y motivaciones y su búsqueda por concientizar sobre la importancia de una alimentación sana. El objetivo también era obtener semillas 100% naturales, para promover en Buenos Aires la autosustentabilidad y demostrar que podemos crear nuestro propio alimento desde casa.

Lluvia y camiones

Partimos el 14 de diciembre de 2019 con un cronograma preestablecido. Nos dividimos las tareas. Guillermo se encargó de llevar las herramientas, hacer mantenimiento de las bicicletas y coordinar al equipo, Marvin se ocupó de la comida y del mate y yo llevé las medicinas para emergencias y desarrollé contenido para difundir nuestra travesía a través de las redes sociales. La primera parada que hicimos fue en la localidad de Ceibas,  a 160 km de la ciudad de Buenos Aires. Desde ahí nace la ruta 14 en la provincia de Entre Ríos, ruta que nos acompañó hasta realizar el empalme con la ruta 105 para luego tomar la ruta 12.

En ese primer tramo la lluvia amenazó seriamente detenernos, pero teníamos tanta energía que seguimos pedaleando hasta 20 kilómetros antes de Ceibas, por la ausencia de banquina y por los camiones que pasaban a toda velocidad, creando una especie de spray que nos mojaba e impedía ser vistos. Los camiones suelen pasar rápido y succionando el aire para luego expulsarlo, lo que afecta el movimiento de la bicicleta en el pedaleo.

En ese punto coordinamos gritar “¡camión!” cada vez que visualizábamos alguno.

Avatares en Entre Ríos

Al día siguiente, ya con poca lluvia, llegamos a Gualeguaychú, donde contactos de Guillermo nos recibieron y nos permitieron acceder a otras personas involucradas en el movimiento agroecológico de la región. Las pudimos entrevistar y conocimos los diferentes mecanismos que la provincia está utilizando para contrarrestar los efectos nocivos de los agrotóxicos. Una localidad entrerriana, Larroque, es conocida por las altas tasas de cáncer que padece desde hace más de 20 años.

Dejando Gualeguaychú paramos en Concepción del Uruguay, 70 kilómetros más adelante, donde pasamos la noche en una estación de servicio. Rocko estuvo atento y en vigilia esa noche, para dormir al día siguiente en su carrito.

Otra amiga y compañera de Guillermo nos invitaría a pasar una noche en Concordia (lo que significaba descansar mejor y bañarnos). Pero en ese tramo Guillermo sufrió estragos en su bicicleta, por lo que nos detuvimos a 20 kilómetros de Concordia.

Al día siguiente Guillermo consiguió resolver el problema de la bici (se había roto la pata de cambio) y decidimos ir a visitar a Ailén (la amiga de Guillermo), pero esta vez partimos rumbo a Los Charrúas. Este pueblo, ubicado a 25 kilómetros de Concordia, no estaba contemplado en el plan, pero es en ese lugar donde reside Holistik, centro de fisioterapia de nuestra anfitriona. Allí Ailen y Chris nos dejaron como nuevos cuando aplicaron quiropraxia para alinear nuestros cuerpos.

La posibilidad de desviarnos esos 25 kilómetros de ida y vuelta nos permitió conocer el lindo pueblo de Los Charrúas, con personas amables desde el minuto cero. Incluso en la vuelta, un camionero que venía del mismo pueblo se paró a regalarnos unas bananas que nos dieron fuerza para seguir hasta Chajarí, a 100 kilómetros.

Camino a Chajarí nos cayó una tormenta cuyas gotas parecían una lluvia de furiosos misiles. Las bicicletas se torcían hacia el lado derecho y con el fuerte viento que nos empujaba parecía que íbamos sobre motos. Ese día tuvimos que parar a 20 kilómetros (si, de nuevo) antes de llegar a Chajarí para refugiarnos, ya que la lluvia no paró sino tres horas después.

¿Y la banquina?

Desde ese lugar partimos para llegar a Colonia Libertad (a 120 kilómetros, provincia de Corrientes), pero no paramos allí sino unos 10 kilómetros más adelante, en una Axion Energy que nos sirvió para descansar y acampar, dándonos fuerza para llegar al día siguiente a Guaviraví. Un dato importante para viajeros con bajo presupuesto es que en la mayoría de las estaciones de servicio que están en la ruta se puede acampar. La ventaja quizás más importante es que podés optar por una ducha, incluso con agua caliente, además de la seguridad que te brinda saber que son lugares concurridos.

En este último trayecto tuvimos otras complicaciones (cada día era una nueva aventura). En algunos tramos no había banquina y nos tocaba movernos de un lado a otro (es decir, pedalear en la mano contraria de los autos). Pero aun peor, al momento de entrar a la ruta que nos llevaría a Misiones no solo no encontramos banquina sino que descubrimos que había solo un carril. De todas formas los camioneros siempre fueron amables y se abrieron, dándonos tiempo para pasar. Imposible no agradecer a los camioneros que nos saludaron e incluso a algunos que pararon a darnos agua y a escuchar nuestra historia. ¡Son unos genios!

Corrientes, el Gauchito y los agrotóxicos

En nuestro paso por Corrientes descubrimos que si hay un lugar que se debe visitar es Guaviraví. Estará habitado por un máximo de 90 familias, tiene una sola avenida y a través de ellas se despliegan cortas calles no asfaltadas. Tiene su intendencia por supuesto y ese día, gracias a Víctor Hugo, fuimos recibidos por el mismo intendente,  hospedándonos en su casa en construcción. Al principio la gente nos miraba renuente, pero luego se mostraron sumamente amables y curiosos por nuestra travesía.

Los caminos hacia Misiones tienen un emblema muy importante, el Gauchito Gil. De hecho era la primera vez que veía una imagen del Gauchito Gil tan grande como la de la entrada a Guaviraví.

Ese día cenamos un estofado de carne con papas y arroz. Devoramos todo, teníamos mucha hambre tras varios días sin comer algo caliente. Tomamos unas cervezas que nos hicieron sonreír gratamente por el esfuerzo de haber cumplido la meta del día.

De Guaviraví partimos a Santo Tomé (130 kilómetros). Ese día paramos a los 40 kilómetros y conocimos a Luis, que supo contarnos sobre la situación con las fumigaciones con pesticidas cerca de su campo. “Los mosquitos -nos decía- son imposibles de evitar, ya que terminan contaminando mi propia huerta, y como todos sabemos, el viento no conoce límites”. Esto quiere decir que a pesar de las legislaciones que prohíben fumigar a ciertos kilómetros de distancia de poblados habitados, el viento durante la noche sopla en cualquier dirección y bajo esa dirección natural lleva consigo agrotóxicos a los campos argentinos. Luis también argumentaba que ese viejo mito existente sobre la salud de la gente de campo se cae porque hoy ellos son incluso más vulnerables al estar altamente expuestos a esa contaminación.

Desde Santo Tomé pedaleamos hasta Gobernador Virasoro, unos 60 kilómetros. La ruta comenzaba a complicarse, ya empezábamos a visualizar las famosas cuchillas y la tierra roja misionera. Logramos llegar a destino el 24 de diciembre al mediodía. Celebramos navidad con un asado y durmiendo temprano, estábamos sumamente cansados.

Misiones y la producción agroecológica

Luego de realizar algunas entrevistas en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) partimos el 26 de diciembre al mediodía con una tormenta pisándonos los talones. Llegamos a San José, en la provincia de Misiones, por suerte con banquina. Al día siguiente partimos con la finalidad de conocer las Ruinas de San Ignacio, para luego pedalear 10 kilómetros hasta Gobernador Roca, donde entrevistamos al movimiento agroecológico (agradecemos a la Señora Eva, a los productores agroecológicos y al intendente por el afable momento y el acompañamiento) y seguir para encontrarnos con Carol (productora de yerba agroecológica y una de nuestras sponsors) en Jardín América.

Abro un paréntesis para hacer un comentario: tres importantes figuras acompañaron nuestra travesía: Carolina (de Arapeguá) y Mirna y Juan Pablo (de la marca de equipajes Halawa). Sin ellos nuestro viaje no hubiese sido posible. Carolina nos recibió en la Chacra, conocimos su lugar de trabajo y el lugar donde se produce esa yerba mate orgánica que nos acompañó durante todo el viaje. Ahí mismo tuve la oportunidad de preparar arepas de mandioca luego de que Carol las cosechara, pudiendo enseñar de manera retributiva una forma diferente de preparar ese tubérculo tan conocido, apreciado y cosechado, tanto en el norte litoral argentino como en Centroamérica y el Caribe.

Finalmente Carolina fue la llave para el logro de nuestra meta. Ella nos entregó una serie de semillas cien por ciento naturales que servirían para realizar la huerta en Buenos Aires.

Hacia las cataratas

Al partir de Jardín América y faltándonos cada vez menos para completar los 1400 kilómetros proyectados, nuestra próxima parada sería Eldorado, ubicada a 110 kilómetros. Ese día, sin duda alguna fue el más duro para quien escribe estas líneas. El clima era insoportable e incluso llegué a tener escalofríos, para luego enterarme que estaba sufriendo un golpe de calor. En realidad no presté atención y seguí pedaleando. Mi cuerpo seguía queriendo pedalear y se sobreexigía porque el tiempo pasaba y lo más probable era que llegaríamos de noche, cosa que pasó tal cual, pese a que algo que evitamos durante todo el viaje era precisamente pedalear de noche.

Ese día también falló el carrito de Rocko. Quizás la presión en las cuchillas y los 40 kilos que llevaba hicieron que los rayos comenzaran a fallar.

Llegando a Eldorado pudimos cenar con melón y naranjas. Una dieta que ayudaría a reponer la falta de hidratación del día.

Para el último día, 30 de diciembre de 2019, teníamos que llegar al Parque Nacional Iguazú. Estábamos a “solo” 100 kilómetros y después de jornadas de 120 por día en promedio la distancia parecía nada o al menos un día común. Sin embargo la suerte nos jugó en contra, teniendo que parar en Wanda, a 50 kilómetros de Puerto Iguazú, debido a que la bicicleta de Guillermo se terminó de romper, para mí en señal de protesta…

¿El desenlace?: celebración a lo grande en las Cataratas de Iguazú. Ninguno de los tres conocía esa maravilla del mundo.

Allí nos recibió un un amigo estadounidense que acompañaría a Guillermo en la vuelta para sumar una nueva aventura, una que proponía traer de vuelta a casa al increíble compañero de este viaje, Rocko. Pero ese ya ese es otro viaje y también por supuesto otra historia…

Consejos finales

¿Qué recomiendo? Ir con calma, disfrutar cada momento, si es posible parar en cada río. De todas formas todo dependerá de la meta que se propongan. Eso sí, es muy importante entrenar. Hacer cuestas, por ejemplo, permitirá ejercitar las piernas, ya que una vez en Misiones se siente como si se estuviese escalando una pared en bicicleta. Pero no se preocupen, todo lo que sube tiene que bajar…

¿Qué es importante? Siempre llevar medicinas y cremas hidratantes (la zona de la ingle puede sufrir), protector solar y sobre todo estar preparado mentalmente para la exposición al calor. Llevar suplementos vitamínicos podría ayudar en caso de falta de energía. A mí me ayudó tomar magnesio. También la receta de combinar vinagre de manzana con agua (googleen las propiedades del vinagre) gracias al potasio.


Por Leilany Estrada.

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Cicloturismo

Sudamérica entrañable II: Perú

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El acto de retrasar otra vez más el reloj y recibir un sello en un papel puede ser lo único que indique el cruce de Bolivia a Perú. Nuevamente queda en evidencia que las fronteras no son más que abstracciones de los hombres.
Por muchos kilómetros, de un lado y otro de las fronteras, las costumbres; colores y paisajes se mantienen indiferentes.
Ingresé a Perú por Puno, siempre con el Titicaca a mi derecha. Aun cargaba una bolsa de dormir que ya pedía a gritos la jubilación. Fue en esta zona donde pasé los mayores fríos de todo el viaje. Recuerdo una noche acampando al reparo de unos pinos, quedarme sin más ropa que ponerme y terminar metiendo las piernas dentro de las alforjas. Esa noche fue el rock and roll del tiriteo.


Por la mañana lo de siempre: un plato de avena caliente; algún saludo al tan esperado sol; recoger todo y a la ruta de nuevo. Pocos días después crucé por el punto más alto pedaleado hasta el momento, el Abra La Raya, a 4400 msnm, pasando de la región de Puno a la de Cusco y días después a la ciudad del mismo nombre, donde estuve 3 semanas en un hostel haciendo las veces de constructor y carpintero a cambio de una cama y algo de comida caliente.
Cusco es una ciudad imponente, la gran capital del imperio Inca. Aunque de ellos quede poco, sólo las colosales construcciones de piedra perfectamente talladas que evidentemente costaba demasiado hacer desaparecer. En su lugar quedan testimonios de quienes llegaron para “civilizarnos”, estos, claro, en excelente estado de conservación.

En el patio trasero de Cusco se desarrolla un valle extremadamente fértil, bastante más cálido, y transitado por el río Urubamba en toda su longitud. Éste era el lugar donde los Incas cosechaban sus alimentos, el Valle Sagrado, sitio cargado de misticismo y con los paisajes más increíbles que jamás imaginé ver.
Templos enriscados en laderas de montañas en Ollantaytambo, a los que hoy mismo cuesta llegar y donde se cultiva el mejor maíz del mundo.
Moray, con sus círculos concéntricos, que se cree era un laboratorio de agricultura donde aclimataban los cultivos traídos de distintas zonas.
Maras, con sus 3000 piletas de sal curativa.
Si se sigue este valle al norte, hay que pasar un par de montañas más y se llega a una zona selvática, impenetrable en su último tramo de no ser por las vías del lujoso Perú Rail, aunque en mi caso lo vi mientras caminaba.
Perfectamente integrado a la naturaleza, de no ser por la parafernalia turística que lo decora, se encuentra nada menos que la Universidad de los Incas, el Machu Pichu. Creo que de más estaría agregar cualquier descripción.
Hace ya 3 meses que vengo moviéndome en el altiplano, subiendo y bajando montañas, siempre sobre los 3000 msnm, de modo que decido apuntarle derecho al Oeste y cruzar la parte que me queda de los Andes peruanos para rodar un tiempo por la costa.
No fue una decisión muy sabia, ya que me agarré de frente todas las subidas. Por ejemplo, cerca de Caraybamba, sobre el final de la jornada, decido hacer el último esfuerzo y subir una cuesta con un desnivel de 1000 metros en 12 km de recorrido, que luego en teoría, bajaba abruptamente.
Mis cálculos no pudieron estar más errados, no solo en el tiempo que me llevaría subir, sino que al final de esta subida eterna no me esperaba ninguna bajada, más bien me dejaba en un altiplano a 4200 msnm que tardaría un tiempo en dejar atrás.
Sólo encontré una tapera de adobe abandonada que me resguardó del viento y el frío.
Por fin y varios kilómetros después me vi frente a frente con un bajadón de 70 kilómetros limpios. Me esperaba un tramo por el desierto de Nazca y cruzar por sus líneas, para chocarme en última instancia con el Océano Pacífico, en Paracas.


Ahora todos los días pedaleados en la altura daban frutos en la costa. ¡Volaba! Avanzaba de a 150 kilómetros como si nada.
La entrada a Lima, como era de esperar, fue caótica, sumado a que se jugaba ese día la Copa América, partido en el que Perú dejaría afuera a Chile, mientras yo me abría paso entre la fiesta.
Si bien las grandes ciudades son interesantes para conocerlas, yo intentaba evitarlas en su mayoría. No es la opción más representativa para conocer realmente un país.
A los pocos días estaba nuevamente en la ruta, pero si tengo que ser realmente franco, la verdad es que ya extrañaba las montañas nuevamente. La costa resultó ser bastante insegura, sumado a una llovizna constante, la bruma marina y sobre todo el intenso tráfico de la Panamericana.
Duré solo unos 400 kilómetros y, como el perro que vuelve a su casa llamado por el hambre, volví a las alturas. Extrañaba preguntarme ¿por qué no vine en moto? mientras subía y responderme ¡por esto! en las bajadas; amanecer con el horizonte recortado por los cerros; respirar ese aire frío y puro y sobre todo encontrarme acompañado por la soledad de los caminos.
Aquí anduve por la cordillera blanca, que seria como el Disney Word para los montañistas. Una cordillera cubierta de glaciares entre cerros de 4000, 5000 y 6000 metros. Aquí paré en una zona de campesinos, muy humilde. Armé mi carpa al lado de la casa de Doña Andrea, una sabia mujer que vivía entre 4 chapas de 5 x 5, rodeada de gallinas, sembradíos de cebada, trigo y maíz.


A pesar de tener muy poco, siempre estaba dispuesta a compartir. Aquí me sentí como en casa. Iba caminando por los cerros hasta la ciudad de Huaraz, a unos 13 kilómetros, donde trabajé unos días en una agencia de guías reparando equipo de montaña a cambio de material de escalada para hacer mis salidas a las alturas.
Luego, al caer la noche, tomaba una trafic repleta de gente para volver a mi carpa, al lado de doña Andrea. Así pasaron unos 20 días donde era, o al menos me sentía, uno más entre sus paisanos.
Debo decir que de toda la gente que me recibió en sus hogares en estos meses, la gran mayoría era gente sumamente humilde. Muchas no cenaban de noche por el simple hecho de no tener qué; donde la carne era un lujo que se daban una vez al mes; el baño, un pozo, y el agua potable algo que solamente les había contado un candidato. A pesar de estas carencias tan marcadas, siempre me recibieron con los brazos abiertos y el corazón dispuesto.
Al día de hoy es que sigo en contacto con muchos de ellos.
Desde Huaraz seguí avanzado hacia el Norte, por el Cañón del Pato, un laberinto de piedra y túneles que va perdiendo y ganando altura con frecuencia.
Aquí tuve que desviar mi trayecto original por las sierras debido a una lesión en la rodilla izquierda. Me vi obligado a bajar nuevamente a la costa para no forzar de más. Lo cierto es que la inflamación era tal que ni siquiera podía sostener el pedaleo en la bajada. No quedó mas que subir a un camión que me dejo 80 kilómetros más adelante, en Chimbote, donde estuve en reposo durante una semana en el patio de una iglesia.


Recuerdo los primeros días pedaleando en Argentina, preocupándome todo el día por si encontraría un sitio donde dormir. Hoy, varias noches después sé que de alguna manera todo sucede. Siempre aparece un lugar fantástico para armar la carpa o alguien que se acerca. Es algo que sería interesante aplicar en la vida diaria: no anticiparse a los problemas sino vivir más el aquí y el ahora, que al fin de cuentas es lo único que tenemos.
Siempre con el océano a mi izquierda y las dunas a la derecha sigo otros 800 km por un terreno prácticamente plano, pasando por Trujillo, Chiclayo, Piura y entrado finalmente a Ecuador por Macará.

 

Por Bernardo Gassmann

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Cicloturismo

Mariano Lorefice: Pedaleando por la vida 2021, desde La Quiaca a Ushuaia por la Ruta 40

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Mariano Lorefice -Guía de Cicloturismo referente en Argentina y el mundo, viajero incansable y ambientalista- recorrerá nuestro país con su nueva travesía en bicicleta a la que ha bautizado como Pedaleando por la vida 2021. El objetivo será concientizar sobre el cuidado del medio ambiente y promover el uso de la bicicleta como vehículo amigable para la salud y para el planeta.
El viaje comenzará el 4 de marzo desde la ciudad de La Quiaca, en la provincia de Jujuy, desde donde con su mountain bike recorrerá la Ruta 40, viajando con alforjas y en solitario a lo largo de la Argentina, para culminar su periplo en Ushuaia.


Lo que le agrega valor a esta travesía de 6000 kilómetros es que cada uno de nosotros podrá participar de ella haciendo una donación a la ONG internacional One Tree Planted, donación que será destinada a plantar árboles y que habilitará al donante a participar en forma gratuita de una travesía que desde El Calafate a Ushuaia conducirá Lorefice a fines de este 2021.

La gesta


En 1993, Mariano Lorefice -de nacionalidad argentina, radicado actualmente en Italia, pero autodefinido como “ciudadano del mundo”- realizó su primera travesía en bicicleta para explorar la Argentina. Recorrió 12.000 kilómetros y visitó 116 escuelas, hasta finalizar su viaje en Ushuaia. El proyecto se llamó Pedaleando por la vida, pero su objetivo, mucho más allá de pedalear por placer, fue el de compartir un mensaje ambientalista.

Hoy, casi 30 años después de aquella primera experiencia, Lorefice regresa a nuestro país para lanzar una nueva edición de Pedaleando por la vida 2021. La travesía, que comenzará el 4 de marzo desde la ciudad de La Quiaca, en la provincia de Jujuy, lo llevará por la Ruta 40 en bicicleta, viajando con alforjas y en solitario, a lo largo de la Argentina.
En esta ocasión, para realizar una acción en concreto a favor del medio ambiente, Mariano se unió a la ONG Internacional One Tree Planted, de manera que quienes quieran podrán contribuir activamente y sumarse al proyecto con una donación en https://forest-fundraiser.raisely.com/mariano-lorefice y el dinero recaudado será destinado para reforestar la selva del Amazonas.
En agradecimiento a su colaboración, Lorefice invitará a todos los donantes a ser parte de forma gratuita de una nueva travesía que se realizará a fin de año desde El Calafate a Ushuaia, disfrutando de su vasta experiencia como guía de mountain bike.
“Hace un tiempo crucé el Amazonas y con mucha tristeza puede ver como quemaban la selva, para deforestar. Siempre realicé campañas, promoví el uso de la bicicleta y el cuidado de la naturaleza pero, en esta ocasión, colaboraré activamente con un programa de reforestación” cuenta Lorefice, en relación a su alianza con la ONG One Tree Planted.

Nuevos estudios ambientales alertan sobre la pérdida de casi 5.000 km2 de la selva del Amazonas en los últimos diez meses: un 54 % más que en similar período anterior. Según los científicos, si no se revierten estos niveles de deforestación y degradación, las consecuencias del cambio climático podrían acelerarse en todo el planeta.
Sumarse activamente al cuidado del medio ambiente es parte de la solución y, con su travesía Pedaleando por la Vida 2021, Mariano Lorefice será parte del cambio. Por el bienestar del planeta y el de todos.

Acerca de Mariano Lorefice
Mariano Lorefice nació en La Plata el 31 de diciembre de 1968 y, desde su niñez, la bicicleta estuvo ligada a su vida. Le sirvió para jugar, trasladarse, desarrollarse deportivamente, conocer el mundo, trabajar y disfrutar de la naturaleza. Por eso la continúa eligiendo como medio de transporte y promueve su uso como vehículo ecológico.

Con su bicicleta realizó dos vueltas al mundo, pedaleando 130.000 kilómetros a través de 90 países. Realizó incontables cruces por las cadenas del Himalaya y de los Andes y la mayoría de las cadenas montañosas de la Tierra. Recorrió la selva del Amazonas y los desiertos más importantes del mundo, atravesó Canadá en pleno invierno, soportando temperaturas de -67ºC. y hasta llegó a la cima del cerro Aconcagua (6960 msnm), pedaleando en solitario.

Hoy, y desde 1998, cuenta con más de 200.000 kilómetros pedaleando como guía de cicloturismo internacional y ha realizado más de 230 viajes por 17 países, junto a su empresa Patagonia Biking (www.patagonia-biking.com).»Con la bicicleta se puede llegar a casi cualquier lugar, utilizando como motor la voluntad y la alimentación sana como combustible. Pero, además, nos ayuda a cuidar el planeta y a nosotros mismos», afirma Lorefice.
Si bien las travesías extremas fueron su fuente de motivación, también son su camino de exploración interior. «Me di cuenta de que viajando por el mundo podía encontrar desafíos más interesantes y también disfrutar viajando, conociendo y siendo parte de la naturaleza, que adoro y quiero cuidar», afirma Lorefice. Hoy -en solitario o como guía de mountain bike de su empresa Patagonia Biking- Mariano continúa recorriendo el mundo y difundiendo su mensaje ecológico y conservacionista.

 

Pedaleando por la vida

“Cuando viajo por el mundo en bicicleta, lo que más me preguntan es de dónde soy y cuánto me falta para llegar a mi casa. La respuesta es simple: mi hogar es nuestro planeta, igual que el de todos, por eso tenemos que cuidarlo”, afirma Lorefice. Y ese es el mensaje que quiere transmitir con Pedaleando por la vida, la travesía que lo llevará de La Quiaca a Ushuaia por la Ruta 40, para recorrer la Argentina en bicicleta.
Para apoyar su mensaje, y contribuir con el cuidado del medio ambiente, los interesados podrán realizar una donación a la ONG Internacional “One Tree Planted” en https://forest-fundraiser.raisely.com/mariano-lorefice. Sin embargo, la propuesta no se limita a la donación de fondos para la reforestación, sino que intenta promover el uso de la bicicleta para cuidar la naturaleza y a nosotros mismos, ya que como afirma el ciclista: “plantando un árbol o pedaleando contribuimos con nuestra salud y la del Planeta”.

La travesía en números
– Fecha de inicio: 4 de marzo desde La Quiaca, Jujuy.
– Kilómetros a recorrer: 6000.
– Provincias por las que transitará: Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza, Neuquén, Rio Negro, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego.
– Duración aproximada: 40 días.

Más información: www.patagonia-biking.com/es/ | @mariano.lorefice

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