Ocultar Barra

Viajes: La cletamorfosis

Fecha: 18.05.2015

Los-brasileros

La colombiana Carolina Clack partió desde Buenos Aires hacia Uruguay para recorrer la costa junto a un grupo de 23 personas. Pero las peripecias del camino la llevaron a terminar la aventura sola y a disfrutar de cada pedaleada sobre Romeo, su mountain bike.

Carolina Clack tiene una sonrisa amplia, 33 años, un gato negro que se llama Caribe y que vigila su departamento de San Cristóbal desde arriba de un armario, una mountain bike Diamond Back bautizada Romeo y otra urbana que le hace compañía, Julieta. Ella –la del nombre de mujer– acompaña a la colombiana desde que empezó a pedalear por las calles de Buenos Aires, hace ya tres años. Ella –la del nombre de hombre– llegó cuando Carolina decidió viajar por la costa uruguaya junto a un grupo de 23 personas, y también la guió cuando el trayecto se volvió solitario.

“Un amigo iba a prestarme una mountain bike para hacer el viaje –cuenta Carolina–, pero cuando se acercó la fecha sentí que necesitaba mi propia bici. Fui a la bicicletería El Colo, y él (Fernando “El Colo” Amarilla) me dijo que me la financiaba. La armó teniendo en cuenta mis medidas, asiento perfecto, cambios, cubiertas para este tipo de viaje. Se la fui pagando por partes. El Colo te banca si cree en ti y sabe qué tipo de persona eres.”

Un mes antes de partir, Carolina comenzó a entrenar 65 kilómetros diarios yendo a Tigre. Cuando no iba sola, pedaleaba acompañada por integrantes del grupo. Algunos eran conocidos y amigos de masas críticas y salidas, otros no: “En esos encuentros veía cosas copadas con la gente, pero también un poco de desorganización. El reto personal sería mayor de lo que pensaba, tendría que ejercitar la tolerancia, la flexibilidad, ver qué quería y qué no: esto no soy yo, pa´llá no voy yo.”

en-la-rambla-esperando

Encantamiento  

La bici ya estaba cargada con alforjas, carpa, herramientas y hasta un colchón inflable. Agustín, compañero de pedaleo de Carolina, ya le había tocado el timbre de su casa y la esperaba para ir a tomar el barco. Pero ella creía que no iba a poder: “Todo sumaba peso. La noche anterior me había dormido pensando qué sacar. Había leído, cosa que debí haber hecho antes, sobre cómo restar peso y entendí qué hace la gente que realmente quiere viajar. Había un tip que era sacarle todas las etiquetas a la ropa que vas a llevar, porque suman como medio kilo que aprovechas para otra cosa. Algunos cortan los mangos de las herramientas o los cubiertos: ganas espacio y peso, y eso es más agua que puedes llevar en el camino.”

La experiencia de haber sido mochilera sola por Latinoamérica (ver aparte) le dio seguridad a la colombiana para encarar el camino con 60 kilos a cuestas. Y también, la conciencia de haber afrontado un proceso de aprendizaje previo: “Una prueba increíble para mí fue que el día antes de salir, a las cuatro de la tarde, pinché la bici. Era 25 de diciembre y tuve que arreglarla sola.”

Carolina cruzó a Montevideo, donde visitó a una amiga. Dos días después se encontraría con el grupo de La Cletamorfosis. Pero eso no ocurrió como estaba pactado: “Se hizo la hora y no llegó nadie. En ese momento pensé que yo ya estaba ahí, con mis alforjas, había invertido plata. Quise comprarme un mapa e irme sola. Pero me daba miedo en bicicleta. Era un condimento nuevo que te da susto, más siendo una mujer sola.”

El encuentro sucedió finalmente en el obelisco montevideano. Lo que había pasado es que algunos se habían ido de fiesta el día anterior y habían emprendido el viaje más tarde. Nadie le había avisado a Carolina.

“Mientras llegaba al obelisco encontré a un grupo de brasileros con muy buena onda –cuenta la colombiana– y hablé con ellos. Tenían todo listo, un calendario con los días y lugares donde se quedaban. Yo prefiero ser un poco más organizada. La improvisación es parte de la vida, lo sé de memoria, pero cuando emprendes un proyecto, si tienes más delimitado el alcance, mejor.”

El primer trayecto en bici de La Cletamorfosis empezó en la rambla y finalizó en Atlántida, donde los ciclistas acamparon. Carolina dice que ese día fue de encantamiento: “Me puse los audífonos, la bici era meditación, los paisajes eran increíbles: todo lo que yo quería. Me importaba el resto del mundo, la gente, pero para mí era fundamental arrancar, pedalear por lugares diferentes, estar lejos de mi hogar y sentir que iba cómoda y que me había preparado. No me costaba el ritmo, iba a la cabeza y si me quedaba los podía pasar con comodidad”, explica la viajera.

El proceso de aprendizaje siguió, cada vez más de la mano de los otros: “Llegamos de noche al camping, porque algunos se retrasaban mucho. El último arribó dos horas después que los demás: no estaba entrenado. Cuando viajás en grupo tendría que haber un ritmo similar, para cuidarte, para que ninguno se sienta presionado por el que va adelante. Es como una danza, tiene que haber una coreografía mística donde te encuentras y sigues, vas deambulando con otro y sigues. Los momentos en los que fuimos así en la carretera fueron increíbles.”

El-señor-de-la-estación-de-servicio-me-dijo-ven-que-te-tomo-una-foto-para-el-recuerdo

Magia  

El viaje de La Cletamorfosis continuó por Piriápolis. Carolina partió más tarde que el resto porque se quedó organizando su equipaje: le gusta que todo esté en su lugar, de modo que si tiene que buscar algo en medio del camino, sabrá dónde encontrarlo.

Si el día anterior había sido encantamiento, llegaba ahora la magia: “Salí sola pero adelanté al grupo –expresa la ciclista–, cómoda y tranquila. Empezaron los repechos fuertes. En esa carretera sentí cosas distintas en la bicicleta. No tenía música porque se me había mojado el celular. Éramos el silencio y yo. Entonces canté. Estudié canto, eso me ayuda a mantener la respiración. Me concentraba más en eso que en la subida y la mente, el gran enemigo de una pedaleada larga y fuerte, se distraía y conectaba con algo positivo.”

Esa sabiduría espontánea fue tan potente que sirvió también para transmitirla a los demás: “Mayra, una amiga que viajó, decía que la mente no le daba porque empezaba a pensar: no voy a poder, mira esa subida, mira lo que viene, me estoy muriendo, me van a dejar de última, qué hago. Y nos decíamos, no amiga, hay que cantar, poner musiquita. Toda angustia hace que no puedas continuar, que no respires bien, que dudes de ti.”

Entonces, de algún modo, motivaste a los demás.

Sí, un poco. Sólo a quienes se conectaban conmigo. Por ser caribeña, voy siempre hacia adelante. Pero sentía que no había feedback con la gente del grupo, que estaban en otra. No podía expresarme y eso para mí es una mutilación a mi espíritu. Iba sola en la carretera. Igual, todos íbamos solos, hubo pocas duplas, cada quien llevaba su ritmo único. Lo bueno era que cuando llegaras a destino, alguien iba a haber esperándote. Y si no llegabas, alguien iba a decir: “Uy, pero no llegó”.

¿Por qué crees que costaba tanto conectarte con el grupo?

En Punta del Este acampamos en una planta de agua, donde nos dieron permiso. Esa noche fue muy linda, hubo guitarreada, nos reímos, nos liberamos un poco. Se formaron cosas más chéveres. Entendí que todos estábamos un poco asustados y muy nerviosos, era un reto grande. Mucha gente no lo dice y no lo acepta porque no es fácil decir “tengo miedo”. Me gustaría también que me dijeran los demás en qué me equivoqué: Carolina, no hiciste esto, no hiciste aquello, no ayudaste. Pero quizás yo estaba en la búsqueda de viajar sola. Tal vez era algo que quería y no podía decírmelo de manera franca. En ese trayecto empecé a sembrar en mi cabeza cómo sería viajar sola. Ahora que se van enfriando los sentimientos del viaje reconozco que otra parte de mi se sentía más preparada para enfrentarlo.

Al peso de las alforjas se le sumaba el de los interrogantes propios y las dudas ajenas. Así y todo Carolina se las arregló para disfrutar del camino, como lo atestigua el cantito de su voz colombiana, que se acelera de a poco: “Pasaban autos y nos gritaban ‘¡vaaamos!’. Veías ciclistas en bicis de carrera, en camadas, te pasaban, tú querías seguirlos pero era imposible. Iba pasando el asfalto, el camino de tierra y estaba ahí, veía el horizonte abierto. Contemplaba el camino. Cuando cambiaba el kilómetro del 43, 44, 45, 46, 47. Era como, wow, estoy en el 47 y mira adónde llegué”.

“Tranquila, mírame la cara”  

De los 23 ciclistas que habían iniciado el periplo sólo quedaban seis: cinco varones y Carolina. Poco a poco, los integrantes de La Cletamorfosis fueron regresando a Buenos Aires, por trabajo, por cansancio o porque eran menos las etapas del viaje que se habían planteado cumplir.

La Paloma fue la siguiente parada. Allí la colombiana tenía que esperar un giro postal proveniente de su país, mientras los demás se dirigían a Valizas. Montada en su Romeo, Carolina empezó a pedalear sola a las cinco de la tarde.

“Aquí sí me toca, pensé. Fue la conexión interna más fuerte. Pero también me di un susto. En la ruta se paró una moto al lado mío con dos hombres. Se bajó un tipo y me miró. Pensé que me iban a robar; a uno de los chicos lo robaron en la ruta así. No lo pensé dos veces: me volví, y nunca pedaleé tan rápido. Empecé a gritar “señoooor”, a un hombre que vivía como a un kilómetro, que me había dado agua fresca. Enseguida el de la moto dijo ‘me quito el casco, tranquila, mírame la cara’. El tipo quería preguntarme para dónde era Rocha. Le contesté que era para el otro lado, pero qué cómo se le ocurría pararse así, si yo era una ciclista que iba sola.”

Después de tranquilizarse, Carolina volvió a la ruta. Llegó a Valizas y se reunió con sus compañeros. Habían armado campamento en un lugar no habilitado, para no pagar camping.

“Ese día viví el rompimiento –expresa la viajera–. No me sentía parte, ellos eran cinco chicos andando juntos y yo era una chica que había llegado. Energía masculina buscando mujeres. A la mañana siguiente tres se fueron a hacer la caminata a Cabo Polonio y los demás nos quedamos a cuidar las carpas y bicis. Pero mis dos compañeros salieron a comprar cerveza y no volvieron. Me dejaron sola todo el día al sol, con las cosas, sin agua. Regresaron primero los que habían ido al Cabo que ellos. Entendí que las cosas estaban tomando otro ritmo.”

El día siguiente era el elegido por Carolina para conocer Cabo Polonio, donde vería por primera vez lobos marinos. En soledad emprendió la caminata de 20 kilómetros desde Valizas hasta el cabo. Atravesó las dunas, se bañó desnuda en el mar, le gritó al agua lo que quería que se llevara y le pidió lo que quería de vuelta. Decidió que no iba a estar enojada ni pasándola mal con sus compañeros: era el momento de empezar otro viaje consigo misma: “Me despedí de los chicos con una sensación muy triste y bastante decepcionada de mí misma y de la situación, por no haber logrado superar las diferencias y armonizar. Pero Valizas vibraba conmigo, así que me quedé una semana en un camping súper bonito, con baños secos, otro tipo de vida. Encontré a una amiga de otra amiga. Nunca estás solo, siempre hay un conocido, redes, conexiones. Para mí era importante generar vínculos, estando en grupo no había podido hacerlo, en cambio sola vibraba rápido con la gente.”

Cuentos de mujeres

La última parte del viaje encontró a Carolina entre personas de distintos países. En el camping compartieron comidas típicas de distintas culturas, se contaron sus idas y venidas por la vida. Daniela, la dueña del lugar, madre de cuatro hijas, habló de los secretos de mantener su espacio reciclando y evitando el exceso de consumo.  “Hubo mucha energía femenina esos días, y los hombres que nos rodeaban eran muy colaboradores, sonrientes y pacíficos. Me sentí en una película.”

Estando en Valizas, la colombiana siguió con sus pedaleos solitarios. Fue a Punta del Diablo, estuvo allí una noche y volvió. En el camping se sentía a salvo.

Es mucho más común ver a hombres viajando solos en bicicleta que a mujeres, está más aceptado socialmente. ¿Qué reflexión hacés de haber viajado sola ese tiempo y qué peculiaridades crees que tuviste que pasar que un hombre quizás no hubiese vivido? 

Es más común ver hombres solos en la vida. Como mujer que viaja sola, cualquier persona se parará en el camino a ayudarte con una rueda pinchada, por ejemplo. Te van a abrir puertas: la señora del kilómetro 47 va a decirte “venga m´hijita, quedese a dormir acá, venga que le doy un plato de comida”. Al hombre, si no es simpático y no se sabe ganar a la gente, le será un poco más difícil. Pero estás más expuesta a un acto de violencia, porque somos más débiles corporalmente y por naturaleza. Cada día hay cuentos de mujeres que viajan solas de mochileras y les pasa algo. A mí no me da miedo la bicicleta ni físicamente, sino el otro, que llegue alguien y me afecte. Necesitas tener mucha seguridad en ti, creer en tu intuición, ser organizada, estar abierta a los cambios, fijarte en el camino dónde fue el último punto que había gente, cuánto te falta para llegar. A mí me dieron ganas de hacer pis en el camino. Me aguanté unos tres kilómetros hasta que vi un sitio donde podía dejar la bici detrás de un árbol y meterme yo detrás del árbol. Lo más importante es cuidarte física y emocionalmente, saber que pueden pasarte cosas que no son las que esperabas, bonitas y no tan bonitas.

¿Qué balance final hacés de tu tramo del viaje en grupo? ¿Volverías a embarcarte en una travesía con mucha gente?

Me gustó mucho el proceso de preparación, porque en el camino sentí la diferencia yo y también con el grupo. No me considero deportista sino ciclista urbana, pero luego de este viaje voy a entrenar más, para acomodarme a los ritmos que la bici te va llevando, ir más cómoda, más liviana, más fuerte. Ahorita quiero prepararme para hacer la costa colombiana, mi país. No sé si iré sola o acompañada, pero lo haré. Ya empecé a ver las carreteras.

Al grupo luego lo he visto en la masa crítica, nos saludamos y con algunos está todo bien, con otros no tanto. Pero cuando te acostumbras a viajar sola te vuelves muy independiente. No creo que en mi vida vuelva a viajar con un grupo tan grande. Es muy difícil.

Recién-llegada-a-Baires

EN PRIMERA PERSONA
“Pensé que nunca más iba a volver a la ciudad”            

Carolina Clack nació en Colombia pero vivió durante 18 años en Venezuela. Desde chica empezó a nutrir su repertorio de viajes, algunos de ellos en solitario, como el que la trajo hasta Buenos Aires.

“Mi primer viaje sola lo hice por la costa caribeña de Venezuela. Ni siquiera llevaba carpa, tenía un chinchorro, que es una especie de hamaca tejida que no pesa nada. Dormía a la intemperie, podías hacerlo en aquella época. Amarrabas el chinchorro pidiéndole permiso a alguien, te bañabas donde podías. Ahí entendí que al viaje hay que llevarse cubiertos, latitas de atún. Ya sentía la necesidad de encontrarme conmigo en el camino. Después hice unos cuantos viajes más. Pensé que nunca iba a volver a la ciudad.”

Sin embargo regresó a la gran urbe. Pero sólo después de desquitarse con una aventura que llevaba tiempo creándose en su mente: “El gran viaje fue junto a unos amigos, a Ecuador, con la mochila armada para 15 días. Allí conocí a dos chicas de Cataluña que venían desde la Patagonia. Yo había soñado varias veces con Machu Picchu, quería ir pero lo veía muy lejano, creía que necesitaba mucha plata y tiempo. Estas chicas me armaron la ruta para venir hasta el sur. Y yo, que tenía un itinerario ya listo desde mucho tiempo antes, busqué mi pre-producción en la agenda y arranqué desde Ecuador. Llamé a mi tío y le avisé que iba hasta Argentina. Todos dijeron que estaba loca.”

Ante la pregunta de por qué se instaló en Buenos Aires, la respuesta de Carolina es simple: “Porque en La Paz, Bolivia, me robaron todo. Llegué a Buenos Aires a la casa de Gastón, un amigo que me esperaba, con diez dólares en el bolsillo. Salí a buscar un empleo y conseguí uno como mesera en San Telmo. Ahí dije: ahorro lo del pasaje y me regreso a Bogotá. Tenía que trabajar tres meses. Me quedé quince días con Gastón, porque no me gusta molestar a nadie, y luego alquilé una habitación en Adrogué. Era lejos. Tomaba el tren a las 12 de la noche, el último. Era heavy. Pero cuando una no conoce no siente tanto el peligro. La ignorancia es atrevida.”

Tiempo más tarde Carolina, que es licenciada en Letras, consiguió trabajo en una agencia de publicidad y un apartamento en Capital Federal. Y también encontró a su gato Caribe, que un día la recibió frente a su casa. Actualmente, la colombiana lleva adelante su propia agencia de comunicación, bautizada La Cicla, participa de cuanta bicicleteada aparece frente a sus ojos y prepara un libro con sus experiencias de viaje por Latinoamérica.

Texto: Rocío Cortina

Nota publicada en Biciclub Nº 231, marzo 2014.


Si te gustó, compartilo con:

Hablamos sobre: Viajes en bici

One Response to “Viajes: La cletamorfosis”

  1. Luciana Lopinchato dice:

    Ese grupo, es una verdadera mierda.
    El lider, es un obeso drogadicto, que tiene mas ego que Vicki Xipolitakis.
    Los que lo siguen se creen los mas vivos, pero es pura gente falsa y sola, que habla por atrás de los demás.
    Gente con cero solidaridad. Se dicen amigos y se conocen hace tres dias. Pura farsa.
    Grupo no recomendado.

Dejá tu comentario

Eres humano o robot? * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

iCONSEGUILA EN LOS KIOSCOS!

Nº 295 - Julio 2019


> Los nuevos XT y SLX: mucho más por mucho menos
> ¿Monoplato o biplato?
> El porqué del boom de las e-bikes.
> Entrenar en invierno.
[+]

    canaglia

    philco

    bici Up

    silva

    ubice

    adsgoogle

    mov responsable