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Cicloturismo

Viajes: La cletamorfosis

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La colombiana Carolina Clack partió desde Buenos Aires hacia Uruguay para recorrer la costa junto a un grupo de 23 personas. Pero las peripecias del camino la llevaron a terminar la aventura sola y a disfrutar de cada pedaleada sobre Romeo, su mountain bike.

Carolina Clack tiene una sonrisa amplia, 33 años, un gato negro que se llama Caribe y que vigila su departamento de San Cristóbal desde arriba de un armario, una mountain bike Diamond Back bautizada Romeo y otra urbana que le hace compañía, Julieta. Ella –la del nombre de mujer– acompaña a la colombiana desde que empezó a pedalear por las calles de Buenos Aires, hace ya tres años. Ella –la del nombre de hombre– llegó cuando Carolina decidió viajar por la costa uruguaya junto a un grupo de 23 personas, y también la guió cuando el trayecto se volvió solitario.

“Un amigo iba a prestarme una mountain bike para hacer el viaje –cuenta Carolina–, pero cuando se acercó la fecha sentí que necesitaba mi propia bici. Fui a la bicicletería El Colo, y él (Fernando “El Colo” Amarilla) me dijo que me la financiaba. La armó teniendo en cuenta mis medidas, asiento perfecto, cambios, cubiertas para este tipo de viaje. Se la fui pagando por partes. El Colo te banca si cree en ti y sabe qué tipo de persona eres.”

Un mes antes de partir, Carolina comenzó a entrenar 65 kilómetros diarios yendo a Tigre. Cuando no iba sola, pedaleaba acompañada por integrantes del grupo. Algunos eran conocidos y amigos de masas críticas y salidas, otros no: “En esos encuentros veía cosas copadas con la gente, pero también un poco de desorganización. El reto personal sería mayor de lo que pensaba, tendría que ejercitar la tolerancia, la flexibilidad, ver qué quería y qué no: esto no soy yo, pa´llá no voy yo.”

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Encantamiento  

La bici ya estaba cargada con alforjas, carpa, herramientas y hasta un colchón inflable. Agustín, compañero de pedaleo de Carolina, ya le había tocado el timbre de su casa y la esperaba para ir a tomar el barco. Pero ella creía que no iba a poder: “Todo sumaba peso. La noche anterior me había dormido pensando qué sacar. Había leído, cosa que debí haber hecho antes, sobre cómo restar peso y entendí qué hace la gente que realmente quiere viajar. Había un tip que era sacarle todas las etiquetas a la ropa que vas a llevar, porque suman como medio kilo que aprovechas para otra cosa. Algunos cortan los mangos de las herramientas o los cubiertos: ganas espacio y peso, y eso es más agua que puedes llevar en el camino.”

La experiencia de haber sido mochilera sola por Latinoamérica (ver aparte) le dio seguridad a la colombiana para encarar el camino con 60 kilos a cuestas. Y también, la conciencia de haber afrontado un proceso de aprendizaje previo: “Una prueba increíble para mí fue que el día antes de salir, a las cuatro de la tarde, pinché la bici. Era 25 de diciembre y tuve que arreglarla sola.”

Carolina cruzó a Montevideo, donde visitó a una amiga. Dos días después se encontraría con el grupo de La Cletamorfosis. Pero eso no ocurrió como estaba pactado: “Se hizo la hora y no llegó nadie. En ese momento pensé que yo ya estaba ahí, con mis alforjas, había invertido plata. Quise comprarme un mapa e irme sola. Pero me daba miedo en bicicleta. Era un condimento nuevo que te da susto, más siendo una mujer sola.”

El encuentro sucedió finalmente en el obelisco montevideano. Lo que había pasado es que algunos se habían ido de fiesta el día anterior y habían emprendido el viaje más tarde. Nadie le había avisado a Carolina.

“Mientras llegaba al obelisco encontré a un grupo de brasileros con muy buena onda –cuenta la colombiana– y hablé con ellos. Tenían todo listo, un calendario con los días y lugares donde se quedaban. Yo prefiero ser un poco más organizada. La improvisación es parte de la vida, lo sé de memoria, pero cuando emprendes un proyecto, si tienes más delimitado el alcance, mejor.”

El primer trayecto en bici de La Cletamorfosis empezó en la rambla y finalizó en Atlántida, donde los ciclistas acamparon. Carolina dice que ese día fue de encantamiento: “Me puse los audífonos, la bici era meditación, los paisajes eran increíbles: todo lo que yo quería. Me importaba el resto del mundo, la gente, pero para mí era fundamental arrancar, pedalear por lugares diferentes, estar lejos de mi hogar y sentir que iba cómoda y que me había preparado. No me costaba el ritmo, iba a la cabeza y si me quedaba los podía pasar con comodidad”, explica la viajera.

El proceso de aprendizaje siguió, cada vez más de la mano de los otros: “Llegamos de noche al camping, porque algunos se retrasaban mucho. El último arribó dos horas después que los demás: no estaba entrenado. Cuando viajás en grupo tendría que haber un ritmo similar, para cuidarte, para que ninguno se sienta presionado por el que va adelante. Es como una danza, tiene que haber una coreografía mística donde te encuentras y sigues, vas deambulando con otro y sigues. Los momentos en los que fuimos así en la carretera fueron increíbles.”

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Magia  

El viaje de La Cletamorfosis continuó por Piriápolis. Carolina partió más tarde que el resto porque se quedó organizando su equipaje: le gusta que todo esté en su lugar, de modo que si tiene que buscar algo en medio del camino, sabrá dónde encontrarlo.

Si el día anterior había sido encantamiento, llegaba ahora la magia: “Salí sola pero adelanté al grupo –expresa la ciclista–, cómoda y tranquila. Empezaron los repechos fuertes. En esa carretera sentí cosas distintas en la bicicleta. No tenía música porque se me había mojado el celular. Éramos el silencio y yo. Entonces canté. Estudié canto, eso me ayuda a mantener la respiración. Me concentraba más en eso que en la subida y la mente, el gran enemigo de una pedaleada larga y fuerte, se distraía y conectaba con algo positivo.”

Esa sabiduría espontánea fue tan potente que sirvió también para transmitirla a los demás: “Mayra, una amiga que viajó, decía que la mente no le daba porque empezaba a pensar: no voy a poder, mira esa subida, mira lo que viene, me estoy muriendo, me van a dejar de última, qué hago. Y nos decíamos, no amiga, hay que cantar, poner musiquita. Toda angustia hace que no puedas continuar, que no respires bien, que dudes de ti.”

Entonces, de algún modo, motivaste a los demás.

Sí, un poco. Sólo a quienes se conectaban conmigo. Por ser caribeña, voy siempre hacia adelante. Pero sentía que no había feedback con la gente del grupo, que estaban en otra. No podía expresarme y eso para mí es una mutilación a mi espíritu. Iba sola en la carretera. Igual, todos íbamos solos, hubo pocas duplas, cada quien llevaba su ritmo único. Lo bueno era que cuando llegaras a destino, alguien iba a haber esperándote. Y si no llegabas, alguien iba a decir: “Uy, pero no llegó”.

¿Por qué crees que costaba tanto conectarte con el grupo?

En Punta del Este acampamos en una planta de agua, donde nos dieron permiso. Esa noche fue muy linda, hubo guitarreada, nos reímos, nos liberamos un poco. Se formaron cosas más chéveres. Entendí que todos estábamos un poco asustados y muy nerviosos, era un reto grande. Mucha gente no lo dice y no lo acepta porque no es fácil decir “tengo miedo”. Me gustaría también que me dijeran los demás en qué me equivoqué: Carolina, no hiciste esto, no hiciste aquello, no ayudaste. Pero quizás yo estaba en la búsqueda de viajar sola. Tal vez era algo que quería y no podía decírmelo de manera franca. En ese trayecto empecé a sembrar en mi cabeza cómo sería viajar sola. Ahora que se van enfriando los sentimientos del viaje reconozco que otra parte de mi se sentía más preparada para enfrentarlo.

Al peso de las alforjas se le sumaba el de los interrogantes propios y las dudas ajenas. Así y todo Carolina se las arregló para disfrutar del camino, como lo atestigua el cantito de su voz colombiana, que se acelera de a poco: “Pasaban autos y nos gritaban ‘¡vaaamos!’. Veías ciclistas en bicis de carrera, en camadas, te pasaban, tú querías seguirlos pero era imposible. Iba pasando el asfalto, el camino de tierra y estaba ahí, veía el horizonte abierto. Contemplaba el camino. Cuando cambiaba el kilómetro del 43, 44, 45, 46, 47. Era como, wow, estoy en el 47 y mira adónde llegué”.

“Tranquila, mírame la cara”  

De los 23 ciclistas que habían iniciado el periplo sólo quedaban seis: cinco varones y Carolina. Poco a poco, los integrantes de La Cletamorfosis fueron regresando a Buenos Aires, por trabajo, por cansancio o porque eran menos las etapas del viaje que se habían planteado cumplir.

La Paloma fue la siguiente parada. Allí la colombiana tenía que esperar un giro postal proveniente de su país, mientras los demás se dirigían a Valizas. Montada en su Romeo, Carolina empezó a pedalear sola a las cinco de la tarde.

“Aquí sí me toca, pensé. Fue la conexión interna más fuerte. Pero también me di un susto. En la ruta se paró una moto al lado mío con dos hombres. Se bajó un tipo y me miró. Pensé que me iban a robar; a uno de los chicos lo robaron en la ruta así. No lo pensé dos veces: me volví, y nunca pedaleé tan rápido. Empecé a gritar “señoooor”, a un hombre que vivía como a un kilómetro, que me había dado agua fresca. Enseguida el de la moto dijo ‘me quito el casco, tranquila, mírame la cara’. El tipo quería preguntarme para dónde era Rocha. Le contesté que era para el otro lado, pero qué cómo se le ocurría pararse así, si yo era una ciclista que iba sola.”

Después de tranquilizarse, Carolina volvió a la ruta. Llegó a Valizas y se reunió con sus compañeros. Habían armado campamento en un lugar no habilitado, para no pagar camping.

“Ese día viví el rompimiento –expresa la viajera–. No me sentía parte, ellos eran cinco chicos andando juntos y yo era una chica que había llegado. Energía masculina buscando mujeres. A la mañana siguiente tres se fueron a hacer la caminata a Cabo Polonio y los demás nos quedamos a cuidar las carpas y bicis. Pero mis dos compañeros salieron a comprar cerveza y no volvieron. Me dejaron sola todo el día al sol, con las cosas, sin agua. Regresaron primero los que habían ido al Cabo que ellos. Entendí que las cosas estaban tomando otro ritmo.”

El día siguiente era el elegido por Carolina para conocer Cabo Polonio, donde vería por primera vez lobos marinos. En soledad emprendió la caminata de 20 kilómetros desde Valizas hasta el cabo. Atravesó las dunas, se bañó desnuda en el mar, le gritó al agua lo que quería que se llevara y le pidió lo que quería de vuelta. Decidió que no iba a estar enojada ni pasándola mal con sus compañeros: era el momento de empezar otro viaje consigo misma: “Me despedí de los chicos con una sensación muy triste y bastante decepcionada de mí misma y de la situación, por no haber logrado superar las diferencias y armonizar. Pero Valizas vibraba conmigo, así que me quedé una semana en un camping súper bonito, con baños secos, otro tipo de vida. Encontré a una amiga de otra amiga. Nunca estás solo, siempre hay un conocido, redes, conexiones. Para mí era importante generar vínculos, estando en grupo no había podido hacerlo, en cambio sola vibraba rápido con la gente.”

Cuentos de mujeres

La última parte del viaje encontró a Carolina entre personas de distintos países. En el camping compartieron comidas típicas de distintas culturas, se contaron sus idas y venidas por la vida. Daniela, la dueña del lugar, madre de cuatro hijas, habló de los secretos de mantener su espacio reciclando y evitando el exceso de consumo.  “Hubo mucha energía femenina esos días, y los hombres que nos rodeaban eran muy colaboradores, sonrientes y pacíficos. Me sentí en una película.”

Estando en Valizas, la colombiana siguió con sus pedaleos solitarios. Fue a Punta del Diablo, estuvo allí una noche y volvió. En el camping se sentía a salvo.

Es mucho más común ver a hombres viajando solos en bicicleta que a mujeres, está más aceptado socialmente. ¿Qué reflexión hacés de haber viajado sola ese tiempo y qué peculiaridades crees que tuviste que pasar que un hombre quizás no hubiese vivido? 

Es más común ver hombres solos en la vida. Como mujer que viaja sola, cualquier persona se parará en el camino a ayudarte con una rueda pinchada, por ejemplo. Te van a abrir puertas: la señora del kilómetro 47 va a decirte “venga m´hijita, quedese a dormir acá, venga que le doy un plato de comida”. Al hombre, si no es simpático y no se sabe ganar a la gente, le será un poco más difícil. Pero estás más expuesta a un acto de violencia, porque somos más débiles corporalmente y por naturaleza. Cada día hay cuentos de mujeres que viajan solas de mochileras y les pasa algo. A mí no me da miedo la bicicleta ni físicamente, sino el otro, que llegue alguien y me afecte. Necesitas tener mucha seguridad en ti, creer en tu intuición, ser organizada, estar abierta a los cambios, fijarte en el camino dónde fue el último punto que había gente, cuánto te falta para llegar. A mí me dieron ganas de hacer pis en el camino. Me aguanté unos tres kilómetros hasta que vi un sitio donde podía dejar la bici detrás de un árbol y meterme yo detrás del árbol. Lo más importante es cuidarte física y emocionalmente, saber que pueden pasarte cosas que no son las que esperabas, bonitas y no tan bonitas.

¿Qué balance final hacés de tu tramo del viaje en grupo? ¿Volverías a embarcarte en una travesía con mucha gente?

Me gustó mucho el proceso de preparación, porque en el camino sentí la diferencia yo y también con el grupo. No me considero deportista sino ciclista urbana, pero luego de este viaje voy a entrenar más, para acomodarme a los ritmos que la bici te va llevando, ir más cómoda, más liviana, más fuerte. Ahorita quiero prepararme para hacer la costa colombiana, mi país. No sé si iré sola o acompañada, pero lo haré. Ya empecé a ver las carreteras.

Al grupo luego lo he visto en la masa crítica, nos saludamos y con algunos está todo bien, con otros no tanto. Pero cuando te acostumbras a viajar sola te vuelves muy independiente. No creo que en mi vida vuelva a viajar con un grupo tan grande. Es muy difícil.

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EN PRIMERA PERSONA
“Pensé que nunca más iba a volver a la ciudad”            

Carolina Clack nació en Colombia pero vivió durante 18 años en Venezuela. Desde chica empezó a nutrir su repertorio de viajes, algunos de ellos en solitario, como el que la trajo hasta Buenos Aires.

“Mi primer viaje sola lo hice por la costa caribeña de Venezuela. Ni siquiera llevaba carpa, tenía un chinchorro, que es una especie de hamaca tejida que no pesa nada. Dormía a la intemperie, podías hacerlo en aquella época. Amarrabas el chinchorro pidiéndole permiso a alguien, te bañabas donde podías. Ahí entendí que al viaje hay que llevarse cubiertos, latitas de atún. Ya sentía la necesidad de encontrarme conmigo en el camino. Después hice unos cuantos viajes más. Pensé que nunca iba a volver a la ciudad.”

Sin embargo regresó a la gran urbe. Pero sólo después de desquitarse con una aventura que llevaba tiempo creándose en su mente: “El gran viaje fue junto a unos amigos, a Ecuador, con la mochila armada para 15 días. Allí conocí a dos chicas de Cataluña que venían desde la Patagonia. Yo había soñado varias veces con Machu Picchu, quería ir pero lo veía muy lejano, creía que necesitaba mucha plata y tiempo. Estas chicas me armaron la ruta para venir hasta el sur. Y yo, que tenía un itinerario ya listo desde mucho tiempo antes, busqué mi pre-producción en la agenda y arranqué desde Ecuador. Llamé a mi tío y le avisé que iba hasta Argentina. Todos dijeron que estaba loca.”

Ante la pregunta de por qué se instaló en Buenos Aires, la respuesta de Carolina es simple: “Porque en La Paz, Bolivia, me robaron todo. Llegué a Buenos Aires a la casa de Gastón, un amigo que me esperaba, con diez dólares en el bolsillo. Salí a buscar un empleo y conseguí uno como mesera en San Telmo. Ahí dije: ahorro lo del pasaje y me regreso a Bogotá. Tenía que trabajar tres meses. Me quedé quince días con Gastón, porque no me gusta molestar a nadie, y luego alquilé una habitación en Adrogué. Era lejos. Tomaba el tren a las 12 de la noche, el último. Era heavy. Pero cuando una no conoce no siente tanto el peligro. La ignorancia es atrevida.”

Tiempo más tarde Carolina, que es licenciada en Letras, consiguió trabajo en una agencia de publicidad y un apartamento en Capital Federal. Y también encontró a su gato Caribe, que un día la recibió frente a su casa. Actualmente, la colombiana lleva adelante su propia agencia de comunicación, bautizada La Cicla, participa de cuanta bicicleteada aparece frente a sus ojos y prepara un libro con sus experiencias de viaje por Latinoamérica.

Texto: Rocío Cortina

Nota publicada en Biciclub Nº 231, marzo 2014.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Luciana Lopinchato

    30 julio, 2015 a las 4:17 am

    Ese grupo, es una verdadera mierda.
    El lider, es un obeso drogadicto, que tiene mas ego que Vicki Xipolitakis.
    Los que lo siguen se creen los mas vivos, pero es pura gente falsa y sola, que habla por atrás de los demás.
    Gente con cero solidaridad. Se dicen amigos y se conocen hace tres dias. Pura farsa.
    Grupo no recomendado.

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ABC

Cómo planificar un viaje en bicicleta

Estamos en tiempos de pandemia, sí. Pero eso no nos impide soñar con viajes y —por qué no— planificar uno en bicicleta. En esta nota, Jimena Sánchez, de La Vida de Viaje, nos da respuesta a las preguntas más frecuentes.

¿Cómo sé si me va a dar el estado físico?
Esta pregunta es la que se lleva el podio cuando hablamos sobre cicloturismo. Y el punto está en que asociamos a los viajes en bicicleta con “esfuerzo físico” y no con “placer físico”. Pongamos un ejemplo: toda subida tiene su recompensa cuando lográs llegar hasta su punto más alto. Después siempre hay una bajada y es ahí donde lográs el balance y te recuperás. (Menciono lo de las subidas porque también es un trending topic y porque siempre nos olvidamos de que las rutas tienen llanos y bajadas hermosas que nos hacen sentir en otro planeta.)
¿Siempre se pedalea en un viaje? No. Citando el mismo ejemplo, si una subida te cansa porque es muy empinada o notás que se te resbala o se te traba la bicicleta (esto pasa mucho sobre el ripio), te podés bajar de la bici y caminar. “Uy, pero eso te cansa también.” (Sí, te leí la mente, pero son otros músculos y otra manera de hacer fuerza. Se puede ver como otra manera de “descansar” sin dejar de avanzar.) A ver: obvio que vas a cansarte. Pero el cuerpo, con los días en ruta, se entrena. Y el primer día te vas a cansar, el segundo no tanto, y así. Podés parar las veces que necesites para descansar y podés viajar al ritmo que quieras porque es TU viaje. No existen los manuales de cómo deberías viajar. Los viajes en bicicleta no son viajes para súper atletas, sino para todas aquellas personas que estén dispuestas a conocer y conectar con su cuerpo, quieran salir de su zona cómoda y busquen disfrutar del placer de sentirse vivas haciendo deporte.
Obviamente, cuanto más hayas entrenado antes de viajar, más rápida va a ser la adaptación para pasar del “esfuerzo físico” al “placer físico” que dijimos al principio y poder disfrutar del día a día.

¿Por dónde empiezo a planificar un viaje?
Agarrá un papel y un lápiz y respondé:
– ¿A dónde te gustaría viajar? vs. ¿A dónde podés viajar? Si las dos respuestas coinciden, genial. Ahora bien, si por cuestiones económicas, laborales, de tiempos, o lo que sea, el “a dónde puedo viajar” pesa más que el “a dónde te gustaría viajar” no lo tomes como un problema. Lo real siempre es más alcanzable que lo ideal.

– ¿Cuándo?
– ¿Cuánto tiempo tenés disponible?
– ¿Va a ser un viaje en solitario o con alguien?
Una vez que tenés esta información sobre la mesa, viene la etapa de investigación, que es la más larga y tediosa, pero la más importante y necesaria. Acá tenés que ver rutas, leer blogs, foros, revistas especializadas y bajarte aplicaciones útiles de mapas. Y lo que tenés que analizar con lupa es:
– Cómo es el clima del lugar al que querés viajar. Este punto influye en el equipo de camping y en la indumentaria que necesites llevar, ya que no es lo mismo viajar en verano que en invierno.


– En qué época del año conviene ir a ese lugar: más allá del clima, los lugares y las rutas pueden verse alterados por vacaciones, fiestas regionales, feriados, etcétera. Esta es una variable muy importante si buscás tranquilidad y sobre todo seguridad a la hora de viajar.
– Cómo llegar y cómo volver puede ser el punto más estresante, pero resulta indispensable. Hay que analizar todas las opciones y tomar la mejor decisión posible. Muy raras veces salimos a un viaje en bicicleta pedaleando desde casa y no queda otra que tomarnos un avión, un micro o un tren. Esto implica siempre desarmar la bici, embalarla bien, cruzar los dedos para que nada se rompa en el viaje, llegar al destino, armar todo y recién ahí empezar a pedalear. Una vez finalizado el viaje hay que hacer los mismos pasos para emprender la vuelta. Sí: es todo un tema pero lo vivido en un viaje justifica una y mil veces la logística para llegar y volver a casa.
– Y cuáles son las rutas, caminos o senderos posibles para armar un buen itinerario de viaje teniendo en cuenta todos los puntos anteriores

¿Cómo elijo una ruta?
Esto depende del tipo de viaje que quieras y puedas hacer, además de tu disponibilidad de tiempo. Podés elegir una ruta según el destino que quieras recorrer o según la experiencia que quieras vivir. Por ejemplo nosotros en el 2013 nos propusimos unir Ushuaia-La Quiaca tomando como eje la Ruta 40. No quisimos pedalear ninguna otra ruta ni desviarnos porque la 40 era nuestro objetivo. En cambio, en el 2019 quisimos hacer lo opuesto y vivir una experiencia distinta: darle la vuelta a la isla de Tierra del Fuego por senderos y caminos alternativos.
La recomendación para un primer viaje es que elijas rutas que te transmitan confianza y seguridad (como la ruta de los Siete Lagos en la provincia de Neuquén, que tiene campings y proveedurías a lo largo del camino, por ejemplo).
Si no es tu primer viaje y querés hacer algo más jugado, hay aplicaciones que te van a ayudar un montón a elegir caminos alternativos. Una de ellas es Wikiloc, una plataforma en la que viajeras y viajeros de todo el mundo suben sus rutas y comparten sus experiencias, información del camino, puntos donde parar, etcétera.

¿Qué bici elijo? ¿Qué debe tener para hacer un viaje?
Antes de responder esta pregunta es necesario que sepas esto: lo fundamental no es la bici, sino tu cabeza y las ganas que tengas de viajar. No es indispensable contar con lo mejor del mercado ni con la última tecnología. Para viajar en bicicleta hay que ir a lo simple: que sea fácil y económico a la hora de arreglarla, sin importar si estás en un pueblo o en una gran ciudad.

Texto y fotos: La vida de viaje

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Cicloturismo

Una expedición en bici al corazón del Karakoram

En esta nota, que nos envía Martín Bissig, fotógrafo de algunos de los viajes de Hans Rey, tres mountain bikers de raza se proponen recorrer en bici uno de los trayectos más arduos de esa región de las más grandes montañas. Una experiencia brutalmente agotadora, con mucho más tiempo con las bicis sobre ellos que con ellos sobre sus bicis. (más…)

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Cicloturismo

Cicloturismo en Chascomús: un clásico con amenities


En un impasse de tareas docentes que la virtualidad hizo el milagro de multiplicar, cierro los ojos y siento el aire fresco de la laguna…
Chascomús es una ciudad distinguida. Ganadera, cuna de dirigentes políticos, cuenta además con varias figuras del ciclismo: de acá son Juan Carlos Haedo y sus hijos. Hay muchas actividades deportivas y culturales que evidencian el crecimiento de los últimos años. A pesar de ser un destino clásico para ciclistas, solo vine una vez, hace mucho, en grupo. Un recorrido interminable por caminos de tierra en el que las pinchaduras y la caída del sol nos obligaron a retomar la Ruta 2 cuando ya nadie disimulaba el cansancio. Recuerdo la entrada a la ciudad y la cena con pizza y empanadas en una plaza céntrica como algo liberador.
Esta vez vine con mi compañera en un plan relajado. Nos movemos en bicicleta porque reservamos lejos del centro. Y qué suerte. Las cabañas de la Avenida Costanera España ya fueron alquiladas, y muchos tuvieron que armar la carpa en el jardín de alguna casa, señal de que los campings no dan abasto. A pocos metros, en la laguna, centenares de pescadores amateurs le confían la caña al hijo y destapan una cerveza, mirando siempre hacia la otra orilla.
Una vez acomodados en la cabaña, pasamos la tarde en la pileta y tomando mate en el jardín, mientras planeamos una vuelta nocturna por la laguna. ¿Lo esencial?: hidratación, buenas luces y bananas. Contra los mosquitos, repelente y resignación.

La vuelta a la laguna
Para salir del complejo atravesamos varias cuadras por un camino de piedras sin alumbrado. Apenas cruzamos las vías y llegamos a Intendente Martino, un grupo de competidores nos pasa a gran velocidad, los saludamos y alcanzamos a escuchar su respuesta. La música llega desde los autos, por lo general trap o reggaetón. En la feria de artesanos, donde todavía quedan algunos puestos abiertos, se escucha a Jorge Cafrune. Varios restaurantes y bares están casi llenos a pesar de que ya es la una. Pedaleamos un rato envueltos en músicas, luces y olor a carne asada hasta que de poco el aire se siente más frío, los comercios se van dispersando y ya no hay tantos autos. Algunos caserones abandonados, no tan viejos pero espectrales, nos ven acelerar. Cuando atravesamos el puente sobre el Arroyo Vitel me acuerdo de historias de aparecidos que escuché de chico en fogones en Monte Hermoso. Tengo ganas de contar alguna, pero mi compañera quedó atrás. La espero y cuando está lo bastante cerca como para escucharme sentimos las primeras nubes de mosquitos en la cara.
Al principio es como si nos arrojaran cenizas. Entrecerramos los ojos y aceleramos. ¿Cuántos mosquitos hay en el mundo? Imagino que la orilla de la laguna debe estar cubierta por millones y millones de mosquitos que se mantienen casi en el mismo lugar, a centímetros del agua, en una vibración perfecta y continua.
Cada tanto las luces de algún auto nos ilumina la entrada de un camping. Aprovechamos esos momentos en que los mosquitos parecen diseminarse y bajamos a sacar alguna foto. Todo un error: siguen ahí, y ahora se ensañan con aquellas partes de nuestros cuerpos al descubierto de calzas, zapatillas y guantes, aunque también nos pican a través de la ropa. Sacamos fotos desenfocadas, subimos a las bicicletas y pedaleamos como si participáramos del Trasmontaña.
Pasamos el ACA y escuchamos risas y voces animadas. En la pileta de una casa unos jóvenes le hacen frente a la noche del verano, que no es tan calurosa. Algunas cabañas de piedra y madera interrumpen las zonas boscosas. Me gusta mucho más esta parte de Chascomús que la otra, sobrepoblada, ruidosa e inquieta. Al llegar al Club San Huberto doblamos a la derecha y cruzamos las vías hacia nuestro complejo. A elongar y descansar, esto continúa.

Gándara es Gándara
Son las ocho de la mañana, ya desayunamos y nos aplicamos el protector. El sol aun no pica y la idea es estar de regreso cerca del mediodía. Modo paseo: algunas paradas, fotos y visita a la fábrica abandonada. La tarde será dedicada enteramente a la pileta: esto es cicloturismo pequeñoburgués sin culpa.
Pedaleamos por la costanera hasta un camino de tierra que nos lleva a la ruta 20. Cuando doblamos a la derecha y tomamos el camino viejo a Gándara nos recibe el viento en contra: una ráfaga de aire seco y cálido que de ahora en adelante va a ir en aumento. Según el mapa estamos muy cerca del aeródromo, pero no vemos ni escuchamos ninguna avioneta. Todo es aridez con intervalos de hierbas pampeanas y algunos árboles. Muy de tanto en tanto, alguna estancia. El sol se mueve y nos azota desde un cielo con pocas nubes.
Una huella serrucho me sacude y me olvido de lo que estoy pensando. Es muy fácil distraerse, el paisaje no cambia y solo vimos pasar dos autos. Si alguien va a Gándara, lo hace por ruta. Aunque a esta hora, lo dudo.
Pasamos otra estancia, abandonada. Hago zoom con el celular para distinguir el nombre: María Llavaneras… Avanzo unos pasos sobre un colchón de yuyos y cardos: Haras Llavaneras… El nombre no me dice mucho. Horas más tarde consultaré internet y encontraré la página de una estancia mucho más cuidada que la que tengo enfrente. La estancia, dice la página, fue pensada para el desarrollo del caballo de salto de alta competición, y su fundador es un español que bautizó el lugar en homenaje a un pueblo de Barcelona, San Andrés de Llavaneras. No tengo idea de dónde estarán esos caballos; desde que nos metimos en este camino solo vimos algunas vacas. El sol nos obliga a reponer el protector y a hidratarnos. Ahora sí, derecho a la fábrica.
El camino se bifurca y volvemos a doblar a la derecha. Al rato, un cartel oxidado anuncia: “Gandara”, así, sin tilde. Trato de recordar cómo aparecía el nombre en las publicidades del yogurt hasta que me doy por vencido.
Hace un rato que no hablamos, el viento en contra nos fatiga. No debe faltarnos más de un kilómetro, pero ya vengo sintiendo el hambre. Los metros finales son los más duros porque miramos hacia adelante y la fábrica no aparece.


Hasta que la encontramos, después de otra curva. Resulta un poco más chica de lo que esperaba. Al principio seguimos de largo, avanzamos 500 o 600 metros. Vemos el cartel de la estación de ferrocarril con el pasto crecido, unas pocas casas de ex empleados, un colegio agrícola y el camino asfaltado que lleva a la Ruta 2. Luego volvemos a descansar bajo unos árboles, frente a la fábrica. Pasa un rato y llegan dos autos desde el camino asfaltado. Luego, una moto. Los ocupantes, en su mayoría parejas, se bajan, miran, se sacan algunas fotos en la entrada y permanecen un rato más, para sentir que el viaje valió la pena. Hacemos lo propio y nos retratamos buscando un ángulo que esquive al sol y la trompa de uno de los autos que estacionó demasiado cerca del portón. Luego sacamos otra foto con las bicicletas solas, apoyadas contra la pared. Comemos alguna fruta y nos preparamos para la vuelta. Son las diez y media y el sol pega más fuerte pero ahora el viento juega para nosotros. Unos minutos después dejamos atrás el cartel oxidado.


Antes de venir a Chascomús leí que habían abierto una fábrica Gándara con sede en Pilar. Al parecer se trata de una pequeña planta de inversores chinos. La nota señalaba que se había generado una falsa expectativa en los pocos habitantes aledaños a la planta original, sin la infraestructura necesaria para volver a producir. Pienso en esas cosas durante el regreso, hasta que me doy cuenta y trato de conectarme con el paisaje, los árboles, las pocas estancias. Tomo un trago de agua fresca y miro el cielo. Por momentos parece que habrá una pausa de sol, pero las nubes son muy chicas y no hay tregua. De golpe: ¡dos paracaidistas! El descenso de las figuras recortadas, suspendidas contra el cielo puro del aeródromo. Ahora sí: pedaleamos sin detenernos hasta el asfalto y el ruido. La pileta es nuestra zanahoria invisible, unos kilómetros más allá.
¡Hasta una salida más sacrificada, amigos!

 

SÍNTESIS DEL VIAJE
Fechas: del 22 al 25 de febrero 2019
Distancia: 82 km


Por Mariano Favier: marianofavier@gmail.com

 

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Cicloturismo

Viajeros: Tierra del Moncayo y Tierras Altas (España)

Cuando exploro nuevos senderos siempre tengo la misma sensación, ese nudo en el estomago que crece con la incertidumbre de lo desconocido. ¿Qué descubriré? Es algo que me hace salir una vez tras otra de viaje para conocer nuevas regiones, países y zonas remotas. Pero lo que no esperaba es que muy cerca del lugar donde vivo se encontraba una aventura que me llevaría a conocer pueblos con un gran patrimonio histórico-artístico heredado de su pasado cristiano e islámico. Montañas como el Moncayo, cargadas de leyendas y fantasías: desde los celtíberos hasta Bécquer, pasando por la mitología romana, los milagros cristianos y la fantasía popular, que juntos anidan y crecen en cuevas y pozas de la zona.
Una reciente red de senderos creada en la región de Soria nos permiten practicar nuestro deporte favorito de forma divertida y al mismo tiempo conocer gran parte de la historia y patrimonio de sus pueblos y localidades más remotas. Para esta ocasión he elegido una de las montañas que llevo apreciando y admirando desde mi niñez, El Moncayo. La provincia de Soria nos propone un camino de línea ascendente que parte desde Ágreda hasta Vozmediano. Allí aflora el río Queiles a borbotones de mil quinientos litros de agua por segundo en su mismo nacimiento, en un recorrido de pino, roble, hayedo y frescuras que conducirá hasta el Pico San Miguel, a 2.300 metros de altitud.


Para mantener este alto nivel decidí completar mi viaje desplazándome hasta las Tierras Altas de Soria. Tierras Altas o La Sierra, como la conocen popularmente sus habitantes, es una comarca de la provincia de Soria, que está situada en el norte de la provincia. Una belleza sin igual que esconde pueblos de piedra y gentes de monte. Un paisaje prehistórico que esconde bellos pueblos despoblados que nos hacen imaginar e intuir como fueron en el pasado.
Si buscas más información acerca de la provincia de Soria y todo lo que tiene para ofrecerte puedes visitar su pagina web: www.sorianitelaimaginas.com

Texto: David Cachón | Fotos: Fernando Marmolejo

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