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Viajeros: por la Huella Andina

Fecha: 22.06.2018

Pablo Casanova es el puestero encargado del paraje que comparte con su familia en la altura del Valle del Río Grande. La Población Casanova pertenece a su familia desde hace más de 100 años, cuando se pobló con sus ascendientes inmigrantes italianos. El lugar cuenta con casas de construcción muy antigua, un viejo camión canadiense echando raíces, y unos cuantos animales entre vacunos y caballos. La cuestión es que él me invita a dormir en el quincho a reparo que utilizan en temporada para recibir a los turistas que visitan la zona. El deterioro que demuestra el domo de acampe instalado allí por la Huella Andina, y el claro atardecer que anuncian un amanecer helado, fueron la motivación de mi tocayo.
Me subo a la Ruda luego de que el sol se alzara lo suficiente como para deshacer la escarchada mañana. Primero visito el lago Escondido y luego tomo un desvío para seguir tras la Huella Andina hacia Ruca Ñire.
La senda comienza a subir con mucha pendiente. No queda otra que empujar en la angulada subida. Al llegar a la altura de la laguna Toro, la pendiente desaparece y yo soy bici de nuevo. Por un todo terreno, desafío la gravedad atravesando bosques tupidos de lenga, raulí y roble pellín, pero lo que me entorpece el paso es la caña de colihue. El camino comienza a descender bruscamente en forma de caracol enredado de árboles en el sentido de la costa del lago Lacar, donde disfruto en plenitud de una senda impecable casi sin obstáculos. Almuerzo en la costa del lago Lacar y al rato sigo. Imaginaba que en media hora concluiría los 4 kilómetros restantes, pero la senda empieza a transitar por su peor parte llena de obstáculos entre ramas, troncos caídos y arbustos tapando la senda. Se me complica avanzar y hasta seguir la huella, donde debo esforzarme por no perderla. Al llegar a una pampa repleta de arbustos de rosa mosqueta me relajo y, como resolviendo un laberinto, pedaleo suave los últimos metros hasta desembocar en Ruca Ñire. Luego de toda una tarde empujando, la satisfacción es amplia pero el desgaste físico superior.


Había pensado en seguir la senda hasta Queñi, pero decido acampar aquí mismo.
Ruca Ñire es bellísimo. Hay vestigios de un importante muelle que hablan de un reciente pasado de actividad maderera. El pasto bien corto por todo el predio se explica por la presencia de vacunos que sueltan los pobladores cercanos. Ellos también se alimentan del fruto exótico y es a través de su excremento que los vacunos abonan al trasladarse la razón de la plaga. Al fondo del área de acampe, donde se ubican los baños secos, se aprecian restos de construcciones de cemento y piedra. Tras la disputa de límites con Chile y la traza de la frontera, se creó lentamente el Parque Nacional Lanín con el objetivo de tener presencia y control de la región desde la mirada del guardaparque y, por otro lado, colonizarla. Las poblaciones avanzaron desde el Lago Nonthue hacia el este. El Plan de Manejo habilitó la explotación forestal y la industria maderera trajo trabajo a argentinos y chilenos que aquí habitaron. El tilo y los manzanos son algunas de las plantaciones que aún quedan de esos años.
La Huella Andina y el Parque hicieron un gran trabajo en este área de acampe libre. Duermo muy bien en el domo y las letrinas funcionan perfectamente. Por otro lado los manzanos me dan algo de dulce para acompañar con galletas.
Al despertarme, la bruma ocupa toda la costa y la superficie del Lago Lacar. Sé que en cuanto suba el sol las nubes se levantarán y el cielo será azul todo el día.


Por sendero sigo hasta arribar a Pucará donde Martín Pereyra, el guardaparque encargado, me recibe en su puesto con unos mates que acompaño con maní. Le dejo mis datos para avisar en la intendencia que concluyo la etapa de la Huella Quila-Quina/Pucará y charlamos un rato sobre la historia de estos parajes y de mi proyecto, Mi Aventura a Pedal.
Sigo mi camino, paso por Chachín y me pierdo un rato disfrutando lo mejor de la Huella Andina, costeando por la playa del lago Nonthué y luego por un hermoso bosque. Para coronar la jornada encaro el camino hacia Queñi. Se trata de un camino de muy difícil acceso que incluye un caracol, barro por todos lados y vados pedregosos de correntosas aguas que llegan a las rodillas. Acampo en soledad frente al lago Queñi y me despido de otro duro y largo día.
Amanezco a orillas del Lago Queñi en un sector de acampe libre que el Parque Nacional Lanin dispone para los buscadores de paz.
Mayo es una época complicada para acampar. La bruma ocupa todo el entorno del lago y la inexperiencia en este clima me hace pagar caro las consecuencias. La carpa se humedece completamente y la bolsa de dormir condensa con mi calor la humedad exterior. No puedo evitar que suceda, a menos que duerma junto a un fuego y lo mantenga alimentado toda la noche. Pero ni siquiera soy capaz de prender uno por la escasez de leña seca. Así y todo, duermo bien y no paso frío. Pero la acumulación de humedad a diario en mi bolsa y carpa, que no logro secar del todo, quizás algún momento me va a jugar una mala pasada. Basta con una seguidilla de días lluviosos o que baje la helada y dure todo el día para no poder evitar sentir el frío otoñal de la cordillera. Allí sí, no queda otra que sacar el saco térmico de emergencia.
Desayuno rápido y guardo todo mi campamento en la carpa parcialmente armada. La idea es que si sale el sol, le pegue un poco a fin de secarla lo más posible. Mientras, aprovecho para visitar las termas de Queñi. La Ruda no se achica. El cartel del Parque Nacional solo permite bicis si el ciclista es experto. Pues no lo soy, pero sí tengo suficiente experiencia para manejar por senderos.
Me toma un rato llegar a la terma para disfrutar de mi primer baño en días. Aprovecho la soledad para desnudarme y el vapor evita sentir frío alguno. Me sumerjo completo en agua caliente y dejo que los minerales de origen volcánico nutran mi piel. La energía que aquí se siente supera completamente los malos momentos que tuve recientemente. Vadear ríos, manos o pies congelados, lluvias incesantes, caídas, golpes o raspones, o el mismísimo abandono en pleno pueblo, devenido en soledad.

Por Pablo Carnevale Mercuri

 


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