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Literalmente, la bici

Fecha: 24.11.2016

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El autor de esta nota hace un repaso muy personal de aquellos libros que lo llevaron a enamorarse de la bicicleta. Ciudades ilustradas, tándems, manuales de mecánica y mucho más.

Por Martín Lehmann*

Revisando la biblioteca de mi casa empecé a desandar los pasos de mi infancia. Para mi sorpresa, fui encontrando montones de indicios de por qué hoy elijo la bici como uno de mis medios de transporte favoritos para la ciudad.
No creo que haya tablet o celular que se le equipare al asombro y curiosidad que me generaban aquellos libros. Algunos llegaban nuevos a mis manos cuando mi mamá los traía de sorpresa y otros los heredaba de mis hermanos, luego de que ellos los hubieran devorado varias veces.
Hoy los vuelvo a mirar y noto que las bicis estuvieron siempre presentes ahí. En mayor o menor medida siempre se hacían un lugar entre cuentos, novelas juveniles e ilustraciones coloridas.

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Miremos la ciudad
Uno de los primeros libros que recuerdo es Miremos la ciudad (T. Ribas, P. Casademunt y R. Capdevila, Miremos la ciudad, España, Editorial La Galera, 1984.). En una de sus páginas hay una gran ilustración donde se ven autos, colectivos y taxis por la calle. Nunca antes lo había notado, pero ahora descubro que la única persona que sonríe en esa escena ¡es la mujer que va en bicicleta! De hecho el resto de los conductores y pasajeros no parecen estar muy a gusto.

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Alrededor del mundo
Siguiendo con el repaso me encontré con Alrededor del mundo (C. Watson y D. Mostyn, Alrededor del mundo, España, Plaza & Janés Editores, 1983), que se presenta a sí mismo como “un libro de palabras ilustrado”. En sus páginas leí por primera vez una palabra nueva para mí: tándem, esa bici doble que, si nunca probaron, recomiendo que lo hagan. La experiencia de pedalear en equipo tiene un gusto especial y es ideal para trayectos largos.

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La ciudad
De título similar al primero, La ciudad (C. Watson, Colin King, A. Zorita García, La ciudad, España, Editorial Plesa, 1981) describe situaciones urbanas habituales. En una de sus páginas el protagonista es el abuelo de la familia, a quien se ve muy decidido pedaleando entre autos, camiones y colectivos. Todo va tranquilo hasta que un pasajero que se baja del taxi abre repentinamente la puerta y casi causa un accidente. No creo que el abuelo se imaginara por aquel entonces que varios años más tarde a eso le llamaríamos pomposamente “dooring”.

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El investigador verde

Ya un poco más crecido y con fuerte interés por temas de ecología leí El investigador verde (A. Ganeri, E. Colella, M. Gordon, El investigador verde, Argentina, Editorial Sigmar, 1994). Este libro repasa los principales problemas ambientales con explicaciones claras y sin eufemismos, cosa que aun siendo chico siempre me pareció muy valiosa. Además de explicar qué estamos haciendo en contra del planeta, da consejos prácticos para actuar frente a los problemas que se plantean. Claramente entre ellos el que me gustó más fue: “Siempre que te sea posible, camina o viaja en bicicleta en lugar de ir en auto. Contribuirás a mantener limpio el aire.”

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El náufrago de Coco Hueco
Llegando a la edad en que uno empieza a leer libros con más texto que dibujos, pasó por mis manos El náufrago de Coco Hueco (E. Wolf, S. Kern, El Náufrago de Coco Hueco, Argentina, Coquena Grupo Editor, 1991, 4° edición). Una de las historias que lo compone habla acerca de una bicicleta que siempre va y nunca vuelve. Según cuenta, fue fabricada por un hombre bastante particular y obsequiada a dos chicos que son los protagonistas. A quienes les interese la mecánica seguramente los dejará pensando en cómo se podría armar una bici así en la vida real. Aún hoy me sigue pareciendo un cuento disparatado y lo recomiendo mucho.

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El manual de reparación
A mediados de la década del 90, algunos de estos libros ya eran específicos de bicis. La bicicleta: manual de reparación (R. Ballantine y R. Grant, La bicicleta: manual de reparación, Argentina, Editorial La Isla, 1994), fue un éxito en mi casa. En épocas donde Internet apenas asomaba, este manual fue una fuente invalorable de conocimiento mecánico. Leyéndolo hoy es divertido ver que no hay ni rastros de frenos v-brake (¡y mucho menos de disco!). Los cantiléver estaban en su apogeo y parecía que nada los iba a destronar. En el capítulo sobre cajas pedaleras se puede ver un gráfico despiece de eje, cubetas y bolillas, acompañado de una frase premonitoria: “Los componentes de rodamiento modernos suelen llevar rodamientos sellados para que su mantenimiento sea más sencillo”.

Estos son sólo algunos de muchos libros que me hicieron morder el anzuelo. Las bicis siempre estuvieron ahí. También durante esa infancia solía cruzar la calle hasta lo de Antonio, el bicicletero del barrio. Me quedaba largos ratos asombrado viéndolo trabajar en esas máquinas sobre las que yo tanto leía. Estoy seguro de que cada uno de ustedes puede mirar hacia atrás y ver el camino que los llevó a tener hoy esta revista en sus manos. A algunos les llega de chicos y a otros de más grandes, pero cuando uno comprende la simpleza y genialidad de una bicicleta suele enamorarse para siempre.

*Periodista y guía de ciclismo urbano en eventos turísticos y corporativos: @tincholehmann, tincholehmann.com.ar

Nota publicada en revista Biciclub Nº 256, abril de 2016.

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Hablamos sobre: Bicis y arte, Ciclismo urbano

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