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Pasó en el taller: una bici olvidada

Fecha: 21.02.2019

Tengo una clienta con una hija de 15 y un hijo de unos 12 años. Cada vez que viene a arreglar la bicicleta del chico lo acusa de romperla porque está gordo. Una vez vino el chico solo al local y charlamos.
—Hola, te traigo la bici para cambiarle el stem.
—Sí, dale, sale $XXXX. Disculpá, ¿te puedo decir algo? Así entre nosotros, con el tema de que si estás gordo o no, que te dice tu vieja. No le hagas caso, ya vas a pegar el estirón, no le des bola, que no te afecte…
—Sí, trato de no darle bola, pero es re pesada a veces.
—Bueno, venite a las XX hs que te hago la bici.
Después de un mes, vinieron a buscar la bicicleta. La excusa de la tardanza fue que la madre estaba molesta con algo que dije (y yo después de un mes me había olvidado). Me estuvo gritando 30 o 40 minutos sobre cómo iba yo a cuestionar el modo de criar al hijo. Hasta me contó experiencias sexuales de su secundaria delante de los hijos.
—Todo bien, pero no me interesa escuchar esto y no da que lo digas adelante de ellos.
—Ellos ya saben todo esto, saben todo.
—Hay cosas que no se cuentan.
Los hijos se reían.
—¿Siempre es así? —les pregunté a los chicos. Ellos asintieron.
—Che, todo bien, con onda, ¿no te parece que si tenés que hacer 30 minutos de catarsis con el bicicletero, deberías ir a un psicólogo?
—¡Voy al psicólogo!
—Evidentemente no te estaría sirviendo, probá con otro.
Mientras tanto se hacía cola de gente en la puerta de la bicicletería, esperando para que les infle las ruedas. Un par se reían de la situación.
—Esperá un segundo que hay gente en la puerta —le dije a la mujer. Inflo las ruedas y me seguís gritando.
Los hijos se rieron.
Cuando volví, me gritó no recuerdo sobre qué, algo de un ex novio. Entonces le dije:
—Che, pero si tenés tantos complejos con tu peso, ¿por qué no hacés una dieta?
—¿Te pensás que no hago?
Le conté cómo vengo comiendo. Le dije dónde comprar algunas cosas a buen precio, pero se terminó quejando de que evito las harinas, no como bizcochos de grasa y esas cosas para la merienda.
Al final, me pagó el doble de dinero por el arreglo.
—Bueno, gracias, nos vemos. La verdad que tenés una re paciencia…, te pago eso porque te lo merecés.
Fueron 40 minutos.

Por Damián Raggetti: Propietario de la bicicletería Rashe.

 


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